CUADRIVIO NARRATIVO1
(Cuatro cuentos en uno)

                                               A mi sobrino el Coco
                                               (Dr. Eduardo J. M. Isla).

Si algún mérito o novedad contiene este cuadrivio o cuaterno narrativo, ellos consisten en que se trata de cuatro obras independientes que pueden leerse por separado y sin ningún orden entre sí pero que a la vez conforman una unidad.

 

0.25

- Acá, en el Chaco, hablando de animales venenosos, alimañas de toda índole y mosquitos, hay para elegir. Y para espeluznarse también. Por más que ustedes digan que en la Argentina ya nadie es capaz de espeluznarse. Pero las víboras mortales, las arañas monstruosas y los sapos mitológicamente gigantescos, han pasado hoy a un segundo plano- dijo el Dr. Suplicio Verteita.


Hubo un charquito de silencio, posterior al matorral de comentarios multicolores que por un momento pareció una bandada de mosquitos y que los llevó a hablar precisamente de ellos. Cosa rara, dijo otro de los presentes, esta noche no han aparecido.

- Hay mosquitos peores, y están hoy en un plano urgentemente prioritario –reflexionó Suplicio al término de una pausa-: los contrabandistas, los drogadictos y los ladrones; la subversión, y muchos otros tipos de delincuencia. Porque no se trata ahora únicamente de la Capital Federal, Córdoba y Tucumán. A nosotros nos preocupa un paciente con lepra, con la picadura de una araña, con un cáncer, o esas criaturas que mueren deshidratadas. Pero este otro cáncer, con tantos síntomas diferentes, está invadiendo también todo el resto del país. Y todos nosotros los argentinos vemos que está llegando a pequeñas ciudades y pueblos donde hasta ayer mismo reinaba una tranquilidad realmente provinciana.

Calló el médico, encendiendo un cigarrillo, y de la risa, el horror y la repulsión pasaron al inmóvil silencio, al juicio prudente y aislado.
Elsa, jovencita y casada hacía poco, era porteña, nueva en el pueblito y creía la mitad de las cosas que, entre risueña y aterrada, entre mate va, ¿lo prefiere dulce o más bien amargo?, y mate viene, se contaron en la larga tertulia de la casa del Dr. Verteita.
Venían caminando ella y Daniel, su esposo, por la calle de tierra. Elsa con el cáncer, la lepra, las arañas monstruosas y los niños deshidratados en la mente, así como con algunas cositas risibles del Chaco, por ejemplo el nombre Suplicio del amigo de Daniel. Éste, no tan nuevo en la región, en mangas de camisa y ensimismado, preguntándose: ¿Cómo terminará el caótico año 1975 argentino? ¿Y quién me habrá mandado a mí a meterme en política?
Automarginado ahora, en esta aldea, de todo su anterior quehacer partidario y legislativo, llenaba el vacío dejado por su colega Suplicio, quien viajaba todos los días a Resistencia a ocupar su puesto en el hospital.
Marchaban lentamente, habían pasado el umbral de la medianoche, y si bien no se presentía ningún cambio atmosférico, los bichos anunciaban lo contrario, según la observación de Yiyi, la mujer de Suplicio, y nadie supo por qué.
Un largo hueco de silencio unía y desunía a la joven pareja. Ella, como protegiéndose (¿o protegiéndolo a él?), le tomaba la mano sintiéndolo cerca y lejos al mismo tiempo, perdidos los dos en las entrañas de esa noche calurosa y expectante, guiados por la costumbre y el instinto más que por el frío y lejano reflejo de la luz de mercurio de la cercana carretera. La modesta vivienda –algo mejor que la mayoría de los ranchos chaqueños- los esperaba, no lejos de la del colega y amigo de Daniel; y no tardaron en llegar.
Juntos pasaron por la puertita abierta del viejo cerco de pintorescos “crotos”. Él se adelantó, introdujo la llave en la cerradura de la puerta principal, y, abriéndola, dejó que entrara primero su compañera. Fue entonces cuando dio dos pasos, detrás de la muchacha y se detuvo. Fue segundos después cuando se aproximó, muy cuidadosamente, a la pared alargando el brazo hacia Elsa en un vago ademán de advertencia y de duda. Desgarrando ese silencio espeso y sin límites, semejante a la oscuridad que los rodeaba:

- ¿Qué pasa? –susurró ella. Y a través de su mano, nuevamente unimismada con la de él, le trasmitió al muchacho su eléctrico estremecimiento.
- Nada. Pero no te asustés –tardó en contestar.
           

