Pop


Rudyard Killing

 

 

     Para colmo ese domingo almuerza en el bar de enfrente y el diario tiene la cara del tipo en la tapa: Flema de estrellas > Paul Sideral en la intimidad > Suplemento de Espectaculos.
   La cara del astro encabeza la página, sonríe hacia abajo como si leyera y desestimara esa semana cifrada en encuestas y estadisticas.
   “Porcentual fantasma/ cuadra la vida en cifras vanas”.
   De golpe, Paolo revive la cancion de Sideral, actualizada por un mundo ajeno al glamour. Algo intimidado, se levanta y le dice a la camarera:
—Voy al baño.
   La camarera le sonríe, deja el café y se lleva los restos del almuerzo.
   Hay una diferencia apenas perceptible entre una patilla y la otra. El espejo está un poco sucio, pero no engaña. Tal vez nadie más lo note. Debo siempre le advierte que revise sus dientes. Y ahi está, agazapado, el resto de lechuga trepado al colmillo. Un centímetro aprox es lo que la camisa de seda se excede sobre las caderas, desluciendo el corte del jean nuevo. Una pena. La combinacion de colores está bien. Perderá algo de la composición cuando se quite las gafas. Tal vez no se quite las gafas. El café se enfría.
   Paolo sale del baño, no resiste la tentación de aprovechar en toda su amplitud el fondo espejado del bar. Cuando llega a la mesa, alguien se ha bebido su cafe y sonríe.
—Ay, jean nuevo..., dice Debo.
—No, ya lo tenía. ¿Que hacés acá?
   Con un tic de enfado eliminado velozmente por un cambio de postura y el descenso lento de los párpados, Debo arma una declaración que le resulta estúpida, piensa ella, por lo innecesaria.
—Queria estar, verte. De eso se trata, ¿no?, de compartir cosas...
—¿Qué cosa trata de eso?, pregunta Paolo y se arrepiente.
—Ok, me voy, estás nervioso.
—Sí, estoy nervioso, Debo, obvio: voy a entrevistar a Paul Sideral.
—No es la primera vez, Pi.
—Sabés muy bien que fueron dos encuentros casuales, que ahora la entrevista es en su depto. ¡Me invitó a tomar el te!, ¿entendés?
—Oh.
   Paolo se quedó mirando a Débora como si la viera por primera vez. Cuando la conoció, ella transpiraba su ínfima musculosa en el concierto. Ahora se perdía adentro del gamulán. En los seis meses que llevaban juntos ella nunca le habia hecho una escena. Al contrario, Debo siempre acomodaba las situaciones hacia la conformidad de quien fuera que estuviese a punto de armar una escena. Levantó la mano para llamar de nuevo a la camarera.
—Mirá, Di, si lo que querés es llamar la atención por algo, digamos que no elegiste el momento ideal.
   Se llamaban Pi o Di cuando la seriedad de un asunto amenazaba arruinar la dulzura. No se referían a sus nombres, sino a la iniciales de sus apellidos. Paolo Paz, Debora Dall. El fanatismo que los había unido ahora los iba a separar. No porque Debo se descubiera por fin en un ataque de celos, ni porque Paolo se expusiera por primera vez en toda su vanidad. Esos defectos hubiesen trabajado lenta y progresivamente de no existir el te a las cinco en casa de Paul Sideral.
   Vine unas horas antes para concentrarme..., pensaba Paolo, Quiere saborear la gloria solo, pensaba Débora, mientras por afuera cruzaban frases hechas a tono con la incomodidad. Algo se estaba rompiendo y los dos se miraban con recelo, culpándose mutuamente.
—Llevo años esperando una oportunidad así, Debo, no me cagues la historia justo ahora.
    Débora Dall se levantó y salió del bar. Paolo se quedó atónito. Algo tremendamente estúpido estaba sucediendo, justo antes de lo que iba a convertirse en el momento inolvidable de su vida. Nada que no pudiera arreglarse, pensó erróneamente El Neuquino. Así le dijo la voz de Sideral a las 17.04, por el portero del edificio situado justo frente al bar:
—Eh!, Neuquino, pasá.
