El origen del grito, dice Cecilia en el primer poema de su libro, es el silencio. Dice ella que en el silencio lo fecundo, la génesis, el esperma escribe ella de ese silencio, es la poesía.
Así, todo lo que nos rodea, tiempo y espacio, como el aire o como ese silencio, es poesía.
La pregunta que surge al empezar a leer este Antiguo Silencio es si la poesía está en el mundo que nos rodea o bien en los ojos que miran al mundo que nos rodea.
La respuesta está en la página siete, dice Cecilia: Y la palabra llega justo en el final del vaso.
Entonces, hay que beber el silencio, el mundo que nos rodea hay que beber, para encontrar la respuesta, la punta del ovillo de la primera palabra; la que abre la puerta al poema y al libro.
Palabras blancas , así ha llamado la autora a la entrada al poemario, y con esta imagen que sugiere más de lo que explica o cuenta o da a entender, Cecilia instala su discurso poético, en tanto puja por el control de sentido, en tanto práctica social, en una zona fecunda de la imaginación que se alimenta de texturas y objetos de distinta, muy diferente índole: el sol, los árboles, las flores pero también los platos, la cama, la cámara de gas, las alfombras, la marihuana y por supuesto los nenes, los hombres, la mujer, los hijos, pero también los pies, el páncreas, el útero, la piel. Todas estas cuestiones aparecen y desaparecen fugazmente en cruces impensados que inclinan hacia el lado de la sensibilidad y el imaginario de la conformación de sentido. Aclaro que me refiero a un imaginario que no es del tipo fantástico o maravilloso, considero al vuelo poético imaginario de este Antiguo silencio como profundamente humano.
La mirada poética del hombre en el mundo es la clave de lectura. Poesía, hombre (hombre genérico) y mundo componen, en superposición inestable y múltiple, principalmente estas Palabras blancas y más generalmente toda la escritura de Antiguo Silencio. Como dice Cecilia Como un gran poema ...como el más grande de todos los lenguajes. Poesía, entonces, que invade el mundo.
Y ocurre que lo que el hombre hace con el mundo tampoco cabe en el lenguaje, como el poema, pero mientras la acción humana a veces, dicho con palabras de Cecilia mezcla la envidia .... espera dolores, la poesía en cambio prefiere construir con el lenguaje belleza y en palabras de la autora se acomoda del lado que los hombre barren en otoño.
Poesía, que duda del lenguaje y se escapa al dolor del mundo.
Y ya instalados en este dolor/mundo, donde la poesía contra toda desesperanza intuye belleza, en la continuidad de su libro Cecilia nos propone una segunda parte que titula Desesperada calma.
Desesperada calma llama a juego con el significado, porque el que juega sabe que así tiene la posibilidad de construir una nueva regla, un nuevo significado.
Y la autora, con desesperada calma se sube al juego del mundo, elige la poesía como su rol y se interesa por el hilo del que pende cada injusticia, decide con voluntad política, digo política de las altas esferas en las que opera por cierto el poeta, Cecilia, en contra del mito del creador espiritista o poeta dependiente de su musa, en cambio, dice quiero el conocimiento como el pan..... empuñar disciplinas y ciencias...
Desesperada calma alerta sobre un nuevo amanecer donde seguir resistiendo. Dice Cecilia ...excesivo país /¿ Todavía te pertenezco / alusión de resistencia ? - amanecer para que el viento resista también este frío.
Después de escribir en tercera persona Palabras blancas, en Desesperada calma la autora ensaya alguna primera persona plural, un nosotros, y aparece también la voz propia.
Así llegamos a la tercera y última parte del libro que Cecilia ha llamado Primera Persona; aquí la poeta reflexiona sobre sí, abierta a la porción de realidad que la habita, desde su cama al caos exterior.
Claro que aparece ahora el hombre sexo opuesto, identificado, además del hombre genérico que atraviesa y predomina el poemario, claro que ahora el mundo a que se refiere y la poesía con que se expresa esta Primera persona, remiten al roce de la autora con el mundo y a su experiencia con el lenguaje. Pero lo que interesa destacar es que esta primera persona, que por otra parte tampoco es que esté escrita sino apenas mínimamente en primera persona, digo, esta última parte del libro de Cecilia, cuando ubica a la autora en el centro del mundo, no lo hace anunciándose a sí misma como ombligo del mundo o festejando su propia sombra, ella en cambio se mira en el mundo, se reconoce sin estridencias, sin ‘saludito para la cámara’, más bien Cecilia propone honesta y modestamente sostener su dignidad, lo mínimo sí, pero más lo inclaudicable; dice ella: Tengo pedazos de cutículas / entre los dedos / y no miro / por si la gente / se hace un festín / con mi escasa dignidad.
Antiguo Silencio en su conjunto también funciona como una crítica al dominio del lenguaje sobre la poesía, la tiranía del lenguaje sobre la voluntad poética. La poesía excede el lenguaje pero el poeta está condenado a trabajar dentro los fueros del lenguaje. En Antiguo silencio Cecilia discute con esa imposición en dos planos, en el específico de la función comunicativa cuando por ejemplo se pregunta ¿Dónde el lenguaje / si hay un tiempo / dónde si se meten los bichos / por las hendijas de la puerta ?, y también ejecuta permanentemente la autora violencia sobre el dominio semántico del lenguaje cuando propone nuevos sentidos en citas como alerta / insectos que buscan / el verdadero amanecer o esta otra que dice niego los autos que se le caen al cielo
Por otra parte, la novedad de las imágenes de Antiguo Silencio y la manera en que la autora edita esas imágenes en el papel requerirán del lector una nueva predisposición poética, un pacto análogo al que establece el lector de ficción narrativa ante el episodio fantástico propuesto por el autor, que para el caso de Antiguo silencio, me parece, esa predisposición necesaria debe recostarse en un tono como de irónica ternura, una poética oblicua de lo humano que se cuela por las llagas del mundo.
Antiguo silencio, libros como este pequeño ejemplar que tenemos hoy en nuestras manos, poesía como la que encierra esta botella al mar que ilustra su portada, a la vez que nos abre a la posibilidad de la imaginación poética en un renovado y profundo sentido humano, seguramente, nos trae también noticias del futuro.
Yo saludo esta opera prima de Cecilia, no tengo dudas de que estamos inaugurando una obra. Yo festejo que tengamos escritores poetas veinteañeros que estén escribiendo libros, y que podamos acompañarlos esta noche, en esta Ciudad, alrededor del calor de la amistad y de la luz que hacen estas publicaciones de Cartografías.
Gracias, Cecilia, muchas gracias.