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Ad hominem
Daniel Aloisio
Ad hominem: Forma de argumentación
en la que se intenta desacreditar una
afirmación haciendo referencia a ciertas
características de quien la enuncia, y no
a la probable falsedad de la misma.
La tarde era gris, plomiza. Debían ser casi las seis cuando oí los golpes en la puerta. Del susto me tembló la mano, y el chorro de agua caliente que tenía como feliz destino un puñado de yerba, fue a dar de lleno en el canto de mi dedo índice, arrancándome un insulto. Si tiré el mate que tenía en la zurda, no lo recuerdo. Si el termo que sostenía en la derecha rodó como un tronco sobre la mesa, tampoco. De lo que sí me quedan rastros en la mente es de la quemadura... y de la puteada por supuesto.
Diez años de retiro de la fuerza policial, me habían convertido en una especie de topo urbano. Puertas con doble cerradura, postigos clausurados, rejas de hierro torsionado, luces apagadas, y sobre todo silencio, mucho silencio.
Al principio me había preguntado a mí mismo de qué huía, o a quién pensaba mantener cautivo en la celda en la que había convertido mi casa, pero por más que me estrujaba el cerebro en busca de respuestas grandilocuentes, la verdad siempre asomaba como un hilo de plata sobre un lienzo negro: me había distanciado del mundo para que el mundo me dejara en paz.
Está claro que vivía solo, también que recibía muy pocas visitas. El cartero, que me conocía de años, había renunciado mucho tiempo atrás a tratar de hacerme abrir la puerta para firmar tal o cual papel. El tipo ya había desarrollado su propia estrategia: tiraba la carta por el buzón, garabateaba algo en la planilla y al lado le aclaraba: recibida por el vecino.
También había un pibe que me dejaba el diario enroscado en la reja del frente, y una o dos vecinas que, no pudiendo olvidar mi pasado como policía, me paraban algunas veces en la vereda para comentarme sobre misteriosos ruidos que solían sentir de noche sobre los techos, o acerca de algún tipo que chirleaba a la esposa más de la cuenta.
Por supuesto, casi siempre me encargaba de cerrar la charla con alguna mentira piadosa del tipo: ¡Pero doña! Una mujer joven como usted no debería andar tan preocupada, y me alejaba con las manos en los bolsillos, no sin antes recomendarle por lo bajo: Cualquier problemita, me los llama a los muchachos del 101 que son un fenómeno.
Mis salidas eran pocas, e invariablemente por la mañana. Casi siempre se trataba de comprar provisiones, hacer algún trámite en el banco, y por supuesto, surtirme de tantos libros como pudiera cargar en los brazos.
Bajo tal cuadro de situación, no es de extrañar entonces mi sobresalto por la presencia de aquel que, con sus golpes del otro lado de la puerta, intentaba abrirse paso en mi pequeño universo. Lo que no puedo explicar aún, es por qué en esa ocasión me dirigí con tanta convicción a franquearle el paso, y no opté por ignorar su llamado, como lo hacía habitualmente con cualquiera que osara profanar el sagrado ritual del mate y la lectura.
Pero lo cierto es que fui y abrí, sin preguntar de quién se trataba, ni sospechar siquiera que el cambio que se operaría en mí desde ese momento sería nefasto, y lo que es peor, irreversible.
—¡Hola, Don Fermín! —dijo la voz aflautada.
Debo haber respondido algo, aunque no lo recuerdo. Quizás me haya quedado mirando con los ojos entornados y los labios fruncidos como imitando un silbido, porque el desconocido se apresuró a aclarar:
—Soy yo, Pamela, aunque quizás usted me haya conocido como Julián, el hermano de María y de Miguel.
Ante tamaña declaración, el anquilosado mecanismo de los recuerdos que poblaban mi mente, comenzó a moverse. Ahora lo tenía. Era un pibito flaco que unos años antes de que me retirara, se había convertido en el terror de las vecinas, robando de las terrazas toda clase de prendas íntimas, para después aparecerse por la calle luciéndolas. Así nos habíamos enterado, entre otras cosas, de que doña Francisca tenía unos calzones rojos con dibujos de mariposas, y que a doña Gertrudis, el desabillé se le había manchado con salsa de tomate unos años atrás.
El asunto no había pasado a mayores porque el chico había devuelto las cosas, pidiendo las disculpas de rigor y prometiendo no causar más problemas.
Supongo que algo debe haber leído en mi mente, porque alisándose la ropa con una mano huesuda, explicó:
—Esto que llevo puesto es mío. ¿Sabe?
