Domingo


Pablo Dema

Una no descansa nunca. Ni siquiera hoy merma un poquito el trabajo. Pero tranquila, Elsa, paremos la mano, vamos por partes. A sacar primero la carne del freezer para que vaya descongelándose. Con esa consigna en mente, deja el montón de ropa sucia que trae bajo el brazo y se encamina hacia la despensa. Saca una bolsa de nylon celeste, la sopesa en el aire y se dice que hay casi cuatro quilos ahí, que alcanza aunque siempre hay que tener en cuenta que cuando se descongelen van a pesar mucho menos, sin contar que hoy en día los pollos vienen cada vez con más agua y porquerías inyectadas y cuando los cocinás te quedan unas palomitas que dan lástima. Pero alcanza, pongo primero un poquito de mayonesa de ave o salpicón y unas tajadas de fiambre, se dice. Aunque ahora al más chico hay que contarlo como un grande porque ya está hecho todo un hombre. De todos modos está bien, son dos pollos, alcanza.

Poquita gente en la calle. Algunos viejos nomás. La campera de corderoy, recién ahora lo nota, es excesivamente abrigada para la época. Últimamente había estado haciendo frío pero esta mañana es una de las típicas de primavera y el sol pega fuerte. Abre maquinalmente el bolsito que lleva colgado, la tira mediante la cual se lo cuelga cruza su pecho en diagonal marcándole los senos; revuelve con una sola mano entre los objetos que hay dentro en busca de un atado de cigarrillos que debe andar por alguna parte. Entre las toallitas, las llaves y el dinero que ha juntado peso a peso para pagarle a Matilde una vez que haga lo suyo, está la foto que todavía no sacó del bolso. Sus dedos tropiezan con la foto. Esa larva, puto cagón.
Ahora fuma mientras camina despacito por el césped del medio del bulevar, poquita gente en la calle, algunos viejos que van para el lado de la iglesia aunque todavía falte un rato para la misa de diez y media. Cuando se cruza con el que barre la plaza deja escapar un hola que no recibe respuesta. No es que el hombre no la haya visto, todo lo contrario, la miró más que de costumbre pero sin embargo no dijo como siempre adiolaniña, sino que se quedó un poquitín desorientado, como atento a algún defecto que le impidió cumplir con el mínimo gesto de cortesía que consiste en devolver un saludo. Ella siguió caminando pero empezó a tocarse, como buscándose algo. Primero el pelo, ¿tan mal estaba? ¿tenía un yuyito, una caca de paloma y no se dio cuenta?, después las mejillas para cerciorarse de que no tenía una mancha de tinta o de alguna otra cosa. No le dio más importancia a ese asunto. Sin embargo ahora recuerda que su madre la miró también de un modo raro cuando se cruzaron en la cocina esta mañana. Claro que para su madre había motivos para mirarla como una aparición. Acostumbrada como estaba a que la hija volviera a las seis o siete de la mañana, le costó creer que no hubiese salido la noche anterior y que además hubiese madrugado. Como la madre se la quedó mirando, como esperando una respuesta, una explicación que pusiera las cosas en orden, ella atinó a decir: qué, voy a caminar, no vez que estoy hecha una vaca. Salió sin oír la voz de la mujer que decía: estoy por lavar, nena, ¿tenés algo sucio?