La respuesta le pareció a ella contradictoria. Ése “pero” fue un interrogante que se agrandó fantásticamente en esa asfixiante negrura, de pronto viva, latente y saturada de animales en acecho y de habitantes de otros planetas aguardando el instante oportuno para arrojarse sobre ellos o tenderles una celada. Le molestaba e inquietaba la habitual pachorra de Daniel. “¿Qué hacés que no encendés la luz?”. Lo dijo con un no disimulado tono de impaciencia y de miedo, las palabras saliendo apenas por entre sus apretados dientes. Es lo que voy a hacer, pensó más que dijo el médico. Luego de intentarlo, también pensó más que dijo que a esa hora cortaban a veces la corriente y algo más que ella no entendió.


- Quedáte aquí, no te movás –murmuró, desprendiendo su mano de la de Elsa, avanzando poco menos que sin mover los pies y esforzándose en localizar los muebles del comedor con sus sensibilizados dedos.
- ¿Y la linterna? –ahora fue más suave ella; y más temerosa y dulce.

La linterna estaba en el auto, y éste en la parte trasera de la casa, en la que también se podía entrar por una desvencijada puerta que posiblemente dejó sin candado. No habría sabido explicar después si algo de esto lo dijo o lo pensó él o lo dijo ella o los dos a la vez, porque en esos instantes recordó que el candelero con la vela estaba en el dormitorio y que cuando entro en una pieza o en una casa siento si hay en ella una presencia extraña. Una o dos veces se lo había dicho a su esposa, que en esta precisa circunstancia lo estaba recordando. Pero a la inversa de Daniel, ella nunca había tomado eso en serio. Y ahora vivía tan intensa y ruidosamente sus pensamientos y sensaciones que éstos gritaban en medio de las tinieblas al rapidísimo compás de los latidos de su sangre. Hasta llegó a asustarse de ellos como si fuesen espías o delatores en el inminente peligro, y a sentir que un día no lojano podrían visualizarse los más secretos sentimientos y las más ocultas ideas. Dejáte de bromas y buscá los fósforos, le habría dicho en otra ocasión. Pero esta extraña noche –tan curiosamente calma como las que preceden a los hechos insólitos- todo era distinto. Tanto, que llegó a taparse inconscientemente la boca con la mano, lo mismo que si temiese que por ella salieran sus temores y denunciaran la presencia de ella y de Daniel a algún extraño, a algún superhombre o casi hombre caído de un aparato extraterrestre, o a una bomba con cerebro electrónico pronta a estallar.
Delante, él seguía avanzando. Moviéndose apenas –una silla, una mesa, éste es el combinado- sin hacer el menor ruido, atento a su controlada respiración. “Dejaste la ventana abierta”, dijo o preguntó en un murmullo, entrando al dormitorio. Entornada, recordó más que dijo ella, o quizá lo expresó veladamente casi sin pensarlo, temiendo quedarse atrás o perderlo en ese negro pozo sin límites que no era más que una sofocante urdimbre de riesgos que anoche mismo le habrían parecido ridículos y mucho más ridícula la actitud de Daniel con su manía de la sensación de una presencia extraña.
Las manos del joven médico se contactaron al fin con el candelero, sobre la mesita de luz (donde también tocó el frasco con la crema contra los mosquitos), cerca de una de las camas gemelas. Parece que ni ladrones ni guerrilleros, murmuró como hablando consigo mismo, luego de encender la vela. Con todo no se atrevió a completar: ni víboras ni bombas ni… y siguió buscando.
Cuando la sucia luz abrió una brecha amarillenta en la acechante oscuridad, sentándose en una de las dos camas ella pareció flaquear y fortalecerse en un suspiro. Y mientras Daniel –no tan tranquilo ni tan seguro- salió al patio después de una inspección del baño y fue al viejo galpón donde guardaba el coche, Elsa volvió la cabeza hacia el borrado camino ya recorrido. Estuvo así y de pronto esa rara tentación de explotar en una vidriosa y estridente carcajada. Él quería luchar contra ladrones y guerrilleros, dragones de mitología y película, serpientes enroscadas en los muebles, con una vela en una mano y un revólver en la otra, porque seguramente tenía en la mano el revólver que guardaba en la mesa de luz.
Sin haber encontrado la linterna en el auto (seguro que Suplicio no se la había devuelto) regresaba ya, tardando mucho más de lo que ella hubiera deseado, con el candelero en una mano y el arma en la otra. Nada anormal tampoco en la cocina ni en el consultorio, no obstante su olvido de cerrar con el candado la parte trasera.

Pero Elsa sintió que demoraba demasiado en llegar. Y, de haber luz, hubiera descubierto que la flema de Daniel era excesiva. Su lentitud en acercársele no se justificaba. Y venía tan tieso que más que aproximarse él pareciera que era el piso el que se alejaba, aunque tan pausadamente, que si un escalofrío no le hubiera recorrido el espinazo le habría gritado qué hacés que no te apurás pedazo de estúpido.

