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Dos minutos más
Daniel Aloisio
El cielo es una mancha verdosa en movimiento. Alguien ha decidido que el funeral se lleve a cabo de esta manera, a pesar de la lluvia. Un viento frío nos abochorna desde el oeste, filtrándosenos entre la ropa. Nos apretujamos unos a otros como un manojo de juncos, en silencio.
Ociosamente paseo la vista por sobre los lomos curvos de los paraguas y los imagino como las cúpulas de una ciudad en penumbras. Como presa de una convulsión, el mío vibra acompasadamente, se arquea, se convierte en un capullo cóncavo para luego retornar a su lustrosa convexidad. Alguien tose a mi lado, ahoga un quejido, se levanta el cuello del abrigo como pretendiendo que también cubra sus orejas. El frío lastima la piel.
De pronto un hombre de espaldas anchas domina la escena. Se agacha junto al ataúd y murmura algo. Algunos se acercan y lo ayudan a ponerse de pie. Entre todos toman las asas de bronce y levantan la caja oblonga.
Sin que nadie lo anuncie, partimos en un cortejo mudo, perdiéndonos entre los árboles. Las cúpulas de nuestra ciudad de paraguas han desaparecido, plegadas bajo los brazos. El aire se enrarece con exhalaciones extrañas. Mis pies vacilan sobre el suelo cubierto de hojarasca húmeda. Tenso los músculos de las piernas para conservar un precario equilibrio y me uno al cortejo, tomando un lugar al final.
Caminamos unos metros serpenteando entre troncos resinosos y cuando creo que la pared vegetal va a terminar por engullirnos, emergemos de la espesura.
Deliberadamente me retraso para contemplar el grupo a la distancia. No son más de diez. Dos hombres jóvenes se detienen a un costado, preocupados al parecer por la suerte que han corrido sus zapatos bajo el agua. Otros despliegan sus paraguas con vehemencia y aprietan el paso. Sospecho que varios de ellos han recibido algún pago para asistir a la ceremonia.
Llegamos a un claro y nos detenemos. Un clérigo espera junto a su asistente a orilla de una fosa recién cavada. Dos tipos con sogas y ganchos los acompañan. El sacerdote se acerca con un pequeño libro y recita unas frases mecánicamente. Sus palabras, al menos así lo imagino, parecen hacer recrudecer la lluvia que nos golpea por cada costado.
El grupo que lleva el ataúd se detiene y lo deposita en el suelo. La tierra lo envuelve cubriendo parte de sus flancos. Los tipos de las sogas colocan los ganchos, y con precisión de expertos lo hacen descender dentro de la fosa.
Se escucha un llanto entrecortado. Por el movimiento de la espalda, intuyo que se trata del grandote. El resto permanece en silencio.
A una seña del sacerdote comienzan a echar paladas de tierra sobre el ataúd. Trabajan como cirujanos, con precisión, con frialdad.
El viento ha rotado hacia el sur, arrastrando algunas nubes. La lluvia no cesa, pero amaina su intensidad. Dos mujeres se separan del grupo y se alejan caminando abrazadas. Intuyo que se dirigen a la casa a preparar infusiones calientes, a servir bebidas espirituosas.
Cuando vuelvo mi atención hacia la tumba, compruebo que la fosa ya está cubierta. No hay lápida ni flores. No hay cánticos ni plegarias.
El sacerdote y su asistente se han alejado unos pasos. Conversan animadamente con una mujer mayor que les entrega un sobre. Los hombres de las sogas reciben el suyo y desaparecen en silencio por un camino lateral.
En un abrir y cerrar de ojos el campo queda desierto. Me sorprendo murmurando una plegaria que ya creía olvidada. Un frío sobrenatural me hiela la sangre.
Con la mente atiborrada de preguntas, me observo interiormente, como si por un momento hubiera olvidado la razón de mi presencia en este lugar. Una congoja incierta me avasalla desde las sombras, como un enemigo poderoso y artero.
Una racha de viento me cachetea desde el oeste. Me apresuro a salir del lugar con una vaga inquietud royéndome los pies. Quizás se trate de un temor infantil, acaso sea el resabio de esa vieja tradición que aconseja no permanecer demasiado tiempo en el lugar donde descansan los muertos.
