El banco frente al bosque


Marcelo Lillo

 

Nadie se sienta ya en el viejo banco frente al bosque. Los antiguos placeros, conocedores de las inmutables intrigas de los espacios, lo evitan en sus recorridas nocturnas, arguyendo que aquel banco no pertenece a la plaza que ellos cuidan y que, al contrario de otros lugares, el banco fue primero y la plaza que lo contiene, después.
Los que alguna vez han contemplado instantes sentados en él, afirman haber sido visitados después por esos mismos instantes, como un sueño intenso y recurrente. Por eso, tal vez, ese banco siempre había sido el preferido de los enamorados.
Otros perspicaces lugareños sólo hablan de él con circunloquios, sobre todo cuando se les insta a profundizar sobre las cosas que dicen haber sentido allí.
—Cosas —responden levantando los hombros, e inmediatamente cambian de tema.
Franco Urrutia, que no era lugareño, ni perspicaz, ni conocedor de los sueños de los enamorados, detuvo una tarde su larga caminata para ver cómo los rayos del sol descendían sobre el bosque. Se preguntó si eso era la paz, y se sentó en el viejo banco para observarla mejor. La madera rechinó, como si despertara una vez más para recibir a su nuevo visitante, y él sintió el agradecimiento de su cuerpo por esa necesaria pausa.
Vagabundo y desempleado por imposición, Franco Urrutia buscaba aún la paz entre laberintos de olvido lejos de su pueblo, de su familia y de la inmensa casa donde la tristeza era venerada como una religión y donde la rutina nunca permitía experimentar nuevas angustias. A todo eso había renunciado para siempre. Y tal vez su propia ausencia pronto se convertiría en costumbre, y entonces dejarían de buscarlo.
Su rostro recibió el tibio hálito del bosque.
¿Era eso la paz?
No. La paz que él anhelaba no tenía que ver con lúcidos atardeceres o con aromas de pino, porque sólo duraba el momento de un sentido. La paz que no es perpetua no es verdadera.
¿Al final de qué camino encontraría él su paz inasequible, su interminable utopía? ¿Existía ese camino?
Se puso de pie.
El banco crujió una vez más.
Se alejó caminando hacia el este por la calle solitaria.
Cerca de la esquina, un hombre de ajado rostro y de escasas canas cuidadosamente peinadas, ataviado con pulcras ropas que apenas disfrazaban un aspecto abatido por los años, murmuraba lamentos frente a su coche averiado. Franco Urrutia, que aún masticaba repetidos pensamientos, pasó rápidamente por su lado.
—Disculpe, ¿puede ayudarme? —lo detuvo el hombre.
Franco Urrutia se dio vuelta, sorprendido.
—¿Podría darme una mano, por favor? No entiendo mucho de mecánica —continuó el hombre. Era una de esas personas que inspiran una nostálgica confianza, y que nos hacen recordar a alguien que alguna vez conocimos. Franco Urrutia se acercó a él.
—¿Qué le pasó? —preguntó mientras se asomaba hacia el motor descubierto.
—Se detuvo de golpe.
Franco Urrutia tocó algo entre el motor y el carburador, e hizo un gesto que pareció tranquilizar al hombre.
—¿Tiene un destornillador? —le preguntó después.
El hombre se dirigió hacia el baúl, donde guardaba su caja de herramientas, y regresó rápidamente.
—Aquí tiene —dijo. Su mirada se paseaba velozmente desde el motor del auto hacia su reloj, y desde su reloj hacia algún otro gesto de Franco Urrutia.
—Pruebe ahora.
El auto respondió al tercer intento, y aniquiló mágicamente la ansiedad del hombre.
—¿Qué tenía? —preguntó éste sonriendo.
—La manguera que conecta el motor con el turbo estaba floja y le entró aire. Por eso se detuvo —le explicó Franco Urrutia.
—Me ha sacado de un aprieto —dijo el hombre, estrechándole la mano.
—Sólo ajusté la brida —respondió Franco Urrutia con reverente humildad.
—Yo voy hasta el centro. ¿Quiere que lo acerque a algún lugar?
