LAS FORMAS DEL REALISMO.
UNA LECTURA DE
"LOS ESPERANZADOS Y URDIMBRE"
Por José Di Marco
EL CUENTO, EL REALISMO, LA ESCRITURA
Publicada en 1956, Los esperanzados1es la primera novela de Juan Floriani. Cuatro años antes había dado a conocer Cuentos de Sangre y Aurora; y a lo largo de otros cinco volúmenes de cuentos Floriani perfeccionará su destreza como cuentista, ensayando con éxito procedimientos diversos e incursionando por temáticas y subgéneros distintos. La unilinealidad, el carácter orgánico y concluido de sus trabajos iniciales2, irá dando lugar a estructuras más abiertas y flexibles. La narración será llevada adelante por más de una voz, diferentes puntos de observación habrán de intercalarse, distintos planos temporales y espaciales expandirán el terreno, típicamente acotado del cuento, hasta volverlo una superficie indeterminada, un campo minado, apto para la exploración técnica e ideológica: la apertura de la forma se hará solidaria de una visión del mundo más ambigua, rica en significados y en posibilidades interpretativas3.
Por otra parte, el realismo de los comienzos, más simbólico que representativo4, entrará en contacto con zonas afines a lo fantástico, e incluso lo sobrenatural. Naturalmente, Satanás, de 1998, no sólo constituye una muestra de la madurez expresiva de Floriani, sino una confirmación de su fidelidad a las convenciones del cuento como código literario y una continuada adhesión del autor a ciertos preceptos que articulan su concepción de la literatura y de la vida.
Como señaló alguna vez E. Pezzoni, la literatura es “denuncia y conquista”, búsqueda y hallazgo, construcción de y por la palabra de universos alternativos5. Para Floriani, el cuento y el realismo comprenden respectivamente el formato y la postura estética propicios al despliegue de su manera de concebir y ejecutar la escritura como un instrumento heurístico destinado al entendimiento y a la indagación polémica del mundo.
No obstante, las novelas del autor alcanzan una consistencia y un valor autónomos; menos que ocasionales (o fallidas) excursiones de un cuentista consumado por el ámbito en principio más laxo de la novela, conforman vías adecuadas para que el realismo, como programa artístico y conceptual, cobre el espesor y la intensidad que el cuento, debido su rigurosa ley genérica, adelgaza o disimula6.
LA «GRAN HISTORIA»
Los esperanzados narra en pequeño una «gran historia»7, la de una huelga cuyos actores esenciales son obreros de la construcción8. Aunque los informantes de espacio y de tiempo están atenuados, las descripciones permiten ubicar los sucesos y personajes en Río Cuarto9 durante el crepúsculo del segundo gobierno peronista10. La novela revela las difíciles condiciones de vida de los operarios: desocupación, salarios bajos, escasez de vivienda, hacinamiento11, y subraya un componente esencial del peronismo: las migraciones internas que modificaron sustancialmente la composición demográfica y el diseño urbanístico de la ciudades ya que los emigrantes, venidos de vecinas localidades agrícolas, se agolpan en barrios marginales, ocupando viviendas precarias12.
Leída desde hoy la novela se presenta como un testimonio inmejorable de la militancia obrera, la solidaridad entre pares, las tareas de organización. Muchos son los obstáculos que deben enfrentar los trabajadores: el individualismo, el temor, el descreimiento, la carencia de formación doctrinaria; pero el mayor oponente deriva de la complicidad entre dirigentes gremiales y empresarios, amparados por una política de estado que premia la negociación complaciente a la vez que castiga, con persecución y encarcelamiento, las actividades opositoras. Desde su título, la novela homenajea la convicción y entrega de sus personajes, y destacando las figuras de los militantes comunistas (que son los que encabezan los reclamos) escribe una versión alternativa sobre la lucha de clases y el papel de las organizaciones obreras en la Argentina durante la hegemonía liderada por Perón.
La marcha con la que se cierra el texto, con los obreros provenientes desde los barrios periféricos copando el centro del ejido urbano bajo un cielo tormentoso y después de haber superado la represión policiaca, da muestras claras del tono optimista y triunfal que surca la narración entera. Instalada en el centro ciudadano, la movilización deja de ser la exigencia de un sector específico13 para convertirse en un hecho social y político de interés comunitario, que marca el comienzo de una dirección histórica nueva y anticipa un futuro que se cree prometedor y emancipatorio14.
La huelga es un hecho político pero también una constelación de valores, el compendio de una axiología férrea que Los esperanzados construye minuciosamente desde sus primeras páginas y deposita en un sujeto colectivo, los obreros. La solidaridad, la lucha, la unión, la utopía y la esperanza conforman un tejido de creencias que la novela resalta con un tono por momentos didáctico15 y cuya actualidad resulta sobre todo testimonial.
LAS «PEQUEÑAS HISTORIAS»
Los esperanzados se ocupa de una «gran historia», de un hecho que alcanza proporciones casi épicas, y se enuncia desde una posición ideológica muy definida: reivindicación de la lucha obrera capitaneada por dirigentes comunistas y denuncia de la burocracia sindical establecida por el peronismo. Así y todo, el gran relato, la gesta, está atravesado por otras historias de vida, conflictos individuales que exhiben las notas que mejor distinguen a las ficciones de Floriani.
Esas sub-historias se organizan al modo de relatos de formación y colocan a sus protagonistas frente a encrucijadas morales, inquietudes desgarradoras que los obligan a tomar decisiones concluyentes para sus existencias. Emprenden así una aventura interior que les demanda el vencimiento de obstáculos principalmente ideológicos: se ven desafiados a abandonar hábitos, prejuicios, comodidades, certezas que creían naturales. Los afecta en ese trance de resolución la duda, el temor y el remordimiento. Un movedizo narrador en tercera persona va modificando su foco de observación y, mediante el efectivo recurso del estilo indirecto libre, deja que el lector acceda a las emociones crispadas y a los pensamientos contradictorios de los protagonistas quienes se revisten de una densidad subjetiva que los aparta del estereotipo. ¿Qué hacer (y cómo hacer eso que deben), se preguntan insistentemente?16 Y la pregunta y su respuesta demorada crean un abismo de incertidumbre, una exigencia de responsabilidad, y disparan la intriga que se resuelve a través de un «salto cualitativo» que implica el paso hacia la acción en conjunto.