Apurando el paso me interno en un sendero. El camino que conduce a la casa serpentea entre brezos y ligustros prolijamente cortados. Al final, como un gigante encorvado, se alza majestuosa la edificación de paredes grises y grandes ventanales.
Ha dejado de llover y el aire se enrarece con aromas de hierbas húmedas y flores deshojadas. Mi respiración se hace lenta, profunda, abdominal. Me detengo con los pies cubiertos de barro, prisioneros del légamo pegajoso.
En eso advierto que alguien me hace señas desde adentro. Es la mujer mayor que hablaba con el cura. Al verme vacilar, insiste con el gesto. Algo se quiebra dentro de mí.
Ingreso a la habitación empujado por una brisa que se empeña en cerrar con fuerza la puerta. Descubro que un grupo numeroso de personas atesta el lugar. Me pregunto por qué ellos han permanecido aquí mientras nosotros nos desdibujábamos bajo el agua. Algunos se vuelven para ver quién ha entrado. Me observan por un instante y vuelven a sus charlas apagadas. Alguien se acerca para tomar mi abrigo y mi paraguas que no dejan de chorrear.
La mujer de la ventana se acerca con suficiencia y extiende hacia mí una mano rolliza. Respondo al saludo, excusándome por la suciedad de mis pies. Ella le resta importancia al asunto.
—Inspector —dice con voz firme—acérquese a beber algo.
Sin esperar respuesta, pone un vaso de licor sobre la mesa, y me hace una indicación para que tome asiento. Obedezco. Me aclaro la garganta buscando la mejor manera de plantear el tema. La mujer me observa con los ojos entornados y al fin parece captar el fluir de mis pensamientos.
—Sé que este no es el mejor momento —digo con cierta vacilación—, pero...
—No se preocupe —responde con premura—, ya he enviado por él.
Una sonrisa triste le curva la boca. Suspira y se acomoda el cabello gris con un ademán mecánico. Clava los ojos en un ramo de flores que se yergue a mi espalda y se pierde en sus pensamientos. Se produce un silencio espeso entre nosotros. Puedo advertir en su rostro que la situación la incomoda. Está acostumbrada a ser ella quien domina la situación —digo para mí.
Cuando estoy a punto de quebrar el mutismo, se proyecta una sombra entre nosotros. El hombretón está parado a un lado de la mesa. La mujer y yo nos ponemos de pie como impulsados por un resorte.
—Los dejo para que hablen —dice ella con gravedad, y se aleja con evidente alivio.
Asentimos. El hombre me mira con curiosidad. Cavila, entiendo, acerca de la mejor forma de presentarse. Al fin se decide.
—Yo soy Abel—dice, agachando un poco la cabeza como si le costara dirigir la mirada tan hacia abajo.
—Castro —respondo lacónicamente.
Nos estrechamos la mano y tomamos asiento. Vacío mi vaso de licor de un trago, y mientras lo observo examinarse las uñas, lanzo la primera frase.
—Antes de comenzar, quiero expresarle...
—¡Lompazo! —dice Abel, interrumpiéndome sin miramientos.
—¿Perdón?
—El cura. Tedésimo Lompazo, es italiano.
Intuyo que se trata del sacerdote que ha oficiado el responso. Asiento con impaciencia y trato de encaminar nuevamente la conversación.
—Lo conocimos en nuestro viaje a Europa —prosigue Abel, adelantándose a mis intenciones—. A ella le impactaban sus sermones...
—Respecto a ella... a su esposa... —propongo— a las circunstancias de su muerte...
—La historia —murmura Abel—. Usted quiere toda la historia ¿verdad?
Sus ojos encuentran los míos. Comprendo que en lo que va de nuestro diálogo, él ha llevado el control de las acciones, me ha conducido hábilmente al terreno en el que se mueve con mayor comodidad. Decido dejarlo hacer a su modo.
—Lo escucho, Abel —digo con cautela mientras extraigo una libreta de anotaciones del bolsillo de mi saco.
El hombre se aclara la garganta, mordisquea el labio inferior hasta dejarlo sin color, y cuando parece a punto de callar, comienza su relato:
—Habíamos llegado a un pueblito del sur de Italia... —dice pensativo— Tataruto, creo que se llamaba. Estábamos cansados por el viaje y las esperas en los aeropuertos, y lo único en que pensábamos era en alojarnos, tomar una buena ducha y descansar...
