Presentación de

zócalo


Por José Di Marco

El cuidado de sí, otra mirada. Sobre zócalo, de Elena Berruti

I
El pensamiento clásico (fundamentalmente platónico) asimilaba la poesía al entusiasmo. Estar entusiasmado equivalía a delirar, a devenir poeta. El poeta era un delirante, un poseso. Un dios se apoderaba de su alma y se hacía oír en las acentuaciones de la voz del poeta, se dejaba escuchar en los ritmos que sacudían sus palabras.Elena Berruti El delirio descentraba al poeta, lo expulsaba de sí mismo, lo sacaba del reducto seguro de su yo. Poesía como posesión, como entusiasmo, como delirio, como extrañamiento de sí.

Una línea de sentido recorre zócalo: la poesía como una experiencia del cuidado de sí que hace de la escritura condición de posibilidad para que quien la ejerce se reencuentre consigo mismo, se (re) constituya como sujeto del vivir. Ya la dedicatoria tiende esa línea en forma de agradecimiento, y en “Cuidados” (el primer poema del volumen) se afirma: “Escritura  espanta-miedos / cobija lo que otros llaman / alma / -pobre racionalidad herida-.” Esta suerte de anti-platonismo, este movimiento centrípeto de integración y auto-reconocimiento, predomina en los poemas de Elena Berruti.

Porque en zócalo, la experiencia del descentramiento y la enajenación significa quedarse sin horizontes, no hacer pie, zozobrar. Significa descontrol, “desyo”, anormalidad. Es una experiencia tan propia, tan incómoda e intransferible que: “Preguntar a otros sobre una / esfuma bordes de cada una de esas 3 letras. / Deshace.” (“Cuidados”) Se está a solas con ese yo deshecho y tembloroso y, para reponerse, para rearmarse, se vuelve necesario salir del agobio y la pesadez mediante la palabra que, interrogándose, escucha y dialoga.
 
Los poemas de zócalo no remiten a un ámbito trascendental, a un orbe de esencias intangibles, a un recinto superior y sagrado. Se sitúan (y nos anclan) en el dominio de lo mundano, de las vivencias cotidianas, ésas que se dan a diario y cuyo escenario predilecto es la casa, lo doméstico: “Menuda torpeza del apuro. / Te apurás detenida en grises. / Otros respiran / palpitan / hacen la vida. / Ahoga esta forma no-rojo de sacarte fuera de vos.” Acabo de transcribir el comienzo de “Orden”. Según estos versos, lo que exaspera es la rutina, lo pautado y repetitivo, lo que sin escándalo opaca y achata.

Desde allí se escriben y se dicen estos poemas que hallan, en lo mundano, en  la cotidianidad tediosa y opresiva, un foco de enunciación y una temática. La voz que en ellos habla, habla de la escritura como una salida y como un refugio que protege al yo de las tempestades que lo deshilachan y extravían. Se necesita un yo fuerte, rehabilitado; un yo que asuma su debilidad (“Débiles”) y que se atreva a decir no (“Efímera”) para comenzar a re-vivir, para volver a escribir(se) de nuevo (otra vez, pero también de un modo otro).

¿Cómo salir, entonces, del yo agobiado que se repliega a medias y que no puede, sin embargo, exteriorizarse con plenitud (“Efímera”)?  En zócalo, el cuidado de sí (la ética que requiere una forma renovada de existencia que exige, a la vez, un trato impensado con el lenguaje) se torna efectivo, se realiza y despliega a través de un abandono gradual del solipsismo. La relación auténtica con uno mismo (ésa que la palabra poética permite y registra) deviene tal por el vínculo con los otros, con los que no son yo, con los que es deseable construir un nosotros. Los poemas abandonan la gravidez de la angustia íntima  y van abriéndose al entorno cotidiano y al mundo social: dejan el cuarto propio, andan por otros ambientes de la casa, trasponen el umbral y salen a la calle. El poema deja de ser un territorio donde mandan la confesión y el soliloquio, la reminiscencia y el rencor, para tornarse lugar de reunión, zona de encuentro. Otras voces y otras presencias asoman: un hijo que crece a destajo (“Crece”), un viejo que empuja una bicicleta, un niño sin nombre ni rostro que conduce un carro (“Hombre / chico / zócalo”), un hijo que desobedece diciendo “dejáme” (“Dejáme”).

