Presentación de "Elena sabe" de Claudia Piñeiro


Por Julieta Varela

“Su cuerpo sordo está rodeado de otros sordos, piensa,
más sordos que sus pies cuando no caminan.
Sordos que dicen entenderla cuando no la escuchan,
Elena sabe…”

Hoy me complace poder compartir mi experiencia de lectura. Esa experiencia por la cual dejamos de ser nosotros mismos por un tiempo para sumergirnos en un mundo de ficción que puede conmovernos, atraparnos, conflictuarnos pero que, cuando leemos un libro como “Elena sabe…”, indefectiblemente nos ayuda a salir enriquecidos de la experiencia estética.
Silvia Kohan en su libro “Disfrutar de la lectura” afirma “Vivir es leer el mundo. La realidad se presenta como un inmenso libro, variado y cambiante, nos llegan estímulos de todas clases, pero ¿los recibimos?”. Considero que la riqueza, el don que tienen los escritores es poder leer la realidad con ojos asombrados e inquietos, rescatando esos estímulos para conjugarlos en mundos posibles, con características particulares según su poética. Claudia Piñeiro demuestra ser una lectora muy aguda de la realidad, una escritora magistral que -por medio de sus palabras- nos secuestra y nos obliga a dialogar desde  nuestra sociedad y momento actuales con su mundo ficcional, construido y edificado sólidamente en referencia a aquellos.

Desde el título mismo la autora nos plantea una aseveración inconclusa que debemos llenar de sentido; el decir Elena sabe… arrastra una serie de preguntas: ¿Quién es Elena?, ¿qué sabe? A lo largo de la obra, se va deshilvanando este nudo conflictivo muy lentamente y en esa demora recuperamos las certezas de un personaje adulto, femenino, enfrentado a dos situaciones degradantes y profundamente dolorosas: la muerte de su hija Rita y la enfermedad de Parkinson que se ha adueñado de su cuerpo y lo va gastando.
El saber y el no saber son los dos ejes que movilizan a Elena y a nosotros como lectores, en un contrapunto desigual: pocas cosas no sabe Elena, y mucho de lo que sabe no le sirve­, ya que nadie quiere escucharla. Elena sabe que la muerte de su hija no se denomina suicidio a pesar de que apareció colgada del campanario de la iglesia del colegio en donde trabajaba. Todos denominan al hecho suicidio y cierran el caso, pero ella sabeque su hija no pudo haberlo hecho, no podría haberse acercado a la iglesia un día en que lloviera, ya que consideraba a la cruz como un pararrayos perfecto. Y ese día llovía. Ella sabe que fue un crimen. Pero no sabe y necesita saber quién fue y por qué la mató. Pero nadie la escucha, quieren que se dedique a su duelo y que no busque más explicaciones, olvidándose de todo lo que como madre sabe y que no puede negar. Por ello considero que la siguiente comparación que leemos en un capítulo del libro operaría como metáfora de toda la novela: “Como nadadora obligada a mirar el fondo de una pileta trata de respetar el andarivel que ella misma se traza y avanza. Pero los demás no entienden de andariveles y se le cruzan, desde cualquier dirección, hacia cualquier dirección. Los atentos la esquivan, los que no lo son la empujan. Ella sigue, como si no existieran, como siente que ella no existe para ellos.”

Por medio de un narrador externo a la historia, focalizado en Elena, la novela cuenta el recorrido que hace esa mujer para buscar a alguien que la escuche y un cuerpo que la ayude a seguir investigando la verdad. Alguien que le debe un favor ¿pero cuál? El recorrido que la mujer hace desde su casa a un barrio de la capital es penoso y sumamente difícil porque, como dije, Elena es rehén en su propio cuerpo. “Ella”, como la mujer denomina a la enfermedad de Parkinson, es la captora y el obstáculo concreto que inmoviliza su cuerpo cuando el efecto de cada pastilla termina. Las tres partes de la obra constituyen los tres períodos en los que las pastillas le dan una limitada libertad de movimiento a Elena.

La obra profundiza el valor y la significación que las palabras pueden adquirir. Cuando la enfermedad paraliza a Elena, ella se concentra en recordar, repite palabras que no quiere olvidar: calles, pastillas, palabras relacionadas con la enfermedad. Por medio de palabras, Elena nombra y describe no sólo lugares sino también aquellos movimientos que ya no puede llevar adelante de manera automática, movimientos que representan un desafío agobiante al que se debe enfrentar cada día. La enfermedad, de por sí injusta y cruel, se hace más amarga por la soledad del personaje: nadie en el mundo la puede ayudar ahora que Rita está muerta.