-No te asustés. Pero mirame en la espalda –dijo él, alcanzándole el candelero casi sin moverse.
Temblando, primero creyó ver ella la sombra –que abarcaba casi toda la espalda- de la araña de luz o de algún mueble. Luego notó que no era una sombra, sino otra cosa: más bien una fantástica, monstruosa hoja de higuera. Pero no tardó en advertir que tampoco era eso. Y fue cuando abrió la boca para largar un horrendo grito. Las mandíbulas le obedecieron; no así su voz. Boqueó infructuosamente dos o tres veces en un instante, sin poder decir la palabra. Y cayéndosele la mezquina luz y quedando los dos aprisionados en la oscuridad, pudo murmurar apenas, con la garganta estrangulada, que era espantosamente grande y le cubría toda la espalda.

 

1.15
Al caer el candelero de las manos de Elsa, los dos fueron tragados por un pozo de oscuridad. A pesar de sus horrorizadas palabras, Elsa no pudo decir lo que realmente había visto sobre la espalda de Daniel. En su torbellino de nervios tampoco le fue posible decidirse entre ayudarlo o huir de allí. Ella no lo había mencionado, pero el joven médico (quien al entrar en la casa sintió una presencia extraña en ella) sospechó qué era lo que tenía en las espaldas, pero no si era precisamente ésa la sentida presencia extraña, experimentada más de una vez en su vida y que no sabría explicar. Y si bien jamás se apuraba, no tardó en intentar defenderse. Agachando la cabeza pegó un salto hacia atrás, acercándose a la pared, y golpeó fuertemente sus hombros contra ella. Una, dos, tres veces. Y esperó. Esperó uno o dos minutos que lo cubrieron de sudor.
No entendió las palabras de Elsa cuando ésta salió a la calle ni advirtió lo que le dijo él, si es que le dijo algo. Luego pensó que aunque su operación de golpearse contra la pared había quizá fracasado, el riesgo no era ahora tan inminente pero con toda seguridad la lucha recién comenzaba.
Encender un fósforo. Buscar la palmatoria. Mirar, tantear. Cerciorarse de si hay ahora corriente eléctrica. O tal vez es el foco o la instalación de este “rancho” de porquería donde todo está viejo y podrido. Acaso será mejor salir corriendo detrás de Elsa que seguramente se quedará en la calle, libre de todo peligro, o se fue a la casa del amigo Suplicio.
Frotó su espalda contra la pared sin notar nada anormal. Dejó el revólver en el suelo. Encendió un fósforo. Alumbró la pared a la altura de sus hombros sintiendo un escalofrío y, con menos temor pero con más desconfianza, alzó el candelero y el revólver. La puerta semiabierta que daba a la calle: pudo haber huido por allí, como su esposa.
Con la vela encendida se preguntó si Elsa habría visto bien, si la habría atacado a ella, cobarde no puede decir que fue, ¿qué hubiera hecho yo en las mismas circunstancias?, pero en la pared no hay nada, en la camisa parece que tampoco.
Aproximándose a la puerta llamó a Elsa. El silencio, un pedazo de impávido cielo de tinta china espejeante de estrellas, la ausencia de ella, su desoladora no contestación, que rebasaba el universo, lo irritaron e inquietaron, como lo irritaron e inquietaron el primer paciente leproso de su vida que viera en este pueblito del Chaco a aquel alto dirigente partidario que lo reprobó por abandonar la lucha renunciando a su banca de diputado y a su militancia política. La actitud de Elsa le pareció ahora tan exagerada como irreal. Y todo porque esa noche habían visitado a su colega Suplicio Verteita. Con él, Yiyi y otros amigos hablaron de víboras venenosas, arañas horripilantes, ladrones, contrabandistas, guerrilleros y secuestradores.
