…Para el que quiera leerlo11. Mi vieja y remozada vocación cuentística, y mi convicción de que hay en Río Cuarto un grupo de narradores excelentes, me han movido a componer este repertorio. Contar en una población de poco más de cien mil habitantes con una pléyade de cuentistas como los presentados aquí, en su mayoría dignos de figurar en una antología de proyección nacional, es quizá un privilegio inexistente o al menos inadvertible en otras ciudades del interior. Lo dicho no implica una vana ostentación de “imperialismo” o localismo. Simplemente registra un hecho que, en el peor de los casos, puede tener un significado meramente estadístico o caracterológico, como el de poseer el “Imperio Ranquelino” un hermoso río estéril, ahogado frecuentemente en arena, y de ser una ciudad más o menos linda y limpia, y que se inunda antes de que empiece a llover… 2. Más que la pintoresca exposición de una literatura anecdótica y autóctona, regional o lugareña, me ha interesado que sea la expresión de un conjunto de muestras auténticamente cuentísticas. El contenido de cada una de las composiciones que lo integran y su ubicación espacio-temporal son, en este caso, secundarios. Este concepto es así inverso al que ha guiado a los autores de numerosas “antologías” caprichosamente denominadas “de cuentos” publicadas en nuestro país. Casi todas las formas narrativas, y otras que no lo son –inclusive ensayos y poemas en prosa- alternan en estas graciosas y abundosas “antologías”, donde, de vez en vez, tenemos la sorpresiva suerte de hallar también algún magnífico cuento. No exagero un ápice: fragmentos de Facundo; “El humillado”, capítulo de la novela Los siete locos, de Arlt; la explicación del “Juego del pato” y muchas diversas otras cosas podemos hallar en varias “antologías” argentinas de “cuentos”… Lo que no significa que niegue los méritos de muchas otras. 3. Una variada gama de procedimientos fácticos se puede apreciar en el grupo de estas diez expresiones cuentísticas. Observemos de paso que esta elaboración artística y planificada es uno de los signos que distinguen al cuento del relato común, del artículo de costumbres y de otras formas narrativas más o menos literarias, subliterarias, o meramente periodísticas. Encontramos aquí desde el cuento clásicomoderno, de un sólido y progresivo desarrollo nítidamente lineal que casi en ningún momento se distrae ni retrocede –tal “Los bebedores de sangre”, “Una linda montura para los domingos”- hasta el cuento de vanguardia – como “La tarea”, con sus muy bien utilizadas superposiciones o simultaneidad de tiempo y de espacio-, incluyendo formas intermedias que por su estructura, su presentación y otros detalles oscilan entre ambas tendencias (“El juído”, “El dorado de Míster Ford”, “Alacena para una sentencia”, “Un domingo, como hoy”). La elección de los trabajos se hizo mediante un procedimiento que considero amplio, novedoso y estricto, atendiendo a las preferencias de los propios autores con respecto a sus creaciones, pero no de manera absoluta. A cada escritor se le solicitó que presentara tres o cuatro cuentos que él considerase sus mejores, entre los cuales el compilador escogió a su vez el que juzgó superior, no como ejecución narrativa en abstracto, sino específicamente como elaboración cuentística. 4. Lejos de mí la temeraria y cándida intención de juzgar globalmente cada una de estas producciones, cosa que por otra parte no me corresponde aquí, ni creo oportuno ahora. Además no soy muy optimista tocante a las posibilidades de la crítica como instrumento valorativo ni como posibilidad objetiva. Con mucha más razón en esta coyuntura, en que la amistad, la vecindad topográfica y cronológica y otros factores extraliterarios pueden restar o aumentar la sugestión y la temperatura, el peso y las medidas de las páginas que aquí presento. Creo que fue Borges quien acertó cuando dijo que “ningún libro es tan vulnerable como una antología de piezas contemporáneas”. Tanto más si su antólogo, creyéndose omnisapiente, pretende analizarlas, interpretarlas y evaluarlas. Mientras exista el hombre como entidad individual y no como ente universal, y mientras el crítico no pueda despojarse en sus dictámenes de ese hombre que lleva en su esqueleto, no podrá hablarse del valor absoluto de la crítica. Y mucho menos en la era de profundos cambios en que vivimos. Llámese ésta “crítica dogmático-hedonista”, “comprensiva”, “biográfica”, “determinista”, “evolucionista”, “impresionista” o, más recientemente, “crítica estilística”, y por más que se evoque o invoque de Aristóteles, Aristarco, Voltaire, Mme. de Stael, Sainte-Beuve, Hipólito Taine o de los alemanes Karl Vossler, Leo Spitzer, Helmut Hatzfeld y de tantos otros de ayer y de hoy, desgraciada y felizmente la crítica siempre será tuerta, miope, astigmática o estrábica. Lemaitre llegó a decir que nuestras impresiones fluctúan según “el día, la hora y el momento”, y que “no se lee dos veces el mismo libro”. Comentándolo, Carmelo M. Bonet –que ha