Los poemas de zócalo trazan un itinerario:del yo que se lame las heridas al que descubre y describe pesares ajenos que lo conmueven y avergüenzan; del ensimismamiento y la pesadumbre al intercambio de afectos y vivencias; de la palabra que se repliega y cuestiona solitaria a la que dialoga y se proyecta más allá de sí misma. Ese trayecto es un aprendizaje que invierte los roles, sacude las convicciones y abre camino a lo imprevisto. Un hijo en crecimiento permite tomar nota de que la vida es un impulso natural, un desafío indómito a las sujeciones que la cultura impone y reproduce (“Crece”); un hijo que dice “dejáme” no sólo hace frente a la autoridad materna sino que, además, afirma con espontánea soltura su existencia única (si no hablara, si le fuera imposible hacerse oír, no existiría, no tendría un lugar en el mundo); una madre que acuna llorando a su hijo también enseña, sin intención, contra sus anhelos, a llorar.

El aprendizaje que zócalo delinea es trabajoso, controversial, zigzagueante. El cuidado de sí, la relación con uno mismo, la recuperación del yo, implican el encuentro con los otros. Pero ese encuentro no es plácida coincidencia, acuerdo racional: hay réplicas, roces, encontronazos y choques. Hay, también, el reconocimiento de lo diferente, plural y extraño (“Sol naranja”). Hay una idea, una convicción, una estética de que la poesía es apertura hacia lo radicalmente otro (lo que no se puede nombrar, lo que resiste a ser capturado por la palabra). Pero, en este caso, en este libro, para este decir-hacer poético, lo otro inefable tiene rostro, cuerpo, existencia, historia, voz. Son los demás, los que hablan un lenguaje y viven una vida propia, singular, irreductible. Son parientes, semejantes, prójimos.

II
Una tentación suele apoderarse con insistencia de quienes leemos poesía: la de tratar el texto poético en clave autobiográfica. Las mediaciones se nos ocurren arbitrarias o demasiado escrupulosas. En nuestro contacto con el texto poético suele primar la inmediatez y, entonces, para nuestro horizonte de expectativas, quien vive es quien escribe y quien escribe es quien habla en el poema. No es producto de la pereza o de la carencia de imaginación asimilar la primera persona del poema al sujeto de la escritura. Esta práctica responde, más bien, a que la poesía lírica remite a juegos de lenguaje primitivos, a formas de expresión lingüísticas rudimentarias y básicas: el lamento, la exaltación, el ruego, el apóstrofe. Los ayes, las onomatopeyas, las interjecciones, el suspiro conforman la memoria remota y soterrada del discurso poético-lírico. Cuando leemos un poema no podemos no escuchar la voz presente de alguien que se queja, celebra, pide, impreca, rechaza. Y acostumbramos, legítimamente, a dotar a ese alguien de un nombre, de una identidad: le atribuimos, sin dudar, el nombre y la identidad del autor. Pero, es conveniente recordar, también, que entre aquellas formas rudimentarias y vitales de expresión y el poema que ocupa con sus versos la página de un libro, ha tenido lugar un proceso de traslación, de trasformación, de metamorfosis: una metaforización del lenguaje por el que las palabras se combinan de un modo inusitado, sus significados se enturbian y enrarecen motivando correspondencias y semejanzas inauditas,  sus conexiones con la realidad se interrumpen o al menos se suspenden.

Elena Berruti nos invita con zócalo a jugar ese juego (propio de la poesía, repito) que propulsa afinidades y similitudes, a la vez que introduce equívocos y simulacros. No estamos frente a un diario íntimo, una historia de vida contada en versos o un trozo de autobiografía. Estamos leyendo un libro de poesía; y lo poético en zócalo opera en los distintos niveles de la prosodia, la gramática y la sintaxis de la lengua.

Es notable cómo la escritura de Elena Berruti se apoya en los usos cotidianos del lenguaje, en ciertos lugares comunes y locuciones estereotipadas, en ciertas ambigüedades léxicas que están presentes ya en la lengua natural. Por ejemplo, en “Orden” el término grises alude a la monotonía, a la rutina, a la mecánica que rige sin sorpresas la vida cotidiana (“Te apurás detenida en grises”); en “Efímera”, grises señala lo moderado, lo prudente, lo indefinido  (“Escribir / la sana en grises algo distantes de los extremos”).  Son dos usos del mismo término instalados en la lengua que hablamos a diario. Comúnmente decimos: “es un tipo gris” y ahí, en ese trozo del habla, “gris” adquiere una carga defectuosa. Pero también solemos afirmar: “No todo es blanco y negro; hay grises”. Es decir, existen matices, ambigüedades, indeterminaciones. “Grises”, en este último caso, cobra un valor positivo. En el par de poemas mencionados se recuperan esos empleos consuetudinarios de la palabra, con sus concernientes implicancias valorativas.