Lindor Guzmán es un peón que llega la ciudad huyendo de la miseria pueblerina y que adquiere, a través de la amistad con Carlos Báez, la conciencia política que le permitirá reconocer su pertenencia de clase y lo habilitará para la contienda política. Raúl Candres es un periodista y escritor de cuentos que comprenderá, no sin vacilaciones, que la autenticidad de su literatura depende de que abandone la pasividad y se integre francamente a la causa revolucionaria, tomando contacto directo con las vicisitudes, los pesares y anhelos diarios de la clase obrera. Carlos Báez es un obrero que comprenderá, a través de un episodio trágicamente aleccionador, que un militante comunista no puede tener un “moral doble” (una para su vida privada y otra para su desempeño público).
Relatos de formación, procesos de subjetivación, construcciones de identidades, itinerarios de aprendizaje, lecciones: así los personajes adquieren un saber que los habilita para la acción. Y el pasaje a la acción los modeliza en tanto que sujetos políticos y revolucionarios. La praxis política les brinda integridad y les ofrece un sentido redentor. Se trata de procurarse un saber, de vivir una aventura, de pasar por una experiencia inédita y enriquecedora17. Ese tránsito está narrado y sancionado positivamente en Los esperanzados. Abandonar la inacción, tomar partido, asumir la lucha conjunta abarcan las acciones de una secuencia progresiva y progresista que articula la «gran historia» en la que desemboca paulatinamente la novela. Un horizonte indiscutible timonea las peregrinaciones aisladas de los personajes18 y las reúne en un camino hacia la tierra prometida por la igualdad y la emancipación. La linealidad del relato, la proximidad del narrador omnisciente, sus inflexiones didácticas, su simpatía explícita con los motivos y expectativas de los personajes coinciden con una cosmovisión segura de sus soportes y fines. Floriani emplea el realismo como un programa congruente con una posición enunciativa en la que priman la denuncia y la protesta.
DOCUMENTO, TESTIMONIO Y MÁS
Gestada como una novela política y partidaria, clasista incluso19, Los esperanzados permite hoy otros abordajes. Vestigio de memoria social, se torna un documento valioso para la comprensión de una época y de un momento de la historia política argentina: comporta una versión alternativa a los relatos dominantes y oficiales en los que la lucha de clases aparece neutralizada por la hegemonía peronista. También es posible leerla como una novela histórica: en la medida en que posibilita el acceso a las perspectivas íntimas de los sujetos que protagonizan los hechos narrados, traza una colección de microbiografías (sólo hasta cierto punto ejemplares) las que aportan a la reconstrucción hipotética, propia a la ficción, de estilos y formas de vida tan lejanos que parecen exóticos; junto al gran suceso, Los esperanzados detiene y concentra su relato, precisamente, en las esperanzas y titubeos, en los deseos y tribulaciones de los sujetos que padecen y hacen cotidianamente la historia, viviéndola al modo de un presente incierto, una franja de posibilidades no sujeta a la fatalidad ni al determinismo.
Por esta vía última, se constituye también en una suerte de etnografía, un cúmulo de historias de vida, que incluye costumbres, menesteres, prácticas, oficios, modalidades del habla típicas de una clase. Esta «etnografía barrial» amplía el espacio urbano situando sus peripecias en una franja marginal, el sur de Río Cuarto, por entonces un reducto fabril. La novela se vuelve un espacio de encuentro, de intersección de realidades discursivas y mundos culturales diferentes. En Los esperanzados dialogan20 la cultura letrada (cuyo índice conspicuo es la voz atribuible al narrador impersonal, los tramos decididamente «literarios» y aun poéticos del discurso) y la cultura popular (la cita directa de las voces pertenecientes a los obreros, la anotación presumiblemente literal de sus inflexiones orales, las intervenciones dialogadas) generando un cruce, producto de una división del trabajo discursivo, plausible de ser leído políticamente. Lo popular deviene político, clasista, reivindicativo; la literatura, la ficción se sigue de tal hibridación, la posibilita y le otorga una forma utópica: utópico es el programa que sintetiza la protesta de los trabajadores y utópica (posible, deseable) la forma que la novela asume en tanto propuesta de solución, imaginaria y simbólica, a los conflictos reales que impulsaron su emergencia como texto, como artefacto cultural21.
Los esperanzados narra un conflicto político (su génesis, su desenvolvimiento, su culminación), formula una comprensión y postula un juicio positivo del mismo. Su forma es ideológica, no sólo por los contenidos seleccionados, por el campo de representación que delimita, sino por los modos de llevar a cabo la representación: el realismo como tendencia a una totalización imaginaria, si bien hipotética, de lo real.
CODA
Historia de luchas y victorias, de resistencia y solidaridad, historia de pormenores cotidianos, de divertimentos y aflicciones diarios, historia de construcciones de identidad, Los esperanzados encuentra en el realismo un mapa cognitivo, una herramienta expresiva y un mecanismo favorable a la denuncia y a la indagación. Floriani escribe desde ciertas certezas y convicciones que el texto enuncia y aprueba sinceramente. A posteriori, Urdimbre22se hará cargo con lucidez de la crisis de ese suelo de creencias y certidumbres, no sólo como materia conceptual sino como una problemática inherente a su propia configuración,narrando la conflictiva situación política en la Argentina de fines de 2001 y comienzos de 2002 (el que «se vayan todos») y examinando, ya desde su título, las potencias del realismo como espacio de representación ficcional.
