Presentación de

mareabaja

de Claudio Asaad


Por Elena Berruti

Navegando en punto muerto por el nombre del libro de claudio


Elena Berruti“Conocemos por Marea al movimiento periódico y alternativo de ascenso y descenso del nivel del mar, producido por las acciones atractivas y gravitacionales del Sol, la Luna y demás cuerpos astrales, que se repite cada 12 horas 24 minutos, un semidía lunar”, dice una enciclopedia on line.
(Me entero por casualidad de que el día lunar tiene 50 minutos más que el día solar: maravilla del no saber apenas interrumpida por chispas de conocimiento casual y mínimo).
“Marea baja o bajamar: Momento en que el mar alcanza su menor altura”.
“Cuando la marea está baja, a todo el mundo le gusta buscar pequeñas criaturas o piedras en la playa que quedan atrás cuando baja el nivel del agua”: sí,  a veces son un tanto triviales los comentarios en páginas web vía nuestro pequeño dios google, pero no por nimio lugar común inconfeso, es despreciable, nos ayuda a preguntarnos qué restos quedan por ahí en esta mareabaja.
Y sigue: “El flujo y reflujo de las mareas tiene un gran efecto en la vida y regiones en donde ocurren. Las personas necesitan saber cuándo hay marea baja para definir cuán lejos deben anclar sus barcos, de manera que sus botes no queden varados en el fondo del mar”.
Interrumpo la cita de la info virtual: ¿Dónde ha decidido anclar el claudio de mareabaja para no quedar varado?
Y continúa la enciclopedia, imperturbable: “El flujo y reflujo de las mareas, que también determina la disponibilidad de nutrientes, la salinidad, la temperatura, y el contenido de oxígeno en el agua (o falta de agua), afectará grandemente a las criaturas que viven en las aguas costales”.
Atención, digo: Alimento y respiración: funciones vitales que hay que asegurarse, después -recién después- vendrá quizás todo lo demás.

mareabaja se llama el libro de claudio asaad
en minúscula, arisco a las convenciones de tipografía destacada como manda la norma y la corrección

todo junto,  de un tirón y sin poder tomar aliento en el medio, el sustantivo y el adjetivo se hacen uno solo, se sintetizan

mareabaja y no marea alta, plena de agua, majestuosa tanto serena como violenta, …

Esfuerzo mediterráneo desde este  nuestro lugar en el mundo: imaginar el mar, las mareas, la bajamar sin otro horizonte que la tierra…

 

Autor agradeciendo desde la bajamar

Aunque el lenguaje no alcance, como dice claudio en los agradecimientos, lo mismo agradece, porque da aliento, da de vivir.

Dar de leer lo que se escribe también es alentar / preguntas, silencios, contemplaciones… incluso agradecer/dar de leer  a alguien tan pequeño como Lara que aprenderá a leer convencionalmente cerca del 2010.

Poética de la contemplación

El que contempla –posición enunciativa de esta poética- también lo hace respecto de contemplaciones de otros: una tapa que captura una visión de playa despojada de lo usual e invadida por letra manuscrita y con vuelos a punto de ser, fotos-detalle en cómplice diálogo al borde del secreto con los poemas de la mareabaja…,

Contempla – la mirada mareabaja- hasta la lectura, alternativa por gatuna, de Milton que lee –desconfiado y quisquilloso pero al  fin amigable- la casa donde escribe este hombre, una casa que no sólo es vivienda sino también su estudio de filmación y campo de escritura; una casa que no sólo habita, sino que lo habita… y en la que no sé bien por qué a menudo a unos cuantos nos da ganas de permanecer en silencio, más de la cuenta y casi sin movernos, apenas arrullados por alguna música  envolvente y la luz –siempre la luz- algo tenue…

Poemas de mareabaja parecen –se instalan y reclaman ser interpretados- como contemplaciones, poemas-mirada no sin escucha, un ojo…

El ver, el mirar, el ver-se desde fuera de sí  es  el ejercicio porfiado y resistente de una imposibilidad –el caminante urbano que porta un libro, en Libras, por ejemplo-. La mirada de sí no es extrañamiento, desafuero o desapego de uno  mismo. Se es objeto de la mirada propia desde la certeza de que el presente –lo que es dado a ver hoy a la mirada-, no es único, se pluraliza y hay que verlo  todo,  las cosas naturales,  las naturalizadas,  los otros: ojo inquieto, hiperactivo, descentrado y omnívoro

El yo poético de los poemas de mareabaja se sabe y se afirma en el enunciado como sujeto de escritura. Escritura como registro de esta complejidad de la percepción y también como modo de sobrevivir a lo complejo sin negarlo. El sí mismo percibido queda en el poema.

