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Terror japonés
Rudyard Killing
Fuimos a ver la nueva de LaKagua Cintazu. Una más en la zaga de películas sobre asesinos Yakuzi. Esas que tratan sobre chinitos ahogados que cada vez que vayas a darte un baño de inmersión, ya sea que lo hagas en la bañera o en el tanque de agua te van a agarrar de los tobillos. Pienso que más que al género de terror estas películas pertenecen al cine de horror, por el asco que causa tanto pelo negro flotando en aguas estancadas. Hasta se les da por esparcirse acuáticamente en el aire seco, a esos pelos negros.
Casi todas estas películas tienen escenas con una chinita parada en medio de un cuarto vacío, mirando hacia el suelo, las manitas colgando a los costados o juntitas delante de la entrepierna. Escenas que duran como veinte minutos así. La cabecita negra está por levantarse de un momento a otro y uno sabe que lo que va a aparecer son esos ojos oblicuos con expresión de raza. Uno lo sabe. Sabe que la chica va a levantar la cabeza. La va a levantar lentamente, aunque al final del acto de levantar la cabeza lentamente, un golpe de cámara nos va a poner de un solo saque esos ojos en primer plano y en eso va a consistir la resolución de toda la escena de susto. Ese es el truco que hace que uno se cague en las patas. Y el secreto de estas nuevas peliculas de asesinos yakuzi consiste también en eso: el manejo del crescendo atemorizante mediante una cadena de sustos. Mucho teléfono sonando inesperadamente o misteriosas planchas de metal que se chocan a lo lejos. Las tonalidades verdinegras del trabajo fotográfico practicado sobre la película, como quien quisiera darle un tono verde alga de estanque abandonado cuatro inviernos, ejercen un sujestivo ambiente putrefacto de lo más límpido, valga la contradicción. Después la chica se va a dedicar a recorrer los rincones de la habitación, de la casa o departamento y de todos los demás rincones del complejo habitacional o edificio en el que su habitación verdinegra se encuentra. Nunca falta una camarita en la cual el espectador notará cómo las sombras chinescas que acompañan a los personajes por los pasillos o en los ascensores están puestas justamente ahí (y digo justamente en el sentido de justicia y no de justeza) sólo para hacer sufrir a los espectadores ávidos de sufrimiento pánico, ya que los personajes suelen no enterarse —hasta que ya es demasiado tarde— de que en sus extraños e injustificados viajes de una habitación a otra o de un piso a otro van acompañados por fantasmas.
Volvamos a la nueva de LaKagua Cintazu.
Con su estilo lacónico característico, LaKagua largó de plano con un plano abierto sobre la habitación verdinegra. Esto duró unos trece minutos, en los cuales fueron apareciendo los créditos con mucha tranquilidad y solvencia, teniendo en cuenta el tiempo de que disponían para aparecer sobre la quietud tenebrosa del cuarto verdinegro vacío. Hasta los créditos ocupaban su lugar en la cadena de sustos. Cada vez que aparecía un crédito, alguien daba un salto en su butaca. Hubo quienes se asustaron tremendamente con el co-productor de la película, pero los más se asustaron con la encargada del casting.
A juzgar por los rasgos, la chinita era japonesa. Estaba paradita con su pollerita corta, las rodillas tocándose y temblaba, sola en el medio del cuarto verdinegro. Un tango lúgubre sonaba en algún cuarto contiguo y en otro más lejano Victor Hugo Morales relataba el clásico del domingo.
Ahora las películas de terror no tienen sonidos de bisagras oxidadas. Las puertas se abren en silencio. Basta una edición eficaz y la puerta que se abre cumple también su función en la cadena de sustos. Eso pasó durante el gol de Riquelme.
Estaba la chinita en eso de levantar la cabeza cuando Piazzola hizo uno de esos cortes en los que parece que se termina el tango o la cosa que sea que toca y Victor Hugo tomó aire adivinando el gol. Tac: los ojos aparecieron en primer plano y lo que transmitieron fue una aterradora mirada oblicua hacia la puerta. Bastó que la chinita, ayudada por la cámara, metiera el golpe de ojos japonés para que apareciera en el lugar de los ojos la puerta semiabierta con una sombra gigante cubriendo el águlo en penumbras y dos adolescentes saltaran en sus butacas emitiendo esos gritos típicos adolescentes con los que cuenta Cintazu para completar la obra de arte. Todo esto mientras se escuchaba de fondo el grito desgarrador de Víctor Hugo relatando el gol de Riquelme.
