Poesía y territorio


Por María del Carmen Marengo

En esta convocatoria se nos propone charlar partiendo de dos preguntas. Voy a dividir, por lo tanto, esta intervención en dos partes, según lo indican esas preguntas. La primera de ellas, nos plantea “cómo influye en la creación poética el lugar en el que el poeta vive y escribe”. Tengo que decir a esto que no existe una respuesta totalizadora. Más bien, y creo que a eso apunta la pregunta, me inclino a pensar que la relación entre autor, medio y poesía es única y singular para cada poeta. El caso paradigmático en nuestra literatura sería el de Juan L. Ortiz, quien hace de la naturaleza en su provincia una proyección de carácter cósmico, en que el mundo de lo natural es elevado a la categoría sensorial de lo humano. Un modo como Juanele logra la unificación poética del mundo natural con la experiencia humana es a través del recurso de la personificación de los elementos naturales, muchas veces inanimados. Lo novedoso aquí es que la comunión en una totalidad no se realiza, en principio, a través de una contemplación en que lo humano se fundiera con el paisaje perdiendo su condición en él, sino todo lo contrario, los elementos que forman el paisaje son asimilados con lo humano, o son sospechados, al menos, de aptitudes humanas. El ser humano se conmueve profundamente en su percepción sensitiva de lo natural, pero los entes naturales no tienen por qué estar fuera de esta percepción. Finalmente, ambos confluyen en su posibilidad de acceder a un orden superior dado por lo espiritual, propio de lo humano, pero que no excluye a los otros seres y elementos de la naturaleza, sino que los unifica y religa en un mundo más armónico y superior. En un primer movimiento, la poética de Ortiz humaniza el paisaje, para luego colocarlo en el mismo plano de experiencia espiritual atribuible a lo humano.
Manuel J. Castilla es otro poeta que hace del entorno un tópico importante. En su poesía los elementos tanto del mundo cultural como natural se animizan al ser elevados al lugar de interlocutor, y también por el uso de metáforas que construyen a esos elementos como seres sensibles y con rasgos de humanidad. Ahora bien, el mundo natural se presenta como una fuerza que atraviesa al de lo cultural humano, de modo que todas las entidades se resuelven en naturaleza. Las prácticas culturales resultan, así, prácticas de religación de los sujetos en el mundo, de ahí el tono celebratorio que comparten con la visión general del espacio en una especie de unidad cósmica. La diferencia notable aparece, en cambio, en los poemas acerca de sujetos humanos, donde el tono cambia hacia lo elegíaco. En estos casos, la tristeza, que el mundo natural parece desconocer, forma parte profunda de la experiencia humana; se trata de una tristeza que no proviene sólo de un orden metafísico, sino que se vincula con el padecimiento social.
Por otro lado, tenemos un conjunto de autores que hacen de la provincia natal un tópico ligado a la memoria afectiva de la infancia. Es así cómo en Carlos Mastronardi, la propia provincia y la afectividad que ésta inspira en el poeta toman la forma de una enorme nostalgia. Nostalgia de lo vivido en un determinado lugar al que se pertenece y en el que ya no se está, así como tampoco se está en el pasado, la provincia toma la forma de un tiempo y no sólo de un espacio. Podemos encontrar también una poética en la que la provincia es el territorio construido a partir de una nostalgia de la infancia en Vicente Barbieri y en Olga Orozco. Aquí es importante observar cómo en la “Balada del río Salado”, de Barbieri, aparecen elementos de resonancia con “Luz de provincia”. Por otra parte, Barbieri es responsable de la reedición de Conocimiento de la noche en 1956 (publicado originalmente en 1937). En Olga Orozco, la representación del espacio provincial subsumida en la del pasado de infancia y constituye un tópico en su primer libro, Desde lejos. En “Tiempo y memoria”, conferencia dictada en 1990 en el IV Congreso de Literatura Argentina, la autora hace referencia a la gravitación que el paisaje de la pampa ejerció en su poesía y el modo como moduló sus recuerdos y su percepción del tiempo.

