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En el agua
Pablo Dema
Puse los dedos sobre el cuello y sentí como
un fulgor de movimiento
en mi interior.
Cuando aflojé los dedos, era otro.
Juan José Saer, El asesino.
Si hubiese sido dos o tres meses antes, el repentino encuentro los hubiera disparado a ambos hacia direcciones opuestas. Ya veo la cara de él, dura, como hecha de palo; ya la veo a ella girando sin titubear y huyendo hacia las duchas con el rostro entre las manos. También hubieran huido si alguno de los dos hubiese vista la fotito del otro en el carnet, sobre la mesa de entrada, al lado de la firma y el horario de habilitación para nadar.
Pero era domingo y ambos habían dejado la mochila lista la noche anterior. Y cada uno salió de su casa y el sol radiante que apenas mitigaba el frío los hizo sentir más buenos en el camino a la pileta. Fueron solos, cada uno por una ruta nueva que los obligó a recordar la otra ruta, el itinerario siempre compartido de los demás domingos a la mañana. No iban tanto por el hecho de nadar sino para abrazarse en el agua tibia, iban a jugar a decir palabras llenas de burbujas, a descubrir que los besos sumergidos no eran bonitos como en las películas sino que los hacían tragar agua y toser.
Están en el extremo de la pileta, aferrados al borde porque no hay plataforma y ésa es la parte más profunda. Se miran sin asombro, como si aceptaran un mandato del azar y decidieran que era lindo verse después de todo y charlar, mirarse, decir, aunque no lo dijeron, que nada fue tan malo en realidad, fui un idiota, la vida sigue, qué raro verte sin mí, qué raro es ver la cara de la ausencia, esa otra parte propia que sin embargo ahora resulta tan extraña.
En la pileta hay poca gente porque es temprano y afuera hace frío. Ellos están con esos gorritos que les cubren completamente la cabeza, con las pieles brillantes, casi desnudos en sus trajes de baño de lycra ceñidos al cuerpo. Han dicho dos o tres frases torpes pero en son de paz. Las piernas se movieron circularmente en el momento del encuentro para mantenerse a flote; se han rozado, dos o tres veces, las pieles. El contacto es furtivo pero él advierte que ella está sin depilar. Ahora ambos buscan apoyo. El hombre está de costado, tomado de la plataforma con el brazo izquierdo y con el derecho aleteando en el agua para no hacer tanta fuerza. Ella apoya el pecho en la pared de la pileta, los brazos cruzados, los codos sobre el borde salpicado de gotitas y los dedos entrelazados; apoya el mentón sobre las manos, cierra los ojos y después mueve el cuello lentamente a uno y otro lado. El reconoce ese movimiento típico de todos los deportistas que buscan relajarse antes de emprender una rutina exigente. Ella apoya ahora las plantas de los pies en la pared de la pileta y se aferra al borde, elonga los músculos de las piernas y su cuerpo, antes vertical, queda ahora casi plegado en dos, los pies y las manos a punto de tocarse. Después vuelve a la otra posición, queda de pie, flotando en el agua y con las manos al costado del cuerpo como si buscara relajarse después del estiramiento. Lo único que mantiene su cuello y su cabeza fuera del agua es el mentón, ha usado el maxilar como punto de apoyo sobre el borde de la pileta y de esa forma se abandona al mínimo vaivén del agua transparente. El hombre mira el cuello desnudo y blanco surcado por algunos pocos cabellos finos que escaparon de la gorra. Y siente que sus manos van solas hacia ese cuello y lo toman para alejar el mentón del borde y dejar el cuerpo abandonado a su peso y al peso de él que también se entrega y se hunde. Sería sólo un movimiento nada más, pero bastaría para sumergirlos en un abrazo tibio y definitivo. Sin embargo, él no se ha movido y la que sí lo hace es ella que vuelve a tomarse del borde con las dos manos. Ahora lo mira de nuevo: me caso, dice, a fin de año. Después de eso gira y queda de espaldas a la pared de la pileta, el andarivel libre es una ruta vacilante y tentadora. Ella apoya los pies para darse impulso y se lanza hacia adelante. El hombre no parece pensar mayormente en nada, acepta la partida como quien mira pasar, un día domingo, el colectivo que lo lleva a trabajar el resto de la semana. Después se suelta del borde y siente que el músculo tenso del brazo izquierdo se relaja. Se deja caer lentamente hasta el fondo con los ojos abiertos. El cuerpo dibuja un semicírculo y se pone horizontalmente, se deja llevar por el agua y se le ocurre pensar que sus huesos y músculos son de papel. Adelante, arriba, se ven todavía las piernas de la mujer que empujan rítmicamente el agua con las plantas de los pies, como debe ser en el estilo pecho. Pero ya la imagen es borrosa y desaparece en cuestión de segundos. Ahora, acostado en el fondo, nota que los rayos de luz que se filtran por el techo de acrílico penetran también el agua. Debe haber algunas nubes de distinto espesor y partes despejadas, los rayos pasan y se proyectan en la superficie del agua que apenas ondula. El hombre piensa que esa imagen es tan hermosa que dan ganas de quedarse ahí abajo para siempre. Cuando flexiona las piernas, levanta los brazos y se impulsa hacia la superficie, busca el aire con avidez pero sin desesperación. Nota que apenas está agitado. En la pileta, fuera de dos viejitos que flotan a lo lejos bajo la mirada del instructor somnoliento, ya no hay nadie.
Cuando sale del club, media hora después, llueve y la calle está desierta. Ese cambio tan brusco de tiempo hace que todo lo vivido tome un tinte irreal. Le cuesta conciliar la tibieza y el sol pasando a través del techo, las imágenes claras de la pileta, con ese frío y la lluvia que ha oscurecido repentinamente la mañana. Se mete bajo una garita de colectivos a esperar que pase un taxi o pare un poco el agua. Se toma la cosa con paciencia, sabe perfectamente que no es fácil conseguir taxis un domingo a la mañana; no sabe muy bien, en cambio, si debería sentirse como un asesino, un suicida, un cobarde o, como suele decirse, un buen hombre. |