I
Hubo un tiempo en el que los poetas eran del aire. En ese tiempo, la poesía era traída por el viento, o por la calle. Eran tiempos de indigencia en materia poética. Yo era un adolescente parido por la censura y una formación literaria periférica. De pronto me enteré que la poesía podía venir en plaquetas o en revistas independientes. Que existía algo así como una revista literaria.
Así conocí a José Di Marco. Extraño privilegio, sin presentaciones previas, sin otras mediaciones que las impuestas por la austeridad de unos versos, de unas palabras escogidas con la obsesión por el tono de una voz, o el color de una palabra. O quizá sea al revés, quizá esa obsesión lo encontró a él, vaya uno a saber dónde y por qué.
Recuerdo mi grato asombro. Esa poesía no era tributaria de ninguna mitología, huía del venerable objeto del arte. Hablaba de asuntos mundanos: una vieja cruzando la calle, una descarga de inodoro, un cuerpo que tiembla de alcohol. Hablaba también de la poesía: “Pero también la poesía es una estafa” (Dibujo), o es “hincar los dientes /en las sobras del olvido / masticar / la historia de tus muertos” (Un poema). Es decir, no había allí rastros de una pretensión esteticista o filosófica. Este poeta no usaba la poesía como mediación de otro discurso, practicaba poesía, es decir, practicaba una mirada sobre un mundo. Si bien es cierto que esta lectura es deudora de una ilusión, la ilusión de acceder a un yo a través de una escritura, ilusión idealista en definitiva, hay una dimensión de verdad en esa ilusión. El poeta y la poesía no son asimilables como una identidad instituida previamente, pero si como una subjetividad que se construye al instituir la palabra poética.
El tiempo, ese asesino gracioso, o la división social del trabajo, quisieron que un día, José y yo inauguráramos una amistad. Tímidamente, empezaba yo por aquél entonces a buscar mi propia voz en la escritura. Mi presencia aquí, no es más que el testimonio agradecido a la poesía del aire y a la amistad del poeta José Di Marco, que, por otra parte, resultó ser alguien bastante parecido al autor de sus poemas.
¿Cómo presentar un libro de poemas de un poeta al que uno admira y se esfuerza por no imitar? ¿Qué lenguaje habría de venir en nuestra ayuda para no traicionar ese objeto que no es un objeto, esa palabra que no está escrita sólo con palabras? Poderoso enigma que, al decir de Adorno, esconde en sí mismo la cifra de su verdad. Se trataría entonces, de poder decir una palabra verdadera, una palabra que de cuenta, que nos abra el enigma del Mundo Sublunar. Pero se sabe que la voz que pretende presentar, traer a la presencia, es siempre un fracaso, un balbuceo. El hablar del testigo, es siempre entrecortado. “Nadie testimonia por el testigo”, supo decir Paul Celan. El testigo está solo, y traduce a su manera, como puede, lo intraducible. Quisiera ser tomado aquí más como el testigo de una experiencia que como un crítico en materia de poesía, que no soy.
II
Los acápites de Mundo Sublunar son por demás significativos. Me recordaron aquella inscripción que Platón hizo colgar sobre el pórtico de su Academia. Uno de ellos es una definición extraída de un diccionario de filosofía: el mundo sublunar es aquél que se encuentra por debajo de la luna, sin incluirla, es decir, nuestro mundo. Se lee también que ese mundo es cambiante, un mundo en el que los seres modifican sus cualidades, es un mundo móvil y heterogéneo. La segunda indicación del acápite no es menos relevante para el lector: El lenguaje no es un mundo propio. No es ni siquiera un mundo, nos dice Paul Ricoeur. Un libro de poemas está hecho con un material que pertenece al orden del lenguaje, pero, como el mismo poeta nos dice, un poema no está hecho sólo de palabras. La indicación de Ricoeur puede ser leída como una advertencia: el lenguaje no es mundo que pertenezca como propio, a nadie; ni siquiera a la voluntad caprichosa del poeta. Ni siquiera alcanza el lenguaje para constituir el mundo del poeta, ya que en ese mundo, hay seres y acontecimientos que no se dejan constituir como mundo, es decir, como significados o sentidos que responderían a un orden, a un cosmos. Hay algo del rastro de la experiencia, en definitiva, de la experiencia de ser, que no se deja atrapar por el lenguaje. Por último, una cita de Jean Luc Nancy: ya no hay más mundo. Es decir, ya no podemos aspirar a un orden que nos serviría de refugio, de abrigo, de orientación. Cualquier pretensión de encontrar algún tipo de intencionalidad en eso que llamamos realidad, choca en las paredes de su propio concepto. La racionalidad que rige los destinos del mundo, a la inmensa mayoría de los que vivimos en él, ya no nos resulta racional ni mucho menos hospitalaria. Si el mundo nos es un cosmos, es decir, un orden, (palabra que guarda en griego una peligrosa cercanía con oikía, que quiere decir “casa”), nos sentimos extraños en él, como extranjeros o exiliados.