Elenita ha hecho todo en secreto, compró las témperas con sus ahorros en la librería y ahora está ultimando los detalles del envoltorio del regalo para luego abocarse a la tarjeta, la cual irá con un dibujo y una frase de felicitaciones. Está muy contenta porque siente que lleva adelante, clandestinamente, una tarea con fines nobles. A último momento un cartel que se extiende a lo largo de la vidriera del negocio del frente apareció como una mágica garantía de que no va a cometer ningún error. Ha deletreado. Ahí dice lo que ella tiene que poner en la tarjeta y no puede fallar.  Su reacción automática fue copiar incluso el color de las letras, por eso separó el pomito rojo de témpera, el más parecido que tiene a la tonalidad bordó de los caracteres del cartel que le servirá como modelo. Pero no hay que apurarse, la madre va y viene por la casa y, si bien está segura de que ella todavía duerme, pude entrar en la habitación para retirar alguna ropa sucia o para verificar que la niña esté debidamente tapada. Dejar todo escondido debajo de la cama, esperar que mamá salga a hacer un mandado para terminar la tarea. El sonido del timbre la sobresaltó, la llegada de alguien inmediatamente fue tomada como una señal de peligro. Sin embargo resultó todo lo contrario porque la madre, antes de ir a recibir a la visita, le dio una vuelta de llave a su puerta. Ese giro inesperado fue el toque de suerte que le hacía falta. Estaba acostumbrada a que su madre la encerrara algunas veces, a la noche, cuando venía alguien a hablar cosas de grandes y ella no podía interrumpir. Es decir, podía interrumpir pero sólo con la voz, llamando a su madre si necesitaba algo, pero de ninguna manera haciéndose presente cuando la madre y los hombres que solían venir se ponían a hablar cosas de grandes. El hecho de que hubiese venido alguien cuya presencia merecía cerrar con llave justo en ese momento fue interpretado por Elenita como un milagro para favorecer su empresa benevolente. Mientras sacaba las pinturas, se le ocurrió pensar que a lo mejor todos los domingos a la mañana venía esa gente pero ella no se enteraba porque estaba durmiendo; los días normales, cuando no estaba como hoy muy ansiosa, recién aparecía por la cocina cerca del mediodía, toda despeinada y trayendo de una mano, arrastrándola, a la muñeca de patas largas que había heredado de su mamá.

Hola, soy yo.
Nena, entrá.
Lo dijo en un susurro. Cuando la chica dio un paso adelante, ella apenas movió la puerta y antes de cerrarla barrió con la mirada la calle de derecha a izquierda para ver si nadie andaba cerca. Poca gente en la calle, apenas algunos olvidadizos comprando el regalo a último momento en el bazar del frente.
Y ....-dijo la mujer fingiendo no recordar el nombre del muchacho con el que vino la primera vez para acordar el precio y el día.
No me hablés de esa larva, por favor.
Bueno, respondió la mujer, mejor así, nos arreglaremos. La casa era fresca y silenciosa, se notaba que estaba al comando de una mujer ordenada y aséptica. Una cortina de lienzo blanca dividía el lugar de trabajo de la cocina y el resto de las habitaciones. ¿Todo bien?, preguntó la mujer. Tuve náuseas pero son los nervios. ¿Querés tomar algo antes, agua? La réplica de la mujer fue pronunciada como una pregunta, como un ofrecimiento, pero en realidad fue un comentario de cortesía. No, empecemos, respondió la chica. El sillón era cómodo y crujió apenas cuando ella se recostó con cuidado. Te vas a tener que bajar..., sacártelo, dijo la mujer tocándole la pierna. Mientras la chica se desnudaba Matilde preparaba los instrumentos, dejó al alcance de la mano el alcohol, gasas, unas toallas. ¿Siempre lo hacés?. Mi laburo es lo otro, dijo la mujer, esto es más un favor, me da bronca que la gente se arruine la vida. ¿No te da culpa?, insistió la muchacha. No. Ahora relajate y quedate quietita.

Volvió por el montón de ropa que fue recogiendo en las habitaciones de los hijos. En el cuarto de la mayor no pudo entrar porque la puerta estaba, como siempre, cerrada con llave. Más vale pongo lo de color mientras lavo a mano lo más delicado y la ropa blanca, pensaba ya frente al tacho de la máquina automática. En eso apareció la mayor, con una mano adentro de la carterita colgada mediante la tira que le cruza el pecho; parecía esconder algo muy preciado ahí dentro. La mujer se emocionó al verla y luego se quedó esperando, mirándola casi avergonzada porque no estaba acostumbrada a los elogios y las felicitaciones. Sin embargo la chica la reprendió, fastidiada, y dijo que se iba a caminar. Estará preparando una sorpresa, pobre, y yo la vengo a descubrir. Estoy por lavar, nena, ¿tenés algo sucio? Dijo la madre como para disimular.

