Club de cuentistas en la memoria


Por Antonio Tello

Recordar es remover el pasado y mirar a contraluz como flotan las heces. Escribir sobre el Club de Cuentistas de Río Cuarto y de su principal artífice, Carlos Mastrángelo, es para mí recordar; tratar de reconocer en las miríadas de partículas sedimentarias, la materia y los reflejos, muchos de ellos engañosos, de hechos que de alguna manera han marcado mi peripecia vital como escritor.
 
Carlos Mastrángelo, don Carlos, no sólo fue un teórico del cuento, un estudioso de este género, sino un animador cultural que contribuyó de un modo decisivo a que los escritores, formados o en ciernes, tuviesen siempre presente los principios de sustentación del cuento, que él consideraba una perla de la narrativa. Paul Valery define la poesía –el poema- como una tensión hacia la exactitud. Don Carlos creía lo mismo acerca del cuento y así lo pregonaba, más allá de las formas determinadas por, según su categorización, el «cuento ortodoxo» o el «cuento de vanguardia». Lo fundamental para él era precisamente esa tensión, esa progresión dramática, ese viaje sin concesiones hacia la exactitud.

Don Carlos creó el club y se preocupó de especificar en su denominación que era de «cuentistas y taller de narradores», porque si bien, como es obvio, toda narración es un ejercicio de lógica cualquiera sea el género que adopte y cualquiera sea el plano de la realidad que aborde, no toda narración es un cuento. Para su propósito de teórico de este género era muy importante establecer esta distinción y al mismo tiempo evitar en el club la exclusión de escritores que no lo cultivaran.

Es así como, a principios de los años setenta, don Carlos fundó el Club de Cuentistas y Taller de Narradores de Río Cuarto en el seno de la SADE y en el ámbito espacial de la Biblioteca Moreno, por entonces el mayor centro de actividad cultural de la ciudad. Allí estaban Juan Floriani, Juan Filloy, Cecilio Pérez de la Rosa, Joaquín Bustamante, José Martorell, Miguel Ángel Solivellas, Sara Zimerman, etc. Don Carlos, quien había leído uno de mis primeros cuentos me invitó a adherirme aunque yo no había publicado aún. Acepté, pues la reticencia de un poeta amigo a comentar un poema mío me había hecho comprender que el camino de la poesía era largo y que debía entrar en el conocimiento de la palabra antes de intentar abordarla. Entré en el Club de Cuentistas con la poesía en el horizonte. En esos momentos mi deseo de aprender se centraba en alcanzar la síntesis expresiva, algo que con el tiempo llamé «prosa sustantiva» y que ahora con más pretensión llamo «palabra esencial». El poema y el cuento tenían las mismas exigencias, pero en éste la prosa me ofrecía –así lo creía entonces- más recursos para el aprendizaje.

La dinámica del club era intensa y fructífera, pues todos llevábamos nuestros cuentos y los exponíamos a la crítica de los otros, lo que redundaba en propicias curas de humildad a pesar de los empaques de algunos. Cada quince días leíamos y estudiábamos un cuento maestro en sesiones públicas, en las que los asistentes también participaban de modo activo en los coloquios finales. Es claro que había en el aire de aquellos días un cierto fervor cultural que hacía que la gente se tomase sus intervenciones con un encomiable entusiasmo. Además de estas actividades se hacían a modo de ejercicios motivadores, concursos internos en los que los miembros del club cantábamos nuestros votos y puntuaciones razonando los valores y defectos literarios de los cuentos presentados a excepción del propio.

Creo que todo esto, entre otras cosas, me enseñó a leer y a reconocer el valor del lector; a aceptar la lectura como una forma de libertad. Aprendí entonces, por ejemplo, que «escribir para el pueblo», como reclamaban algunos «revolucionarios», no tenía nada que ver con su libertad, sino con la ideología que corporizaba la lucha contra el poder establecido. En aquellos días febriles intuí, antes que comprendí, que para un escritor, un poeta, la defensa de la libertad empezaba por reconocer en el lector un ser esencialmente libre para pensar, reflexionar e interpretar la realidad, incluyendo en ésta las obras de arte, según su particular sensibilidad, sus conocimientos y biografía personal. El escritor, el poeta, me decía y me digo, no tiene derecho a condicionar o acomodar su producción a esquemas educativos. El escritor, el poeta, es ante todo un artista, no un maestro, y como tal su deber y su responsabilidad consisten en ser honesto y producir una obra genuina. Su objetivo ha de ser explorar sin concesiones la realidad humana y del mundo y revelar sus múltiples dimensiones.

El rigor, la exactitud, la síntesis en la narración que defendía don Carlos como uno de los requisitos imprescindibles del cuento apuntalaron en mi escritura y en mi estilo ese aspecto de la libertad, tal como aparece reflejado en una hermosa entrevista que, aunque no aparece firmada, me hizo Sara Zimerman en el diario El Pueblo1 a propósito de la publicación de El día en que el pueblo reventó de angustia2, mi primer libro de cuentos, generado en el ámbito propicio del Club de Cuentistas. También lo supo ver don Carlos en los cuentos de este libro cuando en un artículo publicado en el diario mencionado y en La Voz del Interior dice: Tello oscila [...] entre dos riesgos, entre dos intuiciones: la propia y la eventual del que la lee3.

