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salmos herejes
Guillermo Ricca
Alumbrado por lo que me apaga
arrastrado por lo que me ahoga
soy río en el río que pasa
Henri O. Michaux
Para qué ilusionarse: la disposición
ideogramática de los fósforos usados
en la mugre no contiene mensaje.
Martín Gambarotta.
a Marita, Juan y Clara.
1
Un desván del infierno,
un espacio
donde naufragar.
Arranca otro salmo
y se lo fuma.
País
que se quema,
se quema y se disuelve
como una plegaria
a un dios perdido
en algún arrabal de la ciudad.
Y lo único real es eso
que ensayistas
mamados
y hombres de ciencia
llaman Mundo.
Es tu cuerpo sitiado
por la gran máquina
que aplana la historia.
Es tu cuerpo de sed
que avanza
y avanza
sin porqué
hasta perderse en la noche.
2
La pared descascarada no es un signo. Las vías muertas de la estación Mitre y unos tipos que levantan los durmientes para hacer leña; los silos de concreto, como naves encalladas de otro mundo, no hablan ni ocultan significado alguno.
Me detengo contra el viento a encender un cigarrillo. Un perro deambula indeciso frente a una bolsa rota de basura. Sombras que se posan sobre el cielo de mi calle. El mundo quema en los pulmones. El frío abofetea. La noche convida al alba y yo cruzo las vías. Esa otra noche. Vaso vacío que nunca se llena.
3
Entonces, pongo mi cabeza a deambular. Miradas sitiadas por el paisaje. Hordas que asaltan el día con una idea fija. Ya todo nos es dado de una vez: el pan y las cadenas.
Después hay risas y gritos recorriendo los pasillos. La radio escupe su rabia solitaria.
4
Es bueno beber por la mañana. La palabra nunca duerme.
Escribo “poesía”. Esfuerzo inocente y desmedido: Transcribir el ardor de la garganta, la posición azarosa del vaso, el color de herrumbre que asoma en la puerta de chapa. Transcribir la porfiada persistencia de lo real, con la obediencia de un monje. De un copista ebrio.
La paga del oficio la conoció nuestro padre: treinta años soportando a buitre que te come el hígado. Robar fuego tiene esas cosas. Pero ¿a quién le interesa un prometeo recién salido de una clínica evangélica, libre de toxinas, absuelto de culpa y cargo? De hecho, fue lo último que supimos de él.
5
El cielo ha trazado una línea. El patio ahora se divide así: de un lado el jazmín paraguayo, del otro la carroña de los perros que ingresan de contrabando por la reja.
El jazmín y la mierda parecen obligados a una convivencia forzada en mi patio abierto.
Es la brevedad que impone la razón escéptica.
6
Escribo “poesía”. No es el ser
desnudo saliendo de su casa.
Tampoco el instante absoluto
de la palabra que brilla.
Es palabra daga
palabra ciega.
Escribo “poesía”. La palabra
no sabe la resaca.
La palabra está en Babel,
ojos soldados al lenguaje
a la espera de una grieta
en el corazón de lo mismo.
Poesía también es el dolor
de mandíbulas por rumiar
la noche perdida,
mirada extraviada
en el fatal laberinto de las cosas.
La obsesión de un verbo habitable
mientras la sed se hace huesos.
7
Nada
se te escapa
sólo que ese
tu cuerpo de esponja
ya no pregunta.
8
La luz
el olor del tabaco
el humo blanco que sube
tu cuerpo
o esa ilusión persistente
me nombran por ahora.
No debería hablar de mí.
El yo
bien podría ser la historia
de mi carne
en confidencias con el diablo
el negativo roto de una mirada
una bitácora perdida
de todos los naufragios
una suerte de acidez estomacal absoluta
disolviéndolo todo.
9
Dijo el filósofo:
Mi cerebro es una mazmorra. Un oscuro refugio que me pone a salvo de las falanges.