—¿Recuerda el nombre del hotel? —interrumpo.
—Era... Oninas —responde.
—Es curioso —propongo— que recuerde con más facilidad el nombre del hotel que el del pueblo en el que se encontraban.
Abel pestañea repetidamente. Hace un gesto extraño con la boca y respira profundo por la nariz. Por un instante parece contener el aliento a la espera de que cese el rasguido de mi lapicera sobre el papel.
—A ella le gustaban las amapolas... —declara con una sonrisa, como si mi último cuestionamiento hubiera resbalado sobre su mente sin dejar huella—por eso fuimos al otro día a esa granja. ¡Cuánto me arrepiento! Si hubiéramos escuchado al conserje... si hubiéramos demorado ese desayuno dos minutos más...
Afuera ha vuelto a llover. Dos minutos más —digo para mí, y la cadencia de la frase parece repetirse en cada gota que resbala por los vidrios empañados—. El murmullo de la gente decrece a mis espaldas. Oigo la puerta abrirse y cerrarse en varias ocasiones. Abel está diciendo algo cuando vuelvo a prestarle atención.
—... El conserje nos dijo que era gente extraña, pero nosotros... ella estaba tan entusiasmada que no hubo manera de detenerla. Salimos en un auto que habíamos rentado, y apenas dejamos atrás el pueblo, ella...
—¿Cambió su estado de ánimo? —sugiero.
—¿Cómo lo sabe?
—Conozco algo de mujeres. Ahora dígame —propongo, tratando de acortar camino en el relato—¿Qué fue lo que pasó en esa granja?
—¡Ahh, la granja! —responde Abel como si acabáramos de comenzar la charla—. Eran un matrimonio mayor, con un hijo de unos quince años. Se mostraron muy cordiales cuando llegamos, supongo que desde el hotel debieron haberles avisado de nuestra llegada, porque los tres nos esperaban sonrientes en la puerta de la casa. Cinthia... usted sabe, mi...
Asiento en silencio para no interrumpir el relato. La mujer mayor se ha acercado sigilosamente y llena nuevamente mi vaso de licor. Abel pone la mano sobre el suyo y niega con la cabeza.
—Gracias, tía —murmura, dirigiéndose a la mujer.
Me vuelvo hacia ella y la interrogo sobre su nombre.
—Atilia—responde, y se aleja como una exhalación.
Atilia —escribo en mi libreta. Abel está hablando nuevamente.
—...ella, mi esposa, había recuperado el buen humor. Cuando bajamos del auto se acercaron a saludarnos. Me pareció que la mujer apretaba el brazo del chico demasiado fuerte, pero tal vez haya sido una idea mía. El hombre dijo llamarse Genaro, tendría unos setenta años, pero su mirada era la de alguien de cuarenta...
—Usted se refiere a...
—No me gustó la forma en que miró a Cinthia. Fue como si... como si la desnudara con la vista, usted sabe...ella era muy... quizás demasiado...
—¿Recuerda el nombre de la mujer? —intervengo, tratando de rescatarlo de su zozobra.
—Atilia.
—Qué curioso —digo—, el mismo nombre que su tía. ¿No cree?
—¡No recuerdo el nombre del chico! —responde Abel con brusquedad.
Garabateo algo en mi libreta como para disipar la tensión. La llamativa capacidad de Abel para desviar el rumbo de la conversación, no deja de sorprenderme. Su relato prosigue como una letanía.
—Nos rogaron que nos quedáramos unos días con ellos, y Cinthia aceptó encantada. Yo dudé por un instante, pero al fin terminé cediendo. Pensé que la tranquilidad del lugar me podría favorecer para terminar mi novela.
—No sabía que usted...
— Pero esa noche comenzaron las cosas extrañas. Ese vino que sirvieron en la cena...
—Déjeme adivinar: Usted bebió de más y lo increpó al viejo... Genaro por la forma en que miraba a su mujer.
—No. Ellos fueron muy amables, muy hábiles, diría. Genaro se pasó la noche contando anécdotas graciosas y haciendo las delicias de Cinthia que no paraba de reír. Yo intuía que algo extraño había detrás de tanta cordialidad, pero no podía...