El libro, publicado en 1973 gracias al aporte colectivo de un grupo de amigos, respondía a una actitud literaria que chocaba con la ortodoxia realista y costumbrista en la que coincidían tanto los posicionamientos ideológicos de la derecha como los de la izquierda «revolucionaria» y cuya paradigmática materialización tuvo lugar cuando Peñaloza de Couzo, entonces ministra de Cultura de la provincia, prohibió la presentación de El día en que el pueblo reventó de angustia en Córdoba, porque «ni el autor ni la obra responden a la doctrina justicialista».

A pesar de estas circunstancias, el Club de Cuentistas fue un oasis de tolerancia en el que hallé cobijo y respeto. Don Carlos con el artículo mencionado, Juan Floriani en la presentación del libro en Río Cuarto y la encendida defensa que hicieron de mí don Juan Filloy y Osvaldo Guevara en el seno de la SADE sin duda contribuyeron a consolidarme en mi orientación estética en plena etapa formativa y en muy difíciles momentos históricos. En este contexto, don Carlos, quien junto a Raúl Castagnino fue uno de los primeros en Argentina en teorizar sobre el cuento, se mostró como un estudioso honesto incapaz de adoptar nunca posiciones excluyentes, aunque sus gustos personales siguiesen otras sendas, según constata su propia producción cuentística.

Sin embargo, hay situaciones históricas que condicionan profundamente la conducta de los individuos y de la sociedad. Por aquellos días el influjo de la hegemonía política y cultural de la metrópolis porteña estaba tan naturalizada que casi nada se hacía sin mirar en el espejo de Buenos Aires. Hasta los locutores de radio aprendían a impostar la voz para ajustarse a la prosodia de la capital. El Primer Concurso Nacional de Cuentos organizado por el Club de Cuentistas-Taller de Narradores de Río Cuarto ejemplifica a la perfección la internalización de la dependencia cultural de Buenos Aires, incluso en los mismos que denunciábamos el colonialismo estadounidense. Así fue como el Club de Cuentistas eligió un jurado local y otro porteño para que legitimase su fallo ignorando que con ello ponía en entredicho su propia independencia y soberanía intelectual. Como es de suponer, los jueces porteños –Héctor Lastra, Carlos Castagnino y Humberto Constantini- no perdieron la ocasión de poner en evidencia a «los provincianos» y de los cinco cuentos enviados sólo el que ocupaba el tercer lugar mantuvo su puesto. Fue así como La soledad de Rafael4 pasó del primero al último lugar. Entonces ni siquiera pensé en la soberbia y la falta de respeto del jurado porteño respecto al riocuartense, sino en la asombrosa disparidad de criterios. Una disparidad que, según don Carlos, el Club de Cuentistas debía aceptar porque con ello se legitimaba la honestidad de los cuentistas riocuartenses. Esta «disparidad» me enseñó que perder un premio de cuentos no debía privarme de una cena entre amigos y que quienes vivían en la cabeza de Goliat no pensaban igual que los que vivían en «la cintura cósmica del sur». También supe entonces que mi escritura de ficción no volvería a pasar ningún examen de esa naturaleza, cosa que he mantenido hasta ahora y que mantendré hasta donde me sea posible.

Poco tiempo después la represión política acentuó la desestabilización de los comportamientos sociales e institucionales. La amenaza de muerte de la que fui objeto junto a otros no tuvo ningún eco institucional. La SADE, el Sindicato de Periodistas, el Centro de Estudiantes del ex Instituto Superior de Ciencias del que había sido presidente hasta su anexión a la Universidad de Río Cuarto y el Club de Cuentistas se mantuvieron en el más absoluto silencio. El dolor que entonces sentí lo expresé en una «Carta abierta a mis amigos»5, que escribí en Buenos Aires, a punto de subir al avión que me llevaría al destierro al parecer para siempre.

Las instituciones no son entidades abstractas; son proyecciones sociales activadas por personas de cuyas conductas y decisiones depende su eficacia y credibilidad. Las personas que en aquellos días estaban al frente de las instituciones riocuartenses mencionadas fueron incapaces de hacer oír su voz atenazadas como estaban por la violencia y la represión políticas. Si he recordado este episodio no es para enjuiciar a tales personas, sino para dar mi testimonio de los efectos devastadores del terror político sobre la población, incluidas las personas buenas y honestas como don Carlos Mastrángelo, y expresar lo mucho que debemos aportar para reconstruir nuestro cuerpo y nuestro espíritu social e individual. Presumo que esta publicación dedicada a autores de Río Cuarto y a su obra para que la ciudad se reconozca en ellos está orientada en ese sentido y es así como considero valiosa su iniciativa. Recordar tiene sus riesgos. La memoria es esa borra de luz que dejan los días, como digo en un poema de Sílabas de arena6, que a veces removemos para fijar algunos instantes que fuimos, con la esperanza de reconocernos en ese hoy que se nos escurre inexorablemente.



1 «Aflora la personalidad de Antonio Tello en su primer libro». El Pueblo,  3 de octubre de 1973. http://sololiteratura.com/telloulaflora.htm

2 El día en que el pueblo reventó de angustia,  Imprenta Macció Hnos., Río Cuarto, 1973.

3 Carlos Mastrángelo, «Antonio Tello: cuentista de vanguardia»,  El Pueblo, 30 de septiembre de 1973 (La Voz del Interior). http://sololiteratura.com/telloulcuentista.htm

4 La soledad de Rafael está incluido en el libro El interior de la noche, Editorial Tusquets, Barcelona, 1989.

5 «Carta abierta a mis amigos»,  http://www.eldigoras.com/eda/t01/otr01cartaabierta.htm

6 Sílabas de arena, Editorial Candaya, Barcelona, 2004.