El pabellón gris
Marcelo Lillo
Sobre la cama de una habitación en el Hospital Central, recostada sobre su pecho, la joven mujer pugnaba por emerger del soporífero efecto de la anestesia. Entreabría los ojos y volvía a cerrarlos inmediatamente, a causa del cansancio que este simple acto le producía, y también por las imágenes borrosas e hirientes que se desplazaban delante de su vista. Poco a poco fue adaptando su visión a la luz que provenía a través de la gran ventana de la habitación. Percibía algunos sonidos, distantes y huecos, como el ruido causado por innumerables guijarros lanzados dentro de un estanque profundo. Su boca se estiró hacia un costado; frunció el ceño ante el sabor amargo del Pentotal impregnado en su paladar, como si de sus maxilares emergiera un fluido continuo y viscoso. Sintió náuseas. Intentó llevar su brazo derecho hacia el estómago, pero sus miembros parecían ajenos, como injertos implantados en su cuerpo, carentes de nervios y tendones. Los sonidos empezaron a tomar una forma más definida a medida que se aproximaban, produciéndole flagelantes punzadas en los costados de su cabeza; y su visión, que empezaba a vencer a la luz, pudo distinguir finalmente los contornos de la silueta que se encontraba de pie al costado de la cama. Fijó sus ojos en ella, para visualizar mejor los colores y las formas que se ocultaban detrás de esa madeja de sombras y nubes.
Pudo reconocer entonces el largo delantal blanco, sobre el cual se posaba una campera de lana azul con grandes botones plateados. Sobre la cabeza de la mujer, una cofia blanquecina parecía dar forma a un exótico y extravagante peinado. Vislumbró el rostro de la mujer que le sonreía profiriendo sonidos afónicos.
— ...mejor? — fue el único fragmento de la oración que la joven alcanzó a oír.
— ¡Mmmm...! — respondió, incapaz aún de articular cualquier vocablo. Cerró fuertemente los ojos; alguna parte de su cuerpo dormido comenzaba a despertarse con la resaca del dolor.
— ¿Necesita algo? ¿No tiene hambre?
La joven negó con la cabeza. Sus movimientos eran todavía torpes y cortantes.
— ¿Segura? — insistió la mujer al costado de la cama.
— Mm... no... gracias... — respondió la joven, esforzando una sonrisa.
La mujer se le acercó, y la muchacha pudo sentir la mano de la desconocida acariciar suavemente su cabello.
— Pobrecita... — murmuró la mujer —. ¿No puede hablar todavía?
La joven inclinó su cabeza hacia atrás y abrió ampliamente su boca para poder respirar mejor.
— No... mucho — respondió al fin.
— Bueno, no se lamente. Para eso estoy yo aquí. Soy enfermera. Voy a tratar de reanimarla un poco.
— Gracias... — contestó la muchacha produciendo un sonido parecido a aasiaas.
— Veo que le cuesta todavía. Déjeme tomarle el pulso, ¿sí?
Los dedos de la mujer se dejaban sentir como una ligera caricia sobre la muñeca de la joven; su piel comenzaba a recuperar un poco de sensibilidad.
— Está bien, parece. ¿Le duele algo?
— Un poco... la espalda.
— ¡Ah! Ya veo. ¿Qué le hicieron esos sinvergüenzas? — preguntó la mujer, y su voz sonó muy trémula.
— Me... partieron en dos, creo — respondió la joven.
— ¿Duele mucho?
— Bastante. Ahora me duele bastante — contestó. Observó a la mujer que la miraba fijamente; se asemejaba mucho a una torpe pintura plasmada sobre un lienzo rasgado.
La mujer permanecía aún de pie. Era delgada, muy delgada. Su aspecto canijo dejaba entrever un cuerpo gastado y cabellos enmarañados detrás del pulcro atuendo y bajo la blanca papalina.
— ¿Está segura de que no quiere nada? — volvió a preguntar con su voz fláccida—. ¿Un poco de agua?
