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PermeabilidadPablo Dema
“...esas mariposas que cargan en sus alas
fábricas de mapas de azúcar impalpable”. Arturo Carrera y Teresa Arijón. Cuando cerró la puerta de la tienda ya sabía que no se atrevería a usarlo jamás fuera de su casa. Sin embargo había puesto mucha atención mientras duró el asunto, además pidió una rebaja que no obtuvo y se llevó un folleto suponiendo que allí figuraban ofertas o promociones de prendas llegadas recientemente. El vestido es rojo y no tiene ningún detalle. Es un cilindro fabricado con una tela elástica y fina que se adhiere perfectamente al cuerpo, no tiene mangas, nace encima de los pechos y termina justo debajo de los gluteos. Es la clase de prendas que las mujeres tironean hacia abajo durante todo el tiempo que las llevan puestas. Ella ha ocupado casi toda la tarde en mirar vidrieras, entrar a distintos locales, preguntar, medirse, oír los comentarios entusiastas y falsos de las vendedoras. Casi todas utilizan las mismas expresiones, “te calza perfecto”, “superdivino”, “te va justo, gorda”; pero ese gorda pronunciado de modo tal que parece un sobrenombre cariñoso, con la o nasal y el labio superior y la nariz levemente estirados hacia arriba, con un gesto que es mezcla de sonrisa y quejido gorda, superbian gorda.
Amor:
Se entretiene en calcular cuántas horas tiene que trabajar para pagar el vestido bordó, que en los negocios no es bordó sino “vino”. Eso es algo que también le ha llamado la atención: las vendedoras no mencionan los colores, en su lugar nombran un objeto del color al que se refieren; se ha probado, por ejemplo, una falda color tierra en lugar de marrón, con una blusa crema en vez de beige, un chal gris que la vendedora llamó ceniza. Ahora miro la foto de otra manera, el rojo del cielo pasó definitivamente a un segundo plano y tu figura aparece con total nitidez, y esa figura me dice otras cosas. Pero no es de eso que quiero hablarte, no de lo que me dice, sino de la permanencia de la foto sobre mi mesa de luz. Queda claro entonces que este mensaje no es para rescatarte, estoy intentando rescatar otras cosas, por ejemplo la violeta de los Alpes que me regalaste, está muerta de calor y se me ha ocurrido meterla en la heladera. Un toquecito apenas, a ver si levanta porque el tallo está desparramado sobre la tierra de la maceta y las flores están amoratados, mustias, no sé por qué se me ocurre decir macilentas, no sé bien qué quiere decir macilenta pero me da idea de algo que está con aspecto de echarse a perder. A veces pienso que nuca voy a ser una escritora, ya ves, ni siquiera conozco el significado de palabras tan apropiadas para la literatura como macilenta. En el bar piensa de modo impreciso en eso, en la inmensa soledad de cada persona, en el vestido “vino” -que a ella le parece “sangre”- que compró para sentir que su día estuvo ocupado en algo, en el mozo que le trae un café distraídamente. Sin darse cuenta regresa a los cálculos, divide el mensual por cuatro semanas y después por los seis días laborables y esa cifra a su vez por las diez horas diarias que trabaja. Una hora de su vida, sabe cuánto vale una hora de su vida y cuántas horas tuvo que trabajar para comprar el vestido color “vino” o “sangre”. Le parece bien, son casi cinco días de trabajo que le permiten comprarse un vestido que le va a durar cinco, diez, treinta años, toda la vida. Sigo con la foto. Pienso en mis fotos, es decir en las fotografías que vos tenés de mí. ¿Cómo resolviste el problema? Sería bueno que me aconsejaras. Yo supongo que todavía deben estar donde siempre. Porque aunque uno las quiera sacar inmediatamente (como puede ser tu caso) siente algo así como un remordimiento, como si sacar la foto enseguida le restara importancia al asunto, a los sentimientos personales y por ende a uno mismo. Igual sucede cuando uno decide poner la foto de otra persona, eso pasa cuando ha transcurrido un tiempo considerable como para que no nos quede la impresión de que somos unas cualquieras y andamos cambiando de novio a cada rato. Mientras toma el café con edulcorante y fuma, hojea el cuadernillo que retiró de una pilita que había en la tienda. No hay ofertas sino poesías. Se trata de una publicación local que ella jamás había visto. Es curioso que en una tienda haya una revistita impresa en papel ordinario, a quién se le puede ocurrir utilizar horas de su vida en transcribir poemas y ponerlos en esas hojitas baratas y repartirlas por la ciudad. Este tipo, el que hace esto, también tiene un mundo propio, hecho de palabras, de conjuntos de palabras formando poemas, de conjuntos de poemas formando libros y obras de autores y de grupos de autores de diversos países, y su mundo es eso. Y ahora ella va a asomarse a ese otro mundo ajeno, como hace unos minutos se asomó al de las tiendas y fingió curiosidad y preguntó precios y se interesó por la procedencia de las telas y por la composición de las prendas. El primer poema está acompañado de un dibujo que ella no comprende, parece hecho por un chico, a los apurones. Lee: Un buen momento para sacar la foto es cuando el otro ya es una molestia incluso para la vista, otro, cuando uno ya ha olvidado absolutamente a esa persona. Otro, cuando uno no la ha olvidado pero se avergüenza de tenerla. Me ha pasado que viene una amiga a casa y pregunta quién es el chico de la foto, entonces digo es un novio que tuve hace dos años. Ahí ella mira como diciendo ésta es una obsesiva de mierda, y una se da cuenta y la saca y la guarda en una caja y después a la noche la mira como una estúpida; estoy segura de que a esa idiotez nos la inculcó el cine porque yo no lo he hecho más de dos o tres veces. Hay otro poema, de otro autor, comienza a leerlo sin querer, como quien mira para afuera y de repente se da cuenta de que ha seguido sin proponérselo el recorrido de un perro vagabundo: y cuánto hay más allá de tus pestañas/ si todo el tiempo estás como saliendo de un error/ como ingresando a tu otra zona oscura// y cuánto hay más allá de tus pestañas/ si cuando cerrás los ojos/ te desconocen hasta lo perros de tu propia noche... deja de leer de golpe, se ha sentido agredida por esta voz, sin saber por qué piensa en la palabra resentimiento, se le ocurre decir sos un resentido, hacé tu vida dejame tranquila, dejame vivir en paz, resentido. Apaga el cigarrillo y se va con el vestido en la bolsa de nylon.