Pero hay un protagónico indiscutible que anticipamos al descuido: la luz.

-a punto de irse
-la que lastima
-lo inasible/inefable
-la que habla
-como necesidad contra la oscuridad subjetiva
-contra el vacío o para denunciarlo
-como compañera en esa caída vertiginosa a lo Alejandra que puede ser la vida…
-la luz, en fin, catalizador indispensable –no inocente vehículo- del poder ver, y también de sus limitaciones e imposibilidades

En el juego siempre tentador de los opuestos, lo nocturno –entorno silencioso, recoleto, privado- y la noche como actor, terreno en el que se escribe, se definen por la ausencia de luz
El tiempoespacio de la madrugada, a veces sueño –en el doble sentido de somnolencia y de lo onírico, en ocasiones insomnio, es siempre frontera lábil para el ritual de pasaje, para el  “pasajero en tránsito perfecto”…

Lo natural aparece en escena no como telón de fondo ni evasión bucólica sino como modalidades del medir/ver pasar la existencia. La alusión a la naturaleza en estos textos no escapa de la animalidad ni rehúye de la violencia: “Asesinar al maldito/encubridor de toda muerte/desordenada”, en ¿Acaso…?
Animalidad también del recuerdo del muerto, cuya muerte amenaza y acecha en Hugo. Aunque con el mismo peso animal alude también a a la vitalidad, a la función nutricia y hasta sanadora.

El lenguaje como objeto del discurso, palabra que habla de la palabra misma, sabe en los poemas de Asaad de sus alcances pero más de sus limitaciones, por ausencia –“Las palabras no estaban”-, por pobreza del lenguaje – “Es un nombre para cada cosa”- ante tanta cosa por nombrar, es decir, por dar vida.

 

Un yo omniperceptivo, a pesar de todo

En el primer poema del libro –Sueño-, la primera persona hace una aparición tardía, sumamente tardía en el final del texto, en el último verso. Pero como si fuese poco retiro del yoaunque omnipresente como contemplador sensible, agudo y por momentos agónico-, la incertidumbre, el no saber es la predicación de este yo asomado sobre el final :”No sé”.

La sinestesia perceptual del yo lírico, el lugar desde el que se posiciona y enuncia instaurando el poema no concibe distingos entre lo visual, lo auditivo, lo táctil…
Es un sujeto sensitivo, sensible al que el mundo le arroja –para que tenga y guarde- sensaciones cargadas de sentido, de significaciones que este sujeto mastica, macera, explora, acepta, rechaza, convierte o subvierte. Tal vez haya  que remarcar que en los poemas de claudio asaad no hay registro de la sensación que quede reducida a eso: por el contrario, es objeto de reflexión, de predicación, de entendimiento.
Es probable que haya que insistir en que la percepción no es aquí, en el dispositivo textual de mareabaja una capacidad ingenua, omnipotente u optimista del panóptico pero sí vitalidad por antonomasia, aunque en conflicto, con necesidad de articular estrategias de protección: la ausencia de percepción/intelección es sinónimo de muerte. (En Lejos, por dar un ejemplo) En el mismo sentido, la ausencia de lenguaje implica idéntica pérdida de vitalidad.

 

Percepción y lenguaje, siempre

“soy el único que puede/dar testimonio de algo así/tan efímero y solitario”, en Opaco, sea tal vez la concentración de la conciencia de la soledad de la percepción que fue y ya no es ni será, el saber –incluso doloroso- de que la escritura es quizá el intento desesperado de registrar ese vislumbre o fogonazo, pero no alcanza, no alcanza nunca.