Allí advertí dos cosas: Que lo que tenía frente a mí era una mujer, o lo parecía, y que de aquella criatura con voz de hombre, pechos de mujer, pantalón de leopardo, uñas de gato, botas de víbora, chaleco de carpincho y bufanda de nutria, solo me cabía esperar una sola cosa: Problemas.
—¿Y qué lo trae por aquí, joven? —declaré en cuanto pude reponerme.
No respondió de inmediato, lo cual podía deberse al hecho de que yo hubiera utilizado lo como acusativo del pronombre y no la, lo cual hubiese revelado el carácter femenino de su persona, o tal vez, a que cierta angustia estuviera corroyendo sus pensamientos.
Después de observar su rostro por unos segundos, concluí que se trataba de esto último.
—Necesito hablar con usted —dijo—¿Puedo pasar?
Asentí.
Pamela —ya no podía llamarla de otra manera—le dio una última pitada a su cigarrillo con esa particular manera de colocar el pulgar bajo el mentón y apuntar con el mayor y el índice hacia arriba, y entró.
Cerré la puerta, le ofrecí sentarse, y mientras trataba de ordenar el desparramo que había hecho con el mate, la insté a que me pusiera al tanto de lo que le ocurría.
—Se trata de mi hermana, María. Creo que algo muy feo le va a ocurrir.
—¿Y qué la hace pensar de esa manera, señorita?
Pamela sonrió, intuyo que divertida por mi manera cautelosa de tratarla.
—Le cuento — anunció—. La semana pasada, mi hermana terminó su relación con el novio, un tipo que no vale ni dos pesos, pero eso no es lo importante.
—¿Y qué es lo importante, según usted? —intervine—¿Cree que el muchacho puede tomar alguna represalia contra su hermana?
—¡No, ese...! ¡Qué va hacer ese, si...! —exclamó—. Al que le tengo miedo es a don Simón.
—¿Al tano? —interrumpí, con una carcajada en la puerta de los labios.
—Sí. Yo sé que él la desea hace rato, y es capaz de hacer cualquier cosa por tenerla.
—Bueno... —bromeé—quizás este sea mejor candidato que el otro.
Pamela hizo un mohín y levantó el hombro derecho. Comprendí que mi comentario había sido inoportuno.
—¿Y cómo cree usted que un pobre viejo en silla de ruedas puede llegar a hacerle daño a su hermana? —agregué, tratando de disimular mi torpeza.
—El viejo no está solo, eso es lo que he venido a decirle. Hace un tiempo que recibe la visita de un tipo alto, de cabello largo. Lo he visto entrar a la casa de Simón a la tardecita cuando yo... —Pamela carraspeó imperceptiblemente antes de continuar—voy al trabajo.
—¿Y eso qué tiene de extraño?
—Que también lo he visto irse a la madrugada, cuando vuelvo.
—O sea que usted hace su trabajo desde la tardecita hasta la madrugada —propuse con cierta ironía.
—No sea cínico —me reconvino—, usted sabe a qué me dedico.
A esa altura comprendí dos cosas: Que a Pamela le importaba un bledo que yo hubiera sido policía, y que me estaba involucrando en el asunto más de lo que me interesaba. Así que me propuse tomar tanta distancia del tema como pudiera.
—Mire, joven... —murmuré—no sé que relación pueda tener ese sujeto con don Simón, o con lo que usted supone que pueda pasarle a su hermana, pero en todo caso, lo que le recomiendo es que si usted ve algo extraño, haga la denuncia correspondiente.
Satisfecho con mis propias palabras, me puse de pie tratando de darle a entender que la charla había concluido, pero su frase me detuvo en seco:
—¡Es que ya vi eso extraño que usted dice! —gimió—. El tipo es igual a uno que se tiró bajo el tren la semana pasada.
—Puede ser algún hermano —repuse.
—No tenía hermanos, ni parientes cercanos. Ya lo averigüé.
—¿Y si era alguno parecido? —insistí.
Pamela negó con la cabeza. Un temblor imperceptible dominaba sus labios.
—Mire —dijo acongojada.
De una diminuta carterita plateada que hasta el momento había permanecido oculta a mi vista, extrajo una fotografía y me la alcanzó. En la imagen podía verse un sujeto robusto, de unos treinta y cinco años, de cabellos lacios y largos, con unos lentes negros que le cubrían los ojos. La figura aparecía un tanto borrosa, como si estuviese fuera de foco.
—A esa foto la tomé yo misma anoche, en la puerta de la casa de don Simón. ¿Qué me dice?