Acto seguido la chinita puso cara de terror japonés y la imagen pasó abruptamente a un enfoque esquinado desde alguno de los ángulos superiores del techo de un pasillo, de lo que parecía ser un hotel o un edificio desolado. La imágen era en blanco y negro, lo cual hacía suponer que se trataba de alguna camarita de vigilancia. Lo que por ahí se veía era a un mastodonte peludo apoyado en el marco de una puerta entreabierta, mirando hacia la cámara y sonriendo. La imagen fue enmarcándose en colores, retrayéndose hasta salirse y dejar la imagen de una pantalla de vigilancia dentro de la pantalla de cine, y el blanco y negro con el mastodonte peludo fue achicándose como si LaKagua se agazapara para dar el salto nuevamente hacia la habitación. Entonces vimos al guardia acuchillado en el cuello. Apenas vimos el cuchillo y la sangre, sonó el teléfono, espantando a varias moscas en el film y a un par de adolescentes en la sala. El guardia no contestó. Las moscas que huyeron del teléfono intercambiaron posiciones con otras que salían del cuello del guardia muerto. El teléfono estaba todo manchado de sangre. Había sido blanco antes del crimen. La imagen volvió a centrarse en el televisorcito de vigilancia y una vez que el blanco y negro lo ocupó todo, siguió acercándose hacia el mastodonte peludo. Este vestía una camiseta de dormir que alguna vez debió de haber sido blanca y que sobre el ancho cuerpo semejaba la tela de un sillón viejo y desvencijado que apenas lograse contener los resortes. Los pelos del mastodonte eran, además de abundantes, negrísimos y ensortijados. En ellos se fundió la imagen que se elevó luego desde la cabeza de la chinita japonesa. Piazzola arremetió con su bandoneón y Víctor Hugo Morales dio paso al comentario sobre el gol de Riquelme. Los ojos oblicuos de la chinita se elevaron y viajaron con la cámara que ya adoptaba el rol de su mirada, es decir que la cámara fue como un rayo hacia la sombra del mastodonte peludo apoyado en el marco de la puerta quien, dirigiéndose enérgicamente a la chinita, le dijo:
—Sal de ahí.
La voz grave y potente de la bestia cumplió un papel muy importante en la cadena de sustos. Conciente de la importancia de este eslabón, Lakagua, también guionista, lo obligó a explayarse:
—¡Sal de ahí, chinita!
La chinita empezó a retorcerse. Esto lo dedujimos por su mirada en primer plano y la oscilación de la cámara tratando de acompañar el terror que de su mirada emanaba.
—Una mamada y volvés, dijo el urso, y agregó, con un primer plano en el brillo de sus labios sonrientes—: Es para festejar el gol de Boquita.
La chinita se quedó de una pieza. En el medio del cuarto. Una cuestión de engranajes, en el mecanismo psicótico cien por ciento Cintazu, a quien su fanatismo por el tango lo trajo a filmar a Buenos Aires donde, según él, el tiempo no existe.
—Mirá un poco lo que me traés a ver, le dije a Lorena.
—Eso te pasa por salir con pendejas, me dijo, con toda la razón del mundo.
Esa es una de las cosas que comparto con Cintazu: que somos sexagenarios pero no boludos, y sabemos que, donde el tiempo no existe, resulta muy fácil atrapar adolescentes. Lorena sabe que vengo al cine por ella, para toquetearla un poco. De todos modos no podía dejar de aprovechar la oportunidad para satisfacer mi avidez vampirezca, mi sed de materia novelable. Lo que Lorena no sabe es que estoy escribiendo una novela de terror. Al volver le iba a proponer un juego perverso: que ella representara a la chinita en el medio del cuarto de huéspedes. Por supuesto yo haría el papel del urso en camiseta. Detrás del urso, luego de que hubo dicho lo de festejar el gol de Boquita, pasó la sombra del guardia acuchillado. Un cambio de cámara mostró en blanco y negro, desde lo alto, cómo el cadaver del guardia era testigo mudo del paso de su sombra detrás del peludo. A juzgar por el golpe de zoom sobre los ojos oblicuos de la chinita japonesa, ella sí vio la sombra del muerto. Y seguramente también, la constatación del fin de su única esperanza.
—Juo, qué alevoso, dijo alguien con la boca llena de pochoclos.
—Zarpado, ¿eh, Pa?, me susurró Lore.
—Amo que me digas Pa, contesté, metiendo mi mano entre sus piernas desnudas.
—Ay, me da chucho, dijo ella relamiéndose, utilizando una de mis obsoletas expresiones para rebajarme y exitarme.