CONSTANTE CON VARIACIONES
Casi medio siglo más tarde, Floriani retoma con Urdimbre el género novelístico asumiendo riesgos narrativos, estéticos y políticos semejantes a los que afrontó con la escritura de Los esperanzados. Las evidentes diferencias formales entre ambos textos permiten, sin embargo, el reconocimiento de un hilo conductor y la ratificación de la coherencia interna de una obra que estuvo atenta, siempre, a la premisa de que los propósitos cognitivos y críticos del realismo exigen la reformulación constante de los medios técnicos y expresivos23. La distancia temporal que separa una novela de la otra certifica que los contextos de producción y el mundo de referencia se han modificado y que los viejos instrumentos fabricados por el hombre para comprenderlo y transformarlo necesitan ajustes y correcciones. Las antiguas prácticas políticas e intelectuales han entrado en crisis, y la escritura literaria, ella misma una práctica productora de significaciones, no puede mantenerse ajena a tal situación de cambio e inestabilidad. Urdimbre recoge y procesa en su campo y modo de representación las tensiones que traspasan la contemporaneidad; interrogando sus confusas condiciones, indaga también la razón de ser y la función social de la literatura.
EL CONTENIDO ES LA FORMA
Toda novela moderna incluye algún segmento que manifiesta sus condiciones de producción: en esa escena de escritura, que es también un contrato de lectura, el texto desnuda su condición de artificio y propone, al mismo tiempo, ser leído como tal y de determinada manera. En el fragmento 10 de Urdimbre24, un escritor se dispone a empezar una novela. Está alegre y ávido y bastante ansioso; sus ganas de ponerse en marcha no impiden, sin embargo, que lo afecten los temores y las dudas que estremecen a todo creador en los prolegómenos de una nueva obra. La narración en primera persona puntualiza varios aspectos clave en relación con la literatura de Floriani y con esta novela en particular.
Por un lado, la escritura entendida como un cambio de realidad, el pasaje a un mundo otro habitado por criaturas imaginarias, con las cuales el escritor tendrá que compartir su vida hasta “ser un personaje más”, y actuar como el cronista de esas existencias posibles. De allí, la necesidad de “mantener la objetividad, el mirar imparcial”. Por otro lado, la escritura caracterizada como un ejercicio mental que consiste en pensar “los puntos esenciales que sostendrán la historia”; antes del acto de escribir, se trata de diseñar una trama, de bosquejar un mundo (imaginación mediante) que responda a leyes propias.
Si ambos factores conciernen a todo el corpus narrativo de Floriani, lo siguiente se tornará significativo respecto de Urdimbre. Dos problemas inéditos debe resolver el escritor/personaje para iniciar su nuevo trabajo: uno conceptual; formal, el otro25. El primer inconveniente se vincula con el abordaje elegido y conduce al problema del realismo literario: un realismo consciente de la complejidad de su objeto, de las “infinitas capas” que comprende la realidad. La segunda dificultad atañe al género que conviene emplear: la variedad y abundancia del tema requieren de un tratamiento que excede los límites angostos del cuento y recae en la novela. En resumen: el escritor/personaje escribirá una novela realista. Pero esta novela realista (y este punto compete directamente a Urdimbre) desplegará ciertos rasgos muy particulares: al realismo de fronteras amplias le corresponde la “infinita libertad” de la novela actual, un “artefacto polimorfo y polisémico”26.
Como el escritor/personaje “pretende recrear los diversos niveles, las múltiples facetas que conforman el discurrir de una mediana ciudad provinciana”, los capítulos de su novela serán “fragmentos, episodios aislados, inconexos”27. No obstante, va a respetar “dos normas de preceptiva: Habrá unidad de tiempo y de lugar. Los avatares se desarrollarán desde la mañana temprano hasta la noche.”28
Este capítulo expone las intenciones de la novela toda, revela su principio constructivo y muestra (no sin someterlos a examen) sus soportes estéticos e ideológicos. Además de resumir el asunto y el armazón de Urdimbre, pone de relieve la poética que Floriani viene efectuando desde sus primeros textos29. Su escritura se mantiene ligada al realismo: la crítica al presente, a las manifestaciones circunstanciales de la historia, excede la crónica urgente para interrogar el orden endiabladamente dialéctico de la realidad30 y el no menos complejo de la existencia humana. Si el escritor realista apunta a desentrañar una verdad, sabe también que su éxito depende de la consecución de una forma pertinente; no basta con copiar, con reproducir, con imitar sino que también es necesario poner a prueba los instrumentos expresivos para encontrar un modo de narrar apto y eficaz. El realismo demanda una renovación constante de los procedimientos, una transfiguración de los materiales previos que redunde en una producción de significaciones acordes a la realidad que se pretende conocer y transformar. Más consciente que nunca de dicha exigencia, Floriani ha titulado su segunda novela con un nombre que abrevia el asunto del texto y denota las propiedades de la estrategia narrativa que la sostiene de principio a fin. En Urdimbre el contenido es la forma. La fragmentación de la experiencia, de la percepción del espacio y el tiempo, de la memoria histórica y de la escena política no puede no ser narrada fragmentariamente.
LA FORMA ES EL CONTENIDO
En Los esperanzados, las experiencias individuales se conjugaban en un accionar colectivo a través de la praxis político-revolucionaria y la novela se constituía en un espacio de transacciones, donde las historias particulares funcionaban como soporte de una «gran historia». Una visión evolutiva del tiempo articulaba aquel relato y la narración reconocía la autoridad de una voz, ese narrador en tercera persona que citando otras voces conducía soberanamente el discurrir de la historia. Y aunque compleja en sus exteriorizaciones, la realidad presentaba una unidad de fondo, un sentido subyacente y firme.
En Urdimbre, el mundo se ha privatizado31. Lo que la novela discute es la viabilidad de una praxis colectiva, por eso prima el pulular de pequeñas historias divergentes. La narración se disemina en una multiplicidad de voces. El montaje organiza la sintaxis del texto y la progresión temporal se ve reemplazada por el relato discontinuo de una serie de experiencias heterogéneas que desplaza la sucesión y crea un efecto de simultaneidad: todo sucede en el mismo lugar y (casi) al mismo tiempo. La realidad ha estallado en una variedad de juegos de lenguaje inconexos, aparentemente irreductibles a una significación unificadora.
