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Pablo Dema

El soldado es un cobarde. Le teme a las tormentas, a las armas, a la oscuridad, a casi todos los animales –es incapaz de agarrar un conejo o una gallina con las manos-, le teme a sus superiores y al enemigo. Pero por sobre todas las cosas le tiene miedo a los muertos. Cuando ve un muerto desfallece. Ha llegado a dejar un compañero tirado en el campo de batalla porque no se anima a tocar a los muertos, ni a mirarlos siquiera. El que comanda la operación olvidó este rasgo de la personalidad del soldado o tal vez lo desconoce. Por eso le encomendó la tarea de cuidar la puerta de la habitación donde yace el muerto.

Son más de las siete de la mañana cuando entra al loft. Inmediatamente se prende a una botella de agua mineral de dos litros que saca de la heladera. Se quita los zapatos y se desprende la camisa. Sabe que tendría que dormir pero también que no va a poder hacerlo hasta que no baje todo lo que ha tomado en la fiesta a la cual asistió. Estaba toda la gente del ambiente, unas chicas nuevas que presentó Risso. Lindas chicas, jovencitas, viven a agua y lechuga, manejan el discurso de la vida sana y todo eso.  Agarra uno de los controles que tiene a mano. Es el del televisor. Enciende, una modelo arrodillada en la arena, el torso desnudo, cubriéndose los senos con las manos, de espaldas a la cámara, saca todo lo que puede el culo pulposo, duro y brillante. Ahora se da vuelta y mira directamente a la cámara, desafiante, como incitando a una imaginaria bestia dubitativa a que se abalance por fin sobre ella. Va cambiando de posición, articulando su cuerpo para resaltar todas las formas, muy lentamente, recorrida con minuciosidad por la poderosa lente de la cámara. Se logra el efecto buscado, la mujer incita y es deseable, adopta todas las actitudes de un ejemplar en celo. Sin embargo, a la cámara no se le escapa, y al televidente tampoco, pese a su cansancio, que la modelo está incómoda y que tiene frío, porque sus labios tiemblan cuando entreabre la boca para acentuar su pretendida avidez por eso que supuestamente tiene delante. Pulsa el botón mute, se distrae, bebe otra vez directamente de la botella y deja vagar la vista por el único e inmenso ambiente que constituye su casa.

Se ha levantado un viento que parece traer consigo una tormenta y también la noche. Sobre un fondo de nubes blancuzcas aparecen otras grises, pesadas, en forma de chorro van cubriendo el cielo. Pronto la llovizna empieza a caer en silencio, el agua liviana se demora en el aire como si estuviera suspendida. Es una tormenta mansa pero el soldado está cagado de miedo porque siente el olor a muerto proveniente del cuarto. Parece que lo han dejado solo, que no hay mucho que hacer ahora que el muerto está muerto y los demás se entregaron. Los demás, los que venían con el muerto, estaban deshidratados y famélicos. Puro harapo, pura encía, la piel erupcionada, carcomida por los mosquitos de la selva. Los campesinos parecen haberse enterado también porque ahora rondan el lugar, hacen como que reanudan sus actividades, pero curiosean, van y vienen con baldes, ofrecen agua limpia, frutas, gallinas. Todo para curiosear, para ver si pueden mirar de cerca al muerto. Todos quieren ver al muerto, nadie cree que sea él, y que esté detrás de la puerta, pudriéndose. El soldado tampoco está seguro de que sea él. Ojalá que no sea. Que el muerto no sea él, que sea otro, uno parecido pero no él.