Por otra parte, la acumulación es el principio constructivo de esta poesía, un efecto que procede de la aplicación de diferentes recursos: la supresión de comas, la eliminación de artículos, la formación de imágenes mediante la unión de términos diferentes, la anáfora, la enumeración. Para conseguir la acumulación, las frases se truncan inesperadamente, las palabras se amontonan, los períodos se acortan. El lenguaje se acelera. Se trata de un vértigo lexical, rítmico y sintáctico que tiende a subvertir la articulación inherente al lenguaje, a anular su funcionamiento analítico, su orden secuencial.

En zócalo se explota al máximo la dimensión metafórica que trae el lenguaje consigo, como si la tarea del poeta consistiera en activar las oscilaciones semánticas que el intercambio comunicativo habitual recubre y disimula, como si la invención de una lengua otra (el habla de la poesía) se basara sobre todo en explorar las significaciones diversas, las variantes rítmicas, las imágenes que yacen escondidas en la lengua común y corriente.

zócalo promueve conexiones y analogías inesperadas que generan un estado de intensidad tal que la ilusión de una lectura referencial e inmediata tropieza, en cada poema, con la presencia de una escritura que no se puede pasar por alto y que obliga al lector (nos obliga) a renunciar a la literalidad y a adentrarse (adentrarnos) en lo plurívoco, múltiple y complejo. En el mundo que proponen los poemas de zócalo sobresale la fusión, el acercamiento de lo estanco, la convergencia brusca de lo opuesto. De pronto surge lo imprevisto, y lo obvio se sacude y se desmadran las certezas. Por eso escribir se parece a esperar la  lluvia: un aire fresco, un olor a tierra que obliga a abrir las ventanas, a aceptar el desorden y la turbulencia en tanto que premisas para la creación (“De la lluvia”). Así, el lenguaje delinque y se abren sus cerrojos. Apertura, sincretismo y confluencia que no se declaran ni enuncian; que se muestran en la forma que gobierna los poemas.

III
En el barrio, cuando yo era chico, solíamos hacer un chiste para referirnos a las personas (a otros chicos o a otras chicas) de baja estatura. Decíamos: “inspector/a de zócalo”. Después de haber leído el libro de Elena Berruti, me doy cuenta de que el sintagma “inspeccionar un zócalo” puede indicar una mirada distinta sobre el mundo, una posición deliberadamente innovadora ante la vida. Si aceptamos que zócalo propone y efectúa una concepción de la poesía, podemos afirmar que la poesía que zócalo propone y efectúa sería un mirar desde abajo.

El poeta que mira desde abajo no es un portavoz del entusiasmo, un ventrílocuo del ardor de los dioses. ¿Qué ve Elena Berruti, la poeta que mira desde abajo? ¿Contempla el cenit, la impávida serenidad de los astros, el cambiante deslizarse de las nubes, la lisura celeste del cielo? ¿Agiganta lo que ve (los seres humanos, las cosas)? ¿O más bien mira sus pies, lo que está a la altura de sus pies, arrastrándose, aplastado, sin poder tomar vuelo? ¿Qué se escribe cuando se mira desde abajo lo que está abajo, y cómo, y para quién?

zócalo trata sobre la adquisición de una mirada al ras, una mirada que se despega del narcisismo para escribir de lo que está ahí nomás, casi al lado, a la par y, tal vez, más abajo incluso. Una mirada que se descubre mirando lo otro de los otros, de los próximos y prójimos, con compasión y solidaridad. Una mirada menos altiva y menos aislada que se torna escritura hospitalaria y acogedora, voz que se reparte horizontal buscando pares, otras miradas y otras voces equivalentes, dispuestas a integrarse en un nosotros.

IV
Los poemas de zócalo (nos) dicen que es necesaria y posible ese otra manera mirar, que se puede estar y ser en este mundo de otro modo, que la poesía es una lengua que espanta los temores, conjura los espectros que amenazan la integridad del yo, convoca lo disperso y reúne (a quien escribe y a quien lee) en el espacio permanente del poema.