Fotos contiene cuatro cuentos cuyo común denominador es, precisamente, la presencia de fotos. “Domingo”, “En el agua” y “Permeabilidad” son los títulos de sendas historias que tratan de abandonos y separaciones, de angustias y heridas irremediables. Un clima de melancolía inquietante invade a sus protagonistas y los sofoca. Las fotos que acompañan sus itinerarios erráticos son marcas de una ausencia, índices de lo que fue y se ha vuelto doloroso e irreversible, tan tremendo como innombrable y hasta fatal.
“Fotos”, el cuento que da nombre al volumen, narra dos historias aparentemente inconexas: la de un soldado que debe custodiar el cadáver del Che Guevara y la de un diseñador de modas que se ha hecho famoso estampando la cara invencible del Che en un vestido diseñado para Daniela Cardone. El contraste entre la cobardía del soldado (que se rehúsa a cometer lo que siente como una profanación) y el cinismo del diseñador (que se vanagloria sin escrúpulos de su éxito) exhibe, con ironía, el destino de un icono revolucionario en una época donde la reproducción y el consumo convierten en mercancía cualquier imagen visual, hasta la más iconoclasta y revulsiva.
Julio Cortázar pensaba el cuento como una fotografía. Si la novela se asemeja a una película, a una secuencia de imágenes que se expande en el tiempo, la fotografía equivale a la cristalización de un momento; su temporalidad es la del instante: un recorte intenso y profundo, una concentración extrema de la experiencia, una miniatura del mundo. Lo más significativo de una foto queda fuera de campo, implícito y latente. En un cuento, lo importante apenas se muestra y sugiere.
Los cuentos de Pablo participan de esa materialidad esquiva e insinuante: en ellos lo no dicho, lo omitido, lo oblicuamente designado cobran una relevancia decisiva. Para capturar el sentido de estas historias, hay que “hacerse la película”, reconstruir imaginariamente un proceso, tramar las motivaciones y las causas, rellenar. La narración acomoda su ritmo y su despliegue a esa atmósfera de ambigüedad y fluctuación. Hay sutiles cambios de puntos de vista (como en “Domingo”), delicados saltos temporales y espaciales (como en “Fotos”), tenues elipsis (como en “En el agua”). Y las clausuras son exactas: un efecto final que tiende a descolocar suavemente, sin forzamientos, las expectativas del lector. La escritura no distrae ni ornamenta, se confunde con las vivencias, el habla, el pensamiento, los recuerdos y las ensoñaciones de los personajes. Es decir: se ajusta a las historias con una transparencia precisa, para nada artificial, sin afectaciones ni espasmos.
El de Pablo es un arte de la alusión, del detalle en apariencia superfluo, de la calma y el silencio. En esa suerte de prescindencia reside lo curioso, lo notable, lo sencillamente extraordinario de sus cuentos.