En los últimos meses me ha tocado presentar a varios escritores y a sus libros. La verdad que se dio una verdadera seguidilla, a punto tal que algunos amigos comenzaron a bromear con lo que parece afirmarse como mi rol de presentador oficial. Entonces me puse a pensar en lo que significa para mí presentar a un escritor y a su libro. Creo que una presentación es la construcción de un texto que funcione como marco, como sitio simbólico y hospitalario para alojar otro texto. Los poemas de Guillermo Ricca han salido de su casa, se han impreso y ahora estamos realizando un pequeño ritual para dejarlos disponibles para la lectura.
Me parece también que una presentación, un marco, debería orientarse a proteger el principio de la comunicación; debería brindar la información mínima indispensable para que, ante ciertos lectores, el libro no quede invalidado de antemano.
Creo que para leer Salmos herejes hay que tener presente que su autor nació en 1968. Si ustedes consultan alguna nota sobre la poesía argentina actual, por ejemplo una de Marcelo Damiani que se llama justamente “Joven poesía argentina”1, van a encontrar que los autores que él menciona tienen entre 30 y 40 años. Tres de esos poetas jóvenes, tal vez los más importantes, son Silvio Mattoni, Fabián Casas y Martín Gambarotta. Tampoco hay que perder de vista que Salmos herejes está encabezado por un breve poema de Gambarotta, que tiene la misma edad que Ricca. Tenemos ya entonces dos coordenadas que nos permiten situar a Salmos herejes;geográfica una, generacional la otra. Estos dos datos no son un misterio para nadie pero es bueno tenerlos presentes para no pedirles a estos poemas algo que no les corresponde dar. Si alguien está familiarizado con la poesía que se escribe en este momento, va a encontrar que Salmos herejes está a tono con la época; si alguien no lo está quizás haría bien en acercarse a ella sin pedirle que se amolde a sus representaciones previas acerca de la poesía. La poesía es diversa y la marcha del arte incesante.
Leer literatura no es buscar textos que coincidan con mis expectativas acerca de los que es la poesía, leer literatura no tiene nada que ver la búsqueda de la repetición tranquilizadora ni con el hallazgo de aquello que de antemano sé que voy a encontrar; la lectura, en un sentido estricto, es fructífera cuando me pone frente a algo que no esperaba, cuando me desorienta, cuando desestabiliza mis expectativas, cuando me transforma. Creo que en ese sentido se puede leer una expresión que aparece en el poema 22 de este libro: “El poema evita el orbe de la palabra clausurada. Allí habitan lamedores fanáticos de lo obvio y de su cifra”. Por eso hablé recién de las coordenadas, del marco de Salmos herejes; estamos ante un libro de poemas escritos ahora, en Argentina, por un escritor menor de cuarenta años.
Dije hace un momento que Salmos herejes comienza con un breve poema de Martín Gambarotta, el poema dice: “Para qué ilusionarse: la disposición ideogramática de los fósforos usados en la mugre no contiene mensaje”. Este poema adelanta el tono general del libro y además contiene uno de los tópicos centrales: el mundo no es una cifra o un símbolo a ser develado, no hay mensaje secreto, la poesía no es el discurso que se hunde en las profundidades del misterio. La posición de los objetos del mundo no obedece a ningún orden, más bien las cosas están ahí por azar. Todo esto se podría decir más crudamente con una sola frase: el mundo no tiene sentido.
Veamos un poema: “La pared descascarada no es un signo. Las vías muertas de la estación Mitre y unos tipos que levantan los durmientes para hacer leña; los silos de concreto, como naves encalladas de otro mundo, no hablan ni ocultan significado alguno”. Los poemas de Ricca tienen por título un número, lo cual refuerza la unidad del libro y permite pensarlo como un solo poema extenso, un largo “salmo” que avanza espasmódicamente. Lo que acabo de leerles es el comienzo del poema 2. Veamos ahora el remate del número 9: “un vaso que se rompe contra las baldosas del piso es eso: no anuncia nada, no es un mensaje cifrado de todo lo que estalla”.
El poeta no encuentra en el mundo símbolos de algo trascendente, simplemente ve y da cuenta de lo real, de lo material que ha enmudecido. De eso trata el primer poema del libro: “Y lo único real es eso/ que ensayistas/ mamados/ y hombres de ciencia/ llaman mundo”. El poeta se limita a configurar una crónica de sus percepciones, como se ve en el poema 4: “Transcribir el ardor de la garganta, la posición azarosa del vaso, el color de herrumbre que asoma en la puerta de chapa. Transcribir la porfiada persistencia de lo real, con la obediencia de un monje. De un copista ebrio”.
No hay gravedad en la poética de Guillermo, simplemente la mirada melancólica, en ocasiones levemente furiosa, que registra objetos del mundo casi siempre degradados u hostiles: desperdicios en un cenicero, la borra del vino, un viento helado azotando la cara, papeles tirados en la calle, hojas, vías del tren descalabradas, perros, ginebra, moscas. Si alguna vez aparecen sustantivos abstractos, en general están precedidos de adverbios de negación. Y esa negación de lo abstracto aparece justamente en relación con la poesía, como en el poema 6, que dice: “Escribo poesía. No es el ser desnudo saliendo de su casa. Tampoco el instante absoluto de la palabra que brilla” (Yo coloco las negritas). En Salmos herejes asistimos, parafraseando el título de un libro de César Cantoni, a un rotundo triunfo de lo real.