Con una agria sonrisa que no llegó a dibujarse en su astringida cara, le pareció que él y Elsa, casado no hacía mucho, estaban durmiendo tranquilamente después de hacerse el amor. Y que lo que sentía en este preciso instante de la primavera de 1975 no era más que una vivencia mental, algo grotesco y ridículo y que, aunque real o posible, pudo haber sucedido o podía suceder en cualquier fragmento del pasado o del futuro, pero no exactamente en este eslabón del mecanismo del tiempo de su reloj y del de Elsa (el reloj de sus pensamientos y sensaciones además de la vista de Elsa, su vista que había descubierto algo en sus espaldas, quizá eso que había presentido él en el ambiente al dar los dos primeros pasos esa noche en la casa).
Pero el candelero torcido y la vela derritiéndose en quemantes y duras lágrimas sobre su mano le atestiguaban la total realidad, tanto física como mental, de lo que estaba ocurriendo en este instante de la una y pico de la madrugada.
Salió a la calle llamando de nuevo a Elsa y pensando simultáneamente que no era hora de andar a los gritos. Los vecinos duermen. En estos pueblitos un médico debe cuidar su imagen (según Suplicio) mucho más que en las ciudades; tanto como llevárselas bien con el curandero.
En mangas de camisa, con la palmatoria en una mano y el arma, casi olvidada, en la otra, se alejaba de la casa en busca de su compañera. Elsa y la vela. Esa vela temblando agonizante pese a que la noche era tan serena que ni siquiera respiraba. La vela y Elsa. Elsa, la vela y el revólver. Lo pensaba y no lo pensaba a la vez. La mismo que si el instinto o los sentimientos dijeran una cosa, y el cerebro o la conciencia se avergonzasen o no quisieran aceptarlo. La vela, Elsa, el revólver. La agónica lucecita de la vela era Elsa; su apoyo o refugio en su vida actual, en la que sólo buscaba paz y seguridad en este lejano pueblito chaqueño; y el revólver el único instrumento con que podía defenderse. Pero el enemigo era acaso completamente imprevisible en un escenario desconocido para él, y quizá no tuviera ninguna relación con su pasado político ni con su actividad profesional.
Sin sentir sus pies ni sus piernas, se desplazaba de pronto por el harinoso suelo-cielo de otro planeta, increíblemente negro, con la calles enceguecedoramente y jamás soñado. Porque era del todo inverosímil que él, médico, joven, más bien menudo y ex legislador parlamentario, anduviese en este momento por el medio de la calle como si acabase de descender a la Luna o a Marte mediante la infinita bondad y el infinito poder de Dios con una candela agonizante en una mano y un revólver en la otra alejándose de su humilde vivienda de la que había sido desalojado por un enemigo temible (al menos para Elsa, cuyo terror o alterado psiquismo no le permitió articular el nombre de ese enemigo obligándola a que abandonara la casa y a su propio marido).
Antes que tuviera cabal conciencia de su actitud y de lo grotesco que se hubiese visto frente a un espejo o a los ojos de un vecino, comprobó que Elsa no lo había abandonado; pero la vela acababa de apagarse.
No se preguntó por qué supo que era ella quien venía en el gran halo de algo que después comprobó era un sol de noche, sostenido seguramente por suplicio (de lo que sin embargo estaba menos convencido), a cuyo lado venía una tercera persona. Esta última podía ser Yiyi a pesar que en el pueblo vivía la suficiente cantidad de gentes como para que pudieran no ser los que él imaginaba y que salir a la calle con un farol a la una y pico de la madrugada no era cosa del otro mundo.
Y así fue. Eran Elsa, su gran amigo Verteita –con el farol en la mano- y Yiyi, la esposa de Verteita. Entre ellos el sol de noche alumbraba más que un sol de mediodía. Y tras el alivio, seguido de pronto por la tranquilidad, se sintió casi dichoso al verse y sentirse en la Tierra, cerca de Elsa y de sus amigos.
- No sabemos contra quién, pero lo venceremos –dijo Suplicio, siempre ocurrente, señalando su farol y la escoba que traía Yiyi.
Estaban en medio de la calle, entre las casas de ambos médicos, no lejos una de la otra.