—¿Y la mujer y el chico?
—Se habían apagado, eran como sombras. Allí sólo brillaba Genaro. En un momento el chico se me acercó y comenzó a murmurar algo sobre un plan, pero cuando vio aparecer a la madre que venía de la cocina cargando una fuente, regresó a su lugar y no volvió a abrir la boca. Quizás si hubiera podido hablar con él dos minutos más... ¿Se da cuenta? Todo se reduce a esa pequeña fracción de tiempo que se repite una y otra vez. Dos minutos más para...
—¿Para cambiar la historia?
Advierto que mi pregunta suena a hueca en esta habitación que está comenzando a quedar vacía. Abel saca un pañuelo de su bolsillo y se frota la frente en un gesto mecánico. Un grupo de personas se acercan a saludarlo y lo envuelven por un instante en una charla apagada. Aprovecho para revisar mis notas y compruebo con cierta desazón que no son más que un puñado de frases sueltas.
Abel se despide de las personas y vuelve al relato.
—Esa noche me vi asaltado por terribles pesadillas. Soñé que caminaba por pasadizos oscuros con una antorcha en la mano. En el sueño estaba descalzo y mis pies se estremecían por el contacto con un suelo húmedo y plagado de protuberancias. Cuando desperté estaba bañado en sudor. Me levanté para procurarme un vaso de agua y allí advertí que Cinthia no estaba en la cama. Su lado parecía extrañamente ordenado, como si en ningún momento hubiese sido ocupado por ella.
—¿Pero usted y ella no se acostaron juntos?
—No. Ella se quedó con... con la mujer, ayudándola en la cocina. Genaro y el chico adujeron cansancio y desaparecieron apenas terminó la cena, y yo, que tenía la cabeza deshecha por el vino, sólo pude pensar en un sueño reparador. Debo haberme quedado dormido de inmediato, porque no llegué a oír si Cinthia entró en algún momento a la habitación.
Fue cuando estaba por volver a acostarme que escuché voces en el jardín. Mi cuarto estaba en el primer piso, y desde los ventanales se dominaba todo el parque bordeado de pinos.
—¿Se veían desde allí las amapolas?
—¿Amapolas?
—¿No dijo usted que...?
—Entonces me asomé y la vi. Cinthia y el viejo caminaban del brazo, conversando animadamente. Él señalaba unos árboles y hacía algún comentario que yo no llegaba a oír, y ella... reía, y se acomodaba el cabello hacia atrás...
—¿Y qué hizo usted entonces?
—Volví a la cama, enfermo de rabia. Me tapé con las sábanas hasta la cabeza y cerré los ojos lo más fuerte que pude. Debo haberme mordido los labios con fuerza porque recuerdo haber sentido el regusto de mi sangre en la boca. Después volví a levantarme, pero ya no pude verlos. Quizás si hubiera permanecido junto a la ventana dos minutos más...
—¿Y a qué hora volvió ella de su paseo? —mi pregunta tiene más un efecto retórico que una finalidad práctica, los años me han enseñado a ver el punto en el que el cristal está a punto de quebrarse.
Abel me mira con los ojos vidriosos. Intuyo, por la flaccidez de sus facciones, que agradece con alivio mi interrupción. Comprendo que en este punto de su relato se encuentra uno de los nudos de la trama.
—No lo sé —replica con voz débil—. Volví a dormirme, y cuando desperté a la mañana, ella estaba allí.
—¿Y usted le pidió alguna explicación por lo sucedido a la noche?
—Lo intenté, pero ella estaba...
—¿Distante?
—Sí. Se encerró en el baño y me pidió que la dejara sola un momento. Cuando golpeé la puerta para avisarle que bajaba a desayunar, me pareció oír que lloraba.
—¿Y qué hizo entonces?
—Nada. Estaba demasiado enojado por lo que había pasado en la noche, así que bajé y la dejé que se las arreglara sola con su histeria. Ahora sé que debí haberle insistido para que habláramos, sé que debí haberme quedado con ella dos minutos más...