   Una cosa de la que no iba a poder librarse nunca: Ser un ser del interior. Despertar en los putos porteños esa sonrisa cómplice con la idea divisoria. Cuando Paul Sideral dijo Eh, Neuquino, pasá, virtió una sonrisa compartida con la pareja que en ese momento se disponía a dejarlo solo con el periodista. Esa sonrisa decía “acá lo tienen”, “no se rinden”, “qué me cuentan”.
   Había espejos por todos lados, muchos almohadones, bafles de todos los tamaños.
—Si querés un te, ahí tenés la cocina a tu disposición, dijo Paul y aspiró un par de líneas de una bandejita, con un billete de 500 euros. Voy a acompañar a mis amigos abajo, ya vuelvo.
   A Paolo le disgustó un poco ese “mis amigos”, como si de golpe se sintiera excluido de la vida de alguien. Se quedó observando la ínfima oscilación del billete enrollado, los ventanales empezando a empañarse y destilando una luz del color del whisky. Trató de adivinar dónde quedaba la cocina, pero el living triangular tenía tres salidas iguales, con espejos esquinados, cada una de ellas enfrentada a los dos ángulos espejados de otras dos estructuras aparentemente triangulares. Prefirió quedarse, e investigar los discos que había desparramados por el living. Le habían dado repentinas ganas de tomarse un te, aunque él nunca tomaba te. Debo le encontraría, a esa contradicción, una explicación cariñosa, una excusa para el amor. Aunque la Debo nueva, la de una hora atrás, probablemente esbozaría una sonrisa malévola que lo reflejaría idiota. Paolo estaba molesto. Encontró un disco con el que habían hecho el amor los primeros días, desde que se conocieron en el concierto. Puso a sonar Tahitian Moon.
—No, no, sacá eso, Neuquén, dijo Sideral cuando entró al living. Perdón, pero ya no los soporto. Te regalo el disco.
   Paolo sintió un flash muy traicionero, tuvo la idea de hacer que Sideral le firmara el disco y se lo dedicara a Debo. A ella le encantaría. Pero él jamás trataría a Sideral, face to face, como un fan. No se rebajaría a tanto, no arruinaría su relación —él la consideraba  un vínculo— por un puto autógrafo para su chica. En el ventanal empañado del living empezaron a moverse algunas figuras trazadas por el cruce entre los haces fijos de luz del atardecer y los haces móviles de la luz de los autos que diez metros más abajo surcaban la avenida ya completamente a oscuras.
—Debe hacer un frío de cagarse por allá, ¿no?, preguntó Sideral, mientras peinaba unas líneas con su Mastercard. Paolo se lo quedó mirando. Paul estiró y volvió a enroscar el billete anaranjado, lo calzó en una narina, apuntó hacia la bandeja y aspiró tres líneas al hilo. Paolo trató de establecer la conexión rota entre la frase de su ídolo y cualquier tipo de referencia lógica. Inconscientemente negaba aceptar la única interpretación posible.
—Vos cómo hacés, ¿vas y venís?, agregó Paul con la voz ronca, obligando a Paolo a enfrentarse con la única interpretación posible.
   En los dos encuentros anteriores, en un canal y en una disco, la entrevista informal había dado paso a dos charlas bastante amenas que dejaron a Paolo en un incierto estado de familiaridad con el músico, con quien se descubrió capaz de conversar sin complejos de inferioridad, llegando incluso a desestimar a un grupo del absoluto agrado de la estrella. A su vez Sideral se mostró sinceramente interesado por la vida de Paolo, prometiéndole una visita cuando fuese a tocar a Neuquén. Ahí Paolo le había aclarado que ya no vivía en el sur, sino en Capital Federal. Entonces vamos juntos desde acá, había cerrado Sideral categóricamente.
—No, yo... Hace seis años que vivo acá, dijo Paolo contrariado.
—Ah, cierto. ¿Te hiciste un te?
—No, gracias, estoy bien así.
—¿Cómo?, inquirió Paul, mientras se estiraba hacia una pila de discos.
