Presentación de "Elena sabe" de Claudia PiñeiroPor Julieta Varela “Su cuerpo sordo está rodeado de otros sordos, piensa,
más sordos que sus pies cuando no caminan. Sordos que dicen entenderla cuando no la escuchan, Elena sabe…” Hoy me complace poder compartir mi experiencia de lectura. Esa experiencia por la cual dejamos de ser nosotros mismos por un tiempo para sumergirnos en un mundo de ficción que puede conmovernos, atraparnos, conflictuarnos pero que, cuando leemos un libro como “Elena sabe…”, indefectiblemente nos ayuda a salir enriquecidos de la experiencia estética. Desde el título mismo la autora nos plantea una aseveración inconclusa que debemos llenar de sentido; el decir Elena sabe… arrastra una serie de preguntas: ¿Quién es Elena?, ¿qué sabe? A lo largo de la obra, se va deshilvanando este nudo conflictivo muy lentamente y en esa demora recuperamos las certezas de un personaje adulto, femenino, enfrentado a dos situaciones degradantes y profundamente dolorosas: la muerte de su hija Rita y la enfermedad de Parkinson que se ha adueñado de su cuerpo y lo va gastando. Por medio de un narrador externo a la historia, focalizado en Elena, la novela cuenta el recorrido que hace esa mujer para buscar a alguien que la escuche y un cuerpo que la ayude a seguir investigando la verdad. Alguien que le debe un favor ¿pero cuál? El recorrido que la mujer hace desde su casa a un barrio de la capital es penoso y sumamente difícil porque, como dije, Elena es rehén en su propio cuerpo. “Ella”, como la mujer denomina a la enfermedad de Parkinson, es la captora y el obstáculo concreto que inmoviliza su cuerpo cuando el efecto de cada pastilla termina. Las tres partes de la obra constituyen los tres períodos en los que las pastillas le dan una limitada libertad de movimiento a Elena. La obra profundiza el valor y la significación que las palabras pueden adquirir. Cuando la enfermedad paraliza a Elena, ella se concentra en recordar, repite palabras que no quiere olvidar: calles, pastillas, palabras relacionadas con la enfermedad. Por medio de palabras, Elena nombra y describe no sólo lugares sino también aquellos movimientos que ya no puede llevar adelante de manera automática, movimientos que representan un desafío agobiante al que se debe enfrentar cada día. La enfermedad, de por sí injusta y cruel, se hace más amarga por la soledad del personaje: nadie en el mundo la puede ayudar ahora que Rita está muerta. La narración se construye en la alternancia entre capítulos o partes de capítulos en los que el tiempo de la historia y el tiempo del relato coinciden (leemos el pensamiento de Elena mientras va ocurriendo, sus repeticiones y sus olvidos). La narración en presente nos enfrenta con la cotidianeidad de Elena y con lo complejo que le resulta “avanzar” -literal y metafóricamente- en este camino de búsqueda para develar lo que no sabe. Elena, minuto a minuto, tiene que lidiar con la tiranía de Ella, que intenta dominarla en un constante juego de poder que la mujer no se resigna a perder y trata de burlar. Pero no sólo se le opone la enfermedad y la lástima que genera, sino también la resignación y el silencio de quienes denonima “sordos”. La obra traduce el recorrido del personaje en un camino de búsqueda de su propia identidad ¿quién es ella ahora que no tiene hija?, ¿cómo se denomina a una madre sin hijo vivo? “Nadie puede conocer tanto de su hija como ella, piensa, porque es madre, o porque fue madre. La maternidad, Elena piensa, garantiza ciertos atributos, una madre conoce a su hijo, una madre sabe, una madre quiere. Así dicen, así será. Ella quiso y quiere aunque no lo haya dicho, aunque se peleara desde la distancia, aunque discutiera como si lanzara latigazos, y no acariciara ni besara, una madre quiere. ¿Seguirá siendo madre ahora que no tiene hija?, se pregunta. Si la muerta fuera ella, Rita sería huérfana. ¿Qué nombre tiene ella sin su hija?