Sinfonía nocturna
Marcelo Lillo
Miró alrededor antes de entrar, hacia los inmóviles objetos de la noche. Extrajo las llaves de su abrigo y abrió la puerta del edificio. Venía de ningún lugar. Había salido a buscar olvidos y se había encontrado, en cambio, con los mismos duendes de su ansiedad.
Cerró la puerta, dejando atrás el aromático frío de aquel viernes de abril. Le gustaban los viernes. Eran las noches en que ella venía a acompañarlo, a compartir su música, a llenar el hueco de sus deseos.
Era temprano todavía, pero la impaciencia, lo sabía, le haría perderse en los minutos como la niebla en una ruta que no deja ver los kilómetros recorridos.
El conserje lo saludó en el vestíbulo.
—¿Qué tal? —le devolvió él el saludo.
—Voy a cerrar con llave —le explicó el conserje—. Los tiempos están muy bravos hoy en día. Ya no se puede estar tranquilo, ¿sabe?
Y le habló del clima y de las noticias, de la epidemia de gripe que el otoño traería consigo, de un criminal que andaba suelto, de una mujer asesinada por su marido engañado, del robo en el almacén de la otra cuadra la última semana, de un accidente en alguna calle que no recordaba.
Palabras veloces que él respondía con una sonrisa porque no les prestaba atención. Un pensamiento condensado en un nombre silbaba en su cabeza como una pava en su punto de ebullición.
Mariel.
La esperaba entusiasmado, como cada viernes.
Se despidió del conserje y subió a su departamento. Las paredes mudas le devolvieron la mirada al entrar. Salas vacías, inertes, esperando resucitar con la anhelada presencia.
Se quitó el abrigo y abrió la ventana. Las calles estaban quietas. Aguzó el oído como si pretendiera captar algún sonido; algún conocido acorde, algún signo de su llegada. Nada se percibía por el momento.
Empezó a deambular por el comedor. Encendió el televisor para atenuar el silencio y se sirvió una copa de coñac. ¿Cuántas copas de ese mismo licor había bebido en su honor en tantas ocasiones similares? Dejó que el sabor le acariciara la sangre. Un sabor que lo transportaba, como un elixir de hechicería, a todos los momentos en los que había estado junto a ella.
Mariel. Su fantasía en cuatro dimensiones. Tan pura, tan sensible y bella como una emoción fabricada en el cielo. Su sueño invencible, un amor tan prohibido y eficaz al mismo tiempo, como una buena droga.
Acarició el piano del que tantas notas había arrancado al pensarla y miró nuevamente hacia afuera. Las veredas comenzaban a cubrirse con un desgarrado telón de llovizna. Nada veía en ellas; sólo una ventana alumbrada en una casa cercana exhibía las borrosas siluetas de un hombre y una mujer convertidos en un solo ser en medio de un estático abrazo.
Cerró los ojos. Desde atrás, el televisor lo envolvía con un zumbido distante, ajeno. Su mente se tensaba porque otros sonidos venían a llenarla. Los sueños en suspenso, la inspiración de una magia a dúo, las promesas de eternidad, la música.
¿Cuántas veces, en cuántos viernes como aquél, había dedicado su música para ella?
Mariel. Tan perfecta, tan imposible, que a veces le parecía que no era real. Pero sí lo era. Tan real como las emociones que la ataban a él, que la hacían tan propia, tan única.
Siguió bebiendo y recordando. Y a medida que recordaba, la ausencia se intensificaba, lo desesperaba en la angustia de sus propias intenciones.
Desde algún lugar, una melodía empezó a vibrar, como si la noche se hubiera puesto a cantar.
¿Cantaba la noche? ¿Era tal vez ese canto un preludio de su pronta llegada?
Su memoria evocaba imágenes confusas, alimentadas por la soledad. Como una intermitencia visual, ella iba y venía con facciones distintas en cada vaivén. Un rostro de risas, una expresión contraída, un llanto de despedida. Mil caras que eran una sola. Una cara que le pertenecía.
Miró el reloj y apuró el coñac. Procuró engañar su atención en la pantalla del televisor.
Sus manos se aflojaron. Una fotografía, en el avance de las noticias de las diez, le hizo caer la copa al piso. Era la foto de una joven mujer, la sexta en menos de tres meses, señalaba un epígrafe de luminosas letras. Su cabello era rubio, casi esponjoso. Sus ojos verdes, llenos de vida. Tenía una chaqueta negra, la misma que usaba cuando la vieron ayer por última vez en los alrededores de la Universidad.
Él se llevó las manos a la boca.
—Mariel —le gritó a la foto. Y empezó a temblar. El pecho se le comprimía, o el corazón se le agrandaba.
Se apretó la cabeza, repitiendo su nombre mientras la cara de la pantalla lo saludaba con su sonrisa intocable. Una voz paralela emitía frases detrás de la imagen: otra mujer desaparecida, veintiún años, sólo un año más joven que la del viernes anterior, la Policía sin ningún rastro.
—Mariel, Mariel —murmuraba, mientras erraba por el cuarto como un trompo que gana más fuerza a cada giro en vez de perderla. La música, desde algún rincón impreciso, fluía como una celebración burlesca.
—Mariel —siguió repitiendo—. ¿Mariel?
Y se detuvo de pronto, como si algo lo hubiera desactivado por dentro. Un alarido subió hasta su garganta y explotó en una risa camuflada. Se abalanzó contra la puerta del pasillo y corrió frenético hasta el dormitorio, repitiendo el nombre que complementaba sus recuerdos.
Porque, por fin, había logrado recordar.
Encendió la luz. La mujer retrocedió contra la pared al verlo entrar; intentó gritar pero la mordaza le bloqueó la voz. Intentó erguirse, pero la cinta en sus tobillos la paralizaba. Quiso defenderse, pero sus manos atadas se lo impedían.
—Mariel, mi amor. Aquí estás. Siempre estuviste. ¿Estabas esperándome mientras yo te esperaba?
La mujer lo contempló con una mirada arrugada. Dos lágrimas se desprendieron de sus ojos verdes y aterrizaron como dos puños aplastados sobre la tela negra de su chaqueta.
—Estás temblando. ¿Tenés frío? Igual que anoche, cuando aceptaste que te trajera conmigo, ¿te acordás? Mi ángel, mi vida. Dejame abrazarte, yo voy a hacer que no tengas más frío. Voy a cuidarte, ¿sabés? Mariel, querida. ¿Por qué estás llorando? Si no vas irte todavía. La música suena. Suena para nosotros.
El rostro de la mujer se contrajo cuando él se le acercó.
—¿Podés oírla? No se calla, no puede callarse. Es cada vez más fuerte, amor.
Ella gimió cuando sintió los dedos tocar su garganta.
—Cada vez más fuerte.
Y la noche siguió cantando... y cantando... y cantando...
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