   Hay dos maneras de decir ¿cómo?, según la acentuación fonética. Una es la de repreguntar, cuando no se ha entendido, con la o final elevada y abierta. La otra es la que pide explicaciones o una descripción explayada de lo que el otro acaba de afirmar. Esta última era la pregunta de Sideral, independientemente del interés real de la estrella por saber de qué manera o en qué sentido el periodista se encontraba bien así. Paolo, en cambio, cometió el error de utilizar el cómo del primer ejemplo.
—¿Cómo?
—No, nada, fijate si te gusta esta banda.
   Con una mano colgada de la tira de su mochila, la otra al costado del cuerpo y el torso levemente inclinado hacia adelante, Paolo empezó a sentir calor. La incoherencia en las frases de Paul contagiaban la situación entera y Paolo no lograba establecer un equilibrio de estímulos. Tal vez esperaba que las órdenes que flotaban entre los dos se acomodaran a un orden lógico de prioridades, pero Paul le había dado ya una consigna, salteándose la formalidad de ofrecerle un perchero para el saco, un lugar para sentarse o media línea para deshinibirse.
   Durante dos horas la situación no cambió mucho, si bien Paolo se animó a sentarse. Paul, puteando por la ausencia de su dealer, tuvo que cambiar de droga y se pasó toda la última hora fumando marihuana. Paolo estaba algo mareado, en cierto modo la entrevista se había producido, sí, pero con una dispersión que lo obligaría a trabajar en ella muchas horas. Como parte de la incomodiad general, no había logrado imprimirle a su cerebro la orden de tomar notas escritas. Ahora veían una porno de cuyo director Paul hacía elogios desmesurados, yendo hacia atrás sobre la mayoría de las escenas para destacar ángulos y luces que Paolo no lograba distinguir ni apreciar con la claridad con que los destacaba su ídolo, no tanto por la falta de conocimientos cinéfilos como por la dificultad de concentrarse en esos aspectos técnicos elegidos para retratar los cuerpos de quienes cogían con desenfreno en todas las posiciones imaginables. Le preguntó a Paul dónde quedaba el baño y trató de adivinar si el brazo tendido hacia atrás de un Paul Sideral reducido a un retorcijo de huesos bastante deplorable señalaba hacia el ángulo espejado de la derecha o al de la izquierda. Acertó. Cuando volvió, su ídolo sujetaba con presión extrema, a juzgar por lo encorvado del torso y los nudillos blancos de la mano, su pija, como si tratara de ahorcarla. Babeaba.
—Uh, dijo Sideral, notando la presencia de Paolo. Qué rápido sos.
   Paolo se quedó cortado, casi en puntas de pie como al borde de un precipicio. Empezó a decir palabras.
—Pol, todo bien, yo... Ya me tuviese que estar yendo, ¿viste? Las fotos que me hablaste bueno, las vemos o utilizamos otras...
—Quijj-jadeputa, dijo Paul, todavía encorvado y babeando, como si estuviese siendo hipnotizado por su propio miembro.
    Paolo trató nuevamente de establecer la referencia. Sideral sorbió el hilo de baba como si fuese un spaghetti, se apretó más fuerte la pija y finalmente levantó la vista hacia Paolo.
—Pará que me fijo si no dejé un gramo escondido en el cuarto. Fijate.
—¿Qué?
—Na, voy yo. Vení.
   Sideral se levantó y apenas la soltó, la pija descendió casi hasta quedar colgando en posición vertical. Pasó al lado de Paolo y con la misma mano con la que segundos antes se agarraba la pija le dio una cachetada cariñosa, le dijo un Je algo gangoso y agregó:
—Vamos por ese gramo, Neu.
   Paolo lo siguió como un autómata. Lo vió ponerse en cuatro patas buscando en todos los cajones, en el placard, debajo del sommier, del shifonier, de cada última cosa de cada puto mueble, incluso detrás de un televisor que parecía un cuadro exótico. Paolo Paz empezó a festejar nerviosamente, con risitas cortadas, cada uno de los chistes que Sideral hacía al comprobar que no había ni medio gramo en ningún lugar.
—Vos te reís, Neuquino, pero es grave...
—¿Sabés...?, agregó.
—...Cuando yo te digo Neuquino, no pienso en que sos de Neuquén.
—Ah, ¿no?, dijo estúpidamente Paolo.
