No estoy seguro de que los homenajes póstumos tengan algún valor para el homenajeado. Incluso cuando a quien se homenajea, como en este caso, sea un escritor local, y uno de los más importantes del medio.
Quisiera hacer de este homenaje -que se da en un contexto de una magnitud tal como esta Segunda Edición de la Feria del Libro- un momento propicio para insistir en los valores literarios de Juan Floriani, quisiera aprovechar este encuentro para reconocerlos públicamente como lo que son: hallazgos artísticos, logros de una imaginación, alcances de la entrega, la paciencia y el compromiso con la escritura. Por otro lado, su trayectoria (el repaso de la misma, la revisión de su decurso y el registro de sus momentos más relevantes) puede sernos útil para que intentemos una reflexión acerca de la situación actual de nuestros escritores, respecto de la que Juan Floriani constituye tanto un ejemplo como una excepción.
Un mes atrás, con el objeto de preparar una clase de literatura argentina contemporánea, releí Sexo y traición en Roberto Arlt, el texto que Oscar Masotta escribió a mediados de años ‘60. Se trata, probablemente, del ensayo más extraordinario que se haya escrito sobre la obra del autor de El juguete rabioso y, como tal, no sólo es una incursión única por el universo arltliano sino un clásico de nuestras letras contemporáneas.
Traigo a colación este título porque Arlt, al igual que los escritores del grupo Boedo, apostaron por una literatura centrada en los contenidos sociales de nuestra realidad. La literatura de Juan Floriani adscribe y adhiere (en términos amplios) al “espíritu” de ese proyecto estético-ideológico, para el que la ficción era un instrumento crítico y cognitivo orientado al conocimiento y a la transformación de las estructuras sociales.
Si aceptamos que Arlt era un modelo para la escritura de Floriani se hace necesario, también, establecer ciertas diferencias, entre uno y otro, que resultan cruciales. Esas diferencias, entiendo, corresponden tanto al plano de las formas artísticas como al de las implicancias ideológicas. Como explica Masotta, los personajes de Arlt están absolutamente determinados por las estructuras económicas, culturales, políticas y morales que ellos mismos aspiran a demoler. Así, cuando pretenden ejercer su libertad individual, no hacen otra cosa que reproducir las jerarquías y los mandatos del medio que rechazan, pero en el cual permanecen fatalmente insertos. Son humillados que humillan, soñadores delirantes a los que la desmesura de sus sueños terminan aplastando, existencias tortuosas que nunca pueden traspasar el cerco de sus subjetividades confinadas, delatores.
Floriani presenta en sus cuentos y en sus novelas un “mundo real”, en el que predominan la opresión, la injusticia y la miseria. Pero, como Floriani presupone la historia, imagina también el cambio, la ruptura y la transformación del orden instituido. Los mismos se consiguen a través de la lucha pero, sobre todo, mediante la solidaridad. Es junto a los otros, en vínculo con los demás, a través de la acción conjunta que las relaciones de dominio y subordinación pueden modificarse. Ésa sería, grosso modo, la ejemplaridad que se desprende de su obra. Una suerte de proclama a favor de lo solidario, de lo mancomunado.
En el “mundo Floriani” la libertad de elección es posible y, más aún necesaria, para constituirse como sujeto, para devenir un ser humano. De allí que muchas de sus historias traten sobre una toma de decisión. Enfrentados a un dilema moral, sus personajes deben elegir, tomar partido, poner en juego su responsabilidad y afrontar las consecuencias. Pocos narradores tratan a sus personajes como él trató a los suyos, como criaturas autónomas, complejas y problemáticas, necesitadas y merecedoras de una posibilidad de redención.
La narración de ese tránsito y de ese trance (trabajoso, angustiante, dilemático) es la clave de su cuentística. Hay en sus cuentos una tensión dramática que se vincula con la suerte de sus personajes y que sostiene la trama. Por eso, Juan Floriani desecha los golpes de efecto, los trucos técnicos, las vueltas de tuerca inesperadas, los finales pretendida (y pretensiosamente) sorpresivos. Conocía y dominaba con ductilidad los resortes del género, tanto en su variante clásico-moderna como en su impronta vanguardista, pero prefería la sugerencia, la elipsis tenue, el sigilo definitivo.
A esa opción por lo acotado, lo implícito, lo entredicho, le llamo “minimalismo”: dar a entender lo máximo con un mínimo de elementos expresivos, callando las aclaraciones para que el lector infiera de lo faltante (de lo que se ha omitido con deliberada premeditación) un significado posible. El “minimalismo” de Floriani, entonces, deriva en una suerte de literatura de cámara: brevedad, condensación, transparencia, unidad emotiva y exactitud lingüística.
