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Las palabras del viejo
Daniel Aloisio
Contingencia: (Lat. – entia) f.
Posibilidad de que algo suceda.
Fumo. Hago dibujos con el humo mientras clavo la vista en mis zapatos. Por detrás pasan mujeres arrastrando niños y bolsos con igual destreza. Las oigo alejarse de la terminal y llamar a un taxi. El auto no se detiene y ellas profieren algunos insultos. Los niños lloran. Imagino la escena sin despegar los ojos del cuero abotinado que cubre mis pies.
Oigo el bufido de un motor. Un tufillo aceitoso me anuncia que otro colectivo se ha detenido frente a mí. Pongo la cabeza de costado, y mientras simulo rascarme la frente, espío el cartel que indica su destino.
Vuelvo la vista a los zapatos esperando que nadie haya prestado atención a mi gesto. Inspiro profundo y cierro los ojos para no encontrar ninguna mirada inquisidora. A esta hora el andén se halla atestado de pasajeros. Eso me otorga, paradójicamente, cierta calma.
El cigarrillo se muere entre mis dedos después de la última pitada, y va a parar de un certero tincazo, entre piernas que se apretujan buscando alguna fila.
Repaso mi plan tratando de darme ánimo. No es fácil huir de la ciudad, aunque lo parezca, no es sencillo convertirse en una sombra de un momento a otro y atravesar ese umbral que nos pone a salvo de cualquier afrenta.
Siempre hay algo que complica las cosas. Un detalle que se pasa por alto, una infidencia, un comentario desafortunado, una traición, alguien que mira donde no debería.
Enciendo un nuevo cigarrillo. Pienso en mis hermanos, y en la sombra funesta que se proyectó sobre nosotros. Me estremezco, me conmuevo. Intento una vez más organizar mis pensamientos, y con el placer fugaz de una pitada, me entrego a los recuerdos...
Nacer en un barrio marginal no fue para nosotros una desgracia, tampoco lo fue que mi padre nos abandonara cuando éramos niños. No lo fue que nuestra madre acostumbrara a desaparecer durante días con un amante de pelo teñido y botas plateadas, ni que la mayor parte del tiempo que permanecía con nosotros tuviese la mente anegada por el alcohol.
Nuestra desgracia fue otra, y sobrevino de golpe, torciéndonos la vida como un muñeco de alambre.
Éramos tres hermanos, yo el menor de ellos. María era la mayor. Una mujer buena, de sentimientos nobles y risa franca. Algo tosca, tal vez un poco caprichosa.
Estaba de novia con un tipo esmirriado que se llamaba Rubén, o Ramón, que aparecía por las noches apestando a cerveza y cigarrillos baratos. Casi siempre se encerraban en la habitación de ella, y entonces se la oía llorar, o gemir, o gritar, o todo al mismo tiempo.
El del medio era Julián, un caso raro. Desde chiquito había agarrado la maña de robarle la ropa de los tendederos a las vecinas del barrio, y aparecer disfrazado de mujer y todo pintarrajeado. A los catorce años era raro que pasara un día sin que tuviera los labios rojos, o las uñas con brillantina. A los veinte ya se hacía llamar Pamela. Paseando con él una tarde fue cuando oí por primera vez a mis espaldas la palabra marica. Yo desconocía por entonces su significado, pero no recuerdo haberlo visto ofenderse por esa referencia hacia su persona. Él, o quizás debiera decir ella, había conseguido trabajo en un club, o algo así. Jamás quiso contarme de qué se trataba, y ante cada requisitoria mía respondía con un guiño de ojos y alguna evasiva.
Respecto al novio de mi madre, un tipo de apellido Duarte, solía tratarme con bastante deferencia, aunque por la forma en que miraba de reojo a María, intuyo que su interés por mí no pasaba de ser un recurso bastante ingenioso para ganarse la confianza de ella.