“En realidad, no tengo adónde ir”, iba a responderle.
—Hasta el centro está bien —fue lo que contestó, y entraron en el auto.
—Doctor Eugenio Arias —dijo el hombre, estrechándole nuevamente la mano.
—Franco Urrutia. Encantado. ¿Doctor, dijo?
—Soy abogado. Tenía apuro por llegar a una reunión con un importante cliente. Si no hubiera sido por usted, no podría estar allí a tiempo. Y no llegar a tiempo es el primer paso hacia la derrota, ¿no es así?
—Me alegro de haber llegado a tiempo, entonces.
—Veo que entiende de autos. ¿Dónde trabaja?
—Trabajaba. Teníamos un taller en mi pueblo. Era de mi padre. Tuve que dejar.
—Entiendo —dijo el doctor Arias—. ¿Y ahora?
—Ahora tengo el peor trabajo de todos.
—¿A qué se dedica?
—Busco trabajo.
—Ya veo —contestó el doctor Arias, y se sumergió en un imperturbable silencio, como si meditara. Franco Urrutia imitaba su silencio, pero no su meditación.
—Bien, llegamos —anunció el doctor Arias—. ¿Le queda bien aquí?
—Está bien. Se lo agradezco.
—Soy yo quien quiere agradecerle —dijo el doctor Arias, mientras extraía algo de su bolsillo.
—No se moleste. No quiero que…
—Tenga. Ésta es la dirección de mi estudio jurídico —le explicó el doctor Arias mientras le entregaba una tarjeta—. Venga a verme mañana a primera hora. Me gustaría tener una entrevista con usted.
—No entiendo de leyes ni de papeles —se apresuró a decir Franco Urrutia.
—¿Tiene permiso para conducir?
—Sí.
—No se hable más, entonces. Mi socio tiene chofer privado. No veo por qué no pueda tenerlo yo también. Y la ventaja es que usted sabe de mecánica y el de él no. Lo espero mañana. No me defraude.
Y al día siguiente, Franco Urrutia se convirtió en el conductor y acompañante privado del doctor Arias.
Meses después, Franco Urrutia era feliz. Si el cambio en su vida fue abrupto o paulatino, todavía él no podía discernirlo; además, el presente intenso y dichoso dificulta la evocación del pasado.
Sentado frente al volante mientras esperaba a su jefe, vestido con su uniforme deliciosamente incómodo, apenas recordaba aquella tarde de bosques soleados y de bancos solitarios.
Amaba su trabajo, la prosperidad besaba sus esfuerzos, y nuevos pensamientos, proyectos antes impensables, se instalaban ahora en sus sueños para deleitarlo con seguras promesas.
Profesaba una gran estima hacia el doctor Arias, tan dadivoso en sus agradecimientos. Por eso le disgustaban los rumores que alguna vez oyó acerca de él, acerca de ciertos pactos con hombres que sólo saludan con miradas ocultas y que fabrican sus propias leyes. Pero él sabía que los rumores sólo merecen el desprecio de los sensatos, porque es preciso ignorar ciertas cosas para que el desarrollo de la paz sea posible.
¿Era eso la paz? ¿Un buen trabajo, lejos de los tiempos sin futuro? ¿Un trayecto sin vallas hacia la dignidad individual?
Sí, eso debía de ser la paz. La paz perpetua, el fin de sus anhelos.
Puso el motor en marcha cuando vio que su jefe se aproximaba.
—Franco, al Café del Parque. Vamos, rápido —dijo el doctor Arias mientras entraba en el auto. En sus manos, llevaba una leve agitación y una carpeta con papeles rápidamente ordenados que miraba una y otra vez con ojos inusuales e inquietos.
Franco Urrutia lo observaba desde el espejo retrovisor, en silencio. Franco Urrutia nunca hacía preguntas. Es preciso ignorar ciertas cosas…
—Espéreme aquí. En seguida regreso —le dijo el doctor Arias cuando llegaron.
Estaba oscureciendo. El bosque se despojaba de luces y se poblaba de otras imágenes. Franco Urrutia descendió del auto para respirar el aire de la tarde que se iba.
