Panicatac


Rudyard Killing

 

 

     Bueno, se termina, es el final. Esta vez sí, voy a caer redondo. Que el mundo se las arregle y siga siendo solo, mundo, cruel, voraz. Yo fui bueno. Tengo treinta y tres, como si hubiese vivido noventa y nueve. Y para qué. Pequé en prolongar el final, en soportar una agonía inútil aferrado a la vida cuando sabía que no había más vida que vivir. La decisión la tomé en un viaje a La Pampa. Mis grandes decisiones han estado siempre signadas por viajes a La Pampa. Y mirá que anduve, conociendo gentes y lugares que pudieron cambiarlo todo. Sobre todos en los últimos meses. Pienso en los canales y callecitas de la Venecia laberíntica donde perdí a Francesca, las playas-piscina de la Costa Azul en Niza donde encontré a Cris y de vuelta a Milán, Florencia, las noches de posmópoli trash en Barcelona rodeado de mujeres hermosas y lesbianas, la agobiante locura de Buenos Aires donde uno sepulta los amores muertos aunque sigan vivos… Pero viajar a La Pampa es siempre definitivo, tiene algo de fin, no sé cómo explicarlo. Creo haber llegado a la conclusión… perdón, esas frases borgeanas me traicionan: soy uno de esos típicos escritorcitos prometedores que se leyeron completo el catálogo del buen lector y que a toda lucidez repiten con precisión las anquilosadas formas de estructurar la lengua de los escritores nacidos en los estertores del siglo antepasado. A los 20 ya escribía demoledores cuentos con un insoportable olor a viejo. Todos estos adjetivos antepuestos a los sustantivos me denuncian: “agobiante locura”, “anquilosadas formas”, “demoledores cuentos”, y también ese “Creo haber llegado a la conclusión…” Qué pajero. Creo haber un carajo. Sé, que la culpa de casi todo la tiene la TAC, la puta empresa de colectivos que desde hace más de quince años tengo la obligación de usar para atravesar la “vasta llanura pampeana”. (Una idea para los chupasangres que lucran con Borges: podrían llenar un gordo libro de frases con la cantidad de veces que Jorge Luis usó la palabra vastedad en sus diversas formas.) Nunca hubo otra posibilidad para ir desde Córdoba al Gran Cañaveral. Vos te subís a un TAC y entrás en la versión criolla de la habitación del pánico. A partir de ahí, olvidate de la cronología, de la geografía, de todo tipo de teorías que te hayan hecho un ciudadano ilustrado con dos o tres nociones básicas en cuanto al desplazamiento de los cuerpos por acción e intermedio de los medios de transporte. “Sospecho” que los colectivos de la TAC han adquirido el poder de decidir por sí mismos. Décadas siendo cagados a palos por todo el país y sin que les practicaran un puto service hicieron de esos tremendos coches monstruos autónomos, animales mecánicos dispuestos a todo, ávidos de una venganza plural en un circuito de Moebius donde nadie logre entender cómo salir de la pesadilla recurrente. Porque lo absurdo es que desde hace años y años que la empresa funciona para el orto y sin embargo continúa existiendo, y nosotros viajando sin remedio. Me dirán que la estupidez es irremediable. Replicaré que la estupidez no excluye la racionalidad, sino todo lo contrario. Si fuese sólo estupidez, en estado puro, la profusa raza de opinólogos que a caballo de la razón instauran la estupidez en el mundo hubiese ya encontrado la forma de lucrar con una solución de estupidez diferente, y viajaríamos más cómodos y seguros. No, lo irremediable en este caso es que en el extraño caso de los coches de la TAC, el misterio roza lo sobrenatural. Prestá atención, en cualquier recorrido. Vas viajando de noche y ves: pueblo a pueblo esperan, sin esperar, los insomnes viajantes de la TAC, nebulosos como fantasmas resignados, hablando del tiempo y contando historias mientras esperan un colectivo improbable. Y si hay algo que prueba tajantemente lo que digo es el hecho de que todas esas historias que los insomnes cuentan por la noche en las terminales de innumerables pueblos a lo largo del camino infinito de la TAC, son precisamente todas historias de viaje, pero no de cualquier viaje, sino de viajes en TAC. Todos accidentados, abortados, equívocos, incómodos, en fin, después del último fue que decidí no aceptar mi muerte