Hay un punto que siempre es de extrema tensión, el momento que antecede a un cambio radical del estado de la materia. El instante previo, la centésima anterior al momento en que el vapor se transforma en agua, el mínimo lapso de tiempo que precede al corte del último hilo de una soga en tensión o la fracción de tiempo inmediatamente previa a la ruptura de la piel, cuando el tejido recibe una presión mayor a su coeficiente de elasticidad y estalla la sangre. Ese momento es casi inimaginable, es inaprehensible por su extrema brevedad, sobre todo cuando se trata del encuentro entre un metal filoso y la piel de una persona joven. Se diría que el momento del contacto y el de la incisión es uno y el mismo, pero sin embargo hay entre los dos acontecimientos un tiempo en el cual puede ocurrir algo. Por ejemplo puede ocurrir un arrepentimiento, o la percepción de un grito, o ambas cosas al mismo tiempo. Fue confuso, como alguien que clama y al mismo tiempo insulta. Después hubo un silencio y otra vez el grito y la puerta golpeada con la palma de una mano pesada. No como si alguien llamara sino como si intentara con esos golpes manifestar una protesta. ¡Matilde!, decía esa voz que ahora era perfectamente identificable, ¡abríme!. La mujer se quedó tiesa, reluciente el metal en su mano derecha, inclinada sobre el cuerpo de su paciente. ¡Matilde, puta, abríme! Entonces ella dejó los utensilios y se encaminó hacia la puerta.  Por la ventana dijo: callate, callate que está la nena en su habitación, animal. Abrime Matilde, hablemos. No quiero hablar con vos, mucho menos si estás así, aparte estoy trabajando, chau. Volvió al centro del cuarto con la esperanza de que su reprimenda hubiera sido efectiva. Otra vez los golpes en la puerta: Matilde, abrime. No se sabía bien si llorando o riéndose: yo también necesito que me atendás, tengo una uña encarnada, dijo ahora en tono de burla. Matilde volvió a la ventana: sabés muy bien que no te podés acercar a menos de doscientos metros de esta casa sin mi consentimiento. O desaparecés o llamo a la policía. Una motocicleta estacionó en el bazar del frente, el hombre se dio vuelta, reconoció al que manejaba y salió a los gritos; saludaba, quería festejar el encuentro: tanto tiempo, qué te parió, Paquito.
Matilde y la muchacha respiraron aliviadas.

Cuando Elenita empezó a llorar sobre el papel ya iba por la última letra de la segunda palabra, la a. Poniendo un poco de empeño iba a poder recomponerla sin tener que hacer todo de nuevo. Optó por hacerle una especie de rulo a la pata final de la a para disimular la lágrima que había estropeado parcialmente la letra. La otra lágrima había caído fuera del área del texto así que puso un poco de amarillo sobre ella y se abocó a intentar la forma de una flor. Sin embargo le costaba concentrarse y cumplir con la rígida norma impuesta por la madre: si lo ves a tu padre, matalo con la indiferencia. ¿Cómo podía ella matar a un hombre tan grande? ¿Cómo iba ella a enfrentar esa furia que la aterrorizaba? No podía ignorar esos gritos, ni dejar de asomarse por la ventana para ver cómo de repente el enojo se había trocado en efusividad y alegría, el desamparo en fraternal espamento. Pero ella debía volver al trabajo. No quería desobedecer a la madre aunque jamás podría cumplir con su pedido: matar, matarlo, no lo haría ni con la indiferencia ni con nada; mejor haría de cuenta que no escuchó ni vio lo que pasó, de esa forma estaría exenta de ser acusada de desobediente. No podía matarlo si ni siquiera lo había visto ni oído. Esa fue la decisión final.
La interrupción fue el primer evento que puso en peligro su plan. El segundo ocurrió cuando se asomaba por la ventana para ver a su padre marcharse. En ese momento pisó un pomo de témpera abierto que ahora era un gusanito amarillo que la alfombra absorbía muy lentamente. No era nada grave, al menos no hasta que intentó quitar la pintura con un trapo húmedo destinado a limpiar los pinceles. Decidió entonces tapar eso con la almohada.  Pensó que la alegría de la jornada haría que ese pequeño detalle fuera descubierto mucho después, o tal vez nunca si ella le aplicaba un quitamanchas que había visto promocionado en televisión. ¿Pero cómo conseguirlo? Problema para otro momento, ahora tenía que terminar con la tarjeta para el regalo, escribir la última palabra de la frase. Para ello no necesitaba modelo, aparte de su nombre era la única que sabía, lo cual no era considerado por ella un gran mérito porque sólo tenía que usar dos letras: la primera, otra, de nuevo la primera y otra vez la segunda, y la tilde. A esto lo sabía por la señora que le vendió las témperas, que además de comerciante era maestra: muy bien Elenita, es así, le dijo, pero no te olvides de la tilde, queda feo olvidarse de poner las tildes.