Lo que separa a una novela de otra no sólo es el debilitamiento del realismo canónico en tanto que sistema de representación (la novela como narración consecutivamente cronológica y verosímil) sino un contexto desigual, proveniente de giros políticos y culturales impensados32: la caída del Muro de Berlín, el colapso de los «socialismos reales» y la consecuente imposición a nivel mundial de la economía de mercado, de un «capitalismo salvaje» y de un «pensamiento único» que decretan, entre otras variables, el «fin de la historia» y el triunfo de la democracia liberal33. Esas mutaciones operan como factores decisivos en la génesis de esta novela e inciden, además, en su configuración formal e ideológica. Urdimbre asume como primer desafío traducirlas, trasponerlas temática y técnicamente.
ENTRE EL REALISMO Y LA VANGUARDIA:
EL FRAGMENTO COMO MEDIACIÓN
Urdimbre resulta de la tensión de dos tentativas de escritura casi antagónicas: el afán totalizador (y totalizante) que define al realismo y el ímpetu disolvente del fragmento propio de la vanguardia34. Varios cuentos de Floriani ensayan, con éxito, el recurso de desplegar líneas narrativas paralelas y de combinar voces y puntos de vista alternativos. En este caso el recurso se exaspera y la textura deliberadamente dispersa de Urdimbre crea el efecto de una mirada prismática. A partir de la premisa tácita de que la superficie de lo real se ha facetado y que su comprensión requiere de una óptica capaz de rastrear, por debajo de las facetas múltiples, un hilo conductor, una trama esquiva pero indispensable, Floriani apuesta a la versatilidad de las fracciones como signo de la complejidad y vía de acceso a un sentido integral.
Urdimbre dispone su andamiaje fragmentario para apresar una realidad que se ha dispersado en múltiples piezas. A través de treinta y ocho fragmentos, recorre una bochornosa jornada de enero de 2002: “Transcurre enero de este 2002 capicúa, portador de sombras y espanto.” La alta temperatura ambiental coincide con el clima social de agitación y protesta35. Sin embargo, el cuadro político, que remite a los sucesos inmediatamente posteriores a la caída del gobierno de De la Rúa, está visualizado como una coyuntura, el síntoma ocasional de una crisis anterior, profunda y más compleja que surca la historia argentina toda y que define tal vez la misma condición humana.
En un dispositivo casi metonímico, cada fragmento constituye una escenificación concreta de la crisis que, aunque históricamente enclavada, deviene –como en toda la narrativa del autor- fundamentalmente moral. A través de dispares situaciones cotidianas los personajes de Urdimbre actúan un drama que los obliga a elegir, mediante la puesta en juego de sus valores. Esa crisis, que puede traducirse como el resquebrajamiento de convicciones que se creían perennes, sacude todas las instituciones, daña los vínculos interpersonales y afecta las subjetividades. La familia, el matrimonio, las relaciones de trabajo, la amistad, el amor, la soledad están tratados como situaciones límite que conducen a los sujetos al filo del abatimiento, la desilusión, el crimen y, en el mejor de los casos, la nostalgia.
Urdimbre propone un contrato de lectura que, acentuando la fragmentación, invita a los lectores a involucrarse en un ejercicio de retotalización, a leer cada fracción como la parte potencial de un todo. La tensión formal transcribe otra de cuño filosófico: el enlace entre lo particular y lo universal. Cada episodio vale por sí mismo y vale en la medida en que trasunta un conjunto heterogéneo.
TODAS LAS VOCES, TODAS
Para dar respuesta al estado de disolución generalizado, la novela se articula sobre dos procedimientos: uno que opera al nivel del relato (del encadenamiento de los hechos) y otro en el plano de su disposición discursiva (de la representación de los sucesos).
Por un lado, aprovechando al máximo su destreza de cuentista, Floriani trabaja cada fragmento dotándolo de autonomía. De ese modo, la línea temporal se segmenta y las relaciones de causa y efecto se dislocan: el relato se desarma y el sentido no resulta atribuible al vínculo consecutivo entre las partes, sino a la conexión de las mismas con una problemática que las ordena paradigmáticamente. Cada trozo se cierra sobre sí y cobra el valor de una pequeña historia cuyo carácter se quiere ejemplar: como si cada fragmento hiciera las veces de un significante, una muestra particular de la crisis, un ejemplo del (sin)sentido global. Aunque a veces ese procedimiento se torna mecánico y previsible, su aplicación rigurosa hace de Urdimbre un texto que va produciéndose y que invita, con su andadura dinámica, a los mismos lectores a producir, mejor dicho: a restituir un sentido completo. La «gran historia» presente en Los esperanzados pasa ahora a un segundo plano. El lector debe ensayar una operación hermenéutica consistente en remitirse a ese subtexto elidido, a reponerlo durante el acto de lectura, pues de esa reposición depende la comprensión global del texto.
Por otro lado, el diálogo prevalece en Urdimbre y cobra modulaciones diversas: la charla de café, la discusión entre parientes, el chismorreo de comadres, la conspiración política, la confidencia, la conversación matrimonial, etc. Incluso, cuando se impone la primera persona, ésta implica un interlocutor tácito, alguien a quien se dirige la palabra, otro que escucha. Si bien hay fragmentos que son monólogos interiores, verdaderos exámenes de conciencia (y en ellos el locutor evoca recuerdos infantiles o hace un balance aciago de su vida, desdoblándose en una suerte de admonición íntima y lacerante36), el discurso de la novela se construye sobre la presencia implícita de la palabra ajena, creando un ámbito abierto a la polémica, a la confrontación de perspectivas. A diferencia de Los esperanzados, los personajes de Urdimbre se vuelven narradores: cada uno toma la palabra para enunciar en su propio registro, con su léxico particular, una peculiar visión del mundo. Floriani deja que sus personajes hablen, que expongan sus pareceres y, a través de sus maneras de hablar y evaluar, se expongan al juicio de los lectores.