La constatación de ese hecho, de que la modelo está incómoda –tal vez haya un amontonamiento de gente curioseando la “producción fotográfica”- y que tiene frío, no se le escapa a él, que no le interesa volver a ver el cuerpo de una modelo semidesnuda por televisión ya que ve todos los días cuerpos desnudos de modelos en su trabajo. Quizás los demás se pierdan ese detalle, piensa. Pero él lo ve y recuerda que ha estado con un escritor en el evento, un pesado que le largó toda una teoría sobre los agentes de modelos. El tipo dice ser de los que están dentro pero pisan fuera, de los que toman champán ahí pero se cagan en todo eso. Yo no me cago en mi trabajo, dijo él para que el otro no lo tomara como un par, yo soy diseñador y punto, no me cago en nadie, dijo. De todas maneras el otro le largó su teoría: no hay diferencia entre una modelo y una prostituta, dijo el escritor, ambas están ahí para satisfacer una demanda sexual, satisfacen y al mismo tiempo crean necesidades sexuales en sus clientes. Hay algunas variantes que no vienen al caso: el hecho de que uno llegue al coito con la prostituta y que sólo se masturbe –dejando de lado las modelos que además son  prostitutas- mirando las modelos –el que se queda con las ganas de masturbarse por escrúpulos morales o porque tiene una esposa a mano entra en la misma categoría- no hace la diferencia. Las dos tienen un agente que vive a costa de su capacidad de despertar deseos sexuales en la sociedad. Las modelos, y esto fue así siempre, no enseñan ropa, se enseñan a ellas mismas. Generan deseo en los hombres. Como la mayoría de los hombres no pueden tener relaciones sexuales con las modelos intentan tenerlas con mujeres que más o menos se asemejen a las modelos. Si en una época las modelos son anoréxicas, todos quieren tener novias anoréxicas, es así. Las mujeres, por su parte, son las víctimas indirectas de las víctimas directas que son los tipos que miran a las modelos. Para asegurarse el abastecimiento sexual, la mujer normal tiene que parecerse a esas mujeres expuestas en los medios que son, justamente, un modelo a seguir. Entonces tienen que comparar ropa y demás chiches, estar a la moda, como se dice. Y en gran medida las mujeres costean los gastos que ocasiona estar a la moda gracias a los hombres que quieren estar con modelos o con algo lo más parecido a una modelo. La diferencia entre un cafishio y un agente de modelos es sólo de status social, moralmente son gemelos, igual que las prostitutas y las modelos. Aunque las modelos se ofendan. Pero ojo que yo no las juzgo, simplemente son víctimas de su imbecilidad, igual que una pendeja de trece años cagada de hambre que entra a un burdel. La modelo no es una mala persona, ni es despreciable, simplemente ignora que su vida está absolutamente manipulada por un vivo tan vivo que les hace creer incluso que ellas son inteligentes porque les pagan las migajas de lo que ganan por explotarlas. Algunas modelos son tan imbéciles que se dejan convencer, e incluso salen a decir, que no hay ninguna razón para seguir afirmando que son imbéciles. Hay otras que los son aun más, son el colmo de la imbecilidad, porque creen que dejar de mostrar el culo en la pasarela y empezar a mostrarlo en un teatro de revistas o en un programa de televisión hecho para ganar plata mostrando el culo de mujeres jóvenes, dejan de ser una pobres idiotas que no se dan cuenta de nada.

El soldado fuma y piensa en su mujer. Logra huir momentáneamente del lugar. El humo fundido con la humedad, pesado, parece niebla. Se forma como una cápsula más tibia que el resto del espacio, de humo, y ahí se olvida del muerto y piensa en su mujer. Su mujer tiene grandes tetas blancas y tibias sobre las que el soldado apoya su cabeza y duerme cuando está con ella. El jamás diría que la ama. Esa palabra no figura en su  repertorio léxico. Ella tampoco espera palabras sino su cuerpo grueso, duro, el falo pronto y nervioso por las noches, y después la proximidad. No amor, apenas calor, comida, estar juntos y en paz, no como ahora que lo han arrancado de su casa y él extraña las tetas confortables de su mujer.

Ahora que se está entredurmiendo no se acuerda de lo que le contestó al escritor, solamente sabe que se mantuvo distante con un “esas son ideas tuyas, en todos caso vos sos igual que ellas, vos también te vendés, si ellas enseñan el cuerpo vos alquilás el cerebro, es lo mismo, che” O tal vez fue más hiriente y le dijo: “¿vos no será un puto reprimido, no?" o algo por el estilo, para sacárselo de encima. Ahora ya no piensa, ha bajado los párpados y permanece inmóvil tumbado en el sillón, con la camisa abierta. Tiene un sueño que no alcanza a ser un sueño porque no hay imágenes en él. Simplemente sabe que está en la casa paterna, es la época en la que estudiaba, antes de venirse a Buenos Aires. El sueño consiste en saber que está durmiendo en su casa de Tucumán, en la pieza fría por la que siempre entraban chifletes por todas partes. Sabe que está durmiendo allá, que usa el pelo largo y barba, que va a la facultad, que tiene mucho que hacer, que él y los demás tienen muchas tareas por delante. Cuando despierta ve su imagen sonriente en la pantalla. Tarda un rato en organizar sus ideas. Unas letras doradas dicen: designer, y al rato, retrospective, unos segundos después aparece su cara riéndose, hablando, es una entrevista editada de modo que parece un monólogo interrumpido por secuencias de imágenes. Son sus colecciones. Todas. De la primera a la última.