Pero aquí ya han habitado los demonios. Las moscas. El calor y los litros de ginebra. Los perros viejos. La basura y el fin de la filosofía.
Un vaso que se rompe contra las baldosas del piso
es eso: no anuncia nada, no es un mensaje cifrado de todo lo que estalla.
10
Dijo el filósofo:
Es posible, con dedicación y esmero, captar el instante mismo en que se rompe la línea.
De ahí en más, todo esfuerzo es una banalidad de principiante: te has convertido en un flujo que no cesa de derramarse.
Aquí también hay secretos. Es preciso deshacerse de los caminos viejos hasta evitar transformarse en una lágrima.
Es la ventaja de ser de una pieza: Nunca serás cortado en pedazos, a lo sumo, seguirán echándote a suertes.
11
También beber
matar el tiempo
roerse de luz
hasta el fondo de la sospecha
o de la botella
12
Un abismo. No debe evitarse
el revés de las horas
no debe evitarse
si no hay fondo
13
La hija del que balbucea, a tientas, entre la belleza efímera y el abismo del horror, no sabe del peligro que acecha a la palabra.
Mientras él se interna en la noche, hacia la quema de los restos del lenguaje, ella desespera y sus ojos inmensos ya no alcanzan. En su idioma privado, pregona dichas, asombros y la queja que dice, para quien no lo sepa, que el universo es su satélite. Entonces, el hombre se disuelve y el poeta regresa de la quimera solitaria a ocupar su lugar en la cosmogonía doméstica: pañales, mamaderas y melodías desafinadas que convocan el sueño. Hay mundo que no sabe de palabras.
14
La tarde del domingo atormenta.
No es el cielo, es el mundo mismo
amenazando derrumbarse
por las copas de los árboles
en el cono de mi sombra.
¿Qué se siente? Coágulos de sí
en las articulaciones de los huesos
un gusto viejo en la boca
y el cerebro deforme
como la masa de desechos
que rebalsa el cenicero.
Memoria del cuerpo:
el dolor de espaldas.
Residuos de uno mismo,
restos
de una necesidad agotadora.
15
Llueven insectos y palabras
en la noche húmeda de diciembre.
Que nada tenga sentido
no quiere decir
que nada importe.
La estadística de los muertos
es una cifra más que se suma
a mi fatiga inútil.
Mueren por nada, como un puñado de moscas.
Las imágenes son un rayo a la deriva
en mi mente apaleada:
Me gasto por nada
para llegar arrastrando los pies
al umbral de la noche,
al roído sillón,
a la borra del vino.
16
Hay quien aspira a los escombros de un sueño. Al resto podrido del ayer. Otros se consumen en el instante de fuego. Nacen para suicidarse en el rojo, son su propia víspera.
Otros parecen monstruos que desfilan desnudos entre ruinas. Y esto no es una metáfora.
17
Los días no saben de palabras,
tan sólo la escucha
surca el vacío para decir.
Quizá, algún día
la escucha enmudezca.
Se habrán agotado las esperas
y la piedra será entonces
sólo la piedra.
No será necesario herirla
para que diga su nombre.
18
Después de la ginebra y del ardor en el pecho. Después de la tos y de la lluvia. Después del dolor de espalda. Después de la vieja que viste a la tarde con un paraguas rojo. Después de golpear tu cabeza contra las paredes blindadas de un poema.
El mundo rebota en esos muros. El lenguaje se agrieta. No somos un diálogo.
19
No se te arranca el suelo, cada día, para que tu cabeza vagabunda encuentre sentidos simétricos y consuelos de kermese. Esto también es un exilio.
El poeta, a tientas con el lenguaje, anota su mitología berreta y frágil.
20
El que espera, herido de marcas sobre una pared de la memoria, se parece a un árbol sin hojas, aún capaz de dar sombra.
El que espera, no espera a nadie. No hay un alguien de horizonte
para la mirada extraviada en la noche.