—Bueno... acepto que el tipo puede ser parecido al que se tiró bajo el tren, pero sigo sin entender qué relación puede tener con su hermana.
—Creo que el tipo le está llenando la cabeza al viejo para que haga algo con mi hermana—susurró.
—¿Y por qué este sujeto habría de hacer eso?
—Porque a eso se dedica.
—Así que, según usted, el hombre del tren vendría a ser como una especie de instigador profesional. ¿Estoy en lo cierto?
—El pobre tipo del tren no tiene nada que ver, fue una víctima de este otro.
—¡¿Cómo de este otro?! —grité, casi al límite de mi paciencia—. Primero me dijo que era el mismo, y ahora me sale con que hay otro. ¿Entonces qué hace este otro con el aspecto del primero? No me va a decir que también es transformista.
—Es mucho más que eso —afirmó Pamela sobreponiéndose—. Yo lo conozco bien.
—¿Y entonces por qué no empezó por ahí? —dije de mal humor—. Dígame quién es y yo les aviso a los muchachos para que lo investiguen.
Pamela dio un salto en la silla como si de pronto le hubieran apoyado una mano helada en la espalda. Inspiró profundo y me hizo una seña de que me acercara a ella. Con cierto recelo, lo confieso, acerqué mi oído a sus labios rojos que susurraron aquel nombre de siete letras.
La miré extrañado, creyendo haber oído mal, pero al verla asentir con tanta vehemencia, no pude reprimir la indignación.
—¡¿Pero usted me vio cara de loco?! —grité—¿Cree que yo me voy a presentar así como así frente a mis compañeros para pedirles que investiguen a...?
Pamela ya se había puesto de pie, y sostenía la carterita plateada sobre su pecho como si se tratara de un talismán. No hablaba, pero su mirada de desprecio lo decía todo.
Con la barbilla le señalé la puerta, y sintiendo una imperiosa necesidad de estar solo, le pedí que se marchara. Eran las siete de la tarde del viernes cuando su figura estilizada salió a la calle para perderse entre las sombras.
El resto de la jornada lo pasé ocupado limpiando manchas de yerba que teñían el piso como una extraña erupción, acomodando papeles, y dándole una ojeadita a uno de los libros que había comprado por la mañana.
Fue bien entrada la noche cuando un cúmulo de pensamientos funestos comenzaron a asaltarme. No sé si se debió a la circunstancial visión de la fotografía del tipo, que Pamela había dejada olvidada sobre el sillón, o a que providencialmente recordé las palabras de un viejo amigo que aún prestaba servicio como policía, en referencia a los casos extraños: No todo es verso —solía decirme—sólo el noventa y nueve por ciento lo es. Estaba claro que en ese uno por ciento restante, cabían tantas posibilidades que daba vértigo de sólo pensarlo.
Cerca de las doce, decidí hacerle una llamada. Consultado sobre el incidente del tren, me puso al tanto de algunos detalles que desconocía, aclarándome ciertos puntos confusos del asunto. La charla fue cordial, distendida, hasta que por alguna extraña razón me vi compelido a hacerle la pregunta fatídica:
—¿Y pudiste ver el cuerpo en la morgue?
Oscar tosió del otro lado de la línea. Por un momento pensé que la comunicación se había cortado, pero no fue así. El instante de duda, si es que de alguna manera puedo llamar a la repentina mudez de mi amigo, duró lo suficiente para hacerme pensar que algo raro había. Que me contestara con otra pregunta, no hizo más que reafirmar mi presunción.
—¿Qué pasa, turco? ¿Vos qué sabés? —dijo con una nota de inquietud.
—Nada —respondí—. Cuando me cuentes voy a saber algo.
—Bueno. El cuerpo no llegó nunca a la morgue. Los de la ambulancia dicen que se les perdió en el camino.
—¿Se les perdió?
—Sí. Sintieron un golpe atrás y cuando pararon vieron que la compuerta estaba abierta y el tipo había desaparecido.
—¿Y no iba ninguno de ellos atrás?
—Dijeron que no lo creyeron necesario, el tipo ya era un fiambre ¿sabés?
—¿Y si no lo era?
—Mirá, turco. Yo lo vi cuando lo sacaban de las vías, y te aseguro que estaba más muerto que mi abuela. De todos modos, ya hay una investigación abierta sobre el tema, pero yo no la manejo. El tipo no tenía familiares así que nadie reclamó el cuerpo. Por esa razón, tampoco trascendió demasiado. Además, vos sabés que si la agarran los periodistas tienen como para escribir una novela...
—Oscar —intervine—, te pido un favor más: Hay un pibe de mi barrio, un travesti que se hace llamar Pamela...