—No, pienso en que sos de Bariloche, dijo Sideral y estalló en carcajadas, revolcándose por la alfombra con la pija todavía afuera. Paolo empezó a reirse más fuerte y más entrecortadamente, fruto de la desesperación. Cuando el ídolo ya se quedaba sin aire, largando agudos aullidos de risa dolorida, estaba boca arriba, con la pija a un costado.
—Fuera de joda, Neu. Se me ocurrió ese chiste, pero al Neuquino te lo digo en italiano: en vez de Neu, Neuquino, jeje (otra vez la voz gangosa). De verdad. Me caés muy bien. Bueno. Ya debe estar por llover, ¿no?
   Paolo se había quedado tieso. Lo estaba diciendo en serio. Contra todas sus alertas de pésima autoestima y complejos de inferioridad aparte, lo que Sideral le acababa de decir era de una sinceridad descomunal, característica de los borrachos, los chicos, los idiotas. El tono con el que le dijo Neuquino, como si dijese bambino, o piccolino, lo desarmó. Sintió un amor inconmensurable por el músico y le dieron ganas de ser su hermano, de meterle la pija en la bragueta, acostarlo y taparlo para que no tomara frío.
—Vení, le dijo Paolo y le acercó la mano. Paul le dio la mano y se dejó alzar y transportar hasta el sillón del living. Temblaba. En la pantalla del plasma, el film porno se estremecía en una explosión del crescendo tenso que durante la hora previa había ido preparando para el final: Un desenfreno apoteósico de todos contra todos.
—Te hago un te, propuso Paolo, por decir algo.
—Y traete todo lo que haya para comer, que me agarró el bajón.
   Cuando Paolo regresó de la cocina con un par de bandejas, Paul Sideral estaba dormido en el sillón, boca abajo. Babeaba. Detrás del ventanal empañado los haces de luces esporádicos denunciaban un tráfico diezmado por el frío. Eran las ocho de la noche. Había quedado con Debo a las nueve.
   A las nueve en punto, un dispositivo automático encendió el plasma. Un destello plateado comenzó a oscilar de un ángulo a otro y cuando la imagen creció, Paolo notó que aquello que oscilaba era en realidad la cámara, y que el destello, fijo, pertenecía a un ojo de Camila Madnes. Acostada, sonriente, volada y en ropa interior, Camila Madnes, casi en bolas, en ese mismo departamento, filmada por Paul Sideral. Era demasiado. A Paolo se le paró en el acto. La mano de Paul apareció delante de cámara y comenzó a acariciar la boca de la Top Model. Perrita, susurró Sideral en el micrófono, con esa voz gangosa que ahora le conocía. Perrita, repitió Sideral en el sillón, con una voz que vino de algún rincón alerta de su cerebro. Paolo casi se acaba encima del cagazo. La boca en O, los ojos extremadamente abiertos, giró la cabeza como si fuese una Barbie, lo miró: Sideral seguía dormido.
   Si Debo lo viera, si viera todo esto, pensó Paolo, evitando mirar la pantalla. Pero no podía dejar de sentir la erección y la sensación de que estaba a punto de acabarse encima. Todo era demasiado raro y exitante. Decidió sacar la pija afuera para que la inhibición y el aire lo ayudaran a enfriarse. Se levantó para estudiar la manera de abrir algún vidrio, pero entonces escuchó el grito de Camila.
—¿Y ahora?, ¿eh?, dijeron, al unísono, en vivo y en diferido, las dos voces de Paul Sideral, quien giró en el sillón y empezó a levantarse.
—Gritá, mierda, dijeron.
   Entonces la espalda de Camila empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás. Paolo estaba de frente a la pantalla. A su espalda, Paul dijo:
—Qué perra, ¿no?
   De alguna manera el terror le dictaba al cuerpo de Paolo que acabara.
—Correte, Neu, le dijo Paul.
   Si se daba vuelta, Paul iba a ver que tenía la pija afuera. Hizo una pirueta que consistió en agacharse doblándose mucho por la cintura y buscar el sillón con el culo, girando lentamente hacia un costado con el codo pegado a la ingle, como si estuviese demasiado concentrado en el film como para quitar sus ojos y el cuerpo de la pantalla.
—Uh, esto está re frío, dijo Paul tocando la taza de te.