La joven meditó por un rato. Luego asintió.
— Sí, tengo un poco de sed.
Sin decir palabra, la mujer salió rápidamente. La joven trató de acomodarse sobre la cama, buscando un punto de apoyo que aliviara su malestar. No lo consiguió.
A través de la ventana, un tenue sol alumbraba la habitación, su luz obstruida en gran medida por el gran edificio ubicado frente a ella. La apariencia gris de esas paredes ensombrecía el paisaje detrás del ventanal.
La joven cambió nuevamente de posición sobre su cama, para recibir el vaso de agua que la mujer le traía.
— ¿Ya se siente mejor? — preguntó la mujer con una exagerada sonrisa.
— Sí, muchas gracias. Espero que el doctor venga rápido.
— ¡Ah, sí! El doctor... — replicó la enfermera, y su voz volvió a temblar —. Creo que está visitando a sus pacientes — agregó.
La joven se reclinó, y una mueca tradujo el fuerte dolor en su cuerpo causado por el brusco movimiento.
— Trate de estar quieta — dijo la enfermera —. No se mueva tanto o se le van a salir los puntos.
La joven asintió con un gesto.
— Está un poco baja de presión, por eso está tan débil. O a lo mejor está débil por tener la presión baja — sentenció la mujer, en un tono histriónico que le produjo a la joven una involuntaria sonrisa.
— ¿Hace mucho que es enfermera? — preguntó la joven.
— Bastante — contestó la mujer. Su mano derecha adquirió de repente el mismo temblequeo que su voz —. Sí, bastante. Mi madre... — y se detuvo abruptamente.
— ¿Cómo? — preguntó la joven.
— ¿Quiere que le traiga algo? — dijo la delgada mujer aferrando con fuerza la campera de lana azul.
— No... no — respondió la joven. Y luego: — ¿Se siente bien?
— ¿Eh? Sí, sí. ¿Por qué?
— Dígame, ¿qué hay en ese edificio allá enfrente? — preguntó la joven señalando hacia la ventana.
— ¡Oh, ese edificio! Es el pabellón 3. Está al otro lado del patio — contestó la enfermera extraviando su mirada en algún punto de la pared.
— ¡Ah! — respondió la joven —. ¿Lo conoce?
— ¡Como si fuera mi casa! Se ven muchas cosas en los hospitales, créame jovencita. Sobre todo en esa parte de los hospitales.
Su voz sonaba ahora lejana y apagada, como si fueran palabras producidas por alguien que habla dormido.
— ¿Muchas cosas? ¿Qué cosas? — preguntó la joven.
— Cosas. ¿Qué sé yo? Muchas cosas, hija.
La joven le lanzó una mirada de incomprensión, insatisfecha ante la respuesta de la enfermera.
— No puedo nombrarlas a todas — prosiguió la mujer —. No me gustan los hospitales, no sé por qué. Una vez vi a un hombre, en ese pabellón, hace algunos años — volteó su cabeza hacia la ventana —. Cantaba todo el día, gritaba, y decía que veía cosas. Cantaba día y noche. Creo que se murió de ronquera — dijo al fin.
La joven no pudo reprimir una carcajada. Sin embargo, la mujer parecía no bromear. Un semblante de completa seriedad se había apoderado de su rostro. La joven se calló enseguida, y se sintió un tanto avergonzada. La delgada mujer continuó.
— Como acabo de decirle, no me gustan los hospitales, pero no tengo otra opción. ¿Qué voy a hacer? Por estos lados se ven y se escuchan muchas cosas que no se sienten en otros lugares — dijo la mujer con voz vacilante. Su mirada, inexplicablemente, se había disfrazado con una incomprensible ¿nostalgia? —. Anoche, sin ir más lejos — agregó — trajeron a un pobre hombre que, aunque usted no lo crea, se le cayó un árbol encima. No se puede imaginar uno la agonía que tuvo ese señor; hay que estar aquí para verlo.