Si en Los esperanzados el sujeto principal de la acción y del discurso era la clase obrera, en Urdimbre la multitud protagoniza la historia y domina el escenario discursivo. No hay mediaciones en Urdimbre: no hay un narrador único. La voz del autor retrocede, su puesto central se desparrama, desbordado por una muchedumbre parlante y, en ese aspecto, acorde con los acontecimientos políticos que se recrean, Urdimbre deviene una ficción anarquista: la multitud37 ha ganado la calle y la novela se quiere una especie de espacio público convulsionado en el que no existen la representatividad ni la delegación, un entramado discursivo deliberadamente caótico: las jerarquías se relegan y todas las voces (las que protestan y las indiferentes, las veteranas y las inexpertas, las comprometidas y las cínicas) se hacen oír con igual derecho.
PRESENTE, MEMORIA, PORVENIR
Un gran relato de fondo, un sentido general (implícito pero no ausente), ordena el disgregado derrotero de Urdimbre: la disolución, la crisis de valores, la pérdida de una identidad comunitaria. Frente a esto, la novela recoge respuestas antagónicas, las que se afirman en una tentativa individualista y las que sostienen la necesidad de un proyecto mancomunado. Si las primeras optan por salidas egoístas o desesperadas38, las segundas bucean en el pasado, ya sea en la historia personal, ya en la colectiva39. El ejercicio paciente de la memoria, la reconstrucción de un legado, el repaso de los errores cometidos, permite sino la anticipación de soluciones seguras, al menos el entendimiento de un proceso de larga data: sólo ligando el aparente sin sentido del presente con un pasado que permita insertarlo en el trayecto de una historia, se hace posible un futuro.
Dentro de esta serie puede inscribirse el Fragmento 17, una historia de vida dedicada a la militancia, y puede confrontárselo con el 9. Si el narrador de 17 (que podría ser un personaje de Los esperanzados) juzga con optimismo los acontecimientos (“La gente ha ganado la calle. En tan fértil espacio se moviliza, protesta, plantea propuestas. Todavía inorgánicas, un poco anárquicas, pero mostrando ya las grandes líneas de sus pretensiones.”), los personajes del 9, unos doctores a los que el narrador denomina “correligionarios”, especulan sobre una salida «gatopardista», funcional al sistema, que vale como una defensa de la clase política, temerosa del poder de la multitud. Uno de ellos afirma: “Lo más serio es la actitud de la gente.(...) Han copado las calles. No respetan ni creen en nada ni en nadie. Existe un estado de real subversión. Hay que proceder, no sólo con rapidez sino con mucho tino. Ya estarán actuando agitadores, seguro. Defender a las instituciones es lo primero.” A través del cotejo de ambos capítulos, la novela dispone todo un dispositivo de evaluación: historizar, restaurar una cadena de significados, ligar la experiencia individual con la colectiva son las operaciones de una serie que modela una visión optimista del curso de los sucesos históricos, el bosquejo de un horizonte de expectativas promisorio. En ese punto la novela se detiene sin bajar líneas, más bien invitando (y desafiando) a los lectores a imaginar un porvenir.
REALISMO, OTRA VEZ
Urdimbre se aproxima mucho (y bien) a aquel ideal de novela concebido por el escritor/personaje del fragmento 10. Una vez más Floriani se ha mostrado respetuoso con el accionar y los anhelos de sus personajes: el deseo atribulado del escritor expectante se ha cumplido y con ese cumplimiento se han consumado, también, las aspiraciones del autor de capturar, en la multiforme estructura de su texto, las múltiples fases de una realidad cambiante. De nuevo el realismo se ha dejado escribir y nuevamente se deja leer. Se ha dejado escribir mediante la relación controversial entre los fragmentos, que no se integran en un todo orgánico sino que se manifiestan como señales de una unidad contradictoria. Las “múltiples facetas, las infinitas capas” de la realidad justifican el montaje de partes cuyo nexo indirecto representa un proceso, una totalidad abierta, problemática, provisional. Al reconocer su condición de constructo, el texto convoca al lector a comprometerse en el juego de la representación, a no desconocer que los hechos narrados forman parte de una estructura simbólica, de una urdimbre imaginaria, una miríada de fragmentos que atestiguan, finalmente, la poderosa resistencia de lo real a someterse, con indiferencia, a cualquier intento de simplificar su obstinada, inflexible complejidad.
Urdimbre se propone decirlo todo con todas las voces, multiplicar los accesos a la realidad, propagar un sinfín de versiones y diseminar un complicado espacio de alternativas discordantes. Su desenlace ambiguo contrasta explícitamente con el auspicioso final de Los esperanzados: el último fragmento envía al primero40, el “soliloquio angustiado” del viudo, que evoca sollozando la figura de su esposa muerta casi al mismo tiempo en que la manifestación se disgrega41, cierra esta novela con un tono acre, muy distante de la enjundia de Los esperanzados. Urdimbre es una novela crepuscular, como si en ella el realismo de Floriani confrontara con sus límites estilísticos e ideológicos encontrando una zona última de resistencia y acaso también de disolución.