La noche ha caído como un azote sobre el jardín. Una mirada rápida a mi alrededor me confirma lo que mis oídos vienen anunciando desde hace largo rato. Nos hemos quedado solos. Algunos miembros del personal de servicio descorren los pesados cortinados que ocultan esas bocas de profunda negrura en que se han convertido las ventanas. El viento aúlla afuera, el silencio se hace carne entre nosotros.
Atilia ha llenado mi copa una vez más, y yo no la he rechazado. Como un histrión apunto de representar el último acto, salto una vez más a escena.
—¿Y qué pasó entonces, Abel? —inquiero.
—Bajé a la cocina. Allí estaban la mujer y el chico...
—Que me dijo se llamaba...
—Ninguno de los dos respondió a mi saludo. El chico parecía asustado, por un momento creí que iba a largarse a llorar. Pregunté por Genaro y no supieron decirme dónde estaba. Eso me alarmó sobremanera, así que tan pronto como pude reaccionar, volví sobre mis pasos en busca de Cinthia.
—¿Y qué fue lo que halló entonces, Abel?
—La puerta del baño estaba entreabierta y se oía el sonido del agua cayendo en la bañera. Entré como una tromba y la vi sobre un charco de sangre. Estaba tiesa, acostada con los ojos abiertos. Su cuerpo desnudo era de una blancura...
Abel acaba de derrumbarse. Su rostro se contorsiona en un rictus amargo. Gruesas lágrimas le surcan el rostro. Es el retrato de un hombre destruido, un árbol gigantesco abatido por la tormenta. Atilia se acerca en ese momento y me observa con gesto preocupado. Le hago una seña para se ocupe de su sobrino, y vuelvo a mis notas. Abel se pone de pie sollozando y pasa a mi lado, extendiéndome una mano temblorosa. Le devuelvo el saludo agradeciéndole su testimonio, y espero paciente a que la mujer lo ponga en manos del personal de servicio.
—Inspector —dice cuando está nuevamente junto a mí—, he accedido a que hablara con él a pesar de las circunstancias, pero ahora necesito que usted me diga por qué ha querido oír con tal lujo de detalles esa historia, si...
—¿Si ya sé que es falsa?
Atilia asiente con un gesto nervioso. Con el dedo índice tamborilea repetidamente sobre la boca. Se aclara la garganta.
—Abel nunca estuvo casado —afirmo—, eso lo sabemos. Tampoco hizo jamás ese viaje a Italia, y desde luego ni el pueblo, ni el hotel existen. Ni hablar de la granja que sólo es un producto de su imaginación. Sin embargo... a propósito... ¿Las flores favoritas de su hermana eran las amapolas, verdad?
—Sí, pero no veo que...
—¿Cuál era el segundo nombre de ella?
—Cinthia
—Así que el padre de Abel debió haber sido Genaro...
—Sí, él...
—Abandonó a su esposa y a su hijo cuando era pequeño.
—Así es, pero... ¿puede explicarme qué es lo que está...?
—Dígame, Atilia: ¿Quién llegó primero al cuarto de baño la noche en que murió su hermana?
—Abel. Él estaba en la planta alta en ese momento...
—Y cuando usted subió las escaleras y entró al baño, lo encontró arrodillado junto al cuerpo de su madre...
—Sí, creo...
—¿Y no le parece extraño no haber oído ningún ruido que sugiriera que ella había resbalado y caído para pegar con el filo de la bañera en la nuca?
—No lo sé. En ese momento no... pero no entiendo ¿qué tiene que ver todo esto con la historia que Abel le ha contado?
—El trauma de haber visto morir a su madre lo sumergió en un abismo del que sólo pudo salir inventando una historia y bloqueando selectivamente algunos recuerdos. Eso explica por qué no puede recordar el nombre del chico que estaba en la granja. Se trata de él mismo.
—Pero eso no lo convierte en un asesino ¿o sí?
—Yo no he dicho que lo sea, sin embargo... creo que dentro de esa historia está la clave, y me propongo descifrarla.
Ahora, si me permite, quisiera quedarme un rato más aquí, en esta habitación en la que usted estaba sentada esa noche. Quiero releer mis notas, quiero cerrar los ojos y estar en la piel de ese hombre que vio morir a su madre. Necesito pensar como él lo hizo entonces. Sé que estoy cerca. Quizás sólo un minuto, o tal vez...
¡Eso!
Dos minutos más.
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