y prolongar una agonía experimental destinada a escribir el último texto. Es éste. Lo estoy escribiendo desde que empezó el infarto, espero poder terminarlo. El último espantoso viaje en un colectivo me completó la idea. Volvía del Gran Cañaveral y como de costumbre tuve que esperar en la madrugada de la terminal desierta más de dos horas y media hasta que apareció el colectivo. Apareció como sólo aparecen los coches de la TAC: de improviso, sin ruido, como si no anduvieran dentro de las coordenadas que dimensionan espacio y tiempo para los mortales. Los colectivos normales sueltan al menos un resoplido, por más modernos y silenciosos que sean. Yo adivino un ronroneo, percibo las mordidas de los tacos de caucho en el asfalto, el vibrar de los vidrios, el crujir de los plásticos, algo, siempre se escucha algo de un colectivo apuntando hacia las plataformas en su arribo a una terminal. Los TAC, por más viejos y hechos mierda que se encuentren, al menos en la madrugada de los pueblos, no hacen ruido. Aparecen. Tarde, erráticos, oscuros, simplemente aparecen. Ahí estaba yo, escuchando a un paisano alternar pronósticos del tiempo con historias de pasajeros nocturnos cambiando de colectivos o de rumbo en el medio de la nada, o de choferes que habían osado meter sus manos en las profundidades de los monstruos mecánicos, necios choferes entre los cuales se contaban más mártires que héroes, cuando de repente quedé atrapado entre dos haces de luz paralelos que se estrellaban contra las paredes muertas de la terminal. Tenía frente a mí esa cabeza de insecto gigante detrás de la cual se prolongaba un cuerpo oscuro lleno de zombies anestesiados, devorados pueblo a pueblo a lo largo y a lo ancho de la cintura cómica del sur. Subí. El olor infecto te anestesia en el acto. Es una mezcla de vaho mendocino con la emanación del desinfectante que le ponen al baño antes de salir. Yo antes no tomaba cocaína. Me hice adicto en la TAC, tratando de contrarrestar la dosis opiácea que circula dentro de los monstruos mecánicos y que uno inhala durante horas interminables. Como era de esperar, había alguien durmiendo en mi asiento. Un gordo bigotudo que roncaba y sudaba como un marrano. Sudaba en mendocino. Que quede claro que no tengo nada contra los mendocinos, no he interactuado jamás con ninguno. Lo único que conozco de los mendocinos son los ronquidos, el olor a pedo, a sudor, a pata, el aliento nocturno, todo eso que se desprende de media tripulación incómoda y dopada luego de varias horas de sopor dentro de un chorizo metálico sin ventilación ni aire acondicionado que funcione. Cuando funciona, ahorrás vida: te congelan. El dolor en el pecho me va a obligar a no desviarme tanto. Este relato no tiene que ver con la empresa de colectivos salvo por el hecho de que yo haya completado, en uno de sus instrumentos de la muerte, el círculo en el origen de la idea inspiradora. Fue la siguiente: Aislarme. Nada extraño, claro. Encerrarme. Vivir los meses finales sin salir de mi refugio. Leer al mundo desde su invasión constante, y narrarlo. Al principio decidí seguir trabajando, aprovechando la ventaja que tengo de vivir detrás y dentro de la librería. No iba a salir ni a la vereda. Al poco tiempo cerré la librería y ya ni levanté las persianas, sin haberlo decidido ni planeado. Simplemente un día no abrí, pero de ese hecho me di cuenta varios días después. No importa cuánto quieras escapar del mundo, ni qué cosa estés dispuesto a hacer para lograrlo. Es imposible. Ese indiecito raquítico en el Impenetrable chaqueño lo demuestra con sus zapatillas Nike, su gorrita Adidas… Quienes le robaron la tierra, y le están robando el agua, le esponsorean el hambre, le cuelgan sus simbolitos para la foto del National Geographic. Vive a duras penas en un bosqueselva llamado Impenetrable y sin embargo el brazo largo y pestilente del mundo llega con sus dedos de tierra escupidos, le moja la oreja y tac, le clava un percing preventivo que dice Coke. Con un micrófono incorporado de la CIA, no vaya a ser que a estos indios de mierda se les dé por hacerse terroristas y atentar contra el retardado de Bush. A los dos meses de estar totalmente encerrado me pasan por