Para la mayor Gloria


Pablo Kaniefsky

a Luis Losinno

 

“3 Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. 4 Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". 5 Él preguntó: "¿Quién eres tú, Señor?". "Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz. 6 Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer". 7 Los que lo acompañaban quedaron sin palabra, porque oían la voz, pero no veían a nadie. 8 Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. 9 Allí estuvo tres días sin ver ...”
Hechos de los Apóstoles 9, 3-9.

 

Salimos de la ciudad con la primera claridad. La tropa está silenciosa y concentrada en el camino. Somos más de cien hombres, si nos contamos los jóvenes imberbes. El General, en su caballo negro, nos encabeza como siempre. Precedido por el Señor, claro está. Ayer, antes de cenar, nos dio las instrucciones, las mismas de toda misión. El campamento hereje está a una jornada de caminata de aquí. La idea es llegar hasta el borde del reconocimiento visual y ubicarnos rodeando a los sectarios. Descansar un par de horas, preparar las armas y atacar después de la caída del sol. Matar a todo varón y toda mujer vieja. Poseer a toda mujer joven. Volver a casa.

El camino, pedregoso y polvoriento, se hace eterno como en todas las cacerías. Yo tengo la ventaja, que a veces me avergüenza un poco, de poder subirme a un carro de provisiones y escribir. Los soldados que me conocen ni me miran pero los más jóvenes hacen gestos de desagrado. Yo me acomodo lentamente, me abstraigo y realizo mi trabajo, orgulloso. El General me ha encomendado esta tarea y nadie va a discutir. Tengo dos papiros. En uno escribo la historia del General, su vida impar, sus logros. Desde su nacimiento. Él me dicta cuando estamos en Jerusalén o cuando tenemos una jornada tranquila en medio del desierto. En el otro papiro escribo lo que veo. Nuestras salidas de punición. Los discursos del General en las ciudades. Las arengas en el desierto. A esta altura no tiene demasiado sentido seguir manteniendo dos historias. Pero el General gusta de agregar algunos detalles que el resto de los mortales no vemos. En mi papiro tengo libertad para agregar mis impresiones personales. Las sensaciones que me producen a mí las acciones de Saulo y las que me parece que se producen en los otros. El General se muestra complacido con mi trabajo.

“Una estrella fue vista en Oriente el día que Saulo nació. Vinieron de todas partes a ver al niño que nacía bajo ese signo. Los más sabios entre los hombres del Pueblo de Dios, decían que la estrella marcaba el advenimiento del Rey de los Judíos, del Profeta General, del hombre que llevaría la Ley a todos los rincones del mundo.”

Así me dictaba el General. Él, como todos los que lo conocíamos, sabía que su destino era dirigirnos a la conquista de todo, para mayor Gloria de Dios.

El día avanza lento, como la caravana. El General nos hace detener para recuperarnos cuando el sol está en medio del cielo. El almuerzo es corto y frugal. Los doce caballos son reunidos y se les da de beber. Yo aprovecho para avanzar en mis crónicas. Escribo en los dos papiros, saltando de uno a otro. A la biografía de Saulo la voy corrigiendo, embelleciendo. A la crónica de mis días con el General, trato de llevarla al momento. También pienso, ordenadamente, como si llevara un tercer papiro donde pongo todo lo que no escribo ni escribiré nunca.

Recuerdo cuando salimos de Tarso. Saulo muy joven, yo un niño aún. Ibamos a Jerusalén a estudiar la Ley. Ya sabíamos, intuitivamente, cuál era el lado del Bien. Pero él decía que teníamos que estudiar con los maestros, con el Sumo Sacerdote si era posible. Nos acompañaban otros jóvenes, siete muchachos que hoy son sus lugartenientes. Cinco de ellos en realidad, porque dos ya están con el Señor.
En el camino, cruzamos dos pequeños campamentos de nazarenos. Todos los herejes se ahogaron en su sangre.

La pausa para comer y recuperarnos termina. Dejo de escribir y camino con el resto de los soldados de Dios. El General en su caballo se ve enorme, por la gracia que lo acompaña. Vamos rezando en voz baja, juntando fuerzas, encomendando nuestras almas. Yo, cada tanto, vuelvo a mis pensamientos. Pienso en Saulo, en mi suerte de haberme cruzado con un hombre tan grande. Recuerdo cuando lo conocí en Tarso. Lo vi de lejos, hablando rodeado de personas. Era un muchacho de baja estatura, de huesos pequeños. Aún no tenía barba y ya se podía adivinar que sería calvo muy pronto. Pero se veía enorme. Lo escuchaban asombrados. Emanaba una violencia controlada, un fuego que todos identificábamos inequívocamente como una señal de su cercanía con el Señor.