Ahora había que ir a la cocina, mojarse la nuca, tomar agua, fumar. Ya vengo, le había dicho a la chica, dame un minuto. Aprovechó para controlar unas verduras que hervían en una olla. Después se apoyó en el marco de la puerta que daba al patio para terminar el cigarrillo. El episodio molesto de hacía un rato la había perturbado y ese malestar se incrementó cuando le vino a la mente la pregunta de la muchacha ¿No te da culpa? No, no le daba, lo que sí le rompía enormemente las pelotas era que la gente se arruinara la vida por imbécil. La sobresaltó la mano de la chica en su hombro. ¿Qué hacés vestida? Nada, respondió la otra. Bueno, vamos entonces, que la nena se puede despertar.

Los pollos se doraban en el horno a fuego lento, ya eran, efectivamente, dos palomitas resecas. Puso los cuatro platos lentamente sobre el mejor mantel que tenía. La tranquilizó oír que corría el agua en el baño. Con la comida en marcha se quitó el delantal y se fue a la habitación para acomodarse un poco el cabello y ponerse una blusa limpia. El marido ya estaba despierto y pasando los canales hasta que encontró las carreras. Ya va a estar, dijo ella. El hombre no contestó porque estaba muy atento a las imágenes de los autos cruzando la línea de llegada. Dale Raúl, ya va estar eso, si no se seca todo. Pará que termino acá, dijo ahora el hombre atento a una nómina que el relator pronunciaba. La mujer se dio vuelta y prestó atención a la pantalla, como para asegurarse antes de decir, triunfante, que ahí había terminado porque estaban bajando la bandera a cuadros. La serie, dijo él, terminó la serie de clasificación, todavía falta la carrera final. Ah, la final, sí, dijo la mujer, y salió de la habitación.
El hijo menor, al que ella llamaba “el más chico”, cruzaba desde el baño a su cuarto, parecía dormido antes de volver a apoyar nuevamente la cabeza en la almohada. Luchi..., atinó a decir la madre.

Una vez que hubieron terminado, Matilde llamó un taxi. La chica dijo que prefería esperarlo afuera. Antes de salir hurgó en su carterita y le dio la plata sin mirarla, la mujer le repitió algunas recomendaciones y le dio una tableta de pastillas de color ámbar.  Me llamás, cualquier cosa me llamás, pero va a andar todo bien. Cuando salió de la casa estaban cerrando el bazar del frente, se había levantado repentinamente un viento que azotaba la calle en ráfagas intermitentes y arrastraba hojas, vasos de plástico, papeles; también había arrancado el cartel que usó Elenita de modelo y parte de las letras de otro en donde ahora se leía: P omoc ´n   ía d  la ma dr . Cuando llegó su taxi, oyó, nítida, la voz de Matilde en el fondo de la casa: ¡pero mirá lo que hiciste, el lío que hiciste con esas pinturas!

Es un hecho consumado. Tampoco este domingo se sentará a la mesa familiar, pero por razones distintas a las de los demás domingos. Tampoco su hermano lo hará, la madre acababa de entrar al baño y se enfrentó al olor inmundo del vómito cuyos restos flotaban todavía en el agua del inodoro. Pulsó varias veces el botón, limpió con un trapo, presionó con insistencia el globo rosado de un atomizador para purificar el aire viciado.  Ya al pie de la cama, vio al chico pálido por los estragos del alcohol de la noche anterior. Cuando éste sintió la mano de su madre en la frente pidió agua pero ella, furiosa, no le trajo. Después salió de nuevo al pasillo para volver a asomarse en la habitación matrimonial. Algo dificultosa, entrecortada, se oyó la voz que dijo: tendrías que llamar a tu madre, Raúl. Entrecortada la voz, sí, ¿pero por el sonido de los motores? ¿por el llanto aprisionado en la garganta? ¿El llanto de quién? ¿De la mujer en cuyo horno se consumen dos pollos como palomas, o el llanto de Elenita, o de Matilde, o de la chica que baja del taxi y no se anima a entrar a su casa, que siente horrorizada que algo líquido comienza a manar de entre sus piernas?