Bueno, éste es el dilema. ¿Cuándo sacar la foto? Ahora pienso otra cosa. Si un novio que tuve yo hace mil años pone fotos mías en su casa, yo me voy a sentir verdaderamente contrariada. Sería como si estuviera violentando algo, fingiendo que nos une una relación que ya no tenemos, como si él me quisiera obligar a oficiar de novia en su mesita de luz. Sería un horror. También lo es pensar que puede haber fotos mías en tu casa, fotos que no sacás por no sentirte culpable pero que sacarás la semana que viene. Es posible que si todavía hay fotos mías estén porque sentís sincero afecto por mí, también puede ser que las saques no porque ya no me quieras sino porque te contraría verlas en este momento en que estás intentando rehacer tu vida. En fin, como ves trato el asunto con total seriedad, casi científicamente. A lo mejor también voy a tratar el tema literariamente, espero que me digas si me autorizás a incluir estas observaciones autobiográficas, si me autorizás y algún día leés algo no lo relaciones con nosotros porque ya será todo pura ficción y las cosas se van a acomodar a las necesidades del texto literario. Lo importante es que ha pasado el tiempo, que se entretuvo, que tiene algo que responderle a su madre cuando ésta la llame; salí de compras, fui a la tienda y me conseguí un buen vestido, dirá. Ha hecho algo por ella, algo importante como empezar una dieta o arreglarse los dientes o visitar a la psicóloga. Las veces que ha ido disfruta muchísimo imaginado cosas para contarle, porque en realidad nunca supo qué decirle. El momento que más le gusta es cuando hay que pagar, ahí de repente todo cae, esa es una situación ineludible porque sería absurdo que los psicólogos trabajaran sin cobrar, pero es muy extraño darle el dinero, en realidad ella lo deja sobre la mesa diciendo acá te dejo lo tuyo, está justo, creo, y sabe que está justo porque siempre es una suma redonda y considerablemente alta como para equivocarse, pero la psicóloga no mira, hace como si el dinero fuera una pavada, un trámite molesto. Lo que pasa es que una entra en una gran intimidad –piensa ella-, y la psicóloga se interesa en la vida de una y se transforma en algo así como en un viejo sabio de un cuento de hadas que te muestra un espejo en donde aparece toda la porquería que tenés adentro. El hecho de pagar es como que significa que… en realidad no significa eso pero el psicólogo tiene la sensación de que para el cliente puede significar: ah, claro, todo la hacés por plata, no te importa una mierda que mi tío me haya violado, digo eso por decir algo, o que no haya podido controlar los esfínteres hasta los doce años y esas cosas que se supone que a una le han pasado y que te marcan para toda la vida. Es raro lo de las fotos, un tema difícil. Yo por ahora voy a dejar la tuya en mi mesa de luz hasta que algún día haya que mudarse o hacer una limpieza general y después me “olvide” de ponerla. Mientras tanto voy a intentar no mirarla para seguir con ese razonable proceso de autoasesinatoamnésico del amor que tanto se usa entre las personas que están en pleno uso de sus facultades mentales. Dejémosles a los loquitos que amen hasta las últimas consecuencias, febrilmente, obsesivamente, dejemos que se corten las orejas como el viejo Van Gogh o que escriban toda la vida para mujeres perdidas como Dante. Nosotros seamos razonables, moderados y vulgares como todo el mundo. En la casa hace frío, decide abrir la canilla del baño y llenar la bañera con agua caliente. Ya desnuda se mira en el espejo y piensa que no es tan fea, aunque tampoco es una mujer atractiva. Antes de meterse al agua decide probarse el vestido, sabe que jamás lo va a usar fuera de la casa, que quedará colgado como los demás hasta que pase alguien necesitado de ropa o alguna compañera de trabajo se lo pida prestado y ella se lo regale argumentando que ya no le anda. Contrariamente a lo que había imaginado el vestido le queda bastante bien, entonces se plantea la posibilidad de que la vendedora haya actuado sinceramente y que sus elogios no hayan sido sólo una estrategia de venta sino una observación despojada de malicia.
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