NO SOMOS HOMBRES (DEFINICIÓN DEL AMOR)


Por Willi Rancul

   Todo se vino abajo el día en que el viejo se me vino encima. Había estado siempre todo bien con él hasta que tu padre no anda bien sintiósela decir y eso que la vieja no era de andar levantando polvareda por un avestruz cualquiera. El viejo levantó la perdiz cuando se perdió unos días tratando de cazar un mango para la olla parar, como dijo mi hermano Elvio. Sintiósela decir o la olla parar son cosas que se me pegan de mi hermano Elvio. No sé por qué siempre le digo mi hermano al Elvio y a los demás les digo simplemente el Enzo o el Adrián. A Sonia en cambio ya ven. Toda una señora. Mi hermano el Elvio es medio tocame un gato, como decía la abuela. Es el menor y no salió lo que se dice normal. Como si al viejo después de cuatro se le hubiera arranciado el polvo, o la hubiera agarrado sin ganas o media dormida a la vieja la noche que lo hicieron, o a lo mejor no fue a la noche y es por eso, vaya a saber. Así dicen mucho en el pueblo: vaya a saber. Parece que lo mandaran a uno a estudiar o a averiguar algo. Averiguando aquella vez mi viejo encontró un laburo. Medio jodido, ¿no?, pero lo único que hay, vea, le dijo el secretario del intendente que era el que había venido a casa a pedir el voto, y se lo ganó comiendo, che, con aquel mondongo saladísimo que se mandó la abuela. Esa vez quedó para la historia. Solamente tres pudieron pasar del medio plato: la abuela, el futuro secretario y el Elvio, que se comió dos. Nosotros le dimos a las naranjas y al toque largamos con el amargo. Jodidísimo, no jodido. El viejo no andaba como para laburar en el cementerio. Él dijo que mejor porque iba a aprovechar entre panteón y panteón para terminar esos papeles de la valija y a nosotros nos daba gracia porque decía que cuando terminara nos iba a cambiar la vida, que íbamos a estar mejor y así empezó. Dejó de hablar, y eso que hablaba hasta por los codos. Después, de noche no dormía. Y cuando comía miraba el plato como si estuviera esperando que la comida le hablara, o como si estuviera buscando algo. Mi hermano Elvio lo imitaba y nosotros nos reíamos pero él ni se daba cuenta. Y la vieja, como siempre, como toda la vida, como si lloviera. Ese también es un dicho de la abuela. Como si lloviera. Los días que llovía el viejo no iba al cementerio. Se encerraba en la piecita del fondo con la valija y una lapicera que le había regalado el secretario cuando todavía eran amigos y nadie sospechaba lo de Sonia. Después se iba a traer la máquina del tío Pepe. Todo el día encerrado cuando llovía y siempre a la tarde los domingos. En algunos momentos nos parecía como si lloraba o entonaba una canción sin abrir la boca, en otros momentos que hablaba solo, unas cosas raras o no sé en qué idioma. En idiota nomás, decía la abuela cuando la vieja no escuchaba. Ahora que lo pienso el viejo debe haber ensayado para brujo en el cementerio. Porque a mí me decía que en la valija estaba una cosa del futuro, que estábamos él y yo inventando algo, que íbamos a dejar no sé qué cuestiones para más adelante y acá se me escapa una palabra que él siempre decía, una palabra que yo trataba de acordarme pensando en una película de artes marciales o en una de juicios, no me acuerdo. Según su locura yo iba a ser un continuador, algo así como un aprendiz o algo, y a mí me parecía infernal pensar que después de él yo iba a seguir en el cementerio y me iba a volver loco y andar con una valija para todos lados. Después vino que quiso comprar un diccionario. Increíble. Yo en el cementerio lo ayudaba los viernes y los sábados y le hablé de juntar unos mangos para la video. Todos en el pueblo ya tenían video. Y el tipo me sale con un diccionario. Fue el tiempo que a la hora de la cena nos miraba raro y largo como en el juego de a ver quién pestañea primero. Empezó por el Elvio y más vale que le ganó porque el Elvio cierra los ojos a cada rato y se los refriega con el borde de una mano, como si comiera limones. Después mi hermano anduvo triste como diez días, como cuando había estado unos meses sin hablar porque el Rambo