Chivo expiatorio


Daniel Aloisio

 

 

Miguel camina con dos botellas de ginebra bajo el brazo. El sol del viernes se cae a pedazos detrás del caserío. Sé que se acercará a golpear la puerta, puedo verlo en los ojos enrojecidos del viejo que me acompaña.
Echa una mirada más entre las hendijas de la persiana y se inquieta.

—Viene para acá —dice con una nota de preocupación.
—Déjelo. No apague las luces. Sólo haga silencio. —Mi voz es profunda, lo sobresalta.
—Pero... —insiste el viejo—el chico no es tonto. Sabe que siempre estoy acá, en mi silla de ruedas.
—¡Cálmese, Simón! —lo amonesto—, el chico no tiene por qué sospechar de usted. Cuénteme una cosa...

Tres golpes en la puerta nos interrumpen. El viejo abre la boca y gesticula. Con una seña le ordeno que no hable. El chico golpea una vez más, luego otra, con menos convicción. Se limpia el barro de los pies en el umbral, vacila. Hace dos pasos y se vuelve, golpea nuevamente.
El viejo se come la uñas, parpadea como si le hubieran encendido una linterna frente a los ojos. El chico se aleja despacio. El viejo suspira.

—Miguelito... —alcanza a exclamar mientras larga el aire a borbotones.
—¡No exagere, viejo!  Al chico no tiene por qué pasarle nada. Después de todo, su asunto es con la hermana ¿No?
—Sí...ella... —balbucea.
—Ahora dígame: ¿Cómo es la historia del fulano ese y la madre de estos chicos?

El viejo se suelta. Me relata una historia que ya conozco hasta el hartazgo. Lo dejo hablar, simulando estar interesado. Refiere que la madre de los chicos es un caso perdido, que hace un tiempo conoció un tipo de apellido Duarte, un vividor venido a menos que está quemando sus últimos cartuchos. Me cuenta de los maltratos del tipo, y de la forma lasciva en que mira a María, la hermana del pibe. Allí hace una pausa. Se sonroja. Se aclara la garganta y puntualiza: no es mi caso, usted sabe. Le indico con una inclinación de cabeza que en ningún momento se me ha cruzado por la mente tamaño pensamiento. El viejo sonríe aliviado.

—Y dígame, don Simón —interrumpo cuando ya considero que se ha aflojado suficiente—. ¿Usted está convencido de que esta es la única forma que tiene de acercarse a ella?
—¡Absolutamente! —responde, encimando su afirmación con mis últimas palabras.
—¿Y si justo aparece el novio de la chica? —lo aguijoneo.
—¡Ese pendejo! —dice de tal modo que una nube de gotitas de saliva cubre el espacio que separa su cara de la mía—. ¡Qué va a hacer ese, si no sabe...!
—¿Si no sabe qué?
—Si no la... si a ella no...
—¿No qué?
—No la...
—¿No la qué, don Simón?

El viejo se echa hacia atrás en la silla de ruedas. Suspira. Con un hábil movimiento de los brazos acomoda su cuerpo tullido.

—No me haga hablar. ¿Quiere? —responde un poco turbado.
—¿Y si cuando usted la encara aparece el otro hermano? —insisto.
—¿El travesti? ¡Noo! —Por primera vez veo los dientes amarillos del viejo, en una sonrisa torcida—. Ese sale a trabajar a la tardecita. Se hace llamar Pamela ¿Sabía? No. María va a estar sola.
—Está bien. Le concedo que la madre y el tal Duarte tampoco van a estar en la casa, pero usted se olvida del pibe.
—¿Miguelito? —El viejo se convierte en un higo maduro cuando le nombro al chico.
—Sí, don Simón. Usted lo acaba de ver. El tipo pasó hacia la casa con dos botellas de ginebra y por lo que yo sé, a María sólo le gusta la cerveza, así que...
—Así que se las va tomar él solo, y después de eso no creo que le queden ganas de salir... —musita el viejo entornando los ojos.
—Si usted quiere, se lo saco del medio —propongo.

El viejo salta como si se le hubiera metido una avispa en el calzoncillo.

—¡Noo! —exclama, moviendo el dedo índice como un limpiaparabrisas—. Al chico no me lo toca. El acuerdo es entre usted y yo ¿Estamos?