Más allá, tres hombres de miradas oscuras, de seguro asiduos clientes, aguardaban cerca de la acera, entre el café y la línea donde los bosques dan la espalda. El doctor Arias se dirigió hacia los hombres y comenzaron a hablar.
—¿Ha traído los originales, doctor? —preguntó el hombre que estaba en medio de los otros dos.
—Los he fotocopiado. Me expongo mucho haciendo esto. Usted sabrá entender.
—¡Ah, doctor! Eso es lo mismo que nada. Los documentos originales que tiene su socio son de vital importancia para el que los posea. Además, ya no quiero que siga molestándonos con los pleitos de siempre. Usted sabrá entender.
—En ese caso no sólo me expondría, también me delataría. Sólo él y yo tenemos acceso a los expedientes.
—Creo que ése es problema suyo, doctor.
—No, señor. Yo ya no tengo problemas. Esto es lo último que hago por usted, porque no tengo poder para hacer nada más. Si lo desea, puedo devolverle el dinero que me ha pagado. Entienda mis razones, por favor.
—Entiendo sus razones, doctor. Y sobre todo en una cosa, tiene usted toda la razón. Ya no tendrá más problemas —dijo el hombre, e hizo un gesto con la mano al que estaba a su derecha.
Franco Urrutia, a algunos metros de distancia, contempló con horror la inesperada escena. Intentó escapar hacia el auto, pero el hombre que había disparado se adelantó, cortando su fuga.
—Asegúrense de que no cuente nada —dijo el hombre que había hablado antes.
Gritando la desesperación, Franco Urrutia corrió hacia el bosque, oyendo los apresurados pasos que se acercaban para dar término a su paz, o el comienzo de una nueva.
Sintió una mordida en su brazo y la sangre que bañaba la manga de su incómodo uniforme. Los pasos que le traían la muerte se le aproximaban. Algunas balas se perdían en los árboles que entorpecían la huida.
Atravesó el bosque hacia la plaza sin testigos y sin torpes árboles que lo acercaran a la muerte, o que lo resguardaran de ella. Vio que el que lo seguía levantaba el arma hacia él, señalando el final del escape. Su alma exangüe pareció abandonarlo antes de tiempo. La muerte no tardaría en venir, y él se dejó caer sobre el viejo banco frente al bosque para esperarla.
¡Qué extraña sensación!
La madera rechinó. Los rayos del sol descendían sobre el bosque, y desde aquel viejo banco podía observarlos mejor.
¿Era eso la paz?
La tarde serena, el aliento del bosque.
Se puso de pie. El banco volvió a crujir.
Mascullando raras sensaciones, se alejó hacia el norte, hacia la plaza que se vaciaba rápidamente, donde una muchacha sentada en el borde de una fuente seca contemplaba el silencio con los ojos perdidos en un sueño. Al candor de aquel crepúsculo naciente, su rostro rutilaba con los primeros encantos de una exultante juventud, y su cabello rubio, a merced de la brisa, parecía una estela del sol en agonía.
Él detuvo su marcha para mirarla, y pronto los ojos de la muchacha se posaron sobre él.
Franco Urrutia desvió su veloz mirada hacia la calle distante. Los árboles dejaban caer hojas muertas sobre la vereda y más allá, cerca de la esquina, un hombre de pulcras ropas y de canas cuidadosamente peinadas murmuraba lamentos frente a su automóvil averiado. Los únicos signos del movimiento del mundo, aparte del sol que se despedía.
Él volteó sus ojos hacia la muchacha y se acercó a ella, obedeciendo a un mandato que no se expresaba con palabras.
—Quiero conversar.
—Conversemos —aceptó ella.
—¿También estás sola? —dijo él, preguntando y afirmando a la vez.
—Sí, pero no me gusta estar sola.
—A veces es mejor. Te evita conflictos.
—La soledad aumenta los conflictos, porque no te da la oportunidad de dividirlos.
—Hay algunos conflictos que no pueden dividirse.
—La soledad no es buena compañera.
—Pero da buenos consejos.