—Mi amigo Miguelito —solía decirme mientras me palmeaba repetidamente la espada—, usted sí que es un tipo serio.
El cuadro familiar se completaba con don Simón que, si bien no compartía ningún lazo sanguíneo con nosotros, nos había visto nacer y crecer desde su silla de ruedas, en la casa que se alzaba a la par de la nuestra.
Alguna vez me había contado de sus años jóvenes en la baja Italia, y de cómo la guerra le había arrebatado sus dos piernas. Junto a él había pasado largas horas de mi infancia, oyendo una y otra vez los mismos relatos que su voz parsimoniosa desgranaba para mí. Con él había aprendido a leer y a escribir, y a expresarme, según le gustaba decir, como un caballero.
Fue él quien predijo la desgracia que se abatiría sobre nosotros.
—María ha crecido demasiado rápido —sentenció una tarde—, y como vio que yo abría los ojos en señal de no entender nada, agregó: Quiero decir que ya es una mujer, y eso es peligroso en un lugar como este.
—Pero ella tiene un novio que puede defenderla —repuse, pero callé al ver la mano en alto del viejo.
—Creo que ella está en peligro...
—Pero don Simón... —interrumpí—no me diga que usted piensa que ella no...
El gesto del viejo fue primero de impaciencia, después de desazón.
—Me refiero a que peligra su vida, Miguel. La vida de tu hermana.
En aquel punto terminó la charla, quizás porque don Simón así lo impuso, tal vez por mi temor a que sus palabras llegaran a hacerse realidad.
Sé que debí haber indagado más, que debí haber presionado al anciano para que me pusiera al tanto de lo que sabía, pero no lo hice.
¿Negligencia? ¿Cobardía? Puede ser.
Aquel fue mi primer error, lo reconozco, pero ya de nada me sirve lamentarme.
A partir de entonces los días transcurrieron con la cadencia de una marcha fúnebre. Cada tarde era un breviario de angustias y temores, cada noche, una tensa vigilia.
Una mañana, días después de aquella charla con el viejo, mientras estaba sentado en el paredón del patio escuchando la radio, oí gritos en la casa. Eran de mi madre. Al parecer estaba recriminando a Duarte por la forma zalamera en que trataba a María. A juzgar por cómo arrastraban las palabras, supongo que habían estado bebiendo. El tipo maldecía, golpeaba las paredes con algo.
Minutos después lo vi salir de casa tambaleando y con los pantalones a medio subir. Gritaba algunas cosas que no alcancé a entender, pero que me sonaron como amenazas hacia mi madre y mi hermana.
Esa noche María apareció con un ojo negro, después de una charla amistosa con el novio. Él salió por la puerta trasera, jurando volver para darle una lección. Interrogada sobre el hematoma, adujo haberse golpeado mientras acomodaba unos muebles. Nosotros asentimos sin comentar nada.
Mi madre desapareció al día siguiente, quizás en busca de Duarte. Quise contarle lo ocurrido a don Simón, pero encontré su casa extrañamente cerrada.
Aquel día deambulé como loco tratando de hallarle significado a todo lo que estaba ocurriendo. Me angustiaba la idea de que cada hecho, por trivial que pareciera, pudiera conducir a lo que el viejo había profetizado. Al anochecer llegué a la conclusión de que sólo podía esperar.
Cuando regresaba alcancé a ver una luz encendida en el interior de la casa del anciano. Golpeé la puerta varias veces sin hallar respuesta, y aquello me sumió en una profunda angustia.
Los días siguientes trascurrieron sin que nada importante sucediera. Julián seguía trabajando de noche, como Pamela, y durmiendo hasta el mediodía pese a los rezongos de María. Discutían por la comida, y por la ropa que se robaban mutuamente. A veces se tomaban de los pelos y se amenazaban de muerte. Yo los escuchaba sin intervenir, como siempre.