—Sí, te dormiste como una hora.
   Camila seguía emitiendo gritos. Paul agarró un sanguchito de salmón.
—Qué perra, ¿no? ¿Sabés manejar el microondas?
   Otra vez Paolo iba a destiempo con los movimientos. Miró la pantalla aliviado por el primer comentario, pensando que zafaba de tener que hacerle otro te, pero se encontró con la boca gorda de Camila pegada al bajo vientre de Paul. Esto lo exitaba y acentuaba su erección. Y lo del microondas lo invitaba a pararse.
—No te fuiste, le dijo Paul.
—¿Eh? No.
—¿No tenés ganas de tomarte otro te?
—¿Eh? No.
   Sideral empezaba a mostrarse contrariado. El Neuquino tenía cara de estúpido, pero de ahí a no inferir que él necesitaba un te... No pensaba pedírselo abiertamente. Ni siquiera tenía desarrollada la capacidad de hacerlo. Las estrellas no están acostumbradas a elaborar pedidos o favores. Lo que quieren lo tienen. Ni siquiera se preguntan cómo sucede. Simplemente sucede. Sus antojos cobran la forma del deseo y siempre hay alguien encargado de materializarlos a sus ojos. Es así como funciona, un orden mágico del servilismo que se saltea la cuestión administrativa. Una estrella no debe planear la esfera de la servidumbre: los séquitos brotan solos incluso a un nivel imperceptible que alcanza límites insospechables, distancias siderales.
—¿No te gustó el te?
—No, sí... Ahora me hago otro, cedió Paolo, pero siguió mirando hacia el plasma.
   Otra cosa de las estrellas, sobre todo de las estrellas pop: Ahora es ahora, ya, en este instante, fugaz, en el que el tiempo se disuelve y pierde toda dimensión inteligible, y por lo tanto no representa complejidad alguna bajo ningún punto de vista teórico ni práctico ni metereológico. Que el tiempo es un misterio o un desafío metafísico, cuántico, mántrico es cosa de patéticos escritores o de intelectuales anorgásmicos. Y Paolo, que era periodista, era una mala imitación de cada uno.
—Querrás decir después, dijo Paul, luego de veinte segundos en los que sólo se escuchaban los quejidos de Camila, por sobre los cuales cabalgaban gruñidos entrecortados del Paul en diferido.
—¿Eh?
—Que querrás decir después.
—¿De?
   Paul se lo quedó mirando, levantando las cejas como para ayudarlo a dartse cuenta.
   Paolo empezó a ponerse colorado.
—¿Te gusto?
   La pregunta la hizo el astro, pero ni él supo de dónde vino. Había días así, en los cuales aprovechaba para componer, porque las asociaciones subconscientes brotaban en frases armónicas, tanto en la letra como en la música. Ahora estaba tan sorprendido como Paolo, tratando de identificar el origen de su inquietud, si es que se trataba de una inquietud lo que lo hacía sentirse tan incómodo, asociando la incomodidad a lo que acababa de preguntar, olvidado por completo del te. Suele suceder con la sintaxis de las cosas en el orden de acomodamiento de los acontecimientos tontos, sobre todo con la gente drogada: Paolo se puso colorado pensando que Paul había notado su erección, pero el subconsciente de Paul interpretó el rubor como un signo que resumía toda una actitud histérica de represión sexual hacia él. Así, la relación escasa y esporádica entre los dos tomaba para el artista la complexión de una historia, un cuerpo soterrado emergiendo como un relato que de golpe se revelaba como tal. Un título acorde podría ser Amor no correspondido, un amor incondicional callado heroicamente por parte de su admirador amante secreto. Esto estaba descubriendo Sideral cuando Paolo se paró, con la pija al aire, erecta, apuntando hacia él.