le estuvo respirando en la cara un rato largo en la vereda, y al otro día el viejo, que casi no sabía manejar, lo pasó sin querer por arriba al Rambo con la camioneta del secretario. Y fue ahí cuando mi hermano Elvio además de mudo se puso triste. A él la abuela nunca le dijo babieca. Pero andaba en babia, como nos decía a nosotros. El vecino ni mu que le hicieran bosta el perro, porque al viejo le tenía miedo desde que le vino a decir si no podía hacer menos ruido. El viejo ya había empezado con lo de la valija y le dedicaba únicamente los domingos. La vieja le reprochaba que la piecita era para los cachivaches, y que él se había convertido en un cachivache desde que se trajo de la casa abandonada del tío Pepe la máquina, y que para colmo de males, no fue capaz como los demás de sacarse algún mueble más útil. Éramos pocos y parió el tío Pepe, dijo la abuela. Le pegaba duro el viejo a la máquina toda la siesta y la tarde del domingo, y si nosotros queríamos ver nos sacaba cagando. El caso es que un domingo viene el vecino y le pide si puede hacer menos ruido. Qué ruido, le largó en seco, el viejo. El doctor era medio tocame un gato pero muy educado, de pedo si nos decía chau alguna vez, nunca hablaba con nosotros. Se retorció un poco las manos y empezó a arrastrar las palabras. El viejo lo miraba fijo y lo cortó sin dejarlo decir otra vez la palabra ruido. Defíname ruido, le dijo. No nos vamos a olvidar nunca. Si la vieja no lo mató calculo que fue por orgullo, porque nunca habría sospechado que el viejo era capaz de esas palabras. Como un zapateo, alcanzó a decir todo miedoso el doctor y yo, que justo sacaba la bici atrás de él, le vi la sonrisa que le salió al viejo en la cara, debajo de los ojos de loco. Infernal. El doctor empezó a bajar las manos y a hacerse para atrás. La vieja corrió al viejo con el cuerpo y no se olvide que mi marido es albañil y muy trabajador, dijo y pegó el portazo. Y que le garúe finito, largó la abuela. Nunca le pregunté lo que significaba. Abuela, defina garúe finito. Siempre me imaginé una lluvia de las de chispeo. Tiempo después el viejo arrancó con mirarlo al Adrián, que siempre lo peleaba. Y el Adrián hasta lo puteó en la mesa y el viejo como si lloviera. Mi vieja después le cruzó un cintazo en la cara al Adrián y él no dijo nada. Pero a la otra noche ni lo miró a la cara y entonces el viejo se quedó como esperando. Los ojos se le ponían cada vez más rojos y más afuera que parecía que lo iba a escupir o morder al Adrián y el Adrián mirando el plato como si lloviera. Un silencio bárbaro. Y en el medio del silencio un concierto de cubiertos y masticadas que a mí me parecía que se escuchaba hasta cuando yo tragaba. El Adrián tiene la costumbre de pasarse a cada rato el dedo gordo por la nariz, como los boxeadores. Cuando una vez vio que yo empecé a copiarle me puso una piña en el pecho y me dejó bien clarito que nada más que él y Brus Li eran capaz de hacerlo. A la otra noche, mientras comía sin decir ni mu, se pasaba a cada rato el dedo gordo por la nariz y era curioso que justo cuando se pasaba el dedo el viejo se miraba el de él. Era como si lo tenía estudiado. Al mismo tiempo el Adrián se pasaba el dedo y el viejo se lo miraba. El Adrián empezó a darse cuenta, pero se daba cuenta cuando el viejo se miraba el dedo y eso era porque ya se estaba pasando él su dedo por la nariz y no quería. Nosotros nos dábamos cuenta porque ahí el Adrián pegaba el tirón y bajaba el brazo, y el brazo le pegaba en la mesa o en las piernas. La vieja siempre decía que era un tic el del Adrián, y yo pensaba que la vieja tenía un oído bárbaro, que le decía así por el ruidito que ella escuchaba del dedo contra la nariz. Pero ahora el tic hacía toc contra la mesa y tac contra el vaquero en las piernas del Adrián, que no quería pero no podía pararlo. Fue tremendo. Pinchaba el estofado con el tenedor de la izquierda, cortaba con la derecha y después que se metía el bocado y empezaba a masticar, soltaba el cuchillo y se pasaba el dedo. Y el viejo se miraba el suyo al mismo tiempo. Así que el Adrián dejó de comer, mirando