En ese momento la chinita agachó la cabeza y aumentó en temblor, mirando el piso. Coincidió con el chan chan del final del tango y con el sonido de ambiente del estadio a lo lejos, como si fuera el silbido del viento. Tanto Piazzola como Victor Hugo Morales habían hecho una pausa. Lo mismo las adolescentes en la sala, conteniendo la respiración, elevando en alto las tetas. En otros tiempos las adolescentes tenían tetitas. Ahora vienen con tetas. La chinita japonesa aprovechó ese climax para decir:
—No, pa; no, pa.
Lore y yo nos miramos en silencio, sorprendidos, sonriendo y toqueteándonos mutuamente. La chinita repitió eso de no-pa, no-pa, que no sé si lo decía en argentino o en japonés, y cayó de rodillas. Otra vez la imagen distante, en blanco y negro, de la camarita: esta vez es la sombra del muerto, detrás del peludo, que gira hacia la cámara de vigilancia y sonríe, maquiavélica, hacia las moscas. Otro telefonazo para el griterío adolescente y nuevamente el verde musgo, la cámara en el piso de la habitación vacía siguiendo desde atrás esos muslos japonesitos yendo hacia el urso, el ruido de las rodillas raspando lastimosamente las baldozas y el pelo negro colgando lánguido hasta la cola. El sonido agudo que emitían las rodillas arrastrándose era pausado, pesado, aterrador. La cámara, consciente de su propia impotencia, incapaz de resolver nada, pudorosa y dolorida, comenzó a alejarse, rastrera, dejando a la chinita a solas con el peludo en sombras.
El peludo en la sombra hubiese sido un buen título para la película. Cintazu la había titulado Sonría, lo estamos filmando.
Cuando la cabecita negra de la chinita ya se perdía en el terreno ténebre de la elipsis bajo el cono de sombra donde habitaba el parludo peludo, tomé del cuello a Lore diciéndole:
—Esto no lo podés ver, es prohibido para menores, y con una dulce presión la llevé a que me festejara el gol de Boquita.
En la pantalla, la ira de un dios fílmico y amante de los efectos especiales empezó a desatarse en delicuescencias. Los ecos de un coral de planchas de metal cayendo en cadena rodearon la imagen sórdida de una habitación yendo hacia el más podrido de los verde musgo. En el ángulo superior derecho de la pantalla el granulado comenzó a crecer hasta incendiarse. Una vieja se levantó y abandonó la sala a los gritos. La cámara se retraía y oscilaba como una fiera enjaulada. Parecía que la pantalla se combaba con ese sonido del hierro masivo que cede a la tortura de los poderosos. Apocalíptico es una palabra que no por gastada desencaja del ambiente sígnico de la habitación mientras la chinita se la mamaba al parludo. Detrás de la bestia, se detuvo una sombra. Un elemento agudo sobresalía de su cuello. El mastodonte gemía. Lorena también, con su cabecita entre mis piernas. No era ella la que me la chupaba: era la cultura, la puta coreografía de angustia oral en la que vivo. La cultura me la quiere chupar todo el tiempo, me ofrece petes gratis, libros con descuento, combos de basura, todo el exedente mientras el mundo cae. No la ponés nunca pero la máscara queda, chupándotela, diciéndote cosas sexys, haciendo del lenguaje una lengua para humedecerte el deseo, la líbido. Es el triunfo del hombre de la bolsa, del peludo en camiseta, de la sombra muerta en los pasillos. El mundo está vacío, lleno de fantasmas y butacas con adolescentes mientras los niños mueren, era el mensaje de Cintazu. Esa es la tortura, el horror, el terror de nuestro tiempo: el tiempo como un agujero negro, un cuerpo que fue celeste con toda su energía en fase de implosión por a la exitación inútil de sus zonas erógenas.
Mientras la chinita y Lore festejaban el gol de Boquita, la sombra del guardia muerto comenzó a quitarse el cuchillo del cuello. La obvia recurrencia a la camarita de vigilancia mostró cómo el cuello del guardiacadaver comenzaba a sangrar, y cómo la sangre lo redefine todo, porque era roja, y se veía roja por sobre todo el resto en blanco y negro. Como era de esperarse, sonó abruptamente el teléfono y dos hileras adelante una vieja con la oreja iluminada dijo:
—¿Si?
—No, estoy en el cine.
—Una de terror.
—Buenísima, si.
—No, recién empieza.
—Sí, a las diez, bueno, esperame. Chaucito, chau.