   La involución es parte constitutiva y necesaria de la evolución, como el error lo es de los aciertos en el aprendizaje. Entonces toda experiencia es necesaria y constitutiva de la superación de uno mismo en el camino hacia el todo. Más o menos en esto pensaba Paolo en el ascensor, a las once cero cinco de la noche, mientras recordaba cómo Paul Sideral le chupaba la pija. Se la chupó un ratito y después lo hizo girar hacia el televisor, donde el Paul Sideral en diferido se cogía a la top model. Lo de chupársela había sido un buen comienzo, pero el objetivo de la estrella era bien otro. Apenas lo puso frente a Camila, el Paul Sideral en directo se le apoyó en la espalda, le agarró a Paolo la pija con una mano y, mientras lo masturbaba, con la otra mano lo desvistió y le hizo el resto. Resto, recto, oblicuo y luego de varias posiciones terminó acabándole en la boca. Pero no hubiese podido penetrarlo de no mediar la aparición del hijo de Sideral. Eso fue lo que distrajo a Paolo, quien, en poco tiempo, comenzará a dudar si lo que vio sucedió en el film o en vivo y en directo. Fue justo cuando pensó que Paul lo iba a ayudar a acabar rápido y terminaría todo. Apenas Paul lo dio vuelta, le gagarró la pija y se le apoyó en la espalda, Paolo se concentró en el culo y la espalda de Camila yendo y viniendo en un primer plano bastante equilibrado, dada la situación activa del camarógrafo. Entonces hubo un zumbido de bisagras impecables y la cámara se elevó tratando de hacer foco sobre uno de los ángulos triangulares del living. Un instante de vacío y luego emergió una figura nebulosa, diminuta, con dos lucecitas brillantes.
—Los ángeles son revolucionarios, le dijo Sideral al oído.
   Paolo reaccionó a esa voz profunda con un leve quejido, y no pudo oponerse a que su ídolo le desabrochara el cinto, le bajara el jean nuevo, los calzoncillos.
—Los angelitos hacen con sus padres lo que quieren, y lo mismo están haciendo con el mercado, le susurró al oído. Paolo vio dos conos de luces deslizarse detrás del vidrio empañado. Le pareció que llovía.
—Un padre que funciona sólo de acuerdo con los deseos de su hijo, Dijo Sideral apoyándole a Paolo el lomo de la pija en el culo, termina por agotarse. El ángel lo chupa.
   Mientras tanto Paolo sentía que acababa, pero no acababa. Veía a Santino saludar hacia la cámara, siempre fuera de foco, como si Paul hubiese querido protegerlo de algo. Esto, y el hecho de tener a Sideral agarrándole la pija y apoyándolo de atrás en carne viva le transmitían a Paolo una sensación de seguridad. Sideral era decididamente paternal.
—El sistema financiero mundial va a pagar muy caro el haberse volcado de lleno a la exitación de los deseos pueriles, dijo el astro con voz cavernosa. Los infantes son insaciables y grácilmente variables, nunca dejan que un producto se estacione, necesitan fricción, experiencias voraces y fugaces como el Diablo. Lo van a matar.
   Cuando Sideral terminó de decir esto Paolo ya tenía media pija del astro en el culo y finalmente acababa. Como nunca en su vida, eso debía reconocerlo. El segundo salto de semen impregnó la espalda de Camila Madnes en la pantalla del plasma. Se le cruzó la idea de que hubiese podido estar la cara de Santino en la pantalla, y eso no hubiese resultado muy agradable. Lo que le resultaba extraño era estar en éxtasis, siendo que se lo estaban culeando. Pero estas eran todas ideas confusas que no lograban materializarse como pensamiento. Lo cierto era que estaba entregado y abandonado al placer sin tener que estar decidiendo nada, sin tener que preocuparse por el placer del otro, y algo así nunca le había ocurrido antes. Afuera llovía y ya se imaginaba caminando de noche por las calles de Buenos Aires con lluvia.
   Cuando la puerta del ascensor se abrió, Paolo estaba vomitando, tal vez con la ilusión confusa de poder vomitar todas las imágenes, la experiencia completa. Esta idea le produjo miedo: si vomitaba también la entrevista estaba perdido.
   Padre del Pop, se tituló la nota y Sideral dijo cosas muy interesantes, no sólo sobre el panorama del pop: también se mostró comprometido con el altermundismo y preocupado por el presente de la infancia, futuro de una humanidad más libre, revolucionaria. Debo la leyó en el bar donde había estado por última vez con su novio. Había seguido a Paolo hasta ahí, con la sospecha de que iba a encontrarlo con otra mina.