debajo de la puerta un folleto con la novedad del barrio: construyeron frente a la librería, en cuarenta días y cuarenta noches, un supermegahipermarket. Y todos los días me lo pasan extractado por debajo de la puerta. Dos veces por día. De a dos folletos juntos, me pasan, por si alguno se pierde en el camino. Más otros cuatro por día encajados en la ventana. Eso sólo respecto de la información que se digna en hacerme llegar el supermegahiper de enfrente. Hay como cincuenta comercios más que se meten cada día en mi casa. Se me ocurrió enjuiciarlos por taparme de basura, pero me quedaba poco de vida, y la idea de encerrarme comenzó a nacer precisamente gracias a esos lenguetazos con que el mundo introduce su veneno de miseria. Ahí donde haya una ranura, una grieta, un intersticio cualquiera entre un ser y la nada, llegan constantemente, desde la nada hacia el ser, todo tipo de mensajes aterradores, amenazas con que el mundo asegura su firme convicción de capturarte, introducirte en su voraz y abyecta forma de empapelar la vida, vestirla de numeritos de colores, festejarla con exaltados signos de exclamación y vomitártela adornada con adulaciones vanas de un sachet o el gran elogio de un kilo de chorizos. Son todos amigos tuyos, los que te mandan papelitos. Y así es como uno se va enterando del rumbo del mundo, gracias al millón de amigos epistoléricos que dispara a discreción su materia agendable. Te avisan cuándo es el día del padre, el de la madre, el del perro, cuándo empiezan o terminan las estaciones, las clases, cuándo llega Papá Noel y desata en los empresarios esa devoción que llena de luces las vidrieras y de gorros para el Polo Ártico a los empleados que trabajan bajo treinta y cuatro grados; te dicen cuándo es el tiempo para perder, cuándo el de acariciar, cuándo el de cosechar lo que no sembramos. Este es el relato que tengo que escribir, antes de que se me parta el pecho. El relato de lo que el mundo dice por sí mismo, un relato de anuncios, una lectura de la vida según las publicaciones del consumo. Pero no estamos consumiendo, estamos consumiéndonos, acudiendo en masa a devastar, felices, iluminados, ávidos idiotas con descuento. Me pregunto cuál es más vívida, cual más sólida en la confirmación del mundo, si la imagen de los zombies de la TAC o la de los empujadores de carritos. Una de las leyendas que circulan como mitos en el Gran Cañaveral cuenta que una vez los pasajeros tuvieron que empujar un TAC. Se había desatado una tormenta feroz y un rayo despertó a la tripulación sumida en el sopor de la noche colectiva. Entonces se dieron cuenta de que el coche estaba detenido aun costado de una ruta desierta. La puerta estaba abierta. Dos pampeanos corajudos, que venían de laburar en la vendimia mendocina, bajaron a ver qué pasaba. Vieron al chofer en el fondo, detrás de las cubiertas traseras, tratando de arreglar algo. Le preguntaron qué pasaba, a los gritos debido a la ostentación de truenos y centellas con que el dueño del mal ensayaba sus destrezas desde el cielo negro, pero el chofer no contestaba. Al acercarse vieron que tenía la cabeza aplastada debajo de las ruedas. De a poco fueron bajando los pasajeros restantes, tambaleantes, algo dopados todavía. Mientras todos trataban de explicarse cómo es que podría haber sucedido el incidente, uno de los dos pampeanos, un paisano del Gran Cañaveral, hizo una pregunta inteligente: ¿Dónde está el otro? Un porteño contestó a los gritos: ¡Pero si salimos en un solo colectivo salimos, pedazo de boludo! Entonces el paisano, levantando apenas los hombros y bajando la voz como para no cebar a Mandinga, dijo: Me refiero al otro chofer, me refiero. Acástá!, gritó un mendocino que se había ido a hacer sus necesidades del otro lado, confiado en que no pasaba nadie. La posición del otro chofer era la réplica exacta de la que había adoptado el que estaba del lado de la banquina, salvo por el hecho de que el paso de algún vehículo le había aplastado también las piernas. Hay quienes aseguran, aunque nadie se anime a jurarlo, que lo que aplastó las piernas del chofer que yacía del lado de la ruta fue otro coche de la TAC. El porteño buscaba desesperado las llaves, pero