La narración se construye en la alternancia entre capítulos o partes de capítulos en los que el tiempo de la historia y el tiempo del relato coinciden (leemos el pensamiento de Elena mientras va ocurriendo, sus repeticiones y sus olvidos). La narración en presente nos enfrenta con la cotidianeidad de Elena y con lo complejo que le resulta “avanzar” -literal y metafóricamente- en este camino de búsqueda para develar lo que no sabe. Elena, minuto a minuto, tiene que lidiar con la tiranía de Ella, que intenta dominarla en un constante juego de poder que la mujer no se resigna a perder y trata de burlar. Pero no sólo se le opone la enfermedad y la lástima que genera, sino también la resignación y el silencio de quienes denonima “sordos”.
Esos capítulos o partes de capítulos en presente se intercalan con narraciones en pasado cuando desde su ahora la protagonista vuelve atrás, hurga en su memoria que todavía no la abandonó del todo y gracias a esos retrocesos, y a algunas informaciones que brinda el narrador -porque Elena las olvidó o nunca las supo- nos nutrimos de información sobre su vida junto a Rita, en contraposición  con ese presente que trasunta soledad.

La obra traduce el recorrido del personaje en un camino de búsqueda de su propia identidad ¿quién es ella ahora que no tiene hija?, ¿cómo se denomina a una madre sin hijo vivo? “Nadie puede conocer tanto de su hija como ella, piensa, porque es madre, o porque fue madre. La maternidad, Elena piensa, garantiza ciertos atributos, una madre conoce a su hijo, una madre sabe, una madre quiere. Así dicen, así será. Ella quiso y quiere aunque no lo haya dicho, aunque se peleara desde la distancia, aunque discutiera como si lanzara latigazos, y no acariciara ni besara, una madre quiere. ¿Seguirá siendo madre ahora que no tiene hija?, se pregunta. Si la muerta fuera ella, Rita sería huérfana. ¿Qué nombre tiene ella sin su hija?¿La muerte de Rita puede haber barrido con lo que ella fue? Su enfermedad no pudo, ser madre, Elena sabe, no lo cambia ninguna enfermedad que impida ponerse una campera, ni que detenga la marcha con pies inmóviles, ni que someta a vivir con la cabeza gacha, ¿pero puede la muerte haberse llevado no sólo el cuerpo de Rita sino también la palabra que la nombre a ella?”

Me animo a afirmar que todos los personajes de esta novela tan íntima, todos, no sólo Elena, tienen “carnadura real”. Pareciera que en cualquier momento podrían despegarse del libro y nos enfrentaríamos en una calle con esa mujer de rostro inexpresivo pero ojos penetrantes e inquisidores que es Elena. Me pregunto, como lectora, cómo logra la autora construirlos y provocar ese efecto de sentido.  Quizás se deba a que los personajes son complejos y contradictorios como somos los seres humanos. El cuerpo de Elena tiene secuestrada a una mujer fuerte, cuyo tesón/dolor la lleva a no doblegarse. No permite que le tengan lástima ni que la ayuden, cuando le brindan ayuda nunca la agradece y la permite sólo cuando su cuerpo boicotea sus deseos. Sin embargo, es el mismo personaje que una vez lloró porque la habían tratado bien. Esa complejidad está presente en madre e hija y en su relación.
Rita, como cualquiera de nosotros, experimenta bronca por la decadencia de su madre y por la esclavitud de ambas hacia “Ella”, asco por las señales que deja en el cuerpo de Elena y en su casa, impotencia ante lo imposible de detener o prever… dolor en fin.
Elena no se resigna. Tiene una hija muerta pero no va a llorarla hasta no saber. La recuerda lejos del barniz de la idealización. Recuerda la relación tal como fue, dura, hiriente, difícil, carente de demostraciones de afecto, pero relación al fin, intensa en algún sentido como siempre es la relación madre- hija: Discutían. Siempre, todas las tardes. De cualquier cosa. Lo importante no era el asunto sino esa elegida manera de comunicarse a través de la pelea, una pelea que disfrazaba otra disputa, la que se movía oculta y a su antojo dentro de ellas, y que excedía cualquier tema en cuestión. Discutían como si cada palabra lanzada fuera un látigo, primero pegaba una, luego la otra. Latigazo tras latigazo. Quemaban el cuerpo de la rival con palabras, como si fueran cuero en movimiento. Ninguna acusaba el dolor, sólo se limitaban a pegar. Hasta que una de las dos, generalmente Rita, abandonaba la lucha, más por miedo a las propias palabras que a ningún dolor sentido o provocado,  y terminaba caminando dos metros delante de la otra, mascullando”. Ambas son mujeres fuertes, sostén una de la otra y ninguna de las dos se resigna ante la caída del ser amado. Eso refleja una característica inherente a la naturaleza humana.

