Hace un par de meses estuvieron en Río Cuarto los directores de la revista “La Guacha”, que es, junto con “Diario de Poesía” y “Hablar de poesía”, una de las publicaciones sobre poesía más importantes a nivel nacional. De esa visita y del intercambio con los directores surgió la invitación para enviar a la revista poemas y reflexiones sobre el estado de la poesía argentina. El número de la revista se titularía algo así como “Río Cuarto se suma al debate sobre la poesía argentina”. Traté entonces de ponerme en el lugar de un lector de Santa Fe, de La pampa o cualquier otra provincia, que leyese ese número para saber qué es lo que Río Cuarto como ciudad puede aportar, a través del punto de vista de algunos de sus escritores, al debate nacional. Y me di cuenta de que Río Cuarto, en ese sentido, no tiene nada que aportar. Eso no quiere decir que no tengamos algunos buenos libros de poemas o algunos escritores con conciencia de la tradición poética en la que están insertos, lo que digo es que al reunirse esos poetas bajo la consigna de brindar una visión global que sea un aporte al debate sobre la poesía argentina queda al descubierto que tal visión no existe. Que yo sepa, la única tentativa seria de darle una visibilidad a la actividad de la poesía de Río Cuarto y ofrecer al mismo tiempo una visión particular sobre la poesía argentina, fue la de los Poetas del Aire. En el año 1995 una antología a nivel nacional de poetas menores de treinta años hecha por Daniel Freidemberg reunió a 31 autores. Allí había solamente tres escritores cordobeses, dos de ellos de Río Cuarto. Es decir que la ciudad tenía una visibilidad en el mapa de la poesía argentina que se apreciaba no sólo por en la presencia de algunos poetas en el escenario nacional sino también en la gran difusión que alcanzó “La mosca muerta”. Mediante esa publicación, Río Cuarto ofrecía una mirada crítica y diversa de la poesía argentina que se infería de la extraordinariamente completa selección de poetas que allí se difundían. Pero es evidente que esa presencia no se mantuvo. En ninguna de las 18 notas sobre las últimas Tres décadas de poesía argentina que componen el libro de ese nombre, aparece mencionado un poeta de esta ciudad. Uno podría ver allí una conspiración, una perversa estrategia de todos esos críticos para borrarnos del mapa, pero nada parece indicar que sea el caso. Río Cuarto, como ciudad, no es una estación en el recorrido de lectura de los críticos ni de los poetas de otras ciudades.
Los poetas de Rosario rivalizan con los de Buenos Aires y los de Bahía Blanca discuten con los de La Plata; en todas esas ciudades los poetas se nuclean en torno a revistas de alcance nacional o al menos provincial, se leen entre ellos, discuten, tal vez se pelean y formas sub grupos. Hay un clima, un ambiente especial en cada lugar y también una manera (o varias en conflicto) de valorar la tradición de la poesía argentina. Es cierto que estoy mencionando ciudades mucho más grandes que ésta, pero eso no me parece una explicación acertada de nuestra falta de voz o de voces en el debate de la poesía argentina actual. ¿Por qué esas ciudades que nombré pueden hacer un aporte a una discusión sobre la poesía argentina? Porque están en contacto con ella. Eso no significa que lo sepan todo, simplemente significa que están leyéndola con entusiasmo. Y además de leer a los otros se leen entre ellos, están al tanto de lo que pasa en su cuidad en materia de literatura.
¿Cuál es el aporte de Río Cuarto a la poesía argentina? Me parece a mí que el aporte es grande y pequeño a la vez. El aporte es un proyecto, cierto entusiasmo que parece reverdecer, que encuentra uno (solo uno) de sus cauces posibles en esta colección de poesía que hoy inauguramos con el nombre de Archipiélago. Los poemas piden lectores. Y la lectura engendra en algunos el deseo de la escritura. Así nace un poeta, leyendo. Esa cadena no tiene fin pero requiere un origen, un primer envión que es la edición de los textos.
Elena Berruti, Claudio Asaad, María Reineri, Yanina Magrini, Pedro Centeno y Jorge Torres son algunos de los poetas que tienen libros terminados o en proceso que esperan ver la luz. Y la suerte de esos libros depende en gran medida de la avidez de los lectores a los que invitamos, cada vez que podemos, a conocer qué se está escribiendo en Río Cuarto.
Así que en nombre de todos los escritores que mencioné (los cuales se reunieron en un esfuerzo cooperativo para editar sus libros), de José Di Marco y mío, les agradecemos desde ya la presencia a todos ustedes esta noche.
A mi me toca agradecerle también a Diego que me haya invitado (ya estarán un poco hartos ustedes de verme) a hacer un comentario sobre su libro Crol, en el invierno líquido.
Leí varios de los poemas de Crol cuando andaban dando vueltas sin formar parte de un libro. A otros lo vi nacer en una especie de taller literario de entre casa que hasta el día de hoy, con intermitencias, sigue. No se trata de un libro muy extenso, son una treintena de poemas en su mayoría breves que Diego agrupó en tres secciones, la primera de las cuales es Muelle.