no aparecieron por ningún lado. Yo conozco la mecánica de estos bichos, dijo el otro paisano pampeano, también oriundo del Gran Cañaveral y baqueano en eso de andar juntando cables y de tomarle el pelo a la gente poco despierta, así que si empujan el coche los metros que quedan de esta empinada, aprovechamos la bajada de la Estancia La Andina y nos vamos ya mismo a la mismísima mierda. Mierda, cómo me duele el pecho. Es increíble cuánto puede llegar a conocerse uno mismo. Yo no sólo supe cómo y cuándo iba a morir, sino que también supe desplazar a la muerte, más de una vez. Cuando comenzaron los primeros síntomas, yo aduje…, tú adujiste, él adujo, a quién se le ocurre escribir la palabra aduje. Me salen solas esas palabras, me brotan, lo juro, y la culpa la tienen los putos libros, la maldita política, la televisión facista, la escuela retrógrada, basta ponerse a escuchar con un poco de atención cómo habla uno en la vida en general y después escuchar a los políticos o a las maestras en los actos, o a todo aquel que hable en los medios. Pareciera que estamos jugando a parecer educados, a hablar como nadie habla, como no se usa, y lo peor es que ni resulta divertido ni educativo ni un carajo, parece un juego idiota que estamos obligados a jugar para salvar unas formas o apariencias que no sé quién impuso ni para qué carajos. Si eso, más que hipocresía, no es idiotez, entonces díganme qué es lo que gobierna el mundo. Cuando terminé el colegio secundario, que ya sabía que me iba del pueblo, le hice cortar al Chueco Almirón una barra de chapa acerada, plana, de cincuenta centímetros de largo y cinco de ancho, pintada de rojo. Esa noche me subí al arco de entrada del pueblo y con mucho cuidado me descolgué por las cadenas que sostienen el cartel de bienvenida que decía: Bienvenidos a Gran Cañaveral. Había viento y el cartel se mecía y me mareaba, pero me las arreglé para atar la barra al lado de la preposición. Creo que nunca nadie se dio cuenta, pero cada vez que entro a mi pueblo y leo Bienvenidos al Gran Cañaveral, creo haber hecho algo de justicia entre lenguaje y vida, valga la redundancia. Bueno, hablando de mareos, cuando la muerte empezó a mandar los primeros síntomas me cagué todo y además de la puta madre que lo re mil parió y la concha de su puta madre, dije que debía ser una cosa de nada, algo pasajero. Eso hasta el día en el que subí la escalerita para buscarle un libro a un pelado fanático de Bucay, y desperté en una ambulancia. A los gritos, pensando que estaba en un coche-cama de la TAC. Gritaba que pararan, que se habían pasado de largo el Gran Cañaveral. Los choferes se dieron vuelta, me miraron, y cuando me calmé, uno me dijo algo sobre la unidad en la emergencia, y el otro que todavía no habían siquiera arrancado. Me bajé espantado y entré corriendo a la librería, seguido de los choferes. Dos personas juntaban el quilombo de libros esparcidos por el piso, una era mi vecina la quiosquera y el otro el cliente pelado, el lector de Bucay, con una venda en la cabeza. Mi vecina la quiosquera había entrado y visto al tipo desmayado junto a una pila de libros, con la cabeza sangrando. Llamó a la ambulancia y después de que lo cosieron y reanimaron, los libros empezaron a moverse. Todos se hicieron para atrás, espantados, incluso el pelado lector de Bucay, quien empezó a persignarse y a sollozar sin saber qué hacer, ya que nunca había leído un libro de autoayuda que lo preparara para semejante acontecimiento. La pila se movió primero hacia un costado, luego hacia el otro. Cuando al tercer intento emergí de entre los libros, el tipo largó el llanto, desconsolado, y mi vecina la quiosquera salió corriendo. Los chofermeros no tuvieron tiempo más que de agarrarme, ya que apenas emergido incurrí inmediatamente en la acción de caerme. Cuando me sacaban, aparecieron dos veloces patrulleros, uno a contramano, e hicieron un sánguche con la ambulancia. No alcanzaron a frenar que ya dos oficiales saltaban arma en mano y esquivándonos se introducían en la librería. En dos segundos redujeron al pelado llorón con un par de tomas policíacas, abriéndole nuevamente la herida. Yo volví a desmayarme. Los chofermeros me dejaron en