Desde estas citas, Mundo Sublunar anticipa el lugar del enunciador en su poética: el poeta dice desde una intemperie, desde un mundo que ya no es tal, que ya no ofrece garantías a la experiencia ni al sentido. Por otro lado, esta intemperie no es el lugar heroico de ninguna gesta esclarecida. El mundo y sus alrededores, tal el título de la primera parte, son lugares refractarios a semejante pretensión. El poema que podría otorgar una perspectiva inédita de las cosas, retrocede, “hace lo que quiere” se nos dice (Vaivén), y el poeta no cuenta con una visión adecuada del mundo y sus alrededores. Es que, a la vista de un miope, como el poeta que describe el poema, el ejercicio obligado de acercarse a mirar y alejarse para escribir, podría darle quizá alguna ventaja. Ventaja que supo otorgar al artista en otros tiempos y contextos. Resuenan aquí los ecos de aquella estética del distanciamiento que abonaron Benjamin y Brecht. Pero al miope, lo mismo que al poeta, no le sale al paso ningún aura misteriosa, “ninguna manifestación irrepetible de una lejanía” que valdría la pena registrar en la palabra. En todo caso, la poesía confirma negativamente, la inadecuación entre el mundo y el poeta.
III
MS nos irá dando indicios, pruebas, para nada sistemáticas, de esa inadecuación. Como por ejemplo, en “Enterrado en Ginebra”:
Agonizando en una clínica de Ginebra
Borges entendió que ya no importaban los laberintos
ni las eruditas bibliotecas ni los nombres en griego.
…
Estaba solo allí para siempre:
sin música, sin luz, sin cielo.
Se parecía a cada uno de nosotros,
mortales del rebaño terrestre,
comprendiendo tarde
que la inmortalidad del alma es esta
maraña de calles húmedas y ciegas
donde nada reverbera
y en ninguna voz suena tu nombre.
No hay posibilidad alguna de construirse una visión adecuada frente a una “maraña de calles húmedas y ciegas / donde nada reverbera”. Somos tan sólo, “habitantes del rebaño terrestre”, y comprendemos tarde que nuestra babélica búsqueda metafísica es una forma evasiva y refinada de olvidar ese dato irrevocable. O como leemos en Ruido:
Para que el pensamiento no se derrumbe
y a las palabras no las devoren sus silencios
es necesario que ignoremos las fisuras,
las filtraciones, las pérdidas, los nudos, los vacíos.
Esas pequeñas catástrofes que anuncian que
tal vez no seamos vidrio, labrada transparencia
sino materia opaca, un ruido
en la conversación que anima el mundo.
No hay un sentido, no hay un orden al cuál adecuarse. Esa falta, nos convierte en conspiradores, fabuladores o pobres hacedores de un milagro. El milagro es la fe, o la melancolía. Tal vez el sentido acontezca a partir de nuestra fábula o de nuestra conspiración. Pero una vez más, no hay garantías para que eso suceda.
Ahora bien, esta ausencia, esta falta, no se traduce en una melancolía metafísica, como en la mitología poética de Heidegger, por ejemplo; falta que podría ser subsanada por la misma palabra poética, capaz de hacer regresar el orden perdido. Nada de eso. El poeta constata, toma registro de la pérdida. Y es muy probable que ese registro no de para ser dicho en una conversación, o en una clase de Literatura Argentina, o en un asado con los amigos. Pero se sabe que “eso” que no se nombra en la vida cotidiana o en el lenguaje ordinario, eso que no ingresa en los tópicos de la comunicación, está ahí, es lo único que no se mueve de ahí, del ahí de la existencia. En esa constatación, el poeta está solo, es “un cuerpo que se piensa a la deriva, abandonado”, o una sed alcohólica en “esta mesa para uno”. En la poética que alienta desde Mundo Sublunar, la falta se deja ver en un registro que se inscribe en lo político, en la historia que se muestra al poema no como sereno progreso, sino como catástrofe. Dicho de manera sumaria: el poeta habla con la voz de los vencidos. Porque el poeta no es ingenuo, ni loco, sabe lo que todos saben. Sólo que en lugar de callarlo resignadamente, tiene la osadía de mostrarlo. Después de todo, como supo decir Hölderlin, la poesía es la más inocente de todas las ocupaciones.