el plato, casi tocando con la nariz el estofado de tan enojado que lo miraba, con los brazos duros apoyados en la mesa a los costados del plato, respiró varias veces como cambiando el aire, se levantó y agarró la silla, y empezó a dar la vuelta. Nunca un silencio tan grande. Puso la silla al lado de la del viejo y se sentó, y se miró el dedo. El viejo había dejado de comer. Todos habíamos dejado de comer. Yo masticaba como si tuviera ese bocado para el resto de la vida. A la carne ya la sentía como lengua y a la lengua como carne. El Adrián se empezó a mirar el dedo gordo. El viejo lo miraba de reojo, con los brazos a los lados del plato y las manos apretando los cubiertos que ya parecían las de un fantasma y temblaban. Mi hermano Elvio se había quedado con el tenedor en los labios y con la otra mano arrugaba fuerte una servilleta. La vieja, aunque se notaba que tenía comida en la boca, no masticaba. Todos mirábamos nada más que de reojo pero ella fue la única en girar la cabeza y mirarlo al Adrián como si se lo fuera a comer. Una furia como nunca. El Adrián sentado a la par del viejo se miraba el dedo. Íbamos a reventar del silencio. Una cosa de locos. Entonces el Adrián miró al viejo, se miró el dedo, miró al viejo otra vez y mirándose el dedo de nuevo se lo pasó al viejo por la nariz. A mí se me escapó un chorro de orín. El viejo dejó de temblar y empezó a temblar la vieja como si le venía un terremoto por adentro y quisiera aguantarlo. El Enzo empezó a comer despacio agachando la cabeza como si no quisiera despertar ni a los muertos. La vieja corrió el brazo hacia el lado del Adrián como una estatua, agarró el repasador, se limpió la boca, lo iba a matar. Pero el viejo se ablandó de golpe, hizo una sonrisa y casi lo mira al Adrián: movió un poquito la cabeza para el lado de él y sonrió como cuando terminaba un partido que Boca de sus amores perdía por goleada. Entonces al Adrián, que era de River, le empezaron a brillar y brillar los ojos y se fue despacio para el baño, no vaya a ser que alguien iba a pensar que llorara. Fue infernal. Al otro día le pregunté en el cementerio qué tal el diccionario, si le andaba. Me dijo que no le servía, que él andaba buscando lo que querían decir unas cosas que en el diccionario no venían. Yo me enfurecí. Si en el pueblo habría cine yo no me hubiera preocupado ni por el diccionario ni por esas ideas del viejo de buscar uno que fuera al revés. Me dijo que cuando terminara con los papeles de la valija iba a trabajar en un diccionario de cosas que significaran palabras y que si no las tenían él iba a inventar esas palabras nuevas. Yo para adentro me reía porque a quién iba a convencer de que eso era un trabajo y además que el viejo nunca hizo otra cosa que albañil, ¿no? Bueno, también hizo de encargado y ahora viene. Un tiempo después, cuando le tocó el turno al Enzo la cosa se puso espesa y duró como dos semanas. Nadie hablaba. El viejo había dejado de pegarle y de decirle nada al Enzo a los 13, después que su regalón, como decía la abuela, le salvó el pellejo. La abuela estaba celosa porque el hombrecito de la casa era su preferido y se quedaba a dormir con ella, pero desde que el viejo empezó a convidarle cigarrillos por lo que pasó en el campo le puso el regalón, y ya no le dijo más asoliado. A nosotros nos gustaba que la abuela nos dijiera asoliado. El viejo le puso Matador. Querés uno, Matador, le decía después de comer, ofreciéndole un recién armado, bien finito como le gustaba al Enzo. Fue hasta que lo descubrió en la piecita del fondo con la Susana y a ella la echó a patadas y al diablo lo de las vacas. Resulta que el viejo estuvo dos años de encargado de una estancia pero a los primeros días nomás se habría quedado en babia si no fuera que el Enzo andaba de amigo con el hijo de Don Bustos y llegaron de casualidad, al galope del Furia y del Moro, y lo vieron al viejo blanco como papel de armar, corriendo como loco de un ternero al otro. Los guachos habían tirado un alambre, se habían pasado al cuadro de la alfalfa y después de pastar toda la noche estaban hinchados como