Mientras el sol va bajando, la tropa va ganando en nerviosismo. Excepto el General. No es que esté tranquilo, se le nota la ligera crispación del león, esa fuerza gigantesca perfectamente almacenada para ser usada solamente en el trabajo de Dios. Yo comienzo a temblar, no de la forma descontrolada en que lo haré a la hora de la sangre. Por el momento es un temblequeo leve, como escalofríos. Agradezco una vez más que el Señor, a través de Saulo, haya encontrado un camino para que yo pueda servir a la causa. Vuelvo a refugiarme en mis pensamientos, subo al carro y escribo.

“Iba Saulo con sus hombres por el desierto. Los sacerdotes le habían encomendado la novena misión de escarmiento. Saulo sabía interiormente que sería la última en las cercanías de Jerusalén. A su vuelta, hablaría con el Sumo Sacerdote. Le pediría viajar a Damasco, con órdenes escritas. Necesitaba ese primer paso de la solución final para el problema de los nazarenos. Después de Damasco, del éxito, tendría la autoridad para formar un gran ejército y eliminaría todas las cuevas de los que se apartaban de la Ley. “

El General levanta su mano izquierda y nos detenemos. Hemos venido moviéndonos lentamente la última hora. Su vista y su oído, aguzados por el Señor, han detectado las señales del campamento hereje. Da la señal de rodeo. Nos movemos a nuestras posiciones y comenzamos la preparación para el ataque. Yo no puedo escribir por el temblor que me invade. Pienso. Pienso que el General va a ser el hombre más grande de su tiempo. El que va a limpiar el mundo de los enemigos del Señor.

“La hora del ataque llega. Todos los hombres de Saulo menos Juan el escriba, atacan a la vez. Desde el círculo hacia el centro. Los nazarenos se cuentan por centenas pero el Señor acompaña como siempre a los fariseos del General. En el medio del combate, la espada de Saulo refulge en la noche. Los enemigos de Dios, pese a su superioridad numérica, no logran defenderse ordenadamente. La sangre salta toda la noche. Los hombres del General combaten con la seguridad que el Señor les otorga. Los nazarenos imploran misericordia pero no les puede ser otorgada. Al amanecer, el General tiene toda su ropa teñida de rojo. La tropa descansa y reza.”

Eso escribiré mientras retornemos a Jerusalén. No es exactamente así. Pero el General me ha enseñado que es necesario embellecer la crónica para que sirva de aliciente a los soldados de Dios. Lo que estoy viendo es diferente. Los nazarenos serán unos veinte. Veo un viejo, tres o cuatro hombres jóvenes, unas diez mujeres y unos cuantos niños. La batalla dura algunos minutos. Mientras la tropa está rematando a los dos últimos resistentes, algunos soldados ya comienzan a tomar a las mujeres. Saulo se hace apartar a tres jovencitas y manda a armar su tienda.

Los soldados murmuran. De la tienda de Saulo sale corriendo una niña y se escucha gritar al General. Unos minutos antes había salido otra. Saulo se asoma y ordena que le traigan a la tercera. Corre la misma suerte que las anteriores. Es expulsada rápidamente de la tienda. Un soldado ríe por lo bajo. El General sale de la tienda y nos dice que el festejo ha terminado. Nos hace rezar arrodillados y mirando al suelo. Se dirige al hombre más cercano y con un rápido movimiento de su espada le corta la cabeza.

Dormimos el sueño de los justos. Al amanecer emprendemos la vuelta. La caminata es silenciosa. Al General le duele el costado. No es producto de la batalla, es un mal que lo aqueja desde siempre. Va en su caballo con gesto fiero y cada tanto gira lentamente la cabeza y mira a la tropa. Después de que ajusticiara al soldado los murmullos terminaron. La tropa no entiende. Yo estoy seguro de que el General no ha considerado dignas a esas mujeres. Él nació bajo la estrella del Señor.

“A los cuatro años, Saulo se paró en medio de la plaza de Tarso y comenzó a hablar. Todos los hombres se reunieron a su alrededor a escuchar al niño. Las palabras que salían de su boca le venían del Señor. Los rabinos escuchaban asombrados al pequeño Saulo hablando de la Ley”

En la jornada de vuelta voy corrigiendo la biografía de Saulo. También, como siempre hago, escribo en mi papiro y pienso, que es mi tercer papiro. Pienso en la incomprensión de los hombres. En como puede ser posible que no vean la grandeza del General. A todos nos está dando un lugar en la historia del Pueblo.