- ¿Venceremos a quién? –quiso saber Daniel.
- Al enemigo –aclaró Suplicio.
- ¿Cuál es y dónde está? –inquirió nuevamente Daniel, atribuyendo sin darse cuenta un vago doble sentido a lo dicho por su colega. Éste creyó captar, mientras caminaban, el sesgo de las palabras de Daniel.
- Si no lo sabés vos, que hasta ayer mismo estabas en la “pomada”…

Una formidable explosión cortó la frase de Suplicio, estremeciendo el suelo y todas las viviendas del lugar. La escoba cayó de la mano de Yiyi, y llegaron hasta ellos algunos pedazos de mampostería y trozos de madera.

 

9
Eran las nueve de la mañana de noviembre de 1975. Dos hombres jóvenes y de buena presencia bajaron de un automóvil, llamaron a la ancha puerta de la casa del Dr. Suplicio Verteita y, sin más, entraron el ella.
Todo fue tan rápido, perfecto e insólito que nada pareció real. Por primera vez en la extensa y dormida historia de ese pueblito chaqueño, una bomba había destruido, hacía exactamente treinta y uno horas y cuarenta y cinco minutos, una vivienda a dos cuadras de allí; y por primera vez dos desconocidos se permitían entrar, en pleno día, a una de las mejores casa del pueblo casi como si fuese la propia.
El Dr. Verteita había partido media hora antes hacia la ciudad de Resistencia para iniciar su cotidiana tarea en el hospital. Yiyi, su mujer, acababa de salir con su bolso a cumplir las compras diarias. Y en la casa –donde vivían provisoriamente después del atentado- solamente se hallaban el ex diputado nacional Dr. Daniel Aguerres y Elsa, su esposa.
Los dos extraños parecían enterados de todo. Y sus modales, si bien excesivamente rápidos y enérgicos (o quizá nerviosos), no eran ni amistosos ni agresivos. “El que más hablaba y se movía, de oscura camisa sport, era petizo y moreno; y el otro, que en ningún momento apartó su mano derecha de la cintura, corpulento y de campera desprendida, hacía de guardaespalda”, dijo después Elsa al hombre que la atendió en la comisaría.
Tan joven como ellos y con el mate en la mano, Daniel los dejaba hablar y accionar, sin apurarse en obedecer lo que aún no sabía si eran órdenes, sugerencias o consejos. Estaban ahora en la cocina y se sentó, sin ocurrírsele invitarlos a que también lo hicieran. Fue ahí cuando por indecisión o imprevisión de los intrusos o por cálculo del médico se produjo un punto muerto y las cosas perdieron por un instante su matemático e irreal ritmo cinematográfico.

- ¿Pero qué es lo que quieren ustedes? –se impacientó Elsa, entre alarmada y enfurecida, olvidando que lo que esgrimía en su diestra era un afilado cuchillo de punta, con el que estaba rebanando pan para tostarlo.
- Lo necesitamos urgentemente –dijo el de camisa sport.
- Está bien, pero… -y Daniel calló, controlando su mente y su progresiva presión interna mientras apartaba a su mujer, sin mirarla, con la mano. Luego, cambiando de tono: - ¿De dónde vienen ustedes?
- Vea, doctor: no hagamos teatro ni discutamos – se acercó el más corpulento.
- Tampoco a usted le conviene que perdamos tiempo. Acompáñenos.

En ese punto Elsa pareció darse cuenta exactamente de la situación, y del filoso cuchillo que tenía en la mano. Desde la monstruosa araña que viera en la espalda de su marido, y desde la explosión que media hora después sacudió a todo el pueblo, estaba con sus nervios deshechos. En la treinta y una horas que siguieron no había dormido casi nada pese a los comprimidos del doctor Verteita y a la circunstancial psicoterapia de Daniel.

- ¿Se puede saber, francamente, a qué han venido, ustedes, aquí? –gritó, recalcando cada una de sus palabras y moviendo su mano armada como tajeándolas con los fúlgidos y siniestros relámpagos del cuchillo.
- ¿Es un enfermo? ¿Necesito llevar instrumentos? –parecía querer ganar tiempo el médico, que de nuevo apartó a su mujer, despaciosamente, sin mirarla.

Los dos desconocidos se miraron. No perdamos tiempo, se dijeron sin palabras.

- ¿Ni siquiera me dejan poner el saco? – dijo Daniel, dejando el mate sobre la mesa y pensando en el revólver.

Mientras se ponía el saco sin tiempo para encontrar el arma, otra vez las cosas empezaron a sucederse, rítmica y rápidamente, con precisión e irrealidad cinematográficas.

- ¡Pero éste es mi coche! –exclamó al salir entre los dos hombres. Mas calló al ver en el asiento de su Falcon borravino, cubierto de polvo, a otro hombre con una metralleta. Calló al recordar que ni un beso de despedida le había dado a Elsa y que, como le dijera Suplicio, él tenía “más pasta de poeta y de psicólogo que de político” y que “tal vez tus denuncias en la cámara te costarán caro”.

- En su auto viajaremos más seguros –opinó el petizo de camisa sport-. Manéjelo usted.

