bajo un manto de sombras


Jorge Torres

 

Las niñas de tus ojos
columpian
esa tarde esa plaza
de pájaros
con árboles cantando

bajo un cielo de ombligos
sus naranjas
verdes.

Pasa el sol alumbrando
la procesión
de horas en las manos

pregunta por su día :

el silencio no sabe
no contesta.


Clavado en el compás
de espera
el minuto de silencio
con su música
nos ejecuta
a sol a sombra

se come se vive de ilusión
de ser
como sea.

Como ánima que cree
que sostiene
su vela en la noche

pasa la mar en coche
una escalera
debajo de la suerte :

     la verdad.


A la luz de la sombra
de la suerte
el brillo bajo cuerda
dobla
la  voluntad

la esquina :
el colectivo prójimo.

El inconsciente rueda  la quema
girado en el escote
del pasillo
que hay entre nosotros

mientras pasa
al fondo del embotellamiento
un coro de sueños
despierto en las bocinas.


La hebra del sí mismo
ovilla el sueño
del aprendiz que planta
un árbol en un libro

a la luz de su sombra
repleta de pájaros.

Pasa una mujer de fuego
donde hubo cenizas

     ‘una mano de tiempo
     impostergable’

     ‘un aire de familia
     caminando en el techo
     de la tarde’.

Ha nacido llena de hombres
aplastados
contra sus vidrios

la mar donde la sed
se hunde.


De un trago toda
la sed
del mundo
bebe la luz del hombre
en cada copa.

Pasa la sombra de la garra
verbal

y financiada
al cosmos de su signo
con la última
estrella

la palabra :

lo destila al dormido
                al condenado
lo resbala

hacia el fondo
abismal
de la botella.


Atado a las estrellas
tarde en la mar
del día
el tiempo fuma

símbolos
               magnéticos.

Pasa el primer mundo
un dedo de polvo por el tiempo
al centro del ocho

reza triple giro mortal
y cae de un pájaro
acribillado de hermosura.

Allí es cómo
se baja de Internet
el cielo que hay :

en la memoria de una plaza sola.


Trae de donde lleva
la corriente la memoria
el coro poliforme
                           gorjea
la gárgara de su padecimiento
ante una letanía de moros
en la costa.

Pasa la sangre derramada
enésima
sobre la tierra equis :
                                baja
y deja en la orilla restos
de su profundidad.

Traslada al aparecido debajo de espuma
de bar del alba a catarata
empozada
en el olvido.


Emperifollado el eje semi ello
del yo
se desbanda el naufragio
de la inminencia :

pasa una brizna encefálica
a plomo de la hora.

Colapsará
la flema empavonada de fanfarria
su esplín rocambolero.

Y sola en su plumero quedará
‘rococó’ :

la cortesana
                   fruición al embeleso
la apetencia
                   frugal al filigrana.

Rodando en la cabeza
del postrer rey
y su pródiga dama.


Hasta fundar la ciudad
donde se pierde
el trueno en la bocina

la costumbre de estar vivo
a cualquier precio

está construyendo el mundo
que quisiera cambiar.

Pasa
la ética del talión
la tapia
de la sordera
y sanciona :

sepan los pueblos valorar aquello
que les quitarán

aprendan
a temer lo que tienen.


Y anclado en la deriva
el giro magnético
del eje semántico
acuna
un terremoto.

Pasa una señora golpeando
una cacerola : protesta
porque la dejan
abandonada
en la verdad.

Con el vuelto de la urgencia
la necesidad
le planta una maceta
debajo de la fe.

Así fue cómo
valía la pena
la verdad :

lloviendo adentro de la pieza.