—La conozco. ¿Qué pasa?
—¿Sabés en qué zona trabaja?
La carcajada de Oscar me hizo dar un salto.
—¿Qué pasa, turco? —dijo con la voz entrecortada por la risa—. ¿No me vas a decir que ahora de viejo te hiciste artista?
—Manteneme al tanto si sabés algo de ella —respondí, tratando de quitarle todo rastro de hilaridad al asunto.
—No te hagas problema —musitó mi amigo—. Si sé algo te cuento.
Me despedí de Oscar con una angustia espesa sobrevolando mis pensamientos. Caminé en círculos por la habitación, tomé dos mates fríos y me tiré en el sillón para tratar de ordenar algunas ideas, pero el sueño pudo más.
Cuando desperté ya era de día. Un aire frío se filtraba por debajo de la puerta y me llenaba de protuberancias la piel de los brazos. Mientras me abrigaba, comencé a darle vueltas insistentemente a la idea de que algo grave había pasado. La angustia de Pamela, y ese nombre susurrado con temor a mis oídos, empezaban a tener un oscuro significado.
Sin pensarlo más, tomé un abrigo y salí a la calle resuelto a intervenir en el tema. A dos cuadras estaba la casa de los hermanos, y era el punto en el que, sospechaba, tenía que comenzar la investigación. Mientras caminaba por veredas silenciosas, me asaltó un tropel de preguntas: ¿Y si Pamela había mentido? Yo sabía que lo del tipo del tren era cierto, pero... ¿Tenía alguna relación con lo del viejo Simón y su hermana? ¿Estaría ella involucrada y había venido a verme como para ensuciar la investigación? Y después de todo, si era cierto lo que decía... ¿Por qué me había buscado a mí, sabiendo que ya hace años que estoy retirado?
Cuando llegué a la casa, las piernas me temblaban como si estuviera parado sobre una ciénaga. El muro que rodeaba el patio, se teñía de rosa claro con los primeros rayos del sol. Me detuve, lo recorrí con la vista por un instante, y algo de lo que vi me heló la sangre.
Había manchas de barro en uno de sus extremos. Parecían huellas, como si alguien hubiera caminado perpendicularmente a la superficie del paredón.
Sin dudarlo, me trepé aprovechando una grieta, y con un esfuerzo sobrehumano logré encaramarme sobre el filo. Lo que pude observar, si es que puedo dar suficiente crédito a mi vista, sólo puede describirse como dantesco.
En un círculo de no más de cinco metros de diámetro, todo era horror. María estaba tendida mirando el cielo en una plegaria muda, su cuello era un manantial de sangre que no dejaba de brotar. A su lado, grotescamente doblado, yacía el viejo Simón, con el rostro hecho un guiñapo y el cuello aplastado. La silla de ruedas, como mudo testigo, se enterraba un poco más en un barro pastoso que amenazaba con devorarla por completo.
No se han matado entre ellos —recuerdo haberme dicho—¿Dónde está el que falta?
Como pude, bajé a la vereda y me dirigí hacia un teléfono para dar cuenta de lo ocurrido. Llamé a la policía y pedí por Oscar. En dos palabras lo puse al tanto de lo ocurrido, sin omitir esta vez, la parte de la historia que yo había ocultado en nuestra primera charla.
Oscar me escucho en silencio, interrumpiendo de vez en cuando mi relato con un tenue carraspeo, después habló, y sus palabras comenzaron a derrumbarme.
—Quedate tranquilo, los muchachos ya salieron para allá, y... ¡Ah, turco! La chica que me dijiste... apareció muerta hace un rato cerca de la terminal. Hay dos testigos que la vieron salir con un cliente, un tipo alto, de pelo largo... y...
¿Sabés qué dijeron? ¡Turco! ¿Estás ahí? ¿Turco?
Algo me decía que debía regresar a mi casa. Colgué el teléfono con premura y volví tras mis pasos conteniendo el aliento. En la puerta, la figura desgarbada de una vecina me aguardaba.
—¡Don Fermín! —gritó—¿Supo de lo de María y el viejo Simón?
Asentí. Mi desazón debió haber sido demasiado elocuente, porque la mujer dio un paso al costado y deslizó la frase entre dientes:
—¡Ah! Y en su casa lo están esperando.
Me detuve. Un frío de muerte me subía por las piernas. La puerta estaba entreabierta y adentro se respiraba oscuridad.
—Es esa chica, Pamela —sentenció la mujer—, la que robaba ropa de las terrazas... ¿Se acuerda? |