Notas
1 Editorial Acanto, Buenos Aires, 1956. De ahora en adelante se cita como LE.[volver]
2 Carlos Mastrángelo, en “Elementos para una definición del cuento”, destaca como uno de los factores básicos del cuento el “de ciclo acabado y perfecto como un círculo”: “Porque un buen cuento, por corto o largo que sea, es siempre un todo armónico y concluido, como un organismo vivo o un órgano en perfecto funcionamiento, donde nada falta ni sobra.” Cf. C. Mastrángelo: El cuento argentino, Hachette, Buenos Aires, 1966, pp. 103 – 104. [volver]
3 Los cuentos de Floriani irán adscribiendo, progresivamente, a las propuestas de lo que el mismo Mastrángelo denomina cuento de vanguardia, cuyos aspectos más importantes expone en 39 cuentos argentinos de vanguardia (Plus Ultra, Buenos Aires, 1985). El volumen contiene una antología que incluye “Luis” de Juan Floriani.[volver]
4 Hacemos esta distinción, basándonos en la tesis de que las ficciones de Floriani narran, fundamentalmente, conflictos de índole imaginario, simbólico y moral. Por ejemplo en “La invasión”, el cuento que da nombre al segundo libro de cuentos publicado por el autor en 1966, la plaga de langostas representa, antes que una catástrofe natural, una fuerza destructiva que se opone, como si de una fatalidad se tratase, a los proyectos de los personajes. [volver]
5 La cita dice: “La lección de la novela surgida en la primera mitad de nuestro siglo es de otra índole: revela que el mundo construido por la literatura es siempre una conquista y a la vez denuncia contra una presunta noción de realidad que suele no ser más que una convención o un conformismo ante lo que un grupo cultural o económicamente dominante obliga a aceptar como real”. Y sigue: “Si olvidamos las clasificaciones extrañas a la literatura, simplistas, arbitrarias, de tipo dualista (interior – exterior, imaginario – real, intención creadora – obra creada), toda obra se nos presenta como «realista» (sin excluir las rotuladas como «fantásticas»), puesto que al exhibirse como procedimiento la literatura revela que los mundos por ella propuestos son el resultado de una exploración, de un saber experimental semejante a la ciencia.” Cf. E. Pezzoni, “Transgresión y normalización de la narrativa argentina contemporánea [1970]”, en el Texto y sus voces, Sudamericana, Buenos Aires, 1984, p. 12. [volver]
6 Seguimos en este punto a Carlos Mastrángelo cuando afirma que “el cuento es el menos realista, sincero y exacto de los géneros narrativos” (“Elementos para una definición del cuento”, op. cit., p. 105). Para Mastrángelo, el más realista de los cuentos no puede disimular su condición de artificio verbal, de invención literaria, de la cual depende su eficacia y fuerza persuasivas, su capacidad de convencimiento. La novela realista, sin dejar de ser una construcción lingüística de efectos estéticos, se premedita como un espejo de la realidad, un trozo de la vida misma. Creemos que se trata de una postulación de pactos de lectura diferentes: el cuento invita (y obliga) al lector a atender fundamentalmente las convenciones genéricas del texto; un lector de cuentos debe actuar, antes que nada, como un descifrador de códigos y reconocer, en un texto particular, las claves retóricas que caracterizan al género. [volver]
7 Las comillas pretenden remitir a un conjunto de textos que explican la posmodernidad en términos de un resquebrajamiento y disolución de los grandes relatos modernos (el cristianismo, el liberalismo y el marxismo), narrativas totalizantes y emancipatorias que se articulan sobre una visión evolutivamente progresiva del tiempo histórico. El libro que inaugura tales conceptuaciones es La condición posmoderna, de Jean Francois Lyotard (REI, 1989, Buenos Aires). En cambio pueden leerse en Los esperanzados una filosofía dialécticamente progresista de la historia, una concepción del poder como lucha de clases y de la política como praxis revolucionaria, un intento de aprehender las diversas facetas de la realidad para ponerlas en evidencia, denunciarlas y transformarlas. [volver]
8 “Había comenzado la huelga, el primer movimiento de ese carácter producido en la ciudad desde hace varios años.” (LE, XVII, 83) [volver]
9 “La ciudad a la cual arribó la familia Guzmán era una de las más progresistas de esa provincia.” (LE, II, 17). Esta reticencia a nombrar rígidamente espacio y tiempo nos permite dos lecturas. Por un lado, una fidelidad del texto a los mandatos del realismo, según los cuales la omisión o el debilitamiento de referencias puntuales opera como una marca de ficcionalidad que autoriza, también, la «universalización» de la historia narrada, de acuerdo con los viejos preceptos aristotélicos de que la poesía (en este caso la ficción, la novela) al ocuparse de lo que podría llegar a suceder alcanza una dimensión más amplia, más universal que la historia (ya que el historiador debe remitirse a lo que efectivamente aconteció). Por otro lado, la reticencia, la alusión, el entredicho, la sugerencia delinean el perfil distintivo de la narrativa de Floriani, que por cierto se manifiesta con mayor claridad en sus cuentos. Además, las restricciones referenciales toleran (nos parece) la inferencia de que el realismo de Floriani se plantea más como una cuestión de situaciones y atmósferas que como un asunto de nombres propios, de designaciones rígidas; en este sentido (y para nuestra estimación) sería menos documental que alegorizante. [volver]
10 “Éste es un año de austeridá. Ya lo dijo Perón”; “Vivimos una época en la cual las huelgas ya no son necesarias.” (LE, IX, 87 y XV, 162) [volver]
11 Este fragmento de diálogo resulta sintomático: “A los que vinieron antes les fue bien –continuó-. El cuarenta y seis, el cuarenta y siete, hasta el cincuenta. Había trabajo de sobra, asegún nos contaron. Cualesquiera trabajaba y ganaba. Pero ahora… ¡Y con lo cara que está la vida!” (LE, III, 33)[volver]
12 “En su mayoría eran, al igual que ellos, gente emigrada de los pueblos vecinos, venidos a la ciudad en procura de mejores horizontes.” (LE, III, 33). [volver]
13 Expandiéndose gradualmente desde los barrios humildes, la huelga se va generalizando hasta imponer “una tónica distinta a la apacible ciudad provinciana.” Deja de ser un conflicto puntual, el reclamo de mejoras salariales, un sectorizado conflicto gremial para tornarse un fenómeno social y político de alcances mayores: “Su empuje, conjugándose admirablemente con el florecer primaveral, semejaba un ardiente viento renovador limpiando la atmósfera inmóvil, despertando antiguas voces y señalando que la vida, la simple, maravillosa y adorable vida, triunfaba esplendorosamente.” (LE, XVII, 185 – 186). [volver]
14 Martínez, el secretario general de la seccional local del PC, asevera con una exultación que se cree clarividente: “Esta huelga es un pequeño conflicto provinciano (…) Pero lo importante del movimiento, aparte de su trascendencia inmediata, es que forma parte de ese despertar general, de ese ascenso combativo de la clase obrera en toda la nación. Grandes luchas se librarán…” (LE, XVII, 193) Y unos paseantes, eventuales testigos de la huelga, protagonizan la escena final de la novela juzgando con entusiasmo la proyección de los hechos: “Dos hombres, ambos de cierta edad, atravesaron la plaza andando pausadamente. Uno de ellos, levantando la mirada y tras observar los nubarrones, comentó:
- Parece que va a ser grande la cosa. Está bravo el cielo.