La joven se sintió repentinamente incómoda. Observó cómo la mirada de la mujer se descolgaba en dos lagrimones. Hasta su voz parecía haber descendido a un tono infinitamente grave.
— No me gusta ver sufrir a la gente. Reacciono mal ante el sufrimiento. Por eso no me gustan los hospitales — repitió —. En otros lugares, uno puede disimular un poco, pero aquí es donde se ven las más terribles miserias humanas; las que nos hacen muy, pero muy indefensos ante la tristeza, la enfermedad y la muerte. Ellas nos hacen sentir muy, muy chiquitos...
La joven la escuchaba con desgano ahora. No le agradaba en absoluto oír de enfermedades mortales cuando sólo unas pocas horas atrás había estado a total merced del bisturí. Trató de llevar la conversación por otro sendero.
— Pero allá — volvió a indicar la ventana y el edificio gris — ¿hay muchos pacientes?
La mujer la miró con sus ojos aún humedecidos. Permaneció en ese estado de contemplación durante varios segundos, como si no hubiera escuchado la pregunta de la joven. Después de esa larga pausa respondió.
— Sí. ¿Cómo?
— En el pabellón de los locos. ¿Hay muchos...?
— El pabellón de los locos — repitió la mujer como un eco —. Hay muchos, pero no todos son... — le costaba articular esa palabra — ... locos, como usted dice. Bueno, algunos son bastante... — la mujer trató de encontrar un adjetivo mientras gesticulaba con sus manos inquietas — ... un poco idos. Pero no son peligrosos. Algunos hasta nos hacen reír...
— No sé, — interrumpió la joven — si yo tuviera que estar frente a uno de ellos... No sé, creo que me moriría de miedo. Uno nunca sabe con qué se van a salir.
— No. No es para tanto. Mire al “Tata” González, por ejemplo. Todos lo tenemos bien identificado. Pero él siempre nos hace caer. Se esconde detrás de las puertas y cuando pasa una enfermera o una doctora se les aparece de golpe y haciendo de cuenta que tiene un revólver les “dispara un tiro” — ¡¡¡baaam!!!, gritó la mujer profiriendo una ruidosa onomatopeya — y después sale corriendo por los pasillos. A una, hace unos días, del susto que se llevó le quedó la bandeja de sombrero.
La joven emitió una sonora carcajada, lo que la hizo gemir al mismo tiempo por el agudo dolor en su espalda.
— ¿Y a usted? — preguntó la mujer —. ¿De qué la operaron?
— ¿A mí? Poliquistosis... en el riñón derecho. Me hicieron una nefrectomía — señaló el sector de la incisión — porque tuvieron que extirparlo.
— ¡Ah! — contestó la mujer —. ¿Y ya está bien?
— Sí, lo agarraron a tiempo. Pero me duele mucho.
— Es lógico — respondió escuetamente la mujer —. Uno nunca sabe con qué se van a salir.
— ¿Perdón? — preguntó sorprendida la joven.
— Le voy a dar un calmante. Así no le va a doler tanto, ¿quiere?
— ¿Pero a eso no lo tiene que prescribir el médico, señora?
— ¡Médicos, médicos! Si supieran ellos cuántas veces los pacientes no sufren gracias a nosotras — respondió mientras se ponía de pie y buscaba el maletín que había dejado al lado de la puerta del baño —. ¡Hágame caso! Se va a sentir mejor.
La joven dudó un instante, pero el dolor en su espalda era cada vez más fuerte.
— Vamos, póngase boca abajo — ordenó la mujer mientras preparaba una jeringa.
Apartó las sábanas y levantó el camisón de la paciente. La joven corrió su bombacha descubriendo sus muslos. El pinchazo la hizo crispar, pero luego se relajó.