globos de cuero, tumbándose y reventando por dentro, porque el gas los aficiaba. El Ignacito, clavado en el Moro, se quedó mirando cómo caían, de a uno, como bajados a escopetazos. El Enzo pegó el salto y peló el faconcito de cabo de hueso que el capataz le había regalado y se largó a apuñalarlos, mirando al viejo después de cada chuzazo y gritándole hacé como yo, hacé como yo. El viejo reaccionó después que lo vio chucear a unos cuantos. Les hacía el buraco en el estómago del gas y los guachos empezaban a desinflarse como a los pedos. Cuando terminaron el Ignacito estaba tumbado a los pies del Moro, y lo primero que le dijo a Don Bustos al despertarse fue que el viejo le había matado los animales a cuchillazos, y el viejo se llevó los laureles, como decía la abuela. Algunas noches el Enzo lo miraba fijo y otras hacía como el Adrián cuando ni lo miraba. Lo único que ahora el viejo comía todo igual, con la misma paja, bien despacio, cortaba, se llevaba el tenedor a la boca, respiraba, masticaba, tragaba, todo igual, al mismo compás, mirando fijo y sin pestañear, sin sacarle los ojos al Enzo, y de a poco iba como descubriendo algo, me parece, porque los primeros días había empezado a mirarlo como con miedo, medio tímido, después se fue poniendo serio y concentrado, sin que pareciera nunca que estaba enojado o loco, y al último lo terminó mirando como si sonriera, como si hubiera encontrado algo que lo ponía contento. Eso último duró dos noches. Fueron las últimas dos cenas y ahí el Enzo empezó como a tener ganas de esquivarlo, parecía que no aguantaba, que iba a salir corriendo en cualquier momento, pero el último día el viejo volvió al plato. Digo el último porque después dejó de comer con nosotros. Todos esperábamos a ver qué iba a pasar cuando la mirara a la vieja, pero la última noche, mientras él lo miraba al Enzo y el Enzo miraba el plato, fue la vieja la que lo miró a él todo el tiempo y a lo mejor por eso a la mitad de la cena el viejo ya no levantó la vista y no volvió a comer con nosotros. Vaya a saber. Al día siguiente fue viernes y traté de preguntarle en el cementerio qué le pasaba. Hacía varias veces que le quería preguntar pero me daba miedo. Estuvimos revocando unos panteones sin que ninguno de los dos silbara ni tarareara nada. Hay que ver las cosas que la gente deja en los panteones. Ahí me di cuenta que el cementerio me daba miedo. Porque el silencio era parecido al de la cena, con ruido de cucharas rascando la mezcla en el balde, amasándola contra las paredes, salpicando el revoque, y no estaba la vieja. Me di cuenta que era él el que me daba miedo. Para que se me pasara un poco el cagazo me imaginé que era un muerto que se había levantado a darme una mano, pero cada vez que me le acercaba él se las arreglaba para separarse. Cuando terminamos con el último panteón me acerqué despacio, tomando aire, pero me quedé  duro del espanto porque antes que yo le preguntara me dijo lo que pasa es que estoy haciendo unos esperimentos, ¿sabés?, vos no te preocupés. Lo que más me asustó fue volver a escucharlo. Al principio no supe que era su voz la que hablaba y me pareció de verdad un muerto resucitado. Fue lo único que dijo, y lo dijo como si hubiera sido el de antes, el que me enseñaba a manejar la escuadra y la plomada o me mandaba a dormir, sereno como a mí me gustaba, sin preocupaciones pelotudas como que si las palabras no sé qué mierda. Pero andaba en ese cuerpo chupado, flaco hasta los ojos, oscuro como si la sombra se le hubiera metido adentro, y a uno no le daba la impresión de que le fuera a salir esa voz. Hasta capaz que habló sin mover la boca, porque me lo dijo sin mirarme, como si le diera vergüenza. No sé por qué pero yo queria decirle que a mí me daba vergüenza pedirle perdón, y no tuve huevo. Además que no sé de qué le quería pedir perdón. A lo mejor que siempre me le cagué de risa. Antes yo era al que más le hablaba, y siempre me esplicaba cosas que él decía que yo iba a entender cuando fuera grande, que tenía que acordarme de cuando le conté de la Rita y entonces iba a entender lo de la valija. Que