Pero, por otro lado, o en esa misma maraña, está el lenguaje. Mundo Sublunar da cuenta también de la incapacidad del lenguaje para proporcionarnos algo así como una Verdad: “tan sólo letras ardiendo de agonía, un centelleo en el aire electrizado”. O como leemos en Voz: “Ningún lenguaje que nos incite/ a extraer de los sueños/una joya intemporal, destellos del ser […]”. Nada de esto es ya posible. Y aquí la imposibilidad es una vez más, el registro de lo que no hay, esta vez, en el lenguaje: “Ninguna mitología santa, ningún manifiesto capaz de convocar y arrancarnos de los suplicios de la historia”. Frente a esa ausencia, el poema es “una derrota que habla”. Una vez más, la relación que el lenguaje establece con el mundo de lo visible, de lo constatable, es negativa. No caben ya en él ni las santas mitologías, ni las arengas a unirse para recorrer el mundo como un fantasma capaz de amenazar la serena crueldad de los vencedores. Misteriosa solidaridad entre un orden no realizado, y un lenguaje de fragmentos, de pequeñas historias en el Big Bang del Sujeto Histórico. Tal el enigma que se establece entre lenguaje, poesía y el Mundo y sus alrededores.
IV
Pero el Mundo Sublunar propiamente dicho, --Mundo Sublunar es el título de la segunda parte del libro—es aquél que, habiendo registrado el Mundo y sus alrededores, se constituye en el mismo distanciamiento que hace posible el registro del poeta. Allí también aguarda el lenguaje, pero esta vez como un fuego del que quedan brasas que pueden alumbrar la palabra que no fue (La Escritura), o como señales que hablan de un hijo que duerme en la tibieza, señales de una luz intermitente y de una alegría derramada, es decir, gratuita, no ganada por la lucha o los méritos que generan reconocimiento (Señales). Este Mundo Sublunar también está hecho de rituales cotidianos como pedir fuego para encender un cigarrillo; hay lugar en él para una poética del amor, que tampoco es una garantía trascendental, sino apenas un mapa del deseo que ajusta sus dimensiones al propio mundo sub lunar. Hay tiempo también para un regreso a la infancia, para un gato y un hijo hermanados con el cielo, cielo que se recorta, en la cosmogonía doméstica, sobre la tapia de un patio; o para unas flores que se ofrecen en una tumba. Este Mundo, que se parece más a un cosmos, tampoco tiene una cartografía definida, pero se presenta como más hospitalario y confiable. La poesía capta de él aquello que no es del todo visible en el fragor de los días. Si bien no hay un sentido, cabe interrogarse si no es esa misma ausencia la que hace posible el registro del poema en el Mundo Sublunar. El Mundo Sublunar es, después de todo, el mundo del poeta.
V
Una última palabra sobre la visión del lenguaje que nos ofrece Mundo Sublunar. El lenguaje de la poesía no tiene aquí ninguna capacidad redentora, no está hecho para conmover, ni se dirige hacia un relato que le sería previo. Hay tan sólo indicios fragmentarios, esos que asoman a la palabra poética, de una negatividad dialéctica que despliega su visión. Una frase de Marcuse podría venir en nuestra ayuda: Lo que es, no puede ser verdadero. O el dictum final de la Minima Moralia de Adorno: “Es preciso fijar perspectivas en las que el mundo aparezca trastocado, enajenado, mostrando sus grietas y desgarros, menesteroso y deforme en el grado en que aparece bajo la luz mesiánica”. Se sabe que Adorno confiaba en que las fuerzas artísticas podían encarnar esa luz. Al mismo tiempo, esa perspectiva representa “lo imposible, lo que todavía no es”. Una visión tal exige, nos dice Adorno, “una ubicación fuera del círculo mágico de la existencia”. Algo de esto sucede en la poesía de Mundo Sublunar y a esa intemperie, en el exilio de cualquier círculo mágico, se remiten sus versos.