Su acompañante, deteniéndose, también miró hacia arriba, pero luego contempló, larga y meditativamente, a los obreros. Por un momento pareció reflexionar. Después murmuró, con cierto tono especial en su voz, sin apartar los ojos de los manifestantes:
- Sí, está bravo el cielo. Verdaderamente, es un cielo de tempestad…” (LE, XVIII, 203 – 204) [volver]
15 Didáctico, y también hiperbólico, idealizante. Por ejemplo: “Las comunes necesidades, la perenne estrechez que obliga a buscar en el grupo alivio, esa misma sencillez y espontaneidad de sentimientos no sepultados bajo una córnea epidermis de prevenciones, prejuicios y supuestas o reales conveniencias, ese estar infinitamente más cerca de las elementales savias de la tierra, que impregna a los humildes de una fuerza y de una grandeza inviolables, facilitaron el encuentro.” (LE, III, 32) [volver]
16 Candres se encuentra ante un agudo “conflicto interior” que le demanda “una sola decisión, una sola” (LE, III, 56); “numerosos interrogantes, difíciles, pero atractivos” se le presentan a Guzmán antes de decidir su afiliación sindical (LE, VIII, 77); una “resolución definitiva” adopta Milde: la de interrumpir su relación adúltera con Báez y permanecer al lado de su esposo (LE, XVI, 177).[volver]
17 [Candres]... Ahora estaba allí [en la asamblea], tratando de recoger ansiosamente, hasta por sus poros, esa áspera realidad circundante.(...) Deseaba apurar esa nueva experiencia. No debía perder ningún detalle de cuanto ocurriera en el salón. En la dura ruta que estaba recorriendo, en ese desligarse de antiguas, y también amadas imágenes, lo que hicieran esos seres rudos y sencillos tendría importancia para aliviar o tal vez retardar su tránsito.” (LE, XV, 157 – 158)[volver]
18 Como un “infructuoso peregrinaje” se nombra la búsqueda de trabajo emprendida por Guzmán (LE, III, 29); un “deambular”, una caminata “sin rumbo” es la que emprende Báez una vez que se entera de que su amante ha sido estrangulada por el marido (LE, XVII, 188). Confrontar estos derroteros alicaídos y solitarios con la «gran marcha», la movilización disciplinada y colectiva.[volver]
19 El miserabilismo importa menos que las aspiraciones transformadoras de los obreros que protagonizan la novela. Sus carencias y precarias condiciones de vida operan como condiciones de posibilidad para la lucha. Sobre las dificultades historiográficas y epistemológicas que implica la pregunta de si existe una literatura obrera en la Argentina, se puede consultar N. Rosa: “Hipótesis sobre la relación entre la historia y la literatura argentina”, en Políticas de la crítica. Historia de la crítica literaria en la Argentina, Biblos, Buenos Aires, 1999, pp. 9 – 18. [volver]
20 La voz atribuible al narrador impersonal (su léxico, sus conceptos, sus construcciones sintácticas, su entonación) se distingue y se mantiene estrictamente separada de la de los trabajadores. Raúl Candres, uno de los protagonistas, quiere escribir una serie de cuentos que narren las luchas y esperanzas de los trabajadores. El tema elegido se vuelve un obstáculo para sus propósitos literarios. Si bien posee las máximas destrezas técnicas, carece de la experiencia conveniente ya que desconoce por completo la vida real de los obreros. (LE, V) Este episodio plantea la relación entre los intelectuales de ideas progresistas y la clase trabajadora, y deriva en un problema formal e ideológico que atraviesa y constituye a Los esperanzados como ficción. El itinerario que sigue Candres se inscribe en el siguiente ordenamiento simbólico: por un lado, la letra, la teoría, la capacidad artística, las formas; por el otro, la experiencia, la práctica, la lucha política, el cuerpo. Candres podrá escribir sus cuentos siempre y cuando una su destino de escritor pequeño burgués al de los trabajadores, por esa vía su letra obtendrá un cuerpo y sus formas un objeto consistente. La solución que la novela adopta para sí misma resulta análoga y consiste en la construcción de un espacio discursivo, un agenciamiento colectivo de enunciación que expresa un acuerdo de convivencia lingüística, corolario de una alianza entre lenguas que se acercan pero no se contaminan. Las intervenciones verbales de los personajes están siempre mediadas, enmarcadas, citadas, introducidas por el narrador. Los trabajadores pueden ser motivo del relato y personajes de peso, pero están imposibilitados de narrar mediante sus voces las propias historias y de escribirlas literariamente. La literatura es propiedad del intelectual letrado, quien puede «convertirse» y «redimirse» a través de la participación política, quien puede devenir un escritor-obrero-revolucionario (pero el trayecto inverso no parece posible). Hay una escisión, todo un corte en Los esperanzados del cual dependen sus condiciones de posibilidad literaria: si el campo de representación se amplía temáticamente para dar cabida a los conflictos de la clase trabajadora, una retórica decorosa fija los límites del buen decir, como si la novela adhiriera a la concepción de una escritura considerada artística de antemano y el desafío, por ende, pasara más por cuestionar los objetos de la representación (temas, situaciones, personajes) que por redefinir el estatuto de la escritura. Creemos que esa tensión entre una «lengua literaria» (homogénea y permanente) y una «temática» (heterogénea y variable) recorre el corpus entero de la producción narrativa de Floriani, para quien la escritura, el uso de la lengua literaria se define en términos de autonomía y especificidad y cristaliza en un estilo resultante de la laboriosidad minuciosa, de la precisión y la claridad lingüísticas. Esta tensión sigue presente en Urdimbre pero recibe un tratamiento muy distinto. [volver]
21 Cf. Frederic Jameson: Documentos de cultura, documentos de barbarie. La literatura como acto socialmente simbólico, Visor, Madrid, 1989. [volver]
