Presentación de

Nosotros

de Pablo Kaniefsky


Por Pablo Dema

Elena BerrutiNosotros, el libro de Pablo Kaniefsky, reúne cinco relatos breves. La pintura de  Marcela Miserendino que ilustra la tapa evoca esa pluralidad que propone el título del libro y habla de esa suerte de personaje colectivo que es el protagonista de los cuentos. Porque si bien tenemos historias particulares y personajes bien definidos en cada narración, lo que se que privilegia y queda resaltado a partir del montaje de escenas contiguas es la dinámica de las relaciones interpersonales. Encuentros, desencuentros, vínculos que nacen, que se anhelan y se rompen, personas que se reúnen en una asamblea, asambleas que se van despoblando a medida que mengua el entusiasmo, grupos de amigos, personas solas, monólogos paralelos y simulacros de comunicación.

“El mundo, dicen, está lleno de gente. Pero no la vemos. Es una película. Un plano secuencia de ochenta años o lo que dure. Y los personajes y los decorados entran y salen de escena. El comienzo de The player de Altman, esos ocho minutos, funcionan como la vida: gente que pasa, diálogos incompletos, algo bello que se escurre por el costado”. El anterior es un fragmento de uno de los relatos y no es casual que haya sido elegido por el autor como texto de contratapa, porque de algún modo sintetiza el tono general del libro. “Sentarse” se llama el relato de donde tomo la cita y en ella también la historia de la protagonista dispara el tema de lo comunitario y del nosotros. Por un lado, porque retoma la cuestión de las asambleas barriales y ese impulso por ofrecer propuestas nacidas del diálogo ante la crisis institucional que estalló en diciembre de 2001. Pero por otra parte, la propia historia sentimental de la socióloga que protagoniza la narración alude a esta época y al tipo de vínculos que establecemos. Una tensión atraviesa a esta mujer; sabe, porque es socióloga, porque lee a Sigmund Bauman, que hoy en día las relaciones amorosas tienden a la liquidez, que los vínculos afectivos se desestructuran y son cada vez más efímeros. Pero al mismo tiempo le resulta imposible ignorar su deseo de equilibro emocional y estabilidad afectiva. En esa desazón que se juega en un personaje en particular se proyectan modos de ser que nos afectan a todos.
En ese sentido, “Comunidad” funciona como el relato más nítido en tanto exponente del núcleo de significación que propone el libro. Aquí tenemos una acumulación de fragmentos que se suceden sin ninguna indicación por parte de la voz autoral. Son simplemente transcripciones de la cadena de pensamientos de personajes que están frente a frente, que se hablan pero no se entienden ni se comunican sino de modo muy parcial. Un par de amigos, la novia de uno de ellos, una abogada, un cuidador de autos. Hay ironía en ese título con ecos habermasianos, porque si bien todos comparten los espacios y son interlocutores mutuos, los fragmentos autónomos hablan de un profundo aislamiento entre los personajes, los cuales parecen participar de una comunidad pero están en verdad monologando unos frente a otros. Más adelante, en un cuento que explora la dinámica de las relaciones en el ámbito laboral, leemos: “caminás y vas viendo las caras preocupadas, las alegres, las vacías. Caras montadas en cuerpos que van, desde ningún lugar a ningún lugar. Caminás y te preguntás, sin buscar, te preguntás porque no te queda otra, porque la pregunta es tu patrón”.  Hay una recurrencia de este estado anímico en varios de los personajes, el movimiento por la ciudad, la visión de la gente circulando sin mirarse, los desajustes permanentes en el trabajo, en la pareja, en las instituciones, generan una pregunta por el sentido que siempre queda sin responder. “No sé, nunca sé”, como dirá un personaje de otro cuento. En “Los que somos” esa incomunicación se plasma en dos personajes que rivalizan por un puesto de trabajo, todo lo que podrían ser y hacer juntos queda obturado por la competencia por un cargo en la empresa. Los dos, separados al final, yendo cada uno por su lado, se transforman en una cara más que va de ningún lugar a ningún lugar.