la ambulancia y regresaron a mi negocio para reclamarle a los canas un par de faros rotos y ya que estaban en el tema, coser de nuevo a la víctima mientras era interrogada como supuesto agresor. Resulta que mi vecina la quiosquera, apellidada Ramos, de profesión comerciante, viéndome resucitar y viendo asimismo llorar al ciudadano apellidado Calvo, de profesión lector de Bucay, pensó que el citado calvo había intentado algún tipo de agresión contra mi persona física, de manera de la cual y con ánimo cívico se dirigió inmediatamente a su domicilio particular, anexo kiosco y almacén de ramos generales, para llamar a la seccional policial más vecina, la cual ya citada —la seccional, no Ramos—, se apersonó en el lugar del crimen a los efectos de intervenir en el lugar del ya citado crimen con rapidez veloz, siendo las mil setecientas trece de la tarde del día del hecho, y no al otro, como es costumbre, ni el anterior, como tampoco. Esto me lo contaban la denunciante y el denunciado, poniendo más atención en los títulos de los libros que juntaban que en mí o en aquello que contaban. Mientras, los chofermeros trataban de convencerme de volver a la ambulancia, que necesitaba un chequeo o no sé que mierda. Les juro que así me dijeron, con esa ambivalencia semántica: Vuelva a la ambulancia, que necesita un chequeo. Yo aproveché para hacer uno de los chistes que me caracterizan: ¡Qué me vieron, cara de mecánico! Los chofermeros se miraron, volvieron a mirarme con misericordia, levantaron las cejas, las palmas de sus manos, pero les dije que se quedaran tranquilos, que atravesaba un período de abstinencia de drogas y que de todos modos iría a ver a un par de amigos médicos. Lo de la abstinencia era mentira, claro, porque viajaba a La Pampa cada semana y no podía prescindir de la cocaína para abordar el TAC, y en cuanto a lo de los médicos, bueno, ya se sabe, los médicos nunca supieron qué era lo que yo tenía. Yo en cambio sí. Ellos nunca lo supieron porque no hizo falta consultarles un carajo, nadie me va a decir a mí qué es lo que me pasa. Lo que tenía estaba alojado en mi cabeza. Era una severa intromisión del mundo en su estado más repugnante y maligno. Ésta es mi denuncia. Es mi tumor el que habla. El que ahora me punza el pecho y me dobla de dolor sobre el teclado. Voy a morir escribiendo. No por decisión romántica, como natural sería en un mozalbete de letras, sino porque la forma que encontré para desplazar a la muerte consiste justamente en esto, escribir. Cuando me pongo a escribir, detengo el avance de la muerte. Dejo de ver, de pensar, de soportar al mundo, congelo el crecimiento del tumor. Cuando decidí encerrarme comprobé como nunca la certeza de esta teoría. La venía practicando pausada, esporádicamente, pero desde que empecé a escribir tanto, casi sin parar, noté inmediatamente cuánto reduje la frecuencia de los ataques. Fue por eso que un día no abrí el negocio pero me di cuenta recién al tercer día de escribir, cuando se me acabó la cocaína y tuve que llamar al dealer. Entonces levanté la cabeza y no pude ver hacia fuera, y supe que nada había cambiado salvo las cuatrocientas páginas escritas. No pensaba releerlas ni cuerdo, pero debía organizarme, ya que todos los extremos son malos: tuve la sospecha de que el mundo ahora quería matarme de un ataque de escritor, de ansiedad por la escritura. Iba a seguir escribiendo, leyendo folletos, mailings, publicidades, todo puto texto que el mundo deslizara con su lengua insulsa por mis ranuras, y cuando estuviera exhausto de todas esas actividades, seguiría narrando mentalmente hasta dormirme. Dormiría, comería, todo sin horarios, sin límites. Tanto el dealer como los cadetes supieron que la puerta de calle que da al palier, a dos metros de la del inicio de la casa-librería, iba a estar siempre abierta. Para no engañarme con una idea aberrante de la felicidad, colgué sobre la computadora el cartón publicitario de la novela de Millás, La soledad era esto. Yo no sabría si había sol, luna, nubes o torpedos voladores. No directamente. Leería todo en los mudos y escasos contactos con estos pocos mediadores y a través de los folletos publicitarios. Cada tanto discaba el