—Te gusta la soledad, veo.
—La detesto.
Ella sonrió.
—Franco Urrutia. Encantado —dijo él, extendiendo su mano.
Y en el borde de la fuente, el final del día se unió a otros comienzos.
Ése fue el primer crepúsculo que contemplaron juntos.
Se encontraron nuevamente al otro día, y al otro. El amor empezaba a fluir con nuevos complementos. Al cuarto crepúsculo, revelaron los secretos de rigor; el quinto crepúsculo fue opacado por un beso; el sexto, Franco Urrutia se convenció de que la amaba, y en el séptimo, la incluyó en el frágil proyecto de su vida. Y ella, por el momento, se dejó incluir.
Franco Urrutia comenzó a amar las horas anteriores al atardecer. Y al anochecer, disfrutaba nuevamente de la paz del amor.
¿Era eso la paz? ¿Dividir la vida, enaltecer la ilusión con realidades más fuertes? ¿Compartir el cuerpo y el alma en el deseo, y en el inútil intento de alcanzar una saciedad inalcanzable? ¿Amor y paz eran la misma cosa?
Sí, eso era la paz. El amor verdadero es paz perpetua, porque no muere. Y si muere, da lugar a otra paz; pero esa paz ya no pertenece a este mundo.
Franco Urrutia le hablaba de sus sueños y ella contemplaba los propios en las luces del ocaso. Luego se amaban y se despedían hasta el siguiente atardecer.
Treinta crepúsculos pasaron antes que Franco Urrutia decidiera comenzar otras etapas. Una noche, en vez de dormir en la pensión que había alquilado a cambio de trabajo, vagabundeó por la ciudad, meditando, inventando argumentos y deshaciéndolos, buscando las mejores palabras para que ella accediera a vivir con él, y así tenerla durante todas las horas del día.
El amanecer lo sorprendió en la plaza de otro lugar. Contempló el nacimiento del día que marcaría una nueva felicidad, y sonrió como si la tuviera.
Pero su sonrisa desapareció de repente, como la luz de las estrellas ante el sol que las segaba.
A pocos metros de él, pudo ver a una muchacha que contemplaba el silencio con los ojos perdidos en un sueño. Su rostro rutilaba al candor del joven amanecer, y su cabello rubio parecía una estela del sol que nacía. Alguien apareció desde la penumbra y, luego de besarla, empezó a hablarle de ilusiones mientras ella contemplaba las suyas.
Franco Urrutia se retiró para no importunar a aquel que construía fantasías al amanecer, las mismas fantasías que algún atardecer se encargaría de destruir.
El día se fue rápidamente. La tarde lo sorprendió en la solitaria plaza del principio lejano, y se acordó de ella.
¿Vendría hoy? Él ya no quería saberlo.
Siguió caminando hasta un viejo banco que enfrentaba al bosque. La pena y el cansancio se abalanzaron sobre él. Y mientras pensaba que el amor divide los conflictos y su final divide los sueños, se dejó caer sobre el banco para llorar sin testigos.
La congoja era cruel.
La madera rechinó.
La congoja ya no estaba.
¡Qué raro era todo!
Vio el atardecer que caía sobre el bosque. Era espléndido desde allí.
¿Era eso la paz?
Un soplo tibio acarició su rostro. Se puso de pie. El banco crujió nuevamente.
En la calle, un elegante señor farfullaba maldiciones frente a su auto, y en la plaza, una risueña muchacha engendraba ilusiones durante las dos luces del día. Detrás de él, se extendía la ruta de regreso que nunca volvería a tomar. Ninguno de esos diversos caminos le complacían.
Se alejó presuroso hacia el oeste, a lo largo del arroyo que atravesaba al bosque.
Los rayos de sol apenas se filtraban entre las hojas tembladoras y sobre las aguas claras que corrían. Y él corrió con ellas, lejos.
En las orillas finales donde las aguas dividían sus senderos, como el fin del amor que divide los sueños, un grupo de errantes cantaba alrededor de una guitarra y de una fogata una melodía que se elevaba hacia la noche. Franco Urrutia se acercó a ellos. Era una canción que él conocía.