Lore empezó a reirse, haciéndome unas cosquillas terribles. La chinita recibió del parludo un tremendo revés que la devolvió al medio del cuarto. Cayó como una bolsa de huesos. Acá Cintazu demostró quiénes son los reyes del animé, y quién el genio de lograr con humanos y sin groseras utilizaciones de la edición digital lo que tantos hacen recurriendo al dibujo. El vuelo japonés de la chinita no tuvo desperdicio y menos aún su espectacular aterrizaje. Mientras ella volaba vimos cómo el mastodonte se agachaba para arreglarse los pantalones al tiempo que la sombra lograba sacarse el cuchillo del cuello. Toda la imagen-secuencia generaba en su composición nítida y compleja una velocidad contradictoria. El mastodonte despareció teatralmente hacia un costado y nuevamente volvimos a ver el desarrollo de la acción desde la camarita de vigilancia del muerto. El tipo en camiseta caminaba sonriente hacia nosotros. La sombra del guardia, cuchillo en mano, se hacía una con la del umbral de la habitación verdinegra del pánico japonés. La bestia peluda abrió otra de las puertas del pasillo y el volumen de la radio aumentó considerablemente. Victor Hugo Morales tenía ganas de cantar otro gol. Piazzola había desaparecido. El urso también. Lorena se había ido a comprar popcorns. La señora de dos hileras adelante se dio vuelta y esbozó hacia mí una sonrisa extraña. Me pregunté si ya habían terminado de pasar los créditos del inicio del film cuando la sombra asomó la cabeza del vano de la puerta. Miró hacia nosotros. Hubo un corte editado con cierta desprolijidad y la cámara, tomando el punto de vista de la sombra acuchillada, acompañó su mirada hacia la camarita empotrada en el ángulo del pasillo: un zoom veloz que se metió por la lente y emergió con resolución impactante sobre el rostro sonriente de LaKagua Cintazu, medio podrido y con el cuchillo clavado en el cuello. En la media hoja de cuchillo que sobresalía del cuello, en letras con sangre decía: Director.
No era un dato menor que el director se declarase muerto en el inicio del film. Todo director de un film se enfrenta al desafío de asumir o no la autoridad de un juez. En casi todas las películas, el ojo del director, la luz que da vida a la historia en la pantalla, que abre su diafragma para relatar, es la Verdad. Los críticos suelen admirar a los directores que no saben, es decir, a quienes logran neutralizar esa mirada y arrojan el cuerpo de una historia autómata, descomprometidos con todo juicio de verdad. Cintazu, acérrimo defensor de la idea contraria, encarnizado enfatizador del signo del amo en el rodaje, esta vez tomaba los dos conceptos y los sumía en una implosión dialéctica. Supe que tenía que irme a escribir. Había, en el mensaje inicial de Cintazu, algo que yo debía resolver para mí mismo, no sabía qué, pero si me quedaba a ver la película lo iba a perder. Había dos problemas: Lorena.
En la pantalla, las letras de sangre inundaron todo de rojo, velando la imagen por completo hasta el blanco, pero era un blanco giratorio: el casco de una pelota número cinco girando en la Bombonera. Esto lo supimos apenas la cámara se alejó del casco y el botín del Chino Benitez erró el blanco para dar en las canillas del diez contrario. Penal. La cámara enfocó la locura de los barrabravas, hizo un primer plano en un tipo enorme, en camiseta. Me levanté y salí a buscar a Lorena, haciendo esfuerzos por no volver a mirar hacia la pantalla. La voz de Victor Hugo Morales ganó el audio de la sala, contenido en sus ganas de insultar al Chino Benitez. Antes de salir miré por reflejo hacia la pantalla. El mastodonte peludo iba por el pasillo, hacia la habitación de la chinita, sacándose el cinto, pero ya no visto desde la pantallita en blanco y negro del director muerto, si no que seguido por una steadycam desesperada.
—Me cago en todos los chinos de mierda, gritaba la bestia.
No vi si la sombra acuchillada seguía todavía en el umbral sombrío. Vi la oreja iluminada de la vieja otra vez, y vi a Lorena besándose con el acomodador. No debía permitir que nada me arruinase la inspiración, así que salí sin que me vieran. Los dos problemas que significaba Lorena se resolvían en ese instante. Uno era el de convencerla para que me dejase ir. El otro, el del plan que tenía para matarla y que había cobrado su mejor forma con la idea de representar el juego de La chinita y la bestia, acababa de arruinarse. Necesitaba poner en práctica, para mi novela, a un personaje que careciera de movil para matar, y ahora yo tenía uno.
Afuera el mundo estaba lleno de afiches con políticos sonrientes, de conductores frenéticos, de cirujas hurgando en la basura, de colectivos antropofágicos con sus panzas repletas de autómatas, pero ningún grito de histeria adolescente llenaba la noche. Estas ideas me delataban viejo y acabado. Y no hay horror peor que sentirse viejo y colorín colorado.
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