En esta primera sección del libro los poemas se van acumulando alrededor de un tema, el dormir, y de todo lo que esto implica. En principio levantarse por la mañana tal como se lo dice en el poema “Estática”; acostarse y acostar a los niños por la noche en “Destiempo”. Pero también el momento limítrofe entre el sueño y la vigilia en el poema “r.e.m”. El autor aprovecha aquí la metáfora del sueño como un territorio que está más allá, como una zona en la que nos internamos mientras dormimos y de la que volvemos al despertar. De allí que pueda haber un límite entre el sueño y la vigilia y también, metafóricamente, un medio de transporte para llegar a las tierras del sueño y, como se dice en otro poema, una puerta para ingresar. Entonces, la cama, que es un habitáculo, adquiere metafóricamente la función de la embarcación: aparece la imagen de las sábanas como velas de un barco para trasladarse a las regiones del sueño:
sábanas blancas
para navegar
el destierro.
dice el poema. Se podría pensar que el título de esta primera parte del libro, “Muelle”, alude al mismo tiempo a lo mullido y confortable de la cama y al lugar de donde se embarcan las naves.
En la segunda parte, “Mareas”, aparecen varios poemas que pueden ser leídos en relación con el título del libro. En “Desubicado” figura ya la acción de brasear: “braceo el crepúsculo penado”, dice el enunciador. En el último poema de esta serie se repite la idea, esta vez aludiendo a “los brazos cansados”, a la natación y al estilo crol. Pero al igual que en la primera sección, ninguna de estas expresiones funciona en sentido literal. La imagen de la natación tiene varias implicancias: por una parte la obvia alusión a la actividad, al movimiento que supone un avance, una marcha. Pero esa marcha no es simplemente un traslado porque el al ser un ejercicio de natación implica un gasto de energía. No es fácil nadar, nadar cansa, nadar puede conllevar la extenuación, y eso supone, para el nadador, un riego. La situación del nadador, al estar en un ambiente que no le es natural, es ciertamente precaria: “crol en medio del atlántico”, dice el poema de Diego instalando inmediatamente la figura de un puntito perdido en la inmensidad, de un ser humano a merced de la infinita potencia del mar. Sin embargo, no se dice que este personaje esté a la deriva o ahogándose, está nadando, pero no haciendo la plancha sino avanzando en el estilo crol, que no es lo mismo.
Pero si esta natación, como el viaje de la primera parte a las tierras del sueño, es metafórica, cómo debería entendérsela. En el mismo poema se alude a “las aguas de la época”. Así que si se concibe a esta época que nos toca vivir como el medio en el que estamos insertos, como agua, como un mar, es lógico que se utilice la figura del nadador para hacer referencia al que vive en la actualidad. Solemos hablar de la vida como un camino, como un recorrido más o menos arduo, más o menos largo y con muchos o poco obstáculos. Y entonces se dice que vivir es transitar ese camino y que el que lo transita es el caminante. En Crol se cambia, por decirlo de algún modo, la tierra por el agua. Ya no se transita un sendero, sino más bien se está arrojado al mar, a las convulsas y frías aguas de esta época: recordemos el subtítulo del libro: “en el invierno líquido” que da idea de la hostilidad del medio en el que nos toca bracear, es decir, vivir. Hay un matiz de dificultad implicado en todo esto que decimos, es obvio que no se alude a una actividad placentera con el concepto de la natación en las aguas heladas. Sin embargo, como en los otros dos libros de Diego1, el tono general de los poemas traza una línea luminosa que va en sentido contrario a la situación negativa que se diagnostica. Recordemos su primer libro: Un velero en el vacío. Un el medio de la nada la festiva aparición del barquito. Todavía recuerdo el dibujo de Carlos Georgis en la tapa con el velero flotando entre las estrellas y las nubes. Sonajeros, el segundo libro, también se proponía como una reacción a la pesadumbre a partir del rescate de la música y la sonoridad lúdica tomada del mundo infantil. En el caso de Crol no faltan los momentos en los que se mira alrededor con espanto y con un espíritu crítico. La alusión al dolor se repite hasta volverse omnipresente en el poema “Eco suicida” y pura imagen en uno de los poemas de la tercera parte. Cito: “un frío afilado/ en la yugular de cualquiera/ nos hemos vuelto”. Después de estas alusiones se entiende por qué son heladas las aguas de la época: la estupidez, el egoísmo, la insensibilidad, el abuso de la técnica, la frivolidad en el arte, serían todos los componentes que hacen del presente un tiempo difícil. Sin embargo ustedes verán que el libro destella alegría, ternura, cariño. Y esto se relaciona con lo que decíamos antes de la imagen del nadador, la cual implica el concepto de gasto de energía, de la fuerza de voluntad, del tesón. Aunque las aguas de la época son heladas el poeta sigue, sin embargo, manteniéndose en actividad, caliente, vivo.
De todos los trabajos de Diego, Crol es el más logrado como libro, como unidad. La lectura completa da la impresión de una parábola que nace en el primer poema y se cierra en el último. De hecho la primera imagen que tenemos es la de alguien que se despierta por la mañana y la última es la de alguien que se dispone a dormir. Estas dos escenas evocan también la idea de una jornada que se cumple, de un trayecto que se realiza, de movimiento entre dos estados de pasividad. Y de nuevo, reaparece, de algún modo, la idea del gasto de energía. En la primera sección el personaje parte del Muelle descansado, hace su gasto de energía en la segunda parte, Mareas; y en la tercera, Orillas, llega al otro lado. Allí, el que cruzó la marea, el que corrió peligro pero no naufragó, extenuado, duerme.
1 Un velero en el vacío; Fundación por la Cultura de Río Cuarto; 1999. Sonajeros; Departamento de imprenta y publicaciones de la Universidad Nacional de Río Cuarto; 2003