— Ya está — dijo la mujer —. Ahora va a sentirse mejor, sin dolor. No me gusta ver sufrir a la gente, como le dije — añadió mientras hurgaba en el maletín, buscando alguna otra cosa.
Extrajo un termómetro, y comenzó a agitarlo.
— Voy a medirle la temperatura, ¿sí?
La joven contestó con un susurro. De repente, sus párpados volvían a pesar mucho. La enfermera introdujo el termómetro en el ano de la joven, lo que hizo que su esfínter se contrajera.
— ¿Le duele todavía? No se preocupe, querida. No se preocupe. ¿Para qué estoy yo? — dijo la enfermera mientras colocaba una aguja en otra jeringa.
La joven no sintió el segundo pinchazo; ni el tercero, ni el cuarto, ni el quinto, ni el sexto. Había caído en un súbito sueño, imperturbable. Algunos hilos de sangre comenzaban a deslizarse por sus nalgas.
La mujer canturreaba suavemente una áspera melodía. Luego se aproximó a la muchacha y removió los cabellos de su cara.
— Ya está. ¿Ya no le duele más?
La joven no respondía. Su respiración parecía haberse interrumpido.
— ¿Qué le pasa, niña? No me dé esos sustos — preguntó alarmada la mujer mientras zarandeaba el cuerpo de la joven —. ¿Se siente bien? — volvió a preguntar zamarreando más fuertemente a la muchacha —. ¡Oh! ¿Qué le pasa? — insistió nuevamente antes de que la puerta de la habitación se abriera.
La mujer se sobresaltó y retrocedió, presa del temor, al ver a los dos médicos y a una enfermera apostados en la entrada.
— ¡Yo no hice nada! ¡Yo no hice nada! — repetía sin cesar.
Los médicos aún no podían salir de su estupor. Ante sus ojos, el cuadro de la joven inmóvil sobre la cama, con seis agujas clavadas en sus nalgas ensangrentadas, algunas con las jeringas por la mitad, otras completamente vacías, el termómetro incrustado en el ano, y la macilenta mujer contra la pared temblando como una hoja, les parecía a ellos algo demasiado irreal. Pero reaccionaron al fin y se precipitaron sobre la mujer, que mordía sus nudillos en completa desesperación.
— ¿¡Qué hiciste, vieja loca!? ¿¡Qué hiciste!?
— ¿Qué pasó acá? — preguntó la enfermera al entrar en el cuarto. Luego lanzó una incrédula mirada hacia la mujer, que ya había estallado en histéricos llantos —. ¿Qué hace esta mujer con mi uniforme?
El otro médico se acercó apresuradamente a la joven, extrayendo las jeringas, las agujas y el termómetro.
— ¡No puede ser! — exclamó, y sus ojos se desorbitaron —. ¡Xylocaína, Durocaína, Decadrón! ¿De dónde... de dónde sacó todo esto? — decía mientras enumeraba los frascos vacíos desparramados sobre las sábanas —. ¡Vaya, enfermera! ¡Vaya! — reaccionó en seguida —. ¡Que preparen inmediatamente la sala de terapia intensiva! A lo mejor todavía puede hacerse algo.
Pero esto último sonó más como un deseo que como una orden.
— ¡Y llévese a esta vieja! ¡Sáquela de mi vista! — aulló el otro médico —. ¡Ya me van a oír esos imbéciles del pabellón! ¿¡Qué clase de vigilancia tienen esos tarados!? ¡Y nosotros..., nosotros también somos unos tarados!
La enfermera aferró el brazo de la mujer y la retiró del cuarto.
— ¿Qué hiciste, loquita? ¿Qué hiciste? — le preguntaba mientras se deslizaban por el largo corredor, sin esperar respuesta.
No obstante, la mujer del pabellón le respondió, con sus ojos cansados y húmedos, con su mente devuelta a la negra laguna de la demencia, mientras a unos pocos metros se dejaban oír los quejidos de los convalecientes:
— No me gusta que la gente sufra, mamá. Me hace mal. |