Asiento. El viejo se tranquiliza. Aprovecho el momento para lanzar otra estocada.

—A propósito... —digo, estirando adrede las palabras—... tengo lo que me pidió.
—¿La cerveza?
—Algo así. —Le paso la botella amarronada, y el viejo la observa como una pieza de museo—. Usted y yo sabemos que lo que contiene es otra cosa, pero...
—¿Y va a dar resultado? —pregunta, ansioso como un chico en la madrugada de Reyes—Si ella toma esto...
—Lo preparé especialmente para que caiga rendida a sus pies. Fíjese, si hasta me tomé el trabajo de tapar la botella como lo hacen en la fábrica.
—Y cómo sé que no va a fallar —murmura.
—Va a funcionar —le aseguro—. Usted tenga en cuenta lo siguiente: Anote.

El viejo cabecea buscando un papel en la mesa.

—¡No sea pánfilo! —lo increpo—. Es una forma de decir. Présteme atención:
Primero: Vaya hasta la casa y tantee el ambiente. Haga referencia al calor que está haciendo y simule recordar que en su heladera tiene una cerveza guardada.
Segundo: Ofrézcase a venir a buscarla e invítela a compartirla. Si ella se niega, no insista. Espere una ocasión mejor.
 Tercero:  Si ella acepta, demórese un rato. No caiga con la botella destapada.  Deje que ella sea quien la abra, así no desconfía.

Hago una pausa. El viejo me escucha como queriendo tragarse las palabras. Si no fuera por todo lo que me estoy jugando, me destartalaría ya mismo en una carcajada.

Cuarto:  Beba con ella. Si es posible, tome usted varios tragos antes, hágase ver. ¿Me entiende?

 

Asiente. Por la forma en que me mira, comprendo que ha retenido la mitad de las palabras. Le ordeno que guarde la botella en la heladera y se prepare. Obedece con sumisión.

—Espere... —dice de pronto—... todavía no arreglamos el precio. No me va a salir después con un...
—¿Alguna vez le fallé? —lo interrumpo, simulando estar ofendido—. Si usted quiere, me llevo la botella y dejamos todo así nomás...

Mi argumento es convincente. El viejo niega con la cabeza y se aleja un poco. Arrima la silla a la ventana y espía en dirección a la casa. Se frota las manos, pensativo. De a ratos sonríe, por momentos se vuelve sobre sí mismo y cierra los ojos.

—¡Ya es la hora! —le anuncio—. Vaya, don Simón.

Lo veo apretar los puños. Por la tensión de sus mandíbulas, infiero que debe estar mordiendo su ansiedad. Después abre la puerta y sale calle. No vuelve la cabeza para mirarme. Con fuerza hace girar las ruedas de la silla y desaparece de mi campo visual. Cierro la puerta y me siento a esperar.
Pasan quince minutos, veinte. Aprovecho para sacar la navaja de mi bota  y dejarla sobre la mesa. Al rato se abre la puerta y aparece el viejo. Está radiante. Las mejillas se le han convertido en dos brasas.

—¡Ya está! —anuncia, y se precipita hacia la heladera.

Saca la botella y gira en dirección a la puerta. Me interpongo en su camino con la navaja en la mano.

—¡Lleve esto! —le ordeno, acercándole el arma al pecho—, es por si algo se complica —agrego cuando lo veo vacilar.

El viejo hace un intento de pasar con la silla por un costado, pero lo atajo.

—¡Llévelo! —le insisto.

Cede. Está demasiado obnubilado como para hacer cualquier tipo de cuestionamiento. Me hago a un lado y pasa como una tromba. La botella descansa en su regazo, la navaja va oculta entre sus ropas.
Sin que lo advierta lo sigo. Cruzo la calle y camino unos metros hacia la esquina. Me oculto detrás del grueso tronco de un plátano. El viejo está frente a la casa de la chica. Golpea la puerta y ella abre. Es hermosa. Con una sonrisa le franquea el paso, lo ayuda a pasar con la silla.
Vuelvo a cruzar la calle y salto el tapial que rodea el patio. La noche oculta mis movimientos. Al caer del otro lado, tropiezo con un cuerpo que está tendido en el piso. Es el chico, Miguel. Está desparramado como una hoja de diario en un charco. Una botella de ginebra vacía, otra por la mitad. Tiene los ojos perdidos en algún punto del cielo que no acierto a identificar. Respira con dificultad, gorgotea. Es inútil que me oculte. No está en condiciones de verme.
Oigo voces que me alertan. El viejo y la chica están saliendo al patio. Ríen, conversan animados. El viejo lleva la botella en la mano, ella hace entrechocar dos vasos y desliza un comentario que no llego a oír. Miguel tose espasmódicamente. Lo observo de costado, sin perder de vista a la extraña parejita. Un vómito espeso le cubre la mitad de la boca. Me acerco por un costado sin que pueda verme. Un balde con agua hedionda me da una idea. Lo tomo con la intención de vaciárselo en la cabeza, pero algo me detiene. Oigo la voz de la chica, cargada de angustia.