Esta sería una línea de Salmos herejes, la principal. Una poesía despojada, sin rima o escrita directamente en prosa; una poesía que no pocas veces recuerda a la de Joaquin Giannuzzi por su insistencia en fijar pequeñas escenas de la vida cotidiana. La voz enunciativa de este libro, el personaje que escribe poesía, no esta situado en un pedestal suprahumano sino que habita una casa. Entonces aparece un patio, una hija y sus pañales, un cuerpo (de mujer) dormido. Si por un lado se afirma que el mundo es un caos y que no hay certezas ni verdad alguna, por otro lado el hogar funciona como el único sitio en el que hay un orden y el enunciador de estos poemas encuentra un lugar preciso. Ante el reclamo de la hija, “el poeta se disuelve” y ocupa su “lugar en la cosmogonía doméstica”. El mundo puede ser un lugar arrasado, pero la casa es un microcosmos con una genealogía y una evolución posible. Si hay “cosmogonía” hay origen, desarrollo, sentido.
Quisiera terminar con una consideración sobre el título del libro. Hay varios poemas del poemario que abandonan este registro directo predominante y apelan a expresiones metafóricas de marcada ambigüedad y de un notorio hermetismo. Hay que decir que estos poemas contrastan con el tono general del libro y que algunos son verdaderamente enigmáticos, como éste por ejemplo, que por varias razones recuerda a los poemas fulgurantes de Alejandra Pizarnik: “Un abismo. No debe evitarse/ al revés de las horas/ no debe evitarse/ si no hay fondo”. Hay un tono admonitorio, un halo trágico que envuelve a los cuatro versos. Otro poema que podríamos ubicar en esta línea aunque más cercano a la poética de Roberto Juarroz (una poesía que tiene a la reflexión y a la sentencia) es el número 17: “Los días no saben de palabras, tan solo la escucha/ surca el vacío para decir. / Quizá, algún día/ la escucha enmudezca. /Se habrán agotado las esperas/ y la piedra será entonces/ sólo la piedra. /No será necesario herirla/ para que diga su nombre”. Como pueden ver, este poema difiere notablemente de los que constituyen la línea central del libro. “La piedra será entonces no sólo la piedra”, es evidente que en un verso como éste no se trata de la mención a un objeto del mundo cotidiano sino que hay que buscar en la palabra “piedra” algún otro valor semántico simbólico. Si en los poemas anteriores no hallábamos nada detrás de unas vías ferroviarias o la basura tirada en la calle, ahora tenemos que ver en esa piedra un índice de otra cosa.
Pero yo quería detenerme, como les dije, en la palabra “salmos”. Esta palabra está tres veces en el libro. En el primer poema y en los dos últimos. El primer poema dice que desde un desván del infierno el poeta “arranca otro salmo y se lo fuma”; en el último poema tenemos un verso que dice: “mientras la brasa quema el salmo”. Es evidente que no podemos leer estas expresiones de un modo directo, como lo hacíamos en el caso de los poemas que comentamos al principio. Antes un vaso era un vaso; en este segundo grupo, una piedra no es solamente una piedra, y la expresión “fumar un salmo” no puede ser leída en sentido literal. ¿Qué es el “salmo”? Algo que se fuma, que se quema, que se consume. En el primer poema “arranca el salmo” ¿comienza el libro, la serie de poemas?; en el último se quema el salmo, ¿finaliza el libro, la serie de poemas? Ese puede ser uno de los sentidos posibles, pero las expresiones en las que la palabra salmo está incluida son tan ambiguas que se podría abrir un sinnúmero de conjeturas acerca de su significado. Esto que marco no es un punto negativo de los poemas, al contrario; son conocidas las discusiones bizantinas acerca del significado de la palabra Trilce utilizada por César Vallejo. Y Trilce es uno de los libros de poesía más importantes del siglo XX.
Pero hay un segundo sentido de la palabra salmo que nos podría conducir hacia el sentido del título del libro. En el penúltimo poema hay un paralelismo entre el alma y el hígado. Este órgano, en el poema, “reza a su manera”. Ahí tenemos la primera parte de la expresión “salmos herejes”: un rezo, un canto de alabanza, un salmo. Pero si alguien se embriaga, como se nos dice en el poema, “de ginebra, de rabia, de amor o de sed”, el hígado produce movimientos espasmódicos, ya no parecidos a un canto de alabanza sino a una blasfemia. El que, en lugar de rezar, blasfema, ofende a dios, es un hereje. De allí la conjunción de los salmos con la idea de herejía.
Pero todas estas son asociaciones mías, admitidas por la estructura abierta de los poemas, creo yo, pero enteramente personales. Más tarde, cada uno de ustedes, hará sus propias conjeturas.
1 Nota del 19-08-2006: con respecto a la poesía argentina actual se puede consultar Tres décadas de poesía argentina 1976-2006 (libros del Rojas; 2006), libro en el que Jorge Fondebrider compila varias notas de diversos autores sobre la poesía de los noventa y de la actualidad.