Llegamos a Jerusalén y vamos derecho al Templo. Saulo quiere hablar con el rabino Gamaliel. Como ya escribí, va a pedirle ordenes escritas para ir en misión a Damasco. Entramos al Templo sólo nosotros dos: Saulo el Profeta General y Juan su escriba. El resto de la tropa ha ido a descansar a sus casas. Gamaliel escucha con atención al General. No sé si está muy convencido de otorgarle tanto poder a Saulo pero no veo cómo se puede resistir. Saulo habla con tanta vehemencia que sería de incrédulos no darse cuenta de que está imbuído del Poder de Dios. Finalmente, el Sumo Sacerdote accede. Le dice a Saulo que vuelva en una semana. Que tendrá sus ordenes escritas. Que tendrá sus armas. Que tendrá su rango de Comandante Supremo del ejército de Dios.

Salimos exultantes del Templo. Saulo me dice que vayamos a su casa, que tiene que dictarme. Jerusalén, dominio romano, no lo parece tanto cuando el General camina por sus calles polvorientas. “Es el preanuncio de la liberación”, me dice Saulo, “Llevaremos la Palabra de Dios hasta la mismísima Roma”, agrega. Llegamos a su casa, entramos y antes de que me siente comienza a dictarme.

”Saulo, hijo de David, hijo de Abraham, se encontró en el desierto y fue tentado por el demonio. El ángel caído le acercó mujeres, manzanas podridas, para que lo sedujeran. Pero Saulo las rechazó, porque el Señor le hizo ver que no eran dignas.”

Yo escribo sin pensar, soy una mano solamente. Después, cuando quede solo, tendré tiempo para reflexionar. Ahora escribo, soy la pluma bendecida por el Señor. Al rato, Saulo se calla. Me hace un gesto con la mano, para que me retire. Agradecido, camino a mi casa. No termino de entrar y ya estoy durmiendo.

Cinco días han pasado desde la última incursión. El General no me ha llamado desde entonces y he estado en casa, pensando y escribiendo.

“A las puertas del Templo de Jerusalen, Saulo le habla a la multitud. Le habla de la Ley, del destino del Pueblo de Dios, de cómo la Palabra se extenderá a todos los confines del mundo. Blande la espada por encima de su cabeza y la gente mira, capturada en ese brillo. Habla Saulo y todos asienten. Habla y todos entienden.”

Aprovecho muy bien mis días de tranquilidad. Relleno huecos, corrijo, embellezco, como le gusta decir al General. Se que en dos días partiremos a Damasco. Mis nervios vuelven. Esta vez las batallas que vienen serán diferentes. Pero confío ciegamente en Saulo. Nada podrá detener al hombre más grande. Al que nos guía.

“El ejército es enorme. Unos cuatrocientos soldados de a pie armados con espadas. Unos ciento cincuentas arqueros. Setenta jinetes. Veinte carros con provisiones. Sale de Jerusalén con toda la gente mirando. La larga caminata a Damasco se inicia con el estruendo de las armas rebotando contra los cuerpos de los soldados. Los soldados de Dios que van por su destino.”

Las jornadas se suceden indistintas. El General marcha en silencio, se lo adivina furioso, quizás dolorido, ya que cada tanto se toca el costado. En tres oportunidades durante la primera semana, se me acercó y me dictó algunas anécdotas de su niñez. Noté cierto aumento en los sucesos milagrosos. Pienso que la enorme concentración que tiene lo ayuda a recordar con más claridad lo que realmente pasó. A medio día de marcha de la ciudad de Quam, el General ve y escucha al enemigo. Nos instruye sobre la estrategia. El temblor, mi viejo compañero, vuelve tempranamente.

No hemos podido rodearlos. Son muchos los nazarenos. A veces me pregunto qué ha llevado a todas estas personas a seguir a aquel pobre esenio. Un profeta ordinario, de tantos, que terminó sus días lapidado. ¿Es posible creer que un vago harapiento que murió aplastado por las piedras arrojadas por viejas y niños sea el Hijo de Dios? Me resulta difícil aceptarlo. Pero son tiempos extraños los que vivimos. Probablemente los hombres del Pueblo de Dios no soportan la humillación de Roma y por eso buscan maneras desesperadas de entender su situación.

Mis pensamientos se interrumpen abruptamente. Los nazarenos nos atacan. No se los ve muy bien armados pero sus rostros muestran mucha determinación. La caballería farisea sale al encuentro del enemigo. Es una carnicería. Los arqueros se ubican detrás de los jinetes y arrojan sus dardos hacia arriba. El General observa parado en los estribos de su caballo. El enemigo se va diezmando pero no ceja en su ataque. La caballería abre surcos en el frente de los nazarenos y los soldados de a pie entran por los pasos abiertos corriendo mientras revolean sus espadas. Cuando rompen toda la línea se reagrupan a la retaguardia del enemigo y cierran el cerco. La batalla se resuelve estratégicamente. Sólo resta el remate.