número de la TAC para saber si la empresa seguía existiendo. Cuando la telefonista respondía, yo colgaba, seguro de que nada importante había cambiado. Por mi parte, nunca atendía el teléfono. Sonaba y sonaba, decenas de veces por día. Contra todos mis cálculos, nunca disminuyó esa frecuencia, sino al contrario. Saqué las pilas de los relojes, quemé los almanaques, pero no lograba perder la noción del tiempo, aunque poco a poco los hábitos fueron desapareciendo. Comía sólo cuando tenía hambre y sólo lo necesario, lo cual denunciaba una pérdida importante de la ansiedad y de la dependencia. No estaba deprimido, al contrario, estaba enojado, inspirado, activo. Hacía ejercicios, remodelaciones internas, comidas, jugaba al ajedrez (cuando se juega contra un adversario uno no hace más que tratar de deducir o adivinar qué jugadas está planeando el otro, como si en eso le fuera la vida. Pero cuando el adversario no es otro que uno mismo, y se sabe exactamente lo que el otro planea, entonces uno comprende hasta dónde conocimiento y verdad limitan, y cuánto lo hacen todo más difícil para llegar a lo mismo pero sin el ejercicio creativo desde la intuición). Todas estas prácticas no eran más que un encadenamiento continuo de ejercicio narrativo. Incluso cuando revisaba el pasado, próximo o lejano. Gracias a esas prácticas tuve la noción precisa del período en el que el tumor fue gestado, o inoculado en mi cabeza. Fue cuando dejé de ver televisión, de escuchar radio, de leer diarios. Entonces el mundo se me reveló de manera fulminante. Detrás de su máscara de carnaval, el rostro del mundo, detenido a medio camino entre la burla atroz y la perversidad genuina, puede matarte. De alguna manera, en el contacto diario con las gentes y las cosas, yo seguía informándome, seguía enterándome de todo lo que acontecía en los medios y que supuestamente, según los medios, según la gente, sucedía en la realidad. El problema fue que todo me llegaba sin filtro alguno, porque era lo que la generalidad consumía lo que me atropellaba, me caía como a baldazos. De golpe comencé a conocer los nombres y las vidas de un montón de gente que antes se me había pasado por alto. Me enteraba de los sufrimientos y alegrías de divas televisivas, modelos, cantantes, desconocidos que saltaban a la fama en pocos días, entuertos entre famosos, empresarios, escritores, playboys, gustos privados o preferencias sexuales de jueces, senadores, actores, bailarinas de relleno en sorteos de fastuosos premios a quien dijera la idiotez más sosa, y empecé también a ver que las gentes discutían sobre estas cosas, le dedicaban tiempo, sobremesas, horas de trabajo, llegué a sospechar que eran alucinaciones mías, que se debían a un síndrome de abstinencia mediática. De a poco dejé de hablar, de opinar, pero vi que eso no producía cambio alguno. La gente te habla igual, no espera grandes respuestas ni contradicción alguna, la duda es una amenaza salvo que la ejerzamos respecto de otro, y preferimos sentir que hay una verdad sobre la que andamos, seguros, descomprometidos, lo importante es repetir cosas, demostrar que se está al corriente, entusiasmarse haciéndolo como si fuesen creaciones propias, originales, hechos que de no ser contados no existirían, y en ello radica casi toda la importancia de la comunicación, de la vida misma. La lengua es una serpiente encantadora que nos hace creer que somos encantadores de serpientes. Por eso el mundo pone un micrófono en la boca de cada uno, consulta estupideces, nos ahoga con encuestas. Porque nos gusta hablar, desenroscar la serpiente, escucharnos decir, creer que lo que decimos sirve, provoca, conmueve, llena, hace falta. Pero tengo una noticia de todo momento: Por más encantador que suene lo que digas, por más esfuerzos que pongas en la claridad y profundidad de lo que digas, por más acertado o desquiciado que suene lo que digas, lo que decís no sirve para una reputísima mierda, no cambia una reputísmia mierda, no importa una reputísima mierda. Sirve para mantenerte encantado, a vos y a los linguistas que creen que hablar es hacer. La gente se desvive por contar una noticia, y sobre todo por contarla primero, antes de que el otro se