|
SentarsePablo Kaniefsky
[Me cogiste. Ya está. Todo tu amor, tu poesía. Esa ternura que te hace único. La utopía anarquista. Todo terminó ahí. Me dejaste atrás, en esa muerte, en ese llanto. Hago el amor y me pierdo en vos. Me cogés y te vas. A tu planeta frío. Seguís ese viaje tortuoso que empezaste al nacer. O con la primera mujer con la que estuviste. Te vas detrás de tus ojos, de esos ojitos rendijas que brillan antes de llegar a la cama. Ahora son abismos. Cuando lo conocí me dio risa. Había ido a Central Argentino casi como todos. Con esa bronca que nos había metido De la Rúa y todos los demás. También con ese ligero distanciamiento que los científicos sociales se supone debemos tener. Yo era jovencita pero ya me estaba subiendo al caballo. [A veces creo que somos novios. Incluso me parece que vos también lo creés. Entrás cómo si te corriera el diablo. Azotás la puerta. Llegás riendo, de esa manera tan exagerada, con todo el cuerpo. No saludás. Movés las manos, abrís mucho los ojos, hablás sin parar, caminás de un lado a otro. Me decís que Houellebecq es brutal, que los europeos están todos muertos. Después me abrazás fuerte. Me decís amor. Me secreteás en la oreja izquierda una hija rubiecita con trenzas. Me soltás y me mirás con esa intensidad incendiaria que es el reverso del abismo. No me miró ni una sola vez. Y eso que estaba a dos o tres metros. Después aprendí que cuando habla delante de muchas personas, chupa toda la energía de esa gente y la convierte en un espejo tubo que lo rodea. No ve nada. Sólo su imagen. Se regodea en sus palabras, las saborea. [Cuando estamos en casa, cada uno con un libro, te espío cada tanto. Estás acostado en el piso, con la cabeza entre almohadones. Yo leo sentada a la mesa y te miro sin mover la cabeza, con mis ojos silenciosos. Por momentos parece que te los vas a comer. Al libro, al autor. Movés la boca, discutís en silencio. Agarrás al libro por el cuello haciendo una fuerza que bien te vendría para levantar pesas. Te da tremenda bronca que el tipo esté muerto, que no conteste, que no presente pelea. Me dan ganas de correr y tirarme encima tuyo. Pero no. Hago como si leyera y pienso. Pienso en el amor. Si existe siempre, todo el tiempo. Como la silla. Si sigue estando ahí cuando peleás con Schopenhauer, quieto en un costado. Si se va con vos cuando cerrás la puerta. Si respira aunque sea poquito en cada coqueteo que le hacés a casi todas las mujercitas con las que te cruzás. Pienso que no queda otra que creerlo. Como creemos en la silla. ] Lo crucé en una fiesta. Es decir, esa clase de encuentros que llamamos “fiesta” como una expresión de deseos. Una reunión de veinteañeros intelectualitos que hablamos de cine europeo y de la última novela de Paul Auster. Gente sin rumbo que intenta hablar con cierto refinamiento sin parecer careta. Así estaba mi ánimo. [A veces, cuando desaparecés por varios días, me viene la esperanza doble de que no vuelvas y de olvidarte. Te extraño todos los minutos. Todos. No lavo las sábanas. Después de la fiesta no lo vi por varios meses. Mi vidita se movía suave: estudio esporádicamente interesante, alquiler de pelis, café con las chicas, algunas páginas en la cama antes de dormir, boliche el viernes. Algún tipo en la cama cada tanto, a veces pasión, a veces porque sí. [Cuando ya recordé mi vida, cuando vuelven mis planes, cuando redescubro el mediano plazo, volvés. Entrás y me contás de Ursula K. Le Guin, del último libro que leíste, El relato se llama la novela. Antropología, tolerancia, verdad, arte. Después me decís que estuviste leyendo la Biblia, Hechos de los Apóstoles, porque te prestaron un libro del filósofo francés Michael Onfray, Ateología, te vino la idea como un rayo y empezaste a escribir un cuento sobre la conversión de Saulo de Tarso, San Pablo, el verdadero fundador de la Iglesia. Hablás como una hora sin parar. Me envuelve una brisa tibia. El futuro se diluye en tu miel de fuego.] Nos volvimos a ver en una reunión política. Ya ni recuerdo para qué era. Organizábamos una marcha, me parece. A diferencia de dos años antes, la concurrencia era bastante pobre. Yo, joven licenciada, iba en papel de entomóloga. Ya había enfocado bien a esos bichos en extinción, “militantes políticos auténticos”, y me había empecinado en estudiarlos a fondo. [Te descubrí en Zona de clivaje y me sentí Liliana Heker. Hasta me dieron ganas de escribirle. Ella, yo, tantas, presas de tipos como vos. Me imaginé fundando un club, un grupo de autoayuda. Mujeres en rueda leyendo el último best-seller del charlatán de turno. Cómo sacudirse de encima al monstruo se llamaría el librejo.] El mundo, dicen, está lleno de gente. Pero no la vemos. Es una película. Un plano secuencia de ochenta años o lo que dure. Y los personajes y los decorados entran y salen de escena. El comienzo de The player de Altman, esos ocho minutos, funcionan como la vida: gente que pasa, diálogos incompletos, algo bello que se escurre por el costado. [Te vas. Te miro la espalda mientras vas saliendo del bar. Alivio. Listo. Me voy a casa con Roberto. Roberto me quiere siempre. Me hace el café a la mañana. Hacemos el amor y me sigue queriendo. Siempre. Cuando llego hecha mierda del laburo se da cuenta en el acto. Me pregunta, me escucha, me consuela. Hace todos los trámites. Recuerda la fecha de vencimiento de la boleta de la luz. Siempre. Cuando se va a trabajar y cierra la puerta, pienso que sigue ahí. Vos dirías que es un tipo común, que es el peor insulto que se te ocurre. Pero te equivocás. Roberto sólo es alguien que siempre está. Y ése es el amor que siempre quise. El amor que siempre existe, aún cuando sale de escena. Como la silla. |