Sentarse


Pablo Kaniefsky

    

[Me cogiste. Ya está. Todo tu amor, tu poesía. Esa ternura que te hace único. La utopía anarquista. Todo terminó ahí. Me dejaste atrás, en esa muerte, en ese llanto. Hago el amor y me pierdo en vos. Me cogés y te vas. A tu planeta frío. Seguís ese viaje tortuoso que empezaste al nacer. O con la primera mujer con la que estuviste. Te vas detrás de tus ojos, de esos ojitos rendijas que brillan antes de llegar a la cama. Ahora son abismos.
Exilio: de tu voz, de tus ojos, de tus manos. ]

Cuando lo conocí me dio risa. Había ido a Central Argentino casi como todos. Con esa bronca que nos había metido De la Rúa y todos los demás. También con ese ligero distanciamiento que los científicos sociales se supone debemos tener. Yo era jovencita pero ya me estaba subiendo al caballo.
La cancha de básquet estaba llena a morir. Gente de todo pelaje se juntaba en grupitos de cinco o seis. Algunos gritaban indignados. “Momento instituyente”, escuché decir a alguien. Pretencioso, pensé.
No tenía ninguna experiencia en asambleas populares y daba la impresión de que la mayoría estaba sin brújula cómo yo. Me senté a un costado, en una de las poquitas sillas que había. Al rato, empecé a ver que algunas personas, con toda la pinta de viejos militantes, deliberaban bien debajo del aro de básquet más cercano a mí.  En unos minutos se separaron asintiendo. Finalmente, iba a empezar la asamblea.
Una señora grandota empezó a aplaudir y consiguió algo de silencio. Nos organizamos: coordinador, uso de la palabra, lista de oradores. A pesar mío, me entusiasmé. A lo mejor estábamos haciendo historia.
La inexperiencia se impuso, muchos hablaban a la vez, algunos gritaban. Él se paró y no largué la carcajada de puro contenida que soy. Tan antiguo, tan fuera de época. Esa pasión, ese discurso rebuscado, las pausas, la miradita irónica. Pomposo, ridículo.
Así me había imaginado a Bakunin.

[A veces creo que somos novios. Incluso me parece que vos también lo creés. Entrás cómo si te corriera el diablo. Azotás la puerta. Llegás riendo, de esa manera tan exagerada, con todo el cuerpo. No saludás. Movés las manos, abrís mucho los ojos, hablás sin parar, caminás de un lado a otro. Me decís que Houellebecq es brutal, que los europeos están todos muertos. Después me abrazás fuerte. Me decís amor. Me secreteás en la oreja izquierda una hija rubiecita con trenzas. Me soltás y me mirás con esa intensidad incendiaria que es el reverso del abismo.
Hay días que tenés tantas ganas de vivir que das miedo.]

No me miró ni una sola vez. Y eso que estaba a dos o tres metros. Después aprendí que cuando habla delante de muchas personas, chupa toda la energía de esa gente y la convierte en un espejo tubo que lo rodea. No ve nada. Sólo su imagen. Se regodea en sus palabras, las saborea.
La asamblea estuvo bien. Nos organizamos bastante. Se dijeron muchas cosas obvias pero se propusieron algunas cosas sensatas. Votamos mociones. Aprobamos el orden del día para la siguiente reunión. Me fui caminando, estaba cerca de casa.
Me fui pensándolo.

[Cuando estamos en casa, cada uno con un libro, te espío cada tanto. Estás acostado en el piso, con la cabeza entre almohadones. Yo leo sentada a la mesa y te miro sin mover la cabeza, con mis ojos silenciosos. Por momentos parece que te los vas a comer. Al libro, al autor. Movés la boca, discutís en silencio. Agarrás al libro por el cuello haciendo una fuerza que bien te vendría para levantar pesas. Te da tremenda bronca que el tipo esté muerto, que no conteste, que no presente pelea. Me dan ganas de correr y tirarme encima tuyo. Pero no. Hago como si leyera y pienso. Pienso en el amor. Si existe siempre, todo el tiempo. Como la silla. Si sigue estando ahí cuando peleás con Schopenhauer, quieto en un costado. Si se va con vos cuando cerrás la puerta. Si respira aunque sea poquito en cada coqueteo que le hacés a casi todas las mujercitas con las que te cruzás. Pienso que no queda otra que creerlo. Como creemos en la silla. ]

Lo crucé en una fiesta. Es decir, esa clase de encuentros que llamamos “fiesta” como una expresión de deseos. Una reunión de veinteañeros intelectualitos que hablamos de cine europeo y de la última novela de Paul Auster. Gente sin rumbo que intenta hablar con cierto refinamiento sin parecer careta. Así estaba mi ánimo.
Él llegó hablando, en voz alta por supuesto. Pensé que nunca podría enredarme con un tipo así. Esa necesidad de atención, querer parecer ingenioso en cada frase.
Encaró para la cocina y se sirvió un vaso enorme de gin-tonic. Volvió al living y se metió en la primera conversación animada que encontró. En un ratito ya estaba opinando como si el libro del que hablaban lo hubiera escrito él. Yo estaba sentada, con mi cara de fiestas funcionando a pleno. Una chica que acababa de conocer me contaba algo aburrido. En un momento me miró. Me sonrió por supuesto. Con el tiempo aprendí que era un automatismo. Que le salía sin pensar:
Mujer joven ---> disparo de sonrisa.

