Presentación de

Los últimos días de José Anselmo Mercante Soler

de Jorge Mussolini


Por Pablo Dema

El relato de Jorge Mussolini es, previsiblemente si prestamos atención al título, un texto crepuscular. En principio aparece de modo más evidente el fin de una vida humana, la de José Anselmo Mercante Soler, hombre que sobrelleva penosamente una enfermedad que lo consume; pero las alternativas que rodean esta muerte permiten inferir también otro final, asistir a los estertores de una época cuyas raíces se hunden en el siglo XIX.
            Para ser elocuentes y dar una imagen justa del protagonista de la historia, hay que tener en cuenta que éste heredó las tierras del que fuera el máximo terrateniente de la provincia, aquél Héctor Mercante Soler alineado con Juárez Celman y enfrentado a Ambrosio Olmos. La muerte inminente de José Anselmo Mercante Soler, el heredero de una extensión de territorio de más de ciento cincuenta mil hectáreas, marca a su vez la división de esas extraordinarias extensiones de terreno y señala también la disolución de un modo de apropiarse de la riqueza, de un modo de hacer política y de una manera de vivir propia de una clase en vías de desaparecer. Dice el protagonista que hay ciertos compromisos que él asumió incluso antes de nacer (y cito sus palabras) “por haber nacido en el hogar de mi padre, en el hogar del viejo fiel representante de una Nación que ya ha muerto bajo el velo de un pasado glorioso e inmerecido” (p. 7).
            Cada objeto, cada mueble, cada construcción rozada por la vista de Mercante Soler, desde la biblioteca de diez mil volúmenes hasta el palacete estilo normando que se iba a construir para que la esposa del terrateniente tuviera algo de su cuna patricia en medio del campo, contiene en síntesis lo magnánimo y lo decadente. Los muebles son estilo Luis XVI pero están cubiertos por varias capas de telas de araña, hay un salón de visitas lujoso pero está abandonado y en ruinas; adentro, las habitaciones resultan excesivamente grandes, afuera, la maleza lo va ganando todo.
            A medida que pasa el penúltimo y el último día de su vida, la figura de Mercante Soler se nos va ofreciendo en múltiples facetas que le dan una complejidad creciente al personaje. Por una parte, tiene una relación incómoda con la herencia de su padre, la cual va mucho más allá de los bienes materiales. Mercante Soler sabe que su fortuna se hizo gracias a la política de exterminio de los indios que vivían en sus actuales dominios; y Rosa Nieto, la india anciana que mantiene como criada, es un recuerdo vivo de esas “campañas” que involucran a sus antepasados. A la vez, está enemistado con sus hijos, los cuales se han asociado con una fracción antinacionalista del ejército y con financistas porteños para sacar rédito económico y político cuando muera el padre y puedan parcelar el latifundio. Por eso, Mercante Soler aspira a beneficiar con su herencia al capataz y a algunos trabajadores de la tierra a los cuales quiere dejar a salvo de la rapiña de sus hijos. La consigna que le da a su capataz de confianza es no vender, por lo menos no esa parte que le dejará en herencia, no dejar sin trabajo a los demás peones y dedicarse a la agricultura.
            Pero los peones saben que su patrón no es un experto ni mucho menos en los trabajos de campo, es decir que no parece haberse ocupado de obtener el máximo rédito posible de sus tierras. Al mismo tiempo siempre tuvo una forma algo caprichosa de comerciar su ganado, por ejemplo, algunas veces decidía no llenar los doscientos vagones acostumbrados de hacienda rumbo a los mataderos y eso alteraba por completo el precio de la carne en todo el país. Un médico que lo visita recuerda este dato al tiempo que se muestra asombrado de que Soler siga criando hacienda guampa, siendo que estos animales están casi extinguidos ya que se han creado razas superiores genéticamente. Por último, Mercante Soler tiene un caballo pura sangre que pasta tranquilamente en el campo porque se negó a cedérselo a los hijos, interesados en hacerlo correr en San Isidro. En definitiva, el máximo y último latifundista de la provincia no aprovecha políticamente su apellido, desdeña las reglas del mercado agrícolo-ganadero y se lo ve bastante desinformado en materia de política. Da la impresión de que la herencia recibida precozmente, a la que se le suma una viudez prematura, fue tan inmensa que terminó por aplastarlo.
Más que un productor agropecuario, Mercante Soler, contra toda lógica, es un hombre que se transformó en un artista de la pasividad, en un cultor del arte de la melancolía. Y ese temperamento del personaje es el que da el tono del relato. Se trata de una narración sin estridencias, monocorde y calibrada en la alternancia de descripciones muy vívidas del entorno natural (los espacios, el cielo, la vista del campo abierto, los árboles, las flores, los animales, etc.), con pasajes evocativos y reflexiones sobre el presente. Cuando narran otros personajes (el capataz, el médico), también se mantiene el tono contenido y la uniformidad del ritmo de las acciones y pensamientos como si se intentara imitar la sucesión de los ciclos de la naturaleza que en el campo ordenan la vida cotidiana: el día, la noche, las estaciones, el tiempo de la siembra, el de la cosecha.
Si uno quisiera pensar en una genealogía de esta prosa, si tuviera que ponerla en línea con alguna poética de la literatura argentina de primer orden, habría que pensar en Sara Gallardo. Su primera novela Enero, narra la historia de una hija de peones de estancia; en su segunda obra, Pantalones azules, y sobre todo en su Historia de los galgos, se adopta la perspectiva de la oligarquía terrateniente en decadencia, aparece la estancia y, curiosamente, también un heredero abrumado por una herencia acaso demasiado pesada. Feliz coincidencia que nos permite ir de una obra ya hecha y que merece ser releída (la de Gallardo) a otra que se inicia en sintonía con aquélla y que recomendamos sinceramente.