El tiempo se escurría entre nosotros sin que llegáramos a darnos cuenta, la vida era una rueda, nosotros los rayos. Girábamos y girábamos sin advertir que avanzábamos irremisiblemente hacia el final. El sol caía tras los techos herrumbrados una y otra vez. Como una película repetida.
El día en que sucedieron las cosas era viernes, y yo había decidido emborracharme. Me había provisto de dos botellas de ginebra con un dinero tomado del dormitorio de María. No iba a ser un gran festín, pero estaba dispuesto a disfrutarlo.
Apenas entrado el sol, me senté en un rincón del patio y comencé con mi tarea. Bebí con fruición, con deleite, compulsivamente después. Debo haberme quedado dormido un par de horas, porque recuerdo haber visto bien alta la luna en un destello de lucidez. La segunda botella estaba a medio vaciar cuando volví en mí, aunque no recuerdo haber bebido nuevamente.
A la madrugada me despertaron los gritos, y supe que al fin el momento había llegado. Un humor ácido me carcomía las entrañas. Mis ojos multiplicaban las sombras desplegando fantasmas grises de presencia incierta.
Agucé el oído tratando de arrancarle algún otro sonido a la noche, y me encontré con una pared de murmullos apagados.
Entonces volví a oír un grito, y reconocí tras él la voz de María. Un gemido extático que la ensuciaba parecía provenir de un hombre cuyo registro me resultaba llamativamente familiar. Discutían, forcejeaban, María decía ¡No! con una mezcla de súplica y rechazo, el tipo hablaba bajo, entre dientes, pero sus palabras trasuntaban un delirio amenazante, una enfermiza ansiedad.
Como pude me puse de pie, y en medio de tropiezos y juramentos me acerqué al centro del patio tratando de ver qué era lo que estaba ocurriendo. Dos chasquidos, un grito ahogado, un gorjeo ominoso. La voz de María rezumando terror. Mi propio miedo sumándose a la escena.
Entonces la vi, como nunca antes. Como una muñeca de cera desparramada en el piso. La camisa abierta, hecha jirones, sus pechos desnudos mirando la luna como dos ojos ciegos, la garganta abierta, destilando sangre.
Estaba allí, más muerta que mi alma, y el asesino, con la navaja aún goteando y el rostro desencajado me observaba. Me miraba como una gárgola esperando el mazazo demoledor.
De lo ocurrido a partir de allí sólo guardo vagos recuerdos. Sé que me arrojé sobre él con una furia que jamás había sentido. Quizás su arma haya lacerado mi carne, tal vez mis dedos hayan arrancado su piel. Rodamos en el barro con las estrellas como únicos testigos, después todo fue oscuridad.
Desperté cuando el sol teñía de rojo nuestros cuerpos. Él yacía a mi lado con las marcas de mis dedos aún frescas en su cuello. Tenía los ojos abiertos y una expresión de súplica dibujada en el rostro.
Lo vi y huí, sin saber de qué, ni hacia dónde. Deambulé por calles aún dormidas, sin más propósito que el de alejarme, atenazado por el irreprimible deseo de negar lo ocurrido.
El perfil añoso de la terminal de ómnibus arrojó un poco de luz sobre mis pensamientos. De pronto avizoré una salida, un tenue resplandor de esperanza.
Cuando todo se descubra estaré lejos —pensé—, y dirigí mis pasos hacia el viejo edificio.
Desde entonces estoy aquí, y resulta extraño que pueda recordar todo como si hubiera ocurrido hace mucho tiempo.
Quizás algún piadoso mecanismo de mi mente esté tratando de alejarme del dolor que supone asumir lo ocurrido. Acaso sea mi manera de decirme que ya todo ha terminado.
¿Encontraré paz? No lo sé.
Quizás cuando me haya ido, cuando pueda cerrar los ojos sin ver a María muerta, cuando pueda mirar mis manos sin descubrir en ellas la sangre de Simón, el viejo.
El que alguna vez rasgó el velo con sus palabras.
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