[A veces, cuando desaparecés por varios días, me viene la esperanza doble de que no vuelvas y de olvidarte. Te extraño todos los minutos. Todos. No lavo las sábanas.
No te llamo. Me muerdo, pero no te llamo. Te imagino en el suelo, con la cabeza en los almohadones, leyendo rabiosamente. Me acuesto en la cama, cierro los ojos y casi siento tu peso. Te llamaría con cualquier excusa pero odio que sepas que te extraño tanto. Odio mi traición. Que cuando estamos juntos olvide que el amor que me toca es el que siempre es.]

Después de la fiesta no lo vi por varios meses. Mi vidita se movía suave: estudio esporádicamente interesante, alquiler de pelis, café con las chicas, algunas páginas en la cama antes de dormir, boliche el viernes. Algún tipo en la cama cada tanto, a veces pasión, a veces porque sí.
Bauman, en esas páginas que encaraba antes de dormirme,  me estaba contando que el amor, en esta época temblorosa que nos toca vivir, es líquido. Me pegaba justo en el medio. Toco y me voy. Y yo, extemporánea, pretendiendo mi porción de amorideaplatónica. Ese que es, que siempre está.

[Cuando ya recordé mi vida, cuando vuelven mis planes, cuando redescubro el mediano plazo, volvés. Entrás y me contás de Ursula K. Le Guin, del último libro que leíste, El relato se llama la novela. Antropología, tolerancia, verdad, arte. Después me decís que estuviste leyendo la Biblia, Hechos de los Apóstoles, porque te prestaron un libro del filósofo francés Michael Onfray, Ateología, te vino la idea como un rayo y empezaste a escribir un cuento sobre la conversión de Saulo de Tarso, San Pablo, el verdadero fundador de la Iglesia. Hablás como una hora sin parar. Me envuelve una brisa tibia. El futuro se diluye en tu miel de fuego.]

Nos volvimos a ver en una reunión política. Ya ni recuerdo para qué era. Organizábamos una marcha, me parece. A diferencia de dos años antes, la concurrencia era bastante pobre. Yo, joven licenciada, iba en papel de entomóloga. Ya había enfocado bien a esos bichos en extinción, “militantes políticos auténticos”, y me había empecinado en estudiarlos a fondo.
La pequeña salita del gremio de empleados estatales bastaba y sobraba. Habrá habido a lo sumo veinte personas. Él empezó a discutir con un comunista del siglo pasado. Lo ironizaba, se burlaba mucho. Pensé que el otro tipo lo iba a golpear. Pero él lo llevaba y lo traía, le azotaba la cara con un cinismo animal y después encontraba un piso común para caminar juntos. Me di cuenta en el acto de que no pensaba o que pensaba superficialmente lo que decía. No podía ser profundo a esa velocidad pero igual le funcionaba.
Era como una pantomima de Charlie Parker. Sin el talento, sólo la rapidez.

[Te descubrí en Zona de clivaje y me sentí Liliana Heker. Hasta me dieron ganas de escribirle. Ella, yo, tantas, presas de tipos como vos. Me imaginé fundando un club, un grupo de autoayuda. Mujeres en rueda leyendo el último best-seller del charlatán de turno. Cómo sacudirse de encima al monstruo se llamaría el librejo.]

El mundo, dicen, está lleno de gente. Pero no la vemos. Es una película. Un plano secuencia de ochenta años o lo que dure. Y los personajes y los decorados entran y salen de escena. El comienzo de The player de Altman, esos ocho minutos, funcionan como la vida: gente que pasa, diálogos incompletos, algo bello que se escurre por el costado.
Fuimos a las sierras. Fui por ir. Error. Me envolvió en su trampa dulce, esa puesta en escena que hace cuando desea mucho a una mujer, con esa energía que le viene sabrá Dios de qué Infierno. Me tocó ahí, adonde no se llega. Desde donde se parte.
Así entró él en mi película. Irrumpiendo brutalmente en primer plano. Armado de poemas y de risas, de ternura, de caminos intransitables. Cambiando la luz o la música en el momento incorrecto. Cambiando el director por David Lynch.
Entrando cuando no le toca y saliendo cuando no le corresponde. Haciendo su parlamento o su mutis por el foro. Desapareciendo, haciéndose nada. O eso quisiera creer. Que cuando sale de escena desaparece, se esfuma, se consume en su ardor. Para siempre. Porque lo que siempre he necesitado, el amor  que busco, no viene con él.
Nunca, nunca, me dejó sentarme.

[Te vas. Te miro la espalda mientras vas saliendo del bar. Alivio. Listo. Me voy a casa con Roberto. Roberto me quiere siempre. Me hace el café a la mañana. Hacemos el amor y me sigue queriendo. Siempre. Cuando llego hecha mierda del laburo se da cuenta en el acto. Me pregunta, me escucha, me consuela. Hace todos los trámites. Recuerda la fecha de vencimiento de la boleta de la luz. Siempre. Cuando se va a trabajar y cierra la puerta, pienso que sigue ahí. Vos dirías que es un tipo común, que es el peor insulto que se te ocurre. Pero te equivocás. Roberto sólo es alguien que siempre está. Y ése es el amor que siempre quise. El amor que siempre existe, aún cuando sale de escena. Como la silla.