Al finalizar la batalla no queda en el ejército fariseo demasiada energía para tomar a las mujeres. Se las amarra y se procede a armar las tiendas. El General, que no ha participado de la batalla, elige cuidadosamente a una joven muy hermosa de larguísimos cabellos negros, una niña casi. Luego de ello, la tropa se reparte al resto de las mujeres. Saulo entra en su tienda y desde allí ordena que le traigan a la joven. Un silencio completo se hace en el campo.

“A las puertas de Quam, el grandioso ejército fariseo encuentra a los herejes. El General decide la estrategia. Manda adelante a la caballería para que abra surcos en el frente enemigo. Ubica a los arqueros por detrás de los jinetes y ordena disparar. Luego, cuando Saulo ve que hay pasos abiertos entre los herejes, encabeza la infantería, revoleando su espada. Después de atravesar las líneas, el General reagrupa a sus hombres a la retaguardia de los nazarenos y cierra el cerco. La batalla se resuelve estratégicamente. Sólo resta el remate.”

Hace largo rato que el General está con la mujer en su tienda. Después de un corto silencio, se lo escuchó gritar. Ahora parece estar rezando e intentando que la mujer lo acompañe. Ella seguramente no entiende las palabras, el General le habla en griego y ella se lamenta en arameo. El rezo de Saulo se prolonga mucho tiempo. Finalmente, escucho unos golpes y veo a la mujer salir arrastrándose. Tiene las ropas desgarradas en la espalda y adivino los surcos de sangre. El General sale detrás de ella y se dirige hacia el desierto, por la ruta que nos trajo hasta aquí. Nadie habla mientras lo vemos desaparecer en la noche.

Dos días después de la batalla, vemos llegar al General. El ejército fariseo ha acampado en las cercanías de la zona de batalla. Los lugartenientes han logrado contener a la tropa que quedó confundida y temerosa cuando Saulo se fue. Ahora lo vemos acercarse caminando a los tumbos, débilmente. Dos soldados corren hacia él por orden de un capitán y lo traen al campamento. Camino hacia él y escucho que pronuncia mi nombre. Cuando llego a su lado, me ordena que acerque mi oreja a su boca. Murmura algunas frases inconexas. Me llama Juan, me llama Marcos. Levanto un poco la cabeza y noto que tiene la mirada perdida. Le paso la mano delante de la cara y me doy cuenta de que no ve. Con la ayuda de los soldados lo cargamos y lo llevamos a su tienda.

Un día después de su llegada, Saulo recupera la vista. Me llama y comienza a dictarme, en voz baja y lentamente. Parece otro hombre. Dice que el profeta nazareno es verdaderamente el Hijo de Dios, dice que fue crucificado, dice que le preguntó por qué lo atacaba. Dice todo eso mientras me llama Marcos. Dice todo eso mientras se llama a sí mismo Pablo. Como he hecho otras veces, no pienso. Soy sólo una mano.

Hemos vuelto a Jerusalén y el General, Pablo como se hace llamar ahora, empieza a predicar su nueva Palabra. Ha perdido su ejército, el apoyo y la amistad de Gamaliel, el respeto de los fariseos. No parece importarle. Hace dos cosas: predica y me dicta.

“Ningún hombre del Pueblo de Dios debe conocer mujer, debemos mantenernos puros para dedicar toda nuestra fuerza a la causa del Señor.”
“La mujer es impura, sólo debe conocerse para procrear, para multiplicar a los hombres de Dios.”
”No hay otra autoridad que la que emana de Dios”
“Todo el mundo quedará bajo la autoridad de los soldados de Cristo. Conquistaremos, con la Palabra, con la Cruz y con la espada”
“El Poder y la riqueza serán puestos al servicio de nuestro Señor”

Me dicta así, cientos de frases cortas sin mucha ilación. Seguramente es producto de la fiebre, que desde su vuelta lo ataca todas las tardes. Mucho de lo que dice es sobre la necesidad de alejarnos de la carne. También sobre el Poder. Me dice cosas del Nazareno que antes había dicho de sí mismo. Me llama Marcos. Se llama Pablo. Finalmente, una tarde, me dice que el nuevo papiro se llama Buena Noticia, Evangelio.

Desde la vuelta del General de su encuentro en el desierto he estado confundido. Lamento lo de las mujeres que siempre han sido un bálsamo para mí. Lamento más aún las burlas que recibe. Cuando estuvimos en el ágora de Atenas, los discípulos de Zenón y Epicuro reían cuando Pablo les habló de la resurrección de la carne. Yo a veces me siento asaltado por las dudas. Pero no soy quien para discutirle a él. Al hombre más grande que he conocido. Al hombre más grande de su época. Confío en que el mundo también terminará entendiendo.
Y que la Cruz reinará, para la mayor Gloria de Dios.