Ni el médico ni el enfermero van a poder venir, proceda usted, dice el que está a cargo de la operación y se va. No ignora, ahora se nota por su sonrisa contenida, que el soldado es un cagón; lo manda a él a propósito, para probarlo, para cagarse de risa con los demás. A lo mejor nadie se anima a hacerlo y por eso se empeñan en mandarlo a él, para que no se note que todos le tienen miedo al muerto. El soldado sale de su tibia cápsula de humo. No lo piensa dos veces, si lo piensa no entra así que se manda abruptamente a la pieza. El y el muerto, los dos juntos, solos, en esa pieza. Cuando estaba vivo, el tipo era un fantasma, un mito, ahora está ahí, inerte, y es mucho más irreal que cuando sólo había oído de sus historias legendarias, de su viaje al Africa, del asma, de esa fuerza que nadie entendía de dónde la sacaba. 

Se ríe viendo su primera colección, aquella con la que saltó a la fama e ingresó en el ambiente. Ve esos sombreros con copas espiraladas de más de un metro forradas de raso. Una locura que causó sensación. Eso es todo, que alguien se fije en vos, que te llame a su taller y deje que te delires. De nuevo aparece su cara en la pantalla, no se escucha pero sabe que en ese momento está hablando de la inspiración: “es una onda muy sesenta, re libre, estampados inspirados en motivos hippies, pantalones con bocamangas amplias, gafas inmensas como máscaras, es como que me inspiré en todo eso, en la libertad y la frescura de los sesenta, eso es lo último para la mujer de hoy, una mujer moderna y desinhibida ...” no escucha pero se acuerda que alguna cosa por el estilo le dijo a la periodista que, como todas las periodistas últimamente, es modelo.

Media hora después el que está a cargo vuelve. Lo encuentra sentado en el suelo, apoyado contra la pared, inmóvil. Dijo que a los traidores se los ejecuta, que los que no cumplen las órdenes son traidores y que él ya había dado una, y muy clara. Pero no se puede, si no viene un enfermero no se puede, responde el soldado, muerto de miedo. En ese cajón tiene un trapo, dice el otro, y ahí hay una lata con agua limpia, apúrese que tengo toda  la prensa afuera. Sale y tranca la puerta. Allí están de nuevo, él y el muerto, los dos solos en la pieza que progresivamente se fue llenando de moscas. Afuera se oye un murmullo, se está llenando de gente que quiere saber si el muerto es él o es otro parecido. Quizá todo sea una alucinación, una pesadilla, y pronto va a despertar sudado pero cerca de su mujer, para montarla en silencio, con furia y con alegría porque todo fue un mal sueño.

Daniela Cardone cierra el desfile con el mejor vestido de la noche. Lo vendió caro a ese vestido. Cuando lo ve se acuerda otra vez de Tucumán, ve la tela estampada, de fondo rosa con las figuras azul marino, esa tela casi transparente que no abriga, que no cubre sino que insinúa el cuerpo, que permite adivinar la silueta de la mujer. Lo ve y no puede dejar de acordarse de Tucumán. Un compañero del centro de estudiantes le había pasado algunos libros, el Manifiesto, unos recortes periodísticos amarillentos que había conseguido sobre el caso de Sacco y Vanzetti, y también varias novelas, los rusos, por supuesto. Adentro de alguno de esos libros encontró la foto, esa que sacó Korda y que todo el mundo conoce.