Es en este mismo poema, en el que la primera persona (esa ilusión tentadora y equívoca de lo autobiográfico, contravenida y puesta en interdicción por el pacto ficcional-poético) se define por la negativa: “yo no es”, no ve, no hay luz, sólo escribe un poema en penumbras: no devela, no ilumina, espera el día no sin incertidumbre. Y no es poco.

 

Cómo no hablar de la casa-lenguaje

La casa como topos enunciativo, en tanto puesta en escena del mirar el tiempo, la identidad, la subjetividad propia –a veces en el desdoblamiento de una segunda persona- y del otro. Casa habitada por visitantes, por libros y objetos domésticos, por momentos antropomorfizados, en otras ocasiones, ritualizados o mejor dicho activando una ritualidad que hace que la casa mute y el sujeto también:“Tu casa es el lugar donde convocaste/la memoria para hablar con la ausencia”.

En Ronda se reconceptualiza la escritura como praxis del yo en este caso como notación de voces de otros, de escrituras otras, ajenas: el escribiente bebe, se nutre de otros y lo declara; esta posición descentraliza,  desacraliza lo propio y habla de la necesidad –pulsión, deseo, dificultad pero de nuevo pulsión, deseo…- del otro, de los otros para sí, urdimbre de cuyo equilibrio inestable es el lenguaje el único testigo y garante.

 El  otro es instalado en asomos, escarceos…  y en el borde de la inconmensurabilidad del otro (físicamente centrípeto, inmanente de sí, visceralmente clausurado), la pulsión deseante encuentra dos modos compatibles de intentar el vínculo: la percepción –otra vez- y el lenguaje –conjuro para el permanente “seguir intentándolo”.

La percepción recibe sobre sus espaldas siempre la sombra amenazante de su opuesto: la negación de la sensibilidad, su carencia e imposibilidad: el no poder ver /ver-se, la ausencia de autorregistro de sí, a lo que se articula el no poder decir, en tierra de palabras.

En Baldosas: cierto tono paradojal de un soporte –representación mediante- de la percepción: la foto, enrostra al yo poético con la ausencia del otro y de sí mismo, dos modos del vacío existencial. los retratos -y más si son de los ausentes-, son representaciones casi fallidas de identidad, no alcanzan a constituir presencia ni a vencer a la muerte.

 

mareabaja el poema es el cierre de mareabaja libro

Con una tensión entre dos luces –la interna y la externa- , el poema cierra el discurso o al menos lo suspende, invitando tal vez a releer, a transitar la secuencia textual desde el primer poema, otra vez…
Una luz: la externa -dominguera, natural y cultural a la vez-, sucesión irremediable de una noche sin sueño, pero cercana para el sujeto.
Otra luz: la de adentro, que intenta a toda costa poner distancia, posee una fuerza retroactiva hacia lo nocturno y la soledad trágica. Frente a ella “la luz de la mañana” desdramatiza, alivia.
Entre esa tensión, -que el poema se encarga de marcar como reeditada cíclicamente-, el que transitó no sin dificultad lo nocturno y que sospecha de tanta claridad diurna, sabe del peligro del devenir del ritmo natural ineluctable: marea alta, marea baja, marea alta y así, toda la vida, toda la muerte, con uno mismo y con otros, mirándolo todo a veces sin verse y agotándose de tanta percepción, en este caso bajo el nombre de palabras, lenguaje, poemas…

Los invito:

Disfrutemos, mientras la luna y el sol lo permitan, de esta mareabaja.
Celebremos que Claudio nos dé de leer con la misma generosidad e intensidad con que cocina árabe para amigos; con el mismo entusiasmo calmo con que saca fotos en nuestros cumpleaños engañando una vez más a la luz.

Y mientras esperamos su Líbano, permitámonos en plena mareabaja la herejía de emparchar (con hilvanes al menos provisorios) las brechas -que nos ocupamos con concentrada preocupación en mantener abiertas: manía occidental- entre sensación e intelección / el sí mismo y lo otro / lo interno y lo externo / lo idéntico y lo distinto , en fin lo que nos constituye como sujetos de manera indisoluble y equilibrada, a pesar de nosotros mismos.

Gracias, claudio / hermano de lenguaje, por confiar.