Pero si por un lado predomina la incomunicación y la disolución de los vínculos, también hay momentos de verdadera empatía entre los personajes. Hay un franco encantamiento mutuo entre el hombre y la mujer de “Sentarse”, momentos de genuina camaradería en “Desde siempre, para siempre” y una sutilísima sintonía entre dos personajes que, en “Comunidad”, comparten un cigarrillo y se rozan, como sin querer, dos dedos mientras a su alrededor el tumulto avasalla. Piensa el personaje después de ese fugaz contacto: “Llovizna suave. Me moja pero no me apaga. El roce permanece. Seguro que mañana sábado la veré de nuevo, le tocaré dos dedos, le enmarcaré la cara de un solo bocado”. Este pasaje relativiza la visión oscura de las relaciones humanas que hemos venido proponiendo, las cuales en verdad aparecerían completamente falsas si se las presentase como dadas y estáticas, sin el necesario desgaste, ruptura y redireccionamiento a partir del contacto con nuevas personas. Más aún, el hecho de que en el cuento “Desde siempre, para siempre” se mantenga la barra de amigos a pesar de las profundas diferencias entre sus integrantes no aparece como algo positivo; por el contrario, estos personajes que alojan antiguos rencores y que se soportan a duras penas parecen estar ganados más por la costumbre y la inercia que por un verdadera camaradería. Y en este caso mejor sería que los amigos dejaran de aguantarse por costumbre y renovasen sus vínculos; la continuidad de los encuentros entre personas, cuando no es voluntaria y anhelada, se trasforma en un gesto patético de hipocresía sostenido por un compromiso conservador y anquilosado.
Los cuatro relatos que he comentado suceden en un tiempo actual y en la ciudad de Río Cuarto. Hay una alusión a las veredas estrechas, a la belleza de cierta calle arbolada de Banda Norte, al colegio San Buenaventura, al club Central Argentino. Se siente que el nosotros del título nos involucra decididamente al hablar de una ciudad que reconocemos en sus edificios, en los nombres de las calles, en sus ritmos.
“Para la mayor gloria”, el relato más extenso del libro, es una excepción en ese sentido. Si en los otros textos la lengua adquiría las inflexiones de la oralidad y sentíamos la inmediatez de los giros que usamos a diario, en este otro cuento Kaniefsky logra involucrarnos en una historia de tono legendario que se remonta a los orígenes del cristianismo. Es un texto que toma la figura de un personaje bíblico, Saulo de Tarso, luego San Pablo, para reescribirla desde la perspectiva de un testigo privilegiado, un escriba que lleva un diario de los hechos de Saulo. El gran hallazgo del texto consiste en introducir una crónica doble; por un lado, la historia que luego será oficializada por la Iglesia, por otro, la historia verdadera que el escriba anota para sí. Inquietante es el efecto, puesto que sugiere que una verdad incuestionable durante siglos en realidad es una construcción discursiva no ajena a la manipulación y al puro y simple perjurio. La tensión que sostiene al cuento está dada justamente por la alternancia de dos géneros discursivos, uno que alberga la escritura del yo, el género de la intimidad, de la confesión: el diario personal. Otro, el relato de la verdad que tomará estado público, la crónica oficial que será utilizada políticamente. Esta segunda escritura, como en el “Tema del traidor y del héroe” de Borges, es la que se deja a la vista en pos de la construcción de una figura sobresaliente, perfecta e inhumana como le gusta a las instituciones que blindan sus fortalezas con la manipulación y la mentira.
Este Nosotros, desde los acápites, desde las dedicatorias que nombran a los amigos, se presenta desde el comienzo dirigido a una segunda persona a la cual se la quiere tocar con la “palabra que besa”. Es, así, un gesto de confianza en la comunicación y una invitación al encuentro.  Sin embargo, no es la manifestación complaciente de la armonía del mundo porque subyace a los relatos, como una severa advertencia, la imagen de Camus, su existencialismo y el fantasma del sin sentido. Pero el narrador que “nuca sabe”, que no comprende, a veces, sin embargo, siente a los demás, alcanza fugazmente la paz cuando los cuerpos se rozan y, aunque no haya comprensión, hay comunicación, hay nosotros.