entere por otro. Hay un goce de protagonismo extraño en tirar un título y exclamar “¡Ah, ¿no sabías?!”, deleitándose en la posibilidad de empezar a narrar con subterfugios cómo fue que en Chivilcoy un caballo celoso pisoteó a un bebé delante de la mamá del ya citado y pisoteado bebé de papas. Perdón, otro de mis chistes pelotudos. Pero llega un punto en el que te reís o te matás. Así que tuve que hacer como en los viajes en TAC: drogarme, ensordecerme más, evadirme. Paradójicamente, empecé a disfrutar de esos viajes en la madrugada hacia La Pampa. La única diferencia que notaba, con gusto, de una embriagadora ventaja para mi paz, era el silencio, la mudez de los zombies, sólo la noche siendo atravesada, interrumpida apenas por pedos esporádicos, acentuada en su profundidad por ronquidos sostenidos, y campo por donde miraras, vacas impertérritas, pastantes, eternas como maquetas de una postal en 3D y alambrados, más alambrados, alambres viajando sin fin hacia el fin de la noche. En los tiempos en que creí combatir la locura saliendo a caminar de noche, sin sospechar que el hecho de entender el caminar como terapia es ya un signo incuestionable de la locura, me gustaba sentarme en placitas rodeadas de edificios y ver cómo de cada una de las ventanas de casi todos los departamentos emergían haces lumínicos cortos y nebulosos, fugaces y variables en las gamas del azul y del rojo. No sé por qué la imagen de las vacas me trae siempre asociada también esta otra imagen. Voy a darme un golpe bien fuerte en el pecho, tengo que hacer que el corazón bombee un poco más. Siento elevarse cada uno de los bordecitos de las venas que están latiendo en este momento en mi cabeza rapada. Me pelé a cero porque quería observar el comportamiento superficial y las regiones donde más síntomas visibles ofrecían mis diferentes estados en cada ataque. De a poco fui adivinándolos, lo mismo que a los procesos internos. Fui adquiriendo el arte de anticiparme a cada mareo, a cada náusea, a cada taquicardia, y logré ser exacto. Ahora va a empezar a tensarse la aorta extraordinariamente, decía en un momento dado, y a los pocos segundos el cuerpo no hacía sino caer irremediablemente en la efectiva demostración de lo acertado de mis intuiciones. Más que intuiciones eran conocimientos detallados de cada síntoma, de cada señal, de la evidencia anticipatoria que yo leía como quien lee los indicios de una tormenta. Luego aprendí también a controlarlos, a tratar cada ataque en su debida magnitud, los fui estudiando, analizando qué cosas convenía hacer para cada caso, qué comidas o posiciones evitar si el ataque era con tal o cual síntoma. El cáncer del mundo conquistó mi cuerpo, pero en mi cabeza resistía aún un resquicio de inteligencia independiente capaz de neutralizar sus más despiadados ataques. Tuve que combatir ahogos, taquicardias, subas y bajas de tensión, inflamaciones, mareos, náuseas, alucinaciones, desmayos, convulsiones, no hubo día en que el tumor no tratara de asestar un golpe, y cada una de sus embestidas me obligaba a perfeccionarme en el arte de la defensa. Por eso practicaba tanto ajedrez, sobre todo técnicas defensivas. La desventaja en la lucha contra el mundo es absoluta. No existe ninguna forma en la que yo pueda ejercer la ofensiva. No la hay en un mundo capitalista despótico. Es imposible. Es siempre los indefensos siendo atacados, directa o indirectamente. Y en un mundo déspota, capitalista, neoliberal y la concha de su madre, los indefensos son, lo sabemos, el noventa por ciento, del cual la mayoría no identifica qué es lo que lo golpea.  