dedicado casi toda su vida a la crítica- afirma que, de la misma manera, “no se remonta dos veces el mismo río”. Lo que no impidió al amigo y correligionario estético de Lemaitre, Anatole France, maestro de la crítica impresionista, ubicar a Maupassant el primero entre los mejores cuentistas del mundo. Sigue, indudablemente, vivita y coleando, la famosa polémica entre el autor de La isla de los pingüinos y Ferdinand Brunetiére. Con el debido respeto: creo que los dos chingaban y los dos tenían razón. Tanto exageraba France cuando escribía: “para ser franco, el crítico debiera decir: -Señores: voy a hablar de mí mismo a propósito de Shakespeare, a propósito de Racine, o de Pascal, o de Goethe, es una magnífica ocasión”, como cuando Brunetiére aseguraba que es factible la crítica objetiva, impersonal, liberada de nuestro yo. Simplificando: separar nítidamente lo que a mí me agrada o convence de una obra, de lo universalmente valioso que hay o puede haber en ella, es tarea que no puede completar ningún crítico del mundo, por onda que sea su visión, ancha su cultura y aguda su inteligencia. Porque estas cualidades no bastan para que supere uno de los escollos estéticos más infranqueables: comprender y dominar su propio mundo inconsciente, para intentar al menos acercarse al de sus semejantes, cuyo mundo subterráneo le es completamente desconocido. 5. De modo, querido leyente, que el hecho de que a mí me gustan todos y cada uno de los trabajos que aquí te ofrezco, no significa necesariamente que sean gratos a tu paladar literario. Inclusive pueden atraerte o repulsarte por motivos remotamente lejanos a la literatura y a la cultura misma. Y esto no lo puedo remediar ni discutir, tanto más cuanto que estoy lejos de considerarme el más oscuro crítico. Otra cosa es el aspecto forma y estructural de los cuentos escogidos, que es lo que ahora y aquí me interesa. Porque si bien podés decir que éste o aquel no te satisface, no te importa o no te conmueve, te resultará más difícil (creo) afirmar que no es cuento. Por lo menos, es lo que yo pretendo. Y es lo único en lo que puedo responsabilizarme y comprometerme. Si vos tuvieras algunas dudas de que lo sean, yo intentaría disipártelas. Queda, pues, abierta la puerta de la consulta, el comentario o la crítica, y la esperamos fraternalmente en nuestro Club de Cuentistas (Taller de narradores), Sobremonte 1081 de este “Imperio”. Lo acabamos de fundar para el estudio, discusión y difusión de esta especie narrativa, y es muy posible que en el intercambio de opiniones ganemos también nosotros, fundadores del Club e integrantes de la presente selección. Mientras tanto, y habiéndome referido en muchas oportunidades al tema, no creo prudente insistir pero acaso no esté de más hacerte observar tres cualidades morfológicas comunes a todos los cuentos que completan este volumen, sobre las que siempre machaqué con la tozudez de un vasco y que son inseparables de esta expresión narrativa: su unilinealidad, su unidad de asunto y su final sin vuelta de hoja. 6. Más de un lector advertirá que éste o aquél autor riocuartense ha escrito cuentos o relatos celebrados y que sin embargo no figura en esta muestra. Algunos de estos narradores han conquistado inclusive importantes premios en el extranjero, y merecen mi aplauso y mi más alta estima intelectual. Pero sus creaciones no se ajustan a lo que yo entiendo por cuento, de modo que sería un contrasentido incluirlos en este conjunto. Mi propósito fue reunir una galería de cuentos y de cuentistas que enaltezcan a la cuentística riocuartense en mi línea conceptual y sean, en alguna forma, representativos de la narrativa breve argentina. Además, los autores elegidos debían ser cuentistas idóneos, haberlo demostrado a través de la calidad y cantidad de su obra; vale decir: de vocación evidenciada durante muchos años de labor, con importantes premios o distinciones obtenidas, o con colaboraciones en prestigiosos diarios y revistas del país y/o del extranjero, lo que, en cierta medida, constituyera ya una suerte de consagración. 7. Desde Juan Filloy, el gran prosista de Latinoamérica (especie de arrogante factótum en el Territorio de las Letras) hasta Chañi Lao (detrás de cuyo nombre se disimula Joaquín T. Bustamante, Faja de Honor de la S.A.D.E., año 1963 y fundador y director de la Barraca y Revista Trapalanda), ninguno de los narradores de este volumen es un mero aficionado o un esporádico cultivador de las letras ni, mucho menos, un improvisador. Antonio Stoll, cuentista, novelista y autor teatral, fue distinguido en varias oportunidades con importantes galardones, nacionales y extranjeros, y mereció la inclusión en Cuentos de nuestra tierra, selección de Antonio Pagés Larraya, y en la Antología del cuento hispanoamericano contemporáneo, del escritor chileno Ricardo Latcham, junto a figuras como Jorge Luis Borges, Ángel María Vargas, Luis Gudiño Kramer, Gabriel García Márquez, Enrique Amorim, Augusto Roa Bastos, Arturo Uslar Pietri y otros reputados