Después de la explosión, Daniel había retirado algunos muebles intactos, y otros que habían quedado más o menos destartalados. En cuanto a su Falcon –no muy cerca del espantoso estallido- no lo había movido de su lugar. Y atendía a sus enfermos en la casa del amigo Verteita.
Abrir la puerta del coche (las treinta últimas horas vividas se repetían aglomerándose en él) echar una mirada a la calle soleada y desierta, al perro rascándose furiosamente tirado frente al rancho (la araña o escorpión o vaya a saber qué bicho monstruoso y que sólo Elsa había visto o creído ver) el guardaespalda esperando que subiera primero él (Elsa huyendo horrorizada de la casa, que había quedado a oscuras) sentarse tras el volante (él saliendo de la casa sin tampoco haber encontrado lo que Elsa no pudo nombrar por su ataque de nervios) cerciorarse de si la palanca esta en punto muerto y la llave puesta (el revólver, la vela queriéndose apagar y él caminando como un demente por el medio de la calle de un planeta blanco y negro). Todo lo hizo igual que un robot: él era él y no lo era al mismo tiempo.
Pero en lo que más tardó –y más deliberadamente- fue en colocarse el cinturón de seguridad (que casi nunca usaba) intentando desentrañar la situación y buscando mentalmente su más rápida salida. (La metralleta). Su humilde, casi ascético cuartito de estudiante pobre y de médico recién recibido. Antonio Machado, Rilke, Kafka y La imitación de Cristo (¿era o no era de Kempis?) tuteándose con los libros de medicina. 1969, 1970. (La metralleta). Elsa y el diploma: dos peldaños que parecían uno solo. Esperanzas, besos, música, folklore, proyectos. El vértigo de los años posteriores. Su contacto con algunos colegas. 1973: diputado nacional. 1974, 1975… el Casamiento, la renuncia a la política. La vida en esa aldea del Chaco: ¿sería una isla de paz? (La metralleta). Me necesitan urgentemente: ¿sin un instrumento? ¿sin un termómetro? ¿sin un calmante? El enemigo, había dicho Suplicio. ¿Qué enemigo y dónde estaba? (La metralleta). El relampagueante cuchillo degollando panes, monstruosas arañas tropicales, extremistas asesinos, contrabandistas y secuestradores. (La metralleta detrás  suyo sensibilizándole la espalda, allí donde –según Elsa- había estado el innominado animal). Elsa embarazada: ¿qué le esperaba al futuro hijo?
Después del embrague y del cambio en primera, apretó con fuerza el acelerador.  Tan de golpe arrancó el auto que pegó un brinco, y un cascote fue a parar lejos juntamente con una palabrota que le salió sin darse cuenta. Todo lo sucedido hasta ahora quedaba y no quedaba en un dibujo recién hecho y recién borrado de la página anterior.

- No te enojés. Después de todo, sos un tipo con suerte… -dijo a su lado el petizo de camisa sport.
El médico lo miró, sorprendido por el tuteo y olvidando que él desconocido era tan o más joven que él.
- Ojo con el volante. Y rápido. Tomá por la ruta, hacia Resistencia. No podemos perder tiempo.
- No sé si el auto está en condicione…
- Sabemos que sí, y que tenés un dios aparte. ¡Lindo regalo de bodas te hicieron! Pero salvaste el pellejo, el de tu señora y el coche.
- ¿Y todo esto? ¿Es también un retrasado regalo de bodas, incluyendo la metralleta?
- ¡Pero has sabido ser testarudo! –terció el corpulento guardaespaldas, al lado del de la metralleta, oculta ahora entre los pliegues de un piloto-. ¡No quiere entender!
- ¿Es que alguien entiende algo, hoy?
- Venimos a protegerte, y vos y tu señora nos hicieron perder un tiempo precioso –añadió el que iba al lado de Daniel.

Todavía no entraba en la ruta. El achaparrado rancherío, la casa del Dr. Verteita, el mordiente fuego de ese sol ya implacable, un perro desgarrapatándose exasperadamente, quedaron atrás.
Como presintiendo que no lo volvería a ver, Elsa corrió media cuadra detrás del auto en la tolvanera, gritando el nombre de Daniel.
Luego se arrojó, desesperada, al suelo.

 

33

I

No sabés si hace un año o un día que comenzó esta eternidad que te crucifica en la cama, entre ardientes sábanas y torturantes yesos. El cansancio y la debilidad te hunden blandamente en este intolerante horno rodeado de innumerables camas. Y esa horrorosa sed, que te empequeñece el organismo, te reduce y te deforma los huesos y desmenuza los objetos convirtiéndolos en polvo de frío vidrio y las baldosas del piso en transparentes cubos de hielo que refrescaba tu ardida frente en la bolsa de hielo de tu infancia a los siete años y cuarenta y dos grados de tifoidea: no quiere ver a nadie, sólo a vos, mamá, cerrá la ventana o apagá la luz, quedáte a mi lado y dejáme dormir.