En cuanto a la segunda pregunta, si puede hablarse de una poesía cordobesa, creo interesante pensar esto desde el punto de vista de una madurez creativa y no desde una visión regional esencialista. En este sentido, no me interesa una definición desde el punto de vista regional, salvo que la categoría de región no implique una relación jerárquica. ¿Qué se entiende por relación jerárquica? Lo que aquí aparece como fuertemente articulador de posiciones es una dicotomía que podría enunciarse como nación-región, subsidiaria de la oposición vertebrante de todo el desarrollo de la Argentina, civilización-barbarie. Es por todos sabido que el proyecto de construir la Nación fue el de instaurar la civilización, identificada ésta con lo europeo. En tanto que puerto y sede del gobierno, Buenos Aires estuvo siempre en mejores condiciones que las zonas del interior del país para incorporar las novedades extranjeras, de modo que fue el claro ejemplo de posibilidad y concreción del proceso civilizatorio liberal; a la vez, las regiones interiores, identificadas con lo bárbaro (es posible ver que barbarie era todo lo que había en el territorio a convertir en una nación) sólo pudieron consolidarse como eso, como regiones, en la exclusión por su diferencia. El problema es que esta oposición, justamente, nunca permitió superar la dicotomía reductiva de términos excluyentes. Vale decir, en tanto que no se supere la dicotomía civilizatoria centralista, los espacios territoriales del interior argentino estarán muy lejos de ser reconocidos en su diversidad como espacios representativos, y siempre se constituirán como “regiones”, es decir, elementos secundarios, menores, dentro del marco monumental que es la Nación y que los trasciende. Cuando José Martí, en “Nuestra América”, planteaba que no hay conflicto ente civilización y barbarie sino entre falsa erudición y naturaleza, estaba permitiendo pensar que no había real semejanza entre una ciudad latinoamericana y una ciudad europea, que si conociéramos verdaderamente Europa y verdaderamente América, probablemente nos daríamos cuenta de que una ciudad latinoamericana a lo que más se parezca sea quizá a otra ciudad latinoamericana, aún las más modernizadas, que probablemente sea más parecida, una ciudad latinoamericana, al campo latinoamericano que a Europa.
Creo que hoy vivimos en un momento de profundo centralismo. Así, si entre fines de los años 60 y principios de los 70 se vivió una apertura que dio lugar a representaciones que tuvieran que ver con el mundo de las provincias (donde, para la literatura argentina, encontramos la obra de autores como Daniel Moyano, Antonio Di Benedetto, entre otros), esto volvió a clausurarse con el Proceso Militar. Creo que la brecha se profundizó a partir de allí, y no hemos vuelto a tener un país que se piense como culturalmente inclusivo. Hace poco, en el XIV Congreso Nacional de Literatura Argentina, celebrado en Mendoza, Santiago Sylvester, una brillante conferencia que titulaba “País amputado”, hacía referencia a la problemática de la exclusión territorial de poetas en las antologías y los estudios acerca de la poesía y cómo lo representativo de la poesía argentina acaba siendo lo que se radica en Buenos Aires. Todo esto se ha acentuado, insisto, en las últimas décadas, y se ha profundizado con el auge neoliberal del marketing, que afecta a la literatura toda, incluso a la poesía.
Sin embargo, creo que la poesía constituye un espacio de libertad, un espacio de respiración ante el ahogo de tanto marketing y tanta centralidad. Creo que en el campo de la poesía todavía puede verse la constitución de una comunidad que abarca todos los puntos del país. Y esto me interesa más que la constitución de regiones. Me interesa la posibilidad de construir un mapa alternativo al mapa colonial, de centralidad portuaria (recordemos que todos los caminos y vías férreas no sólo conducen a Buenos Aires porque ésta es la gran y única metrópolis que el país debe alimentar, conducen todos los caminos y vías a Buenos Aires porque allí está el puerto).
Es por esto que, si hablar de “literatura cordobesa” implica pensar en un conjunto de autores en los que resulta característica la madurez expresiva y la inspiración lírica, entonces sí creo que es posible hablar de una literatura cordobesa. Entre ellos podríamos citar, y quizá habría que partir del Leopoldo Lugones poeta, a Osvaldo Guevara, Romilio Ribero, Glauce Baldovin, Alejandro Nicotra, Rodolfo Godino, , junto a muchos otros de diferentes generaciones hasta el presente.