LA OTRA ENTRADA


Por Marcelo Lillo1

Alguien había dicho que en esa zona había una entrada peligrosa. Él no recordaba con exactitud a quién había escuchado afirmar tal opinión: tal vez a un anciano, tal vez a un borracho. Tampoco recordaba cuándo la había oído, pero sospechaba que provenía de las borrosas épocas de su infancia.
Hasta llegar al lugar esa mañana radiante de sol y de inmensidad, el recuerdo había permanecido dormido en su memoria. Había recorrido varios kilómetros ese día, como todos los sábados cuando el clima y el ánimo se lo permitían. Había salido temprano, a pesar de los insistentes reclamos de su mujer para que se quedara a ayudarla con las tareas domésticas en vez de perder el tiempo paseando en bicicleta. Él aducía que no le venía mal un poco de ejercicio luego de una larga semana de oficina, cuidándose de no revelar que lo que en verdad amaba, eran esas íntimas evasiones entre caminos a la deriva, esas pequeñas aventuras que la vida pone en oferta para compradores de pocos recursos.

Ellas le habían permitido conocer todos los rincones de la ciudad: callejones que hasta los taxistas más inveterados ignoraban, casas perdidas en los confines urbanos, árboles que se agachaban hacia la soledad de los campos, barrios habitados sólo por viejos y perros, plazas con juegos de oxidado abandono, los corazones de madera en los bancos del parque que encerraban nombres más perdurables que quienes los ostentaban, burdeles derruidos con prostitutas de tristes llamados, cada una de las codiciables viviendas que rodeaban al lago.

Conocía todos los rincones, excepto ése. Al llegar allí, sintió una gran curiosidad. ¿Cuál era la entrada de la que había oído hablar?

Se detuvo al costado de la ruta, apoyó la bicicleta contra un árbol y miró alrededor. En ese límite impreciso, extranjero a la agenda mental de sus recorridos, la ruta se extendía interminablemente hasta el punto donde el campo y el cielo se tocaban. Podía ver a su izquierda las casas solitarias que dormían más allá de los arados, y a la derecha la cima de los edificios lejanos del centro de la ciudad. Pocos vehículos transitaban por la carretera, y los caranchos graznaban su hambre lejos para no estropear con sus quejidos la acendrada soledad del paisaje. Allí, sólo al viento se le permitía gemir.

Nunca sintió tanta desazón como en aquel sitio inexplorado, ni siquiera cuando se atrevió a entrar en las ruinas de la casa que daba al río, de la que los lugareños decían que había pertenecido a una bruja y en cuyo patio contaminado de malezas se erguía una alta palmera, en la cima de la cual estaba inscripta la fecha del fin del mundo.
Estaba pisando un territorio nuevo, no sólo a sus ojos sino también a su emoción. Era preciso partir, volver a su hogar, encontrar la entrada.
Tomó la bicicleta y prosiguió su viaje. La ruta desierta lo encandilaba con espejismos de agua, y a sus costados serpenteaban senderos de tierra que se adentraban en la nada.
La desazón tardó dos kilómetros en convertirse en temor. El mediodía ya había pasado, estaba lejos de su casa, su mujer estaría a punto de servir el almuerzo, y él no encontraba ninguna calle que le indicara una entrada a la ciudad.
Además, le tomaría mucho tiempo regresar por donde había venido, dada la gran distancia y el viento que ahora le jugaría en contra.
Y no había autos en la carretera, no había nadie que pudiera acercarlo algunos kilómetros. Nadie que pudiera orientarlo. Nadie, excepto un anciano que caminaba tambaleándose hacia un camino marcado por una infinita sucesión de frondosos árboles.
Se detuvo en la entrada del camino. A su lado, un cartel de pintura descascarada inclinaba una flecha en dirección a una de las principales avenidas.
Un suspiro delató su alivio. Abandonó la ruta y comenzó a pedalear a lo largo de aquella nueva senda. Los árboles se hacían más espesos a medida que avanzaba. En ciertos tramos, el sol apenas se filtraba a través de las altas hojas que ocultaban todo el espacio. Se sentía perdido; hasta los colores de la luz se le mostraban desconocidos. Pero sabía que la avenida lo salvaría al final del camino. Lo había leído en el cartel de la ruta.
Poco a poco, los árboles fueron desapareciendo. Algún ruido distante dio más fuerzas a sus piernas. La luz se hizo más clara. La avenida estaba cerca.
El asfalto bajo las ruedas aceleró sus movimientos. Miró su reloj, era la una. Llegaría un poco tarde, se ganaría un breve reproche de su mujer, y nada más.
Pero ninguna recriminación lo recibió al llegar a su casa. Sólo un reconfortante almuerzo y una sonrisa imborrable, de inusual deleite, en los labios de su esposa. Al contarle sobre su extravío, ella rió y lo abrazó.
Se duchó y se acostó. El silencio de la tarde tan serena y una dulce fatiga lo adormecieron rápidamente.
Soñó con una ciudad de rincones secretos, con una ciudad que no le pertenecía.
Mientras tanto, en la otra ciudad, una mujer extenuada de tanto esperar, guardó en el horno la comida fría, tomó el teléfono y llamó a la policía.


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