—¡No, don Simón! —dice aterrada.

El viejo murmura algo que no alcanzo a comprender. Miguel se despierta sobresaltado. Se incorpora lentamente, aguza el oído. María vuelve a gritar. El viejo chilla como un cerdo. El chico maldice, escupe, lucha contra la brutal borrachera que lo posee. Se oyen dos chasquidos, un gorjeo ominoso.
Me acerco hasta donde están Simón y la chica. Oculto tras unos arbustos contemplo la escena. El viejo la toma de la camisa, la arrastra hacia él. María forcejea, gime, implora. Él intenta besarla, ella le clava los dientes en los labios. El viejo se enfurece. De un tirón le destroza la camisa. Los pechos de ella surgen como dos diamantes. Tersos, ahusados.
Trata de zafarse de las manos del viejo que se mueven sobre su cuerpo como dos arañas. Lo insulta, le escupe. Simón respira con la boca abierta, babea enloquecido. Forcejean.  La chica resbala y cae sobre la silla del viejo. Él aprovecha el momento para tomarla de los cabellos. La garganta de María forma un arco que se curva hacia la luna. La navaja resplandece en la mano del viejo. Entonces hace el corte. Prolijo, concienzudo, milimétrico. Ella trata de zafarse, pero ya es tarde. Las palabras se le tiñen de rojo, la vida se le escapa a borbotones.
La veo caer como un gajo podrido. No rebota. Su cuerpo laxo se acomoda a las imperfecciones del suelo y yace inerte. Simón se toma la cabeza, se muerde los labios, llora amargamente. Cuando alza los ojos hacia el cielo se encuentra con un puño que le destroza la nariz. Hace un movimiento hacia atrás y casi parece que va a caer de la silla, pero se sostiene en un acto reflejo.
Miguel vuelve a mirar a su hermana que ya es una sombra entre las sombras. Junta más odio. Se abalanza sobre el viejo y lo desparrama en el suelo. El anciano reacciona como un gato amenazado. Lo que sigue el brutal, obsceno.
Observo el grotesco espectáculo como un plateista de lujo. Cuando ambos yacen inconscientes, me deslizo hacia la calle. Unos minutos me separan del amanecer.
Camino por calles desiertas con la mente en blanco. Me detengo. Analizo las posibilidades y decido que la terminal de colectivos es el mejor lugar para esperar a Miguel. Llego cuando el sol dibuja medio círculo hacia el Este. Rodeo el viejo edificio y trepo hasta el techo.
Me siento en la cornisa y espero. La fisonomía del andén cambia a cada minuto. El día comienza a rodar. La gente se mueve abajo como hormigas desorientadas. Llegan más y más colectivos.
Al rato lo veo llegar a Miguel. Camina como un condenado, enunciándose a si mismo con cada gesto. Se sienta en un banco y clava los ojos en el piso. Dos mujeres pasan detrás de él, arrastrando unos niños que van a los gritos. El chico no se inmuta, es una sombra.
Me pongo de pie y el viento fresco me recuerda cuan lejos estoy de mi reino. Mi trabajo está hecho. Pienso en el viejo, en María. Apunto dos almas más en mi haber y sonrío. Después miro hacia abajo y veo a Miguel arrojar un cigarrillo y encender otro. Se estremece. Se retuerce.

Tres almas —digo para mí, corrigiendo la anterior apreciación.

Unas palomas alzan vuelo, espantadas por mi risa. Se convierten en puntos negros en el cielo, perdidas, etéreas, inasibles, como las almas de mi feudo.