¿Sabe algo la palabra? ¿Sabe del tiempo que devora a sus hijos?
La poesía siempre es un después.
21
¿Dónde desagua el sueño después de tropezar?
Era la misma piedra, otra vez.
No tiene sentido arrancarse los ojos.
El hacedor del milagro
es el que pasa la noche
moviendo la piedra
hasta vaciar el sepulcro.
22
Del silencio al silencio:
un pájaro en vuelo.
El poema evita el orbe
de la palabra clausurada.
Allí habitan lamedores
fanáticos
de lo obvio y de su cifra.
En las calles de la verdad
no hay espacio para el don.
Hay un susurro extraviado
para quien pueda oír:
viene de la orilla muda del mundo.
Que todavía queden pájaros
rasgando como nada
las parcelas del aire.
Esa es la estrategia.
23
Juntaba huesos viejos,
papeles oxidados,
basura que trae la llanura
del viento hasta la tapia.
En ese gesto dominical
también hay una voz.
Seguirla
o no
no es un destino.
La libertad, a veces,
es un dolor en la cintura.
24
No se escribe para pedir perdón por el tiempo inmolado a la locura.
Tampoco por catarsis, ese desagüe de la mierda del arte que deja al mundo tan indiferente como yace en manos de los verdugos.
La pura sensibilidad alcanza, apenas, para un mal bolero.
25
Tampoco se escribe por pura exaltación
del arte de la esgrima.
26
La música vieja,
una remera negra,
el fernet y el recuerdo de la tarde
perdida en los pasillos
de la casa de gobierno.
Un cartel que dice
Es mejor quemarse
que desvanecerse
pegado en un armario
que guarda biblioratos
de retirados
de la policía puntana.
La frase en negro
sobre unas llamas coloridas
hechas con marcadores
y una firma que reza
Kurt Cobain.
Es decir: nada de eso
tiene sentido en el mismo
lugar y a la misma hora.
Se piensa
en el tipo con los caños
de la escopeta
metidos en la boca.
Se piensa en la noche
que vendrá
a comernos las entrañas.
Se piensa en la lejanía
de todo cuerpo habitable
y en las cuotas de la casa.
Se cree en las razones de
cualquier hartazgo
en unos aplausos recortados
al final de un acorde.
Se cree en lo que se puede
para sobrevivir.
Después, vienen la poesía,
los otros, o no sé qué.
27
El hígado es el órgano que une el alma con el cuerpo.
Intoxicar el hígado para salvar el alma, dicen
los monjes del futuro.
Alma, del latín anima o del griego psique.
En hebreo, ruaj: soplo, viento.
¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?
Harán paté con su hígado etílico.
Esto ya se dijo, hasta en propagandas oficiales:
Te vamos a comer el hígado.
Embriáguense, también se dijo,
de lo que sea, de ginebra, de amor, de rabia
o de sed.
El hígado reza a su manera.
Espasmos a intervalos regulares,
salmos herejes
de un cortocircuito con el mundo.
La puerta late contra el marco.
¿Es el alma que no aguanta?
¿Es el viento que sopla donde quiere?
Se trataba de sobrevivir en el oficio,
de no perder la voz,
aunque fuera apenas una plegaria sin destino.
28
Es también el cuerpo idiota
que cava tu lágrima.
Tuviste la ilusión infantil
de una palabra capaz de trastocar el ser.
Pero todo eso ya está en otras manos.
Todas las voces, hasta los carteles de la calle,
te dicen:
todo está en nuestras manos.
Entonces, mientras la brasa quema el salmo,
ves, por un instante, la infancia de tu sueño.
El poema se empecina
en interrumpir por un instante
el sereno curso de lo atroz.
Este libro obtuvo la primera mención del jurado integrado por
Susana Arévalo, Mario Trecek y Carlos Rafael Garro Aguilar
En el Concurso para autores inéditos Glauce Baldovín
Convocado por la Agencia Córdoba Cultura en Abril del 2003.
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