II

- ¿Qué tal el paciente de la cama doce?
- …Esa misteriosa fiebre, Dr. Lo raro es que a veces su lucidez es tan grande… parece adivinar o adelantarse a los hechos.
- No me explico esa fiebre porque no hay infección y las heridas van cicatrizando. Fue en los momentos de lucidez cuando logró contarnos lo que ocurrió. Tampoco me explico el sentido de algunas ideas que parecen una obsesión.
- ¿Él sabe que los otros tres murieron, Dr?
- Tal vez no convenga, por ahora, que lo sepa, ni cómo quedó el auto. Contrólele la fiebre, pero trate de no molestarlo. Cree que no se limpia la sala porque a la hora de la limpieza hay mucha luz, la luz lo mortifica y se cubre la cara con la sábana.
- A la otra enfermera le pidió que le vendara los ojos.
- Quizás tengamos que pedir la colaboración de una psiquiatra.
- Antes que se vaya, Dr.: ¿Usted cree en esa fantástica araña?.
- Acá en el Chaco he visto arañas monstruosas, y no sé como hubiera obrado yo, o cualquier otro, en el mismo caso, con tres desconocidos armados y sin saber a dónde me llevan. ¿Fue la araña, fueron los secuestradores, o las dos cosas a la vez lo que motivó el hecho?

 

III

Debe estar muy sucio debajo de las camas: allí nunca vez estropajear, nunca llega la maldita luz y nadie ve nada en esa vieja y húmeda borra algodonosa siempre quieta como ocultando a un pelusiento y baboso animal herido y en paciente entre el polvo, la basura, el rancio hálito del cuerpo y el alma de los enfermos y el aire nunca allí renovado con esos ojos invisibles sin cabeza, allá abajo, frente a vos.
           
IV

 

- Dr.: vemos que el proceso orgánico mejora. Sin embargo…
- Sí, ya me lo dijo el Dr. Verteita, que acaba de examinarlo.
- Por ese queremos su colaboración, como psiquiatra. En esta ficha tenemos algunos datos que creemos importantes, suministrados por el propio Dr. Aguerres en sus momentos digamos normales. Todo transcurrió en treinta y tres horas.
- ¿Qué significa ese todo?
- Antes de iniciarse ese lapso de treinta y tres horas la vida del Dr. Aguerres se desenvolvió habitualmente. Y a partir del comienzo de esas treinta y tres horas principió lo que podría decirse el proceso irregular de su vida. Según esta ficha, el lunes de la semana pasada, minutos después de medianoche, es decir, apenas finalizado el domingo, el Dr. Daniel Aguerres, de 28 años, casado hace cuatro meses, ex legislador nacional que a mediados del corriente año renunció a su banca de diputado y a su militancia política…
- ¿Militancia política?
- Todos estos datos parecerán excesivos e inútiles…
- Al contrario. Pienso que en medicina (máxime en un caso como éste) nunca están de más aun aquellos detalles aparentemente insignificantes.
- Conforme a las anotaciones del Dr. Verteita, el domingo por la noche el paciente estuvo con su esposa de visita en la casa del Dr. Verteita y, pasada la medianoche, regresaron a la suya. La tertulia había sido larga, entretenida y heterogénea por los temas y por los diversos participantes. Desde serpientes y arañas mitológicas chaqueñas, hasta contrabandistas y ladrones, secuestradores y guerrilleros: allí se guisó de todo.
- ¿También el Dr. Aguerres reside en Laguna Turbia?
- Después de retirarse de la política y de casarse, el Dr. Aguerres (presumiblemente místico, idealista y muy sensible) vino a buscar “trabajo y paz” en el pueblito atendiendo a los enfermes que le dejara su amigo Suplico Verteita al hacerse cargo éste de la dirección del hospital. La noche de la tertulia él y su esposa Elsa volvieron a su vieja vivienda. Al abrir la puerta, sintió una presencia extraña en el ambiente. Parece ser un fenómeno percibido otras veces por él. Quiso encender la luz, pero no había corriente eléctrica. Prudentemente, se acercó de espaldas a la pared. Y con una vela o una linterna empezó a recorrer la casa, buscando esa presencia extraña. Luego de inspeccionarla íntegramente, con mucha cautela, volvió a donde su esposa lo esperaba. Y cuando le dijo a ella que no se asustara y le mirase la espalda entregándole el candelero (parece que no fue una linterna) comenzó Elsa a temblar toda, pegó un grito, quiso pero no pudo decir lo que había visto y tirando o cayéndosele el candelero, salió huyendo de la casa.

V
Mientras Elsa y Suplicio, desde opuestas direcciones, inútilmente tratan de acercarse hacia vos desde hace días o meses para darte una cucharadita de agua fresca o sacarte de este ardiente infierno, algo principia a moverse allá, en las sucias y algodonosas sombras, bajo las camas fronterizas. Acostado, como estás, apenas podés ver las camas frente a vos. Pero sabés (aunque no lo veas) lo que debajo de esas camas está ocurriendo.