No sé si puedo decir que Elena sabe es una novela femenina. Pero sí afirmo que el mundo de las mujeres: madres/ hijas/ mujeres sin nombre se enfrenta contra el mundo de los hombres y sus certezas y actitudes. Elena siempre sabe qué decir y cómo actuar frente a los hombres, que se le resisten porque no la ayudan, porque le tienen lástima. Sólo las mujeres pueden entenderla, guiarla o hacerla ver. Sólo las mujeres inter- actúan plenamente en la obra.

El lenguaje de la novela es simple, no está plagado de recursos retóricos ni se resiste a la comprensión inmediata, manifiesta constantes repeticiones (lo que Elena sabe, lo que necesita recordar, lo que repite para pasar el tiempo de inmovilidad física), sin embargo, esto no le quita vitalidad al relato sino que permite profundizar en la interioridad de la protagonista y describir fielmente la realidad. Por medio de oraciones cortas y concisas, eludiendo las valoraciones o la evaluación de lo que narra, la autora  hace una crítica sutil pero no menos dura a la sociedad en su conjunto, representada por actores de distintas instituciones: cura y beatas, policías, PAMI, familias. Las instituciones que se erigen para proteger a los débiles pero no lo hacen, no responden por ellos. De este modo, nos revela nuestras hipocresías y contradicciones en una crítica oblicua. El padre Juan descubre en el campanario de su iglesia a Rita, colgada. Igualmente, sin alterar la escena, da la misa y con las palabras del ritual la condena por suicida. Pero como lectores nos preguntamos si su horroroso acto de no dejar de dar misa no tiene condena: “Le pidió al comisario que vinieran después de la misa de siete, la gente ya está entrando a la iglesia y no quisiera suspender el oficio, menos hoy que es solemnidad del Corpus Christi, el Santísimo Sacramento de la eucaristía, jueves siguiente a la Santísima Trinidad, total ya nada podemos hacer por esa mujer más que rezar, comisario. El comisario se comprometió a no entorpecer el oficio religioso. El muerto muerto está, Padre, o mejor dicho la muerta, y para la gente va a ser un golpe muy duro, muy tremendo, mejor que vayan en paz y se enteren mañana, ¿qué hay de la familia?, ¿la conoce, Padre?, no tiene familia, comisario, sólo la madre, es una mujer enferma, no sé cómo se lo va a tomar, usted no se preocupe, Padre, que de eso nos encargamos nosotros, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
En un capítulo Elena va a preguntarle al padre Juan todo lo que sabe sobre Rita y su muerte. Se produce un diálogo entre ambos en el que se evidencia que el discurso cristalizado de la iglesia frente a la vida de Elena, carece de sentido. Esta situación pone en primer plano la imposibilidad de comunicación cuando el discurso se vacía, tanto más grave cuando el discurso es el de una institución cuyo deber es dar consuelo: “Elena, usted tiene que estar tranquila, usted, a pesar de las pruebas que el Señor está poniendo en su camino, da muestra permanente de que conserva su fe, ¿mi fe?, ¿quién le dijo que conservo alguna fe, Padre?, ¿quién le dijo que alguna vez la tuve?, usted me lo dice, Elena, con sus actos, ¿lo dice porque no me mato?, ¿lo dice porque con este cuerpo inútil no me cuelgo de su campana?, ¿o porque se me murió mi hija y yo sigo viva?, Elena, por favor, no blasfeme, el cuerpo es un objeto del dominio de Dios y el hombre tiene sobre él únicamente el derecho de uso, yo no tengo derecho de uso sobre mi cuerpo, hace rato, y no fue Dios quien me lo quitó, sino esa puta enfermedad puta, (…)”. Los argumentos del sacerdote carecen de validez frente a las evidencias que explicita la mujer, pero él no lo acepta. Elena se va, sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Elena sabe y nosotros sabemos con ella. Durante la lectura tenemos la sensación de que se nos retacea información pero, al llegar al final de la novela, descubrimos que Claudia Piñeiro constantemente, en cada página, nos brindó elementos que nos fueron preparando para la resolución del enigma. Como en el policial clásico, ningún dato en el texto es gratuito.

Curiosamente el camino del personaje le brinda un saber pero no una certeza. Pero esto, lejos de hacer tambalear el edificio ficcional, lo carga de realismo. ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida encontramos lo que buscamos? ¿y cuántas veces nos sirve lo que podemos encontrar? Por esto, para cerrar, cito un fragmento del texto que me llenó de preguntas, como hace una obra literaria valiosa, aquella que nos modifica:
Un día, cualquier día, el día en que su hija me encontró vomitando en una vereda, o el día en que su hija apareció muerta en el campanario de una iglesia, o el día de de hoy, la vida nos pone a prueba, ya no es la puesta en escena en un teatro imaginario. Ése es el día en que se nos produce la verdadera revelación, estamos solos, cara a cara con nosotros mismos, ese día no hay mentira que valga…”