todo empezaba ese día, me decía, gracias a mí, decía, y yo no podía hacerle entender que yo no andaba con la Rita. Él decía que no hacía falta, que la luz, no, que la iluminación, decía, y me acuerdo porque ahí yo me acordaba del veladorcito pedorro de la piecita del fondo, la iluminación le había venido cuando le conté lo que sentía por ella. Yo quería ser electricista pero el viejo no quería. Eso lo iba a aprender con él, pero además tenía que estudiar y seguir lo de la valija. La Rita trabajaba en la ferretería del Monsa y cada vez que yo iba me daban ganas de ser electricista. No sabía por qué. Yo sí, me aclaró el viejo: es por amor, me dijo. Me puse todo colorado y lo mandé a la mierda. El no me pegó. Estábamos solos abajo de un olmo. Me dijo que le definiera lo que sentía y yo me acordé del doctor y defíname ruido, y me aguanté la risa. Me ahogué y tosí. Habíamos comido unos sánguches de rosetas con mortadela y salame de milán que hacía la abuela. Masticá bien, asoliado, me decía siempre la abuela. Me prendí de la botella del agua un rato largo. Definíme, dijo. Qué sentís por la Rita. Estábamos haciendo el fino en la casaquinta que se hacía el gerente a la entrada del pueblo. Yo le conté sin ganas que la Rita estaba de novio con el hijo del Monsa, que cuando estaba con él me miraban y se reían, pero que sola me miraba distinto y eso me hacía sentir peor todavía que si se me reía en la cara. El viejo no dijo nada, pero se me quedó mirando raro. Yo miré el terreno donde iba a estar la pileta, todo lleno de yuyos. Era la siesta y hacía un sol infernal que rajaba la tierra. El viejo me miraba callado, como esperando, con esa mirada de bueno que antes tenía. Yo miraba encandilado el terreno mientras hacía rayas con un palo en la tierra. La odio a la Rita, le largué, pero si ahora viene y me pide que yo le corte todos esos yuyos, yo se los corto, le dije, y dibujé sin querer un esqueleto de pescado en la tierra, alrededor de las migas de los sánguches. Un calor como de agua me empezó a bajar por adentro, como si se me derretía la carne. Sentí que me hacía más chico que una laucha. Nunca había estado tan confundido y necesitaba que el viejo me hablara, pero no quería que hablara porque se me iba a cagar de la risa. Lo miré. Casi me deja en el piso comiendo las migas, muerto de vergüenza, era increíble, lloraba. Yo nunca habría pensado que mi viejo llorara; no sabía dónde meterme. Y él me puso la mano en el cuello, del lado de la nuca, como cuando yo era más chico y salíamos a dar vueltas los domingos. Empezó a llorar cada vez más y a apretarme el cuello que me hacía doler, pero no quería que soltara por nada del mundo. Como ninguno del pueblo nos podía ver, nadie iba a decir que no somos hombres. Así que yo también empecé a llorar. Mirábamos los dos el suelo, el viejo agarrando con una mano su rodilla mala y con la otra mi cuello, y yo con las dos manos agarraba el palo y tachaba el pescado muerto, y los dos estábamos llorando sin animar a mirarnos, cada uno como si el otro hubiera resucitado. A la vuelta fue cuando nos enteramos que el que se había muerto era el tío Pepe. Entramos a verlo porque su casa estaba dos antes que la nuestra. El doctor salía, pero no dijo ni mu, como siempre. Una vieja lo preparaba al gallego para el velorio. Entonces fue cuando el viejo se me vino encima y me abrazó y lloró, y me dijo gracias, ya vas a ver. Yo no entendía nada. Al tío Pepe todo el mundo le decía tío, pero el gallego no tenía ni perro, y el viejo fue el único que se quedó en el velorio toda la noche. Después del entierro el viejo se encerró en la piecita de los cachivaches todo el resto del domingo y tu padre no anda bien, sintiósela decir a la vieja. A la noche salió para cenar con nosotros y se me vino encima de nuevo y me abrazó y lloró otra vez. Nadie entendía nada. Pero yo tengo que entender, según él. Y de todo eso me tengo que acordar para entender el legajo; no, el legado; eso: el legado. Esa es la palabra que se le había dado por usar y no sé por qué a mí me hace acordar a las películas de karate o a las de juicio.