22 Imprenta Municipal de Río Cuarto, 2003. De ahora en adelante citaremos el título como Ur.[volver]
23 Según María Teresa Gramuglio: “el realismo literario moderno es una forma que se manifiesta principalmente en los géneros de mezcla que se ocupan del presente con una intención cognoscitiva y crítica... Más que pretender la reproducción o el reflejo de alguna realidad por medio de un conjunto invariable de procedimientos aspira a alcanzar una representación verosímil a partir de los medios y técnicas siempre renovados que le brinda, en su ya larga trayectoria, la evolución interna de la literatura misma en su interacción con los cambios en todos los planos del pensamiento y de la vida cultural y social.” Cf. “El realismo y sus destiempos en la literatura argentina”, en Historia crítica de la literatura argentina, El imperio realista, volumen 6, Emecé, Buenos Aires, 2002. [volver]
25 “En este nuevo desafío que me apresto a iniciar, surgieron, sin embargo dos problemas ausentes en mis anteriores trabajos. Uno conceptual: ¿Cómo abordaría el relato? ¿Continuando con mi enfoque realista (…)? El acatamiento a las normas del realismo literario ha signado mi labor. Aunque, ¿qué es la realidad? ¿No es la así llamada un fenómeno compuesto de infinitas capas, de múltiples facetas? (…) El otro problema se refiere a la forma. ¿Escribiría una novela? (…)” (Ur, F 10, 27) [volver]
26 “Resolví los dos problemas de la siguiente manera: Seguiré mi impronta realista, pero dentro de amplias fronteras, y escribiré una novela. (…), aprovechando la infinita libertad que permite la novela actual, artefacto polimorfo y polisémico, donde todo cabe, hasta la antinovela. (…)”. [volver]
27 “pero que, si tengo éxito, permitirán ir diseñando la urdimbre donde se unificará el devenir de mi hipotética ciudad. Incluso podrán leerse en forma autónoma.” [volver]
28 La unidad de lugar la da “una mediana ciudad provinciana”, la misma de Los esperanzados. La unidad de tiempo (“desde la mañana temprano hasta la noche”) se cumple rigurosamente: los sucesos del Fragmento 1 se inician por la mañana muy temprano, minutos previos al amanecer; los del Fragmento 38 acontecen al anochecer del mismo día. Ambos fragmentos resumen la jornada de un mismo personaje, quien se despierta en el primero y se dispone a dormir en el último.[volver]
29 Resulta apropiado comparar este fragmento con el capítulo V de Los esperanzados, en el que Raúl Candres se plantea interrogantes parecidos. Ver nuestra nota XX.[volver]
30 En Defensa del realismo, Héctor P. Agosti expone que el Nuevo Realismo será uno capaz de captar «la trama sutil y endiabladamente dialéctica de la realidad esencial». Citado por M. T. Gramuglio, “El realismo y sus destiempos en la literatura argentina”, p. 35. [volver]
31 El capitalismo tardío, como un modo de producción fundamentalmente simbólico (consumista, multinacional e informático) promueve la privatización y la fragmentación de la experiencia. Cf. Fredric Jameson: El giro cultural, Manantial, Buenos Aires, 1999.
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32 Impensados al menos para el autor/narrador de Los esperanzados.[volver]
33 Que para nuestro país se traducen en una democracia inestable, el incremento desmesurado de la deuda externa, índices monstruosos de desocupación, la intensificación de la exclusión social, la falta de credibilidad en las instituciones republicanas y la corrupción enquistada en el aparato burocrático estatal.[volver]
34 Peter Bürger: Teoría de la vanguardia, Ediciones Península, Barcelona, 1998.
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35 Una metáfora global está presente de entrada y va saturándose a medida que transcurren los diferentes fragmentos. Esta metáfora establece una semejanza explícita entre el clima político y el meteorológico: a medida que aumenta la temperatura ambiente se incrementa también el voltaje social. La metáfora concentra dos vectores «fuertes» de sentido, que atraviesan la historia y le otorgan unidad: la inminencia de una tormenta y los preparativos de una manifestación pública. Si en Los esperanzados la disciplinada columna de los obreros marchando hacia la plaza céntrica coincidía con un cielo cargado de nubes que, simbólicamente, auguraba un tiempo de cambio, en Urdimbre la tormenta pasajera (finalmente una simple amenaza de lluvia) y el carácter caótico del cacerolazo se invisten de una connotación sino negativa al menos equívoca. Los respectivos desenlaces autorizarían a leer como implícitamente contrarias las propuestas ideológicas de ambos textos.[volver]
37 Según la posición teórico-política de Toni Negri, el concepto de multitud es incompatible con los de pueblo, masa y plebe. Al respecto, señalan Guisseppe Cocco y el mismo Negri: “La multitud no es representable como la unidad (el pueblo) de los individuos propietarios, pues ella es un conjunto de singularidades inconmensurables. La multitud aparece, pues, como el nombre de una inmanencia, un conjunto de singularidades. La multitud es el pueblo sin la trascendencia, es decir, una situación en la cual la soberanía no puede ser separada de su ejercicio.” Cf. “El trabajo de la multitud y el éxodo constituyente, o ‘el quilombo argentino’”. Para César Altamira (“La guerra como el control de las multitudes”): “La multitud se opone al pueblo y lo excluye en la medida en que éste representa la unidad que el moderno Estado capitalista necesita para construir su legitimación ficticia”. Los artículos citados forman parte del volumen colectivo Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina, de Antonio Negri, Guisseppe Cocco, César Altamira y Alejandro Horowicz, Paidós, Buenos Aires, 2003.[volver]
38 Confrontar con los fragmentos 2, 5, 12, 14, 15, 19, 22.[volver]
39 Confrontar con los fragmentos 17, 25, 31, 35.[volver]
40 Conexión que autoriza una lectura circular de la novela.[volver]
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