Los mendigos dejaron de cantar cuando lo vieron.
—¿Nos ayuda con algo? —preguntó uno de ellos.
Franco Urrutia extrajo un cigarrillo arrugado del bolsillo de su camisa, lo encendió en la fogata y se lo entregó al mendigo.
—Ahora soy más pobre que ustedes —les dijo.
Otro mendigo rió.
—Me gusta lo que estaban cantando. ¿Puedo quedarme? —les pidió él.
—Bienvenido —le contestó el mendigo, y en seguida reanudaron el canto.
Franco Urrutia se unió a ellos. ¡Hacía tanto que no cantaba!
Y al son de aquellos acordes, él empezó a forjar el resto de sus días.
Los mendigos tenían simples filosofías; simples y eficaces. Poco a poco, él se fue acostumbrando a sus deseos, y a hacerlos suyos. Deseos que nada tenían que ver con las agonías de los ideales.
El paso de los días ya no lo mortificaba; el tiempo no era más que un eterno presente. Él cantaba y vivía. Le gustaban, más que cualquier cosa, los peregrinajes sin rumbo que finalizaban en las noches de guitarra, de alcohol y de olvido. Y al final del manso arroyo halló la paz de las noches blancas.
¿Era eso la paz? ¿Despojarse de ideales mortíferos que generan atroces necesidades? ¿Dejarse llevar por la inercia de los días hasta que ya dejaran de moverse? ¿Gozar de la alegría de la indiferencia, y ser indiferente hasta de la propia indigencia?
Sin duda, ésa era la paz. La definitiva. La que nunca lo dejaría.
Cierto día, un compañero le dijo:
—Éste es el mejor modo de vida. La generosidad de los demás se nota cada vez menos, pero todavía nos permite sobrevivir. Mientras tanto, nosotros tenemos todo el tiempo que a ellos les falta y que los mata más rápido que la miseria a nosotros.
Y él, complacientemente, le dio la razón.
Pero los años se escaparon con la rapidez de la desgana. Franco Urrutia envejecía en la nostalgia. De repente, el eterno presente se convertía en eterno pasado, y la juventud sepultada en él lo atormentaba con recuerdos lejanos, ya irreales.
Algunos compañeros ya se habían ido: unos a buscar otras generosidades; otros, a distintos espacios. La guitarra ya no entonaba melodías y, una noche de invierno, cumplió su última misión alimentando la fogata.
Y Franco Urrutia volvió a llorar, por primera vez en tantos años. Lloró por su paz perdida, porque la paz en la miseria se parece mucho a la resignación. La vejez que debía ser segura, lo debilitaba cada vez más.
Si tan sólo pudiera cambiar el tiempo.
¿Puede cambiarse el tiempo?
Con este nuevo pensamiento, dejó para siempre la fogata moribunda y regresó por el camino del arroyo, cuyas aguas, tan juveniles como siempre, se deslizaban bajo la noche. Se dirigía hacia el bosque, hacia la plaza, y luego…
Sus huesos clamaban por un poco de calor. Pero él proseguía rumiando una idea.
¿Puede cambiarse el tiempo?
Él creía que sí, o deseaba creerlo, o recordaba que alguna vez hubo más de un principio.
Encontraron su cuerpo a mitad de camino entre el bosque y un viejo banco que lo enfrentaba. El banco que nunca alcanzó.
En una tumba para mendigos, quizá Franco Urrutia haya alcanzado la paz.

Los más sabios pregonan que la paz no es del mundo sino del alma, y que es allí donde debe buscársela. Otros dicen que el alma y el mundo se alimentan mutuamente y que ninguno de los dos debe ser descalificado. Otros aseveran que vivimos en un mundo que ya pasó, y otros, los más audaces, creen que el alma es simplemente un vocablo.
Pero los placeros, hábiles conocedores de los espacios desiertos e ignorantes de antagónicas teorías, aseguran que durante las lunas de invierno, una sombra perdida y tambaleante sigue buscando rumbos desde el banco donde ya nadie se sienta.