Presentación de

Las madres remotas


Por José Di Marco

LA GESTACIÓN DE UN MUNDO FEMENINO. SOBRE LAS MADRES REMOTAS, DE MARÍA ELENA ANNÍBALI

El término madres del título refiere y convoca a un reparto de figuras femeninas que proviene de la mitología grecolatina, del Antiguo y Nuevo Testamento y de los ámbitos del cine y la canción jazzística. Ariadna, Antígona, Lesbia, Leda, María Magdalena, Eva, Nina Simone y Marilyn Monroe son los nombres de una serie de mujeres que han padecido el abuso, la indolencia y el abandono por parte de los hombres. Las madres lejanas y antiguas, que los poemas de María Elena Anníbali citan y reúnen.

A veces, alguna de ellas toma la palabra y, entonces, el texto poético se despliega al modo de un soliloquio dramático. Por ejemplo: Antígona se dirige su hermana, para decirle lo siguiente: “Es ésta un farsa repetida hasta el asco, / un carrusel de los parques fantasmas. / Le regalo a otra, Ismene, / este papel gastado.” (“Antígona”); por ejemplo: María Magdalena ensaya, ante el cuerpo crucificado de Jesús, un ruego de una firmeza tal que la imploración se convierte en mandato: “Hoy llámame tu María Magdalena, / tu hermosa puta consentida, / tu fruta arábiga y dulce sucediendo en tu boca.” (“María Magdalena”). En otras ocasiones, alguna de ellas es el destinatario de una plegaria en absoluto plañidera, más bien voluptuosa y desafiante: “Oh, madre en la que no fui, / déjame trotarte en tu cielo de algodonales / en tu húmedo paraíso de blues and soul, / en la cuenca salvaje y florida de tus oraciones,…” (“Nina Simone”).

En el poema titulado “Eva o el silencio”, la imprecación desplaza al ruego y la poesía misma se asimila a una “Torpe Eva de dientes podridos. / Buena perra de mala vida.” Hija de la madre de todas las madres, la poesía se revela, finalmente, como un “hato de hambres. / Silencio.” Un acontecimiento en que la identidad se afirma y desmigaja, y los contrarios se alían y tensionan.

Las madres remotas es un texto coral e intensamente lírico. La primera persona predomina, pero el yo que la emplea cambia de poema en poema. En la docena de poemas que lo integran, se dejan oír diferentes voces. En ese coro femenino se enmascara, para multiplicarse reconociéndose en una genealogía profusa, la voz de la autora que va asumiendo identidades diversas, como si el yo (un yo mutante, en metamorfosis sucesivas) no fuera otra cosa que la primera persona del verbo, un verbo que se expande y organiza rítmica y figurativamente.

La refinada intertextualidad de estos poemas (dotados de precisas referencias culturales y literarias) se pone al servicio de un discurso poético genuinamente lírico, el que consiste, sobre todo, en expresar un estado de ánimo, una disposición subjetiva ante el mundo de la vida. Sin embargo, no estamos en presencia de un confesionalismo estridente y latoso. La tersa sintaxis y la cadencia melodiosa de los versos; la rítmica que se apoya en anáforas y enumeraciones que generan un clímax creciente; los paralelismos; la extensión versicular de las frases; las imágenes sensuales y potentes (“Al fondo de la habitación, sobre un banco de piedra, / había derramado el ángel ambarino de la luz / un pañuelo azul para la frente amplia de Leda, / y un vaso de agua, por que el verano era grave”); la adjetivación inesperada… son algunos de los numerosos recursos de los que Anníbali se vale, con pericia y acierto, para construir un discurso poético de una belleza densa e hipnótica.

En la textura, en el entramado de sus poemas resuena una cosmovisión (una ideología, si se quiere) que polemiza con los roles que determinados relatos hegemónicos, de autoría masculina, le otorgan a la mujer. En “Ariadna”, bestia y hombre se asocian para ahorcarla; así, Ariadna aparece como una víctima, tanto del Minotauro como de Teseo. Harta de representar un papel gastado, Antígona asevera que la tragedia, que la coloca en el papel de la heroína, de tanto repetirse se ha convertido en una farsa: ella abandona el mito (la sincronía estática) para ingresar en la temporalidad de la historia (la dinámica del tiempo humano). Marilyn se reconoce única e indivisible, más allá de la voracidad impiadosa con la que diferentes hombres (amantes y admiradores) se disputan su cuerpo hasta dispersarlo en una diáspora de imágenes.

Poesía de género, sí, y en un sentido político fuerte, en la medida en que las voces y las figuras femeninas adquieren una centralidad y una entonación que cuestiona la óptica masculina como versión oficial. Anníbali hace hablar a las voces silenciadas, oprimidas y marginales. Les permite manifestarse y habla con ellas y saca a luz lo silenciado y encubierto, es decir: sus mujeres no son heroínas ejemplares ni figuras idealizadas, sino cuerpos deseantes y sufridos, eróticas criaturas que padecen el abandono, la soledad, el fraude del amor impostor.

En la contratapa del libro, se pueden leer las siguientes afirmaciones de la autora: “Escribir es la experiencia de hacer surgir del fondo del poema la imagen ausente, la posibilidad. No es un acto de rebelión, sino de amor. En él, nos ofrecemos de gestantes para que el nuevo mundo nazca, sea en nosotros, y en los demás.” Construcción de mundos posibles, resistentes a una descripción fenomenológica, la poesía, a través de la imagen, instaura una realidad alternativa y  crea una comunidad imaginaria. En este mundo otro, que la escritura de Anníbali ha gestado a partir de su experiencia de lectora y de su condición de mujer, lo históricamente marginado se expresa con valentía y angustia.

María Elena Anníbali nació en Oncativo, el 19 de abril de 1978. Este libro obtuvo el primer premio en poesía del concurso provincial organizado por ediciones Cartografías.

 

José Di Marco
Diciembre de 2007