Creo en poemas manchados de uno mismo, escribía Elena Berruti a principios de los noventa. La imagen remitía, por un lado, al acto de embadurnar, a la voluntad del que salta en el centro del charco para salpicar/se; y por otro lado se refería a la idea de manchar con la vida, la vida de cada uno/a, a la escritura.
De aquella declaración de principios de juventud a la voz que escribe zócalo queda claro que es la vida la que mancha y la escritura, por más personal que sea, siempre deja entrever la sociedad que sostiene al autor y su época.
En este libro las ausencias y los nacimientos fundamentales (de seres queridos, aunque también de costados desconocidos de uno mismo) se tocan los bordes en los temas de los poemas; pero es el trabajo sobre el lenguaje donde se recupera (o permanece) la intención de trastocar el orden, la rutina, la domesticación con preguntas que continúan imponiéndose a las respuestas, a las certezas.
Pequeñas cuestiones de la vida de hogar o algunos atisbos de la porción de mundo inmediato cobran a partir del tono, reflexivo y despojado, la dimensión de metáforas existenciales. La lluvia y el llanto como representación de lo dulce y lo amargo, el crecimiento como dolor, el deber como pérdida de identidad son re-flexionados desde una primera persona des-doblada que se habla a sí misma (si supieras la paz / que no hay / cuando te alejás de vos / - distancia de sí que duele) y de esa manera, como si de otro se tratara, en los hechos los poemas hablan del hombre universal.
Como siempre hablo de los demás pero digo yo / todos pueden dormir serenos, escribía en su libro Mujer de cierto orden Juana Bignozzi; hablo de mí cuando digo / vos o él, escribe en zócalo Berruti. En esa permanente conversación entre textos que es la literatura, zócalo deviene re-construcción de la base de un imaginario colectivo a partir de re-conocer lo que hay de otro en uno. Ante la duda que presenta el lenguaje clausurado en la intimidad, este libro propone que es mejor abrir/se que cerrar/se, dice Berruti: ... sacarás los cerrojos del lenguaje.
Con este libro la autora sienta en la escritura poética la fuerza de la convicción que la mueve, al modo que Juan Gelman propuso en su poema confianzas que con la poesía no se podía cambiar el mundo o hacer la revolución, pero como decía él un poeta igual se sienta a la mesa y escribe ; Elena Berruti tiene claro que la fe ciega en lo que sea ( religión, política, arte, fútbol o poesía ) no le es dada desde la razón a sus poemas, y que uno bien se puede perder en la oscuridad que hay en las extremas exigencias del mundo real: ni luna había que pudiese alumbrar un poco, dice la autora en su poema condena, pero de todos modos la poeta se sienta a la mesa y escribe.
zócalo invita al lector a asomarse a la poesía de estos días, a re-encontrarse con la dimensión de belleza y de sentido que hay en las cosas simples de la vida cotidiana, una vez que se ha llovido todo el dolor o la oscuridad, que ha llovido como sangrado y, sin embargo, la página-patria - como dice Berruti - se está por escribir todavía y bien vale la pena - como sostiene ella - nos Juguemos la falta por lo que reste de vida.