prosistas. Juan A. Floriani –más de una vez laureado y traducido como cuentista- es autor de una novela: Los esperanzados y de dos libros de ficciones: Cuentos de sangre y aurora y La invasión, celebrados por la crítica nacional, especialmente La Prensa, y tiene dos obras inéditas: una de teatro y una serie de narraciones breves. Miguel Ángel Solivellas, poeta y narrador con dos libros todavía sin ver la luz pública: uno de cuentos, el otro de poemas, publicó en Ficción y en otras revistas y diarios del país y conquistó uno de los principales lauros en el más sonado concurso de la revista porteña Bibliograma (1964), junto a nombres de la talla del ya citado Ángel María Vargas, uno de los maestros del cuento argentino. Oscar T. Maldonado Carulla, poeta en el libro Presencia y nostálgico y pulcro prosista en Tiempo de cosechas (relatos y estampas campesinas) volumen editado por Ediciones Culturales Cordobesas y encomiablemente recibido por la crítica de todo el país, está trabajando en un libro de cuentos. José Martorelli, poeta, ensayista y cultivador del cuento y el relato corto, con varios libros y folletos dados a luz y que abarcan muchas y muy distintas áreas del quehacer intelectual, incluyendo la sociología y el humorismo, fue honrado con algunos galardones como cuentista, y tiene en prensa Burla burlando… y de medicina hablando (“las especializaciones médicas en serio y en broma”). Cecilio Pérez de la Rosa, padre de un voluminoso libro inédito de cuentos de ambientes campesino, pueblerino y ciudadano, fue colaborador de La Prensa, Pampa Argentina y El País, y otras difundidas publicaciones argentinas. Y Sara Zimerman, creadora de “Alacena para una sentencia”, pieza premiada en un concurso de la S.A.D.E. “imperial” por un jurado idóneo integrado por cinco de los diez escritores componentes de este volumen. Sara Zimerman ha publicado un libro de cuentos: De cinco a seis, tiene otra serie en preparación y ha colaborado en revistas de Buenos Aires –como Para ti- y de otras ciudades del país. Los ilustradores son, como los cuentistas, artistas riocuartenses, y también constituyen un índice, siquiera limitado, de la capacidad creativa de la plástica local. Como cada autor designó al ilustrador de su cuento, no debe extrañar la repetición del nombre de algunos ilustradores. Ellos son: Franklin Arregui Cano, Rive Fischman, Dante Rubén Infante, Mabel Prámparo, Gabrial Cafa y Sara Zimerman. Dibujó la tapa, Orlando Patroni. 8. Hace casi diez años nació en Río Cuarto El cuento argentino (el primer libro sobre el tema publicado en nuestro país) delantero de cerca de veinte títulos, entre volúmenes y folletos, aparecido posteriormente en dicho lapso. Fue un aporte teórico y crítico a la muy importante pero también muy confusa cuentística rioplatense. Hoy, desde el mismo punto de nuestra tierra, desde el centro geográfico de la Argentina, hacemos otro aporte pero colectivo y no individual; narrativo, y no teórico ni crítico. Presentamos no precisamente ideas, teorías o críticas acerca del cuento, sino cuentos mismos. Como acabamos de ver, entre sus autores figuran firmas de tanto predicamento como Juan Filloy, a quien se le confiriera en 1971 el Gran Premio de Honor de S.A.D.E., y otros, de menos aureola, pero que por su calidad como cuentistas merecen una mayor proyección. 9. Ignoro si el argumento o la excusa de que yo también me considero cuentista y soy riocuartense, justifica mi autoinclusión en este pequeño pero sólido barco cuentístico que hoy, -diríase que iniciando la primera página de un cuento más- se aleja de tierra firma. Tampoco sé si el argumento o la excusa de que a la inversa de las otras piezas seleccionadas, la mía fue escogida por la mayoría de los restantes autores, justifica mi salto a la linda nave con mi insignia de cuentista. A mis compañeros de aventura les ha parecido bien. Para ser franco: no me han objetado. ¿Podían ellos asumir otra actitud? Estoy satisfecho de esta muestra y gozoso de figurar en ella. De lo contrario, me sentiría como un triste exiliado de mi terruño y de mi propia vocación… 10. No me he puesto a analizarlo concienzudamente. La imagen barco como un sustituto o equivalente de un pequeño pero sólido (conjunto) de cuentos, acaso signifique, en algún oscuro subterráneo o repliegue de mi mente, que, lejos de Buenos Aires, lejos de ese puerto inmenso y multitudinario, con los mágicos dispositivos angélicos o demoníacos de la promoción y la publicidad, la partida de esta diminuta nave provinciana hacia lo desconocido, en una época tan borrascosa, es casi un audaz aventura. Mas, ya hemos soltado amarras. Y sin arrepentimiento ninguno estamos preparados para cualquier bendita o maldita eventualidad. Inclusive la de ser devorados por una tempestad o simplemente extraviarnos, sin pena ni gloria, en la remota lejanía del olvido y la distancia. Carlos Mastrángelo
10 de junio 1972. Notas1 Prólogo a diez cuentistas de Urumpta; Talleres gráficos Macció Hermanos; Río Cuarto (Cba.); julio de 1973. |