El que manda vuelve acompañado de otro soldado. Quita la tranca y el olor lo obliga a ponerse un pañuelo en la boca, tuerce el cuello hacia atrás, como si la pieza estuviera en llamas y quisiera evitar el calor y el humo. El soldado está en el suelo, en el mismo lugar en que lo dejó antes de salir. Sin mirarlo se dirige hacia el piletón que sirve de camilla. Allí está el trapo, transformado ahora en un bulto de color marrón igual que el agua de la lata. Ha entrado a la pieza otro hombre, lleva, igual que el que comanda la operación, una gorra militar con una visera corta ribeteada en dorado. Este hombre levanta la nuca del muerto y pone debajo un taco de madera. El muerto tiene el torso limpio y está descalzo. Entran varios soldados más con sendas boinas negras, todas inclinadas sobre el costado derecho de la cabeza, casi cubriéndoles la oreja. También ingresan algunos civiles, periodistas enviados desde distintas ciudades

El pelo revuelto, la boina, la estrella pero sobre todo la mirada. Oteando el horizonte, atisbando un lugar lejano pero alcanzable, vislumbrando un punto que estaba al mismo tiempo en el porvenir y en el centro de su corazón y en el de sus compañeros. Todos ellos tenían que ir ahí, porque su destino era la felicidad, la libertad de todos los hombres. Ahora que ve su colección piensa en la foto, en el momento en que se le ocurrió escanearla, pintarla de azul marino, ponerla sobre el fondo rosa, estamparla en la tela. Cientos de caritas azules en el vestido, algunas deformadas por la tirantez de la tela que cubre y enseña a la vez las tetas de Daniela Cardone. El camarógrafo hizo un primer plano del torso de la modelo: dos tiras de tela anudadas detrás del cuello bajan por el pecho y se ensanchan considerablemente en la parte de las tetas, del lado de la derecha quedó una carita levemente inclinada hacia la izquierda, tan estirada que parece una mancha; la lonja de tela de la derecha tiene una carita azul que está invertida, de modo que el cuello es la parte superior del dibujo y la boina con la estrellita queda para abajo. Ahora el camarógrafo da un plano más largo de la mujer y se ven las demás caritas azules dispersas por el resto de la tela del vestido, ya no se distinguen los rasgos de la cara, son apenas manchas azules que flotan en la tela agitada por el vaivén de la modelo al andar. Los cientos de fotógrafos apostados al borde de la pasarela producen una luz casi continua con sus flashes, todo es color y movimiento, atmósfera de sensualidad y placer, glamour, pura felicidad.

Haga pasar al fotógrafo, dice el que manda al soldado que trajo con él. Entran algunos periodistas más, todos observan el cuerpo y luego se miran entre ellos, parecen perturbados, como si estuvieran participando de una escena que los excede por completo.  El militar que está ubicado en la cabecera apoya su mano derecha en la cabeza del muerto, como un cazador que enseña su presa; mira hacia delante, no a la cámara sino al costado de ella, como ofreciendo su mejor perfil. Mira hacia delante, a la derecha. El otro militar señala pedagógicamente un orificio de bala en el cuerpo del muerto. Con el índice extendido de su mano derecha señala el militar el orificio de bala, ubicado en el costado izquierdo del muerto, debajo del corazón. El soldado que hizo el trabajo permanece en el suelo, parecía inmóvil pero en realidad se iba deslizando lentamente por la pared hacia un costado, iba arrastrando la espalda por el muro, dejándose caer para el lado de la puerta abierta. Finalmente su torso alcanza la posición horizontal y apoya los hombros y la cabeza en el suelo. Tiene los ojos muy abiertos. Por un segundo el cielo se ilumina y ve, a través de la ventana, la llovizna fina que parece suspendida en el aire. Después vuelve a quedar todo negro. Ya no tiene miedo, se acuerda de un diálogo que presenció días atrás, cuando había tormenta y oyó a dos chicos cerca de la casilla donde él estaba de guardia: si estás mirando el cielo y justo refucila, dijo uno de los chicos, quiere decir que Dios te está sacando una foto. El otro preguntó por qué Dios sacaba fotos y el primero, fastidiado por tener que dar una explicación tan obvia, dijo: es porque hiciste un pecado y él te saca la foto para no olvidarse tu cara.