Cierta vez alguien me comentó que Juan Floriani carecía de estilo para escribir. Si un estilo consiste en el ornamento verbal, en el empleo de un léxico elevado, de una sintaxis sinuosa y de un registro decoroso y culto, por supuesto que él carecía de ese estilo. Creo que Floriani no estaba interesado en mostrar todo cuanto él podía hacer con la escritura. No obraba como un malabarista del lenguaje, como un prestidigitador ansioso de exclamaciones superlativas, ni quería enrostrar a sus lectores erudiciones vastas o especializadas, ni tampoco esperaba que éstos lo leyeran con una enciclopedia y un diccionario al alcance de la mano. Trabajaba las frases con demora y detención, eliminando lo superfluo y redundante, prefiriendo lo ágil y lo conciso. Pueden ustedes comparar las dos versiones de “Tríptico adolescente” (la primera, que forma parte de La invasión, un libro de 1966, con la que está incluida en Un río, dos cauces, de 2001). El armazón de la historia permanece idéntico, las oraciones mantienen su puntuación y su ritmo originales; Floriani suplantó ciertas palabras por otras, adjetivos sobre todo, para dotarlas de mayor alcance connotativo.
Había, hay (más vale) un estilo ahí, que consiste en hacer que el escritor pase desapercibido para que los lectores nos sumerjamos en el transcurrir de una historia, en los dilemas de un personaje que trata de comprender su mundo íntimo y la naturaleza, social e histórica, del mundo que lo rodea, un personaje que intenta una auto-comprensión para modificar las circunstancias que le toca padecer y en cuyo contexto debe, como cualquiera de nosotros, actuar. Floriani quería –me parece- que nosotros, los lectores, al igual que sus personajes, comprometiéramos nuestra libertad y tratáramos, también, de transfigurar las condiciones existentes transmutándonos a través de la experiencia de lectura.
Admiro, siempre he admirado, de Floriani, su postura ante el hecho literario, la de no bastardear ni desmerecer a la literatura en lo que éste tiene de tal. En su obra hay textos mejores que otros, por cierto, y más de uno memorable, como el que nombré antes. Fue un escritor menor, pero no en el sentido degradante que encierra ese calificativo sino, más bien, en tanto que un autor dedicado a explorar un universo bien delimitado y, sin embargo, inagotable: el de la naturaleza humana como una condición a conquistar y a hacer valer frente a todos los obstáculos que impiden su despliegue y consumación.
Para mí ése es el legado de Floriani, está en sus textos, en los diferentes momentos e intensidades de una obra que fue construyendo, sin estruendos, a lo largo de sesenta años. El único homenaje que merece no es otro que el de que leamos sus libros, porque de ese modo, también, nos estaríamos homenajeando.
Antes de concluir quisiera agregar lo siguiente: Juan Floriani compendia, de una manera curiosamente ejemplar, la situación de nuestros escritores. Escribir literatura (ficciones, poemas, obras de teatro) hoy, aquí, en esta ciudad nuestra equivale, casi como un destino, a no ser leído. O, en el mejor de los casos, a ser leído con condescendencia. Parece que el gentilicio (riocuartense) se apoderara del sustantivo (literatura) autorizando la suavidad de juicio y la falta de exigencias. Esta actitud lectora desplaza, de antemano, a las propuestas literarias de nuestros autores a un estado de subalternidad, el que se asienta en el prejuicio de que la literatura, la de verdad, la hacen otros, y que la misma, necesaria, fatalmente viene de otra parte. Es la que se comenta en la revista Ñ, la que figura en la lista de los títulos más vendidos, la que obtiene premios onerosos, la que promocionan campañas publicitarias sonoras y coloridas, la que se exhibe con plenitud en las vidrieras de las librerías.
Sin embargo, esta indiferencia del público lector hacia las escrituras de los autores del medio se justifica por factores extra-literarios, de índole financiera, propagandística, educativa y cultural. Mucho peor que la misma es la actitud de indolencia, de permisión por parte de los propios autores con respecto a su tarea, al porqué se escribe, al para qué, a la dimensión artística y al alcance socio-político que encierran esas preguntas, cuestiones que todo aquel (y toda aquella) que se llama a sí mismo escritor/a y acepta que se le designe con ese nombre no debe esquivar, porque las mismas comprenden un fondo y una vibración ética insoslayables. Quiero decir que las condiciones materiales que dificultan la publicación y la circulación de los libros de autores locales (ciertas y poderosamente hostiles) no deberían operar como excusas para justificar la pereza, la falta de rigor, el amateurismo crónico y la figuración social a la hora de sentarse a escribir.
La obra de Juan Floriani constituye una muestra de que, a pesar de las limitaciones y los impedimentos estructurales, se puede construir una obra consistente y rica. Este homenaje, esta Feria, tendrían que permitirnos cavilar sobre la situación real de nuestra literatura y obligarnos a imaginar alternativas, no salidas de emergencia sino proyectos sostenibles en el tiempo, tal como él lo proponía en sus textos: comprometiendo nuestra libertad, asumiendo a pleno nuestras circunstancias, propulsando lazos colectivos, haciendo de lo imaginario un instrumento de cambio y mejora común.