Lo que lo golpea es una minoría que pertenece al mismo bando, que no se cree indefensa, todo lo contrario, esgrime sueldos y empuña carros de supermercado, disfruta de las ventajas de una esclavitud con descuento empapelada de oportunidades únicas, encadenadas una tras otra al lineamiento de saturación de la ordinariedad en su sentido más insulso. Esa saturación nos condena a un idiotismo alegre y sobre todo, nos convierte en cómplices de la raza del diez por ciento, netamente asesina y aséptica, ausente, invisible, que ni se molesta en golpear, ni en contratar golpeadores: es la raza de los Amos, quienes simplemente dejan el excedente necesario para que nos matemos. Somos asesinos. Para que nosotros empujemos carritos llenos de porquerías tienen que morir muchos. Es verdad. Es real. No existe la opción de inocencia hasta demostrar un carajo, porque no existe la posibilidad de que yo llene un carrito de boludeces sin que muera un niño de hambre. Sí, claro, yo trabajo, gano mi dinero, pago los impuestos, no estafo a nadie, pero es mentira. Vivo estafándome, tapándome de artículos y de obligaciones para con el mundo, vivo matando negritos. Así es el mundo, así vivimos. Y no contento con ser idiota y asesino, el mundo además se publicita, se festeja a sí mismo sus genialidades, las promociona, las canta, las grita, las rima, y las vende. Y mata. Construye la idiotez sobre cadáveres, vivimos el confort sobre cadáveres, yo escribo en esta computadora gracias a varios cadáveres, voy a imprimir el texto en un montón de cadáveres más y no puedo hacer nada por evitarlo. Miles de cadáveres diarios de los que se alimenta la máquina de saciar nuestra avidez. Caníbales. Somos caníbales despreciables. Pero quién puede juzgarnos. Somos inocentes, ignorantes, corremos detrás de numeritos, pagamos menos para comprar más, para matar más, para reventar de saciedad, de todo lo superfluo que ofrece el mundo reventando negritos. Total sobran, hay millones de negros raquíticos y sidóticos y están lejos, condenados a muerte. Y yo hablo de empujar carritos porque me creo exento. Todos los que compramos y leemos y escribimos libros nos creemos distintos, sobre todo si compartimos esta visión de mundo en la que un presunto saber nos separa y nos salva del animalaje. Somos los peores. Porque los que sólo empujan carritos en las horas libres y vuelven a romperse el lomo para poder seguir empujando carritos, ni se enteran. Nosotros, además de empujar carritos similares, empujamos también carritos con libros raros, buenos vinos, tabaco de Sumeria, queso de la Atlántida, nos gusta enterarnos del diagnóstico del mundo, señalar a los popes culpables, salir corriendo a contarlo, escribirlo, criticarlo, publicarlo para los colegas, hacernos los interesantes tratando de arreglar el mundo en el café, en la sobremesa, bebiendo, fumando, comiendo, matando negritos. Creemos que comprar libros no es lo mismo que comprar otras porquerías, pensamos que el producto de consumo nos diferencia de la mersa, que nos da autoridad para hablar sobre las cosas. Las peores mierdas del mercado. Los que estamos atrapados en las palabras, en las ideas. Y me cago en el puto infarto. Me mareo, me pierdo. Las palabras en el culo. Tebo que lamar a la TAC. Dengo que saber, ades de morir, se sigue existendo. ¡Sístoles y diástoles, naides contesta! Y cómo me cuesta mantener el tubo entre hombro y oreja, es algo que no aprendí nunca. Pero no puedo dejar de escribir. Es más, creo que voy a superar también este infarto. No sería la primera vez, como tampoco la primera vez que escribo este relato. Lo escribo en cada infarto y después que sobrevivo, lo mando con un cadete a cualquier dirección, para que lo pasen por debajo de la puerta. Me acaba de contestar la tipa de la TAC. El mundo no ha cambiado. Pero gané una batalla más contra la muerte. El dolor se fue. El dolor físico, claro. Se replegó para volver con más ferocidad en cuanto me descuide. Creo que voy a poder dejar de escribir. Teléfono.
—¿Sí?
—Buenos días, señor…
—Equivocado.
—¿Cómo?
—Mire señorita, me agarró desprevenido, yo nunca contesto el teléfono, adiós.
¡Qué imbécil! Ahora sé que es de día, es la mañana, y ya tuve un infarto. Tengo que estar atento, muy atento. Ya es tiempo de desconectar también el teléfono. Un descuido te puede costar la vida. La punzada vuelve con más fuerza que nunca, es la primera vez que vuelve apenas ida, y no supe adivinarla a tiempo. Hasta acá llego. Si vos también llegaste hasta acá, estás condenado: Hacé diez copias del texto para despachar a diez direcciones distintas o te vas a quedar sin trabajo y sin dinero y no vas a poder ir más a pasear con tu familia al supermercado. Y si no enmarcás y colgás el original en un lugar visible, te va a atropellar un colectivo. Ya sabés cuál.