VI

- Sin haber encontrado nada raro en la casa, exceptuando la falta de luz eléctrica, el Dr. Aguerres salió a la calle, en busca de Elsa. Con el candelero en una mano y el revólver en la otra, se dirigió hacia la vivienda del Dr. Verteita.
- ¿No fue entonces la explosión?
- A los pocos minutos, cuando en medio de la calle se reunió con su colega, la mujer de éste y Elsa, quienes venían con un sol de noche en busca de él.
- La bomba, ¿destruyó toda la casa?
- Casi toda, Dr. Pero el auto quedó intacto y también algunos muebles.
- ¿Y la araña? ¿Y los secuestradores o protectores, Dr.?

 

VII

 

Primero semejaba una suave brisa removiendo esa borra viscosa que con las sombras del atardecer se hacía ahora más impenetrable y velluda moviéndose por sí misma y abarcando un sector más amplio se extendía hacia las otras camas estremeciéndose cada vez más cerca de vos como un hervidero de gusanos o insectos con incontables patas y ninguna cabeza empezando a abarcar la parte inferior de todas las camas fronterizas hasta llenar finalmente la sale por cuyo resbaladizo suelo en vano intentaba llegar a vos el agobiado y envejecido Suplicio cargando el peso de sus niños deshidratados y moribundos y sus aterrados y mudos leprosos y la enloquecida Elsa con el filoso cuchillo relampagueante en una mano y la vela en la otra aunque ahora estaban mucho más cerca y tal vez llegaran a tiempo para salvarte.

VIII

 

- Los tres desconocidos que a la nueve de la mañana del día siguiente lo sacaron del domicilio del Dr. Verteita y lo llevaron en el propio Falcon del Dr. Aguerres, obligando a éste que lo manejara, es otro de los puntos oscuros, como lo es también la desaparición de la gigantesca araña que había visto o creído ver Elsa. El Dr. Verteita cree que los tres desconocidos se presentaron para protegerlo. Pero, en los tiempos que vivimos, esa creencia me parece fantástica e ingenua. En cambio, creo posible que la monstruosa araña los eludió fácilmente debido a la oscuridad y que inclusive se salvó de la explosión, como se salvó el auto.
- ¿Y qué dice la ficha sobre todo esto?
- Ya lo sabrá, doctor.
- De modo que usted, colega, cree en alguno de los puntos de lo declarado por el paciente, y en otros no.
- No tengo por qué dudar del Dr. Verteita, y admito que mi posición es contradictoria, como aparentemente suele serlo la vida misma y también algunas enfermedades. ¿Pero no cree usted que dada la compleja personalidad y el estado del enfermo, puede haber contradicciones en su relato?
- Creo, simplemente, que hay que aceptar o rechazar todas sus declaraciones. ¿Qué dijo el Dr. Aguerres?
- Que quien parecía ser el jefe del grupo le entregó o le mencionó en el auto un sobre o portafolio negro de plástico con documentación, dinero, direcciones y no sé qué más. Que tomara el avión de Resistencia a Buenos Aires. Que, si se iba al extranjero, mucho mejor. Que la misión de ellos terminaba en Resistencia, que el Falcon sería devuelto a su esposa y que tratara después de juntarse con ella: esto ya nos les incumbía. Que convenía que los medios masivos de información creyeran que se trataba de un secuestro. Y que acaso lo ideal hubiera sido que se pensara que los dos –el Dr. Aguerres y su esposa- habían muerto en el atentado. Pero nadie vio, según informes de la policía, el sobre o portafolio negro de plástico, ni su mencionado contenido.

 

IX

Cuando advertiste que cada una de la infinidad de patas era la misma o idéntica a aquella aparente remite velluda que comenzó de pronto a mostrarse sobre el parabrisas del Falcon a ciento cuarenta kilómetros por hora y que esa cosa horrible y vibrante abarcaba ya toda la sala en penumbra y que había logrado trepar algunas de sus patas temblequeantes y lentas sobre la azulina blancura de las sábanas como cuando empezó a aparecer inesperadamente en el parabrisas cubriéndolo luego casi por entero fue cuando olvidaste que te habías colocado el cinturón de seguridad para ganas tiempo en ti reflexiva y preocupada lentitud provocada por los tres desconocidos armados y creyendo que el espeluznante repulsivo animal se desplazaba por el lado interior del parabrisas soltaste el volante abriste la puerta quisiste saltar afuera y cubriéndote de sudor y faltándote el aire no sabías si Elsa y Suplicio legarían a tiempo y el auto se estrelló contra el camión mientras Suplicio y Elsa quizá pudieran salvarte de este oscuro horror que ya tenías encima y cuyas incontables patas (firmes y temblantes a la vez como de gelatina o de goma) avanzaban pausadamente semejando húmedas, cascarudas, viscosas ramas retorcidas de un misterioso árbol milenario.


Notas

1 21 862. Cuentos para releer y polemizar, Plus Ultra, Buenos Aires, 1978.