una memoria nueva


Jorge Torres

 

Solo en su cigarrillo
el infeliz
escribe un libro que no cabe en el mundo:

Revoque del sepulcro donde enterró la luz de una sonrisa .
Océano en la noche dormida de sus ojos.

Huella el refunfuño la uña en la bulla de la abulia. 
Masculla el murmullo la sombra del nombre de las cosas.

Ni pupila empolvada de amor vivo
ni justicia poética ocho cuartos.
Ido de dónde vuélvese otra vez y una de último a primero
su supremo
diletante talento.

Escárbase la barba y se apalabra ensalivado la libido.
El apotegma le croma la córnea de luz par.

Ni por haber sufrido lo perdido
ni por haberlo amado
al condenado
embárgale tampoco la emoción :

El llanto en tanto cántaro de fuentes rotas.
Donde no bébese ya más que copas últimas.
Y bañase no obstante lo limpio
del olvido.

Artificio de la razón de ser
en la selva de la ley
al perdido 
lo enmaraña la ancestral paradoja
de comer lo que somos.  Dícese
emperejilado a un lado
y otro de la belleza rala.

Y mastica la sintaxis.
Se sintetiza pletórico en semántica
con su labia enjundiosa.

Mientras la noche empoza
los ojos en las cuchillas del silencio
donde repasa el porvenir su túnel
de luz.

 

El ruido de los huesos que desentierra el alba
acá en el horizonte
ha despertado el sueño donde un niño
nace en el rayo tibio de su grito.

Ya el día se hace de la sombra que calla.
Ya crece la mañana como una criatura del sol.

El aire se desnuda en el baño.

 

Y ante el abismo que abre la canilla
deponen sus armas
la tinta y la sangre.

Para lavar la oscuridad
y que todo sea escrito con una memoria nueva.


Por su trabajo de perro come y duerme
abrigado.

Tiene un niño en la tarde también.
Su escena pálida llena la lengua de sal.

Entre malvones perro y niño
entablan
una fracción de patio
delimitada en los sentidos

el choque gutural de sus  roces
fulgura luz ciega :
un color lento de pelos.

A la noche ladra como un condenado
a la veleidad del hombre. 

No lo elegiría para contarle de sus huesos.


La tarde corre en las venas.
Todos los ruidos todos los rincones.

 Agobia decirlo si está en los ojos
mientras se detienen
oblicuos al silencio
escrito : que no podía anochecer lo suficiente.

Es el capítulo final. Dos se aman.
La novela sujeta el perfil lateral a la luz
hasta que atrapa el ángulo convincente.

Mueve los dedos de papel la ilusión
de existir
para sentir oscuro
el callejón  donde  los faros amarillentos
son puñales aún antes del grito.

En ese fragmento de la respiración Ella
en su último renglón
sintió
el temblor de la mano en la página.

Y el que lee entre líneas sabe
que la muerte no separa.
Sólo es la vanidad de un dios idiota
que sonríe en la contratapa.


Salvarse del atado de huesos
a los hombros de una fe que tampoco
conoce la antesala
del signo. Ni libera.

Aquí es ahora :
un apenas desnudo .

Donde la palabra es la única
realidad.

Aproveche señora
un pan en el ojal quiere decir todas las cosas.

Cómprelo con sus pechos
mientras da de beber al río que lava el oro del mundo.

Ayude a mirar la belleza dicha
al que cumple condena en el lenguaje.

Que el amor debe ser hecho por todos.

Si llama en los próximos diez  minutos
un sólo gesto suyo bastará
para cerrarle los ojos
a la muerte.


 

Abrir la ventana de la noche
para que entre silenciosa en la mirada
la ausencia.

Ver el cuadro como sí
 de qué delgado hilo 
aún estuviera colgado.

Cerrar los ojos al borde de la locura.
Y saltar.

Allí es cuándo cómo se abre
al pecho del mundo
una granada  madura 

su sabor es la infancia.

De donde come el hambre
su ración de fuego
y nacen :
los bellos dramas
las revoluciones necesarias 

o en el peor  de los casos : literatura