¿La muerte de Rita puede haber barrido con lo que ella fue? Su enfermedad no pudo, ser madre, Elena sabe, no lo cambia ninguna enfermedad que impida ponerse una campera, ni que detenga la marcha con pies inmóviles, ni que someta a vivir con la cabeza gacha, ¿pero puede la muerte haberse llevado no sólo el cuerpo de Rita sino también la palabra que la nombre a ella?” Me animo a afirmar que todos los personajes de esta novela tan íntima, todos, no sólo Elena, tienen “carnadura real”. Pareciera que en cualquier momento podrían despegarse del libro y nos enfrentaríamos en una calle con esa mujer de rostro inexpresivo pero ojos penetrantes e inquisidores que es Elena. Me pregunto, como lectora, cómo logra la autora construirlos y provocar ese efecto de sentido. Quizás se deba a que los personajes son complejos y contradictorios como somos los seres humanos. El cuerpo de Elena tiene secuestrada a una mujer fuerte, cuyo tesón/dolor la lleva a no doblegarse. No permite que le tengan lástima ni que la ayuden, cuando le brindan ayuda nunca la agradece y la permite sólo cuando su cuerpo boicotea sus deseos. Sin embargo, es el mismo personaje que una vez lloró porque la habían tratado bien. Esa complejidad está presente en madre e hija y en su relación. No sé si puedo decir que Elena sabe es una novela femenina. Pero sí afirmo que el mundo de las mujeres: madres/ hijas/ mujeres sin nombre se enfrenta contra el mundo de los hombres y sus certezas y actitudes. Elena siempre sabe qué decir y cómo actuar frente a los hombres, que se le resisten porque no la ayudan, porque le tienen lástima. Sólo las mujeres pueden entenderla, guiarla o hacerla ver. Sólo las mujeres inter- actúan plenamente en la obra. El lenguaje de la novela es simple, no está plagado de recursos retóricos ni se resiste a la comprensión inmediata, manifiesta constantes repeticiones (lo que Elena sabe, lo que necesita recordar, lo que repite para pasar el tiempo de inmovilidad física), sin embargo, esto no le quita vitalidad al relato sino que permite profundizar en la interioridad de la protagonista y describir fielmente la realidad. Por medio de oraciones cortas y concisas, eludiendo las valoraciones o la evaluación de lo que narra, la autora hace una crítica sutil pero no menos dura a la sociedad en su conjunto, representada por actores de distintas instituciones: cura y beatas, policías, PAMI, familias. Las instituciones que se erigen para proteger a los débiles pero no lo hacen, no responden por ellos. De este modo, nos revela nuestras hipocresías y contradicciones en una crítica oblicua. El padre Juan descubre en el campanario de su iglesia a Rita, colgada. Igualmente, sin alterar la escena, da la misa y con las palabras del ritual la condena por suicida. Pero como lectores nos preguntamos si su horroroso acto de no dejar de dar misa no tiene condena: “Le pidió al comisario que vinieran después de la misa de siete, la gente ya está entrando a la iglesia y no quisiera suspender el oficio, menos hoy que es solemnidad del Corpus Christi, el Santísimo Sacramento de la eucaristía, jueves siguiente a la Santísima Trinidad, total ya nada podemos hacer por esa mujer más que rezar, comisario. El comisario se comprometió a no entorpecer el oficio religioso. El muerto muerto está, Padre, o mejor dicho la muerta, y para la gente va a ser un golpe muy duro, muy tremendo, mejor que vayan en paz y se enteren mañana, ¿qué hay de la familia?, ¿la conoce, Padre?, no tiene familia, comisario, sólo la madre, es una mujer enferma, no sé cómo se lo va a tomar, usted no se preocupe, Padre, que de eso nos encargamos nosotros, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Elena sabe y nosotros sabemos con ella. Durante la lectura tenemos la sensación de que se nos retacea información pero, al llegar al final de la novela, descubrimos que Claudia Piñeiro constantemente, en cada página, nos brindó elementos que nos fueron preparando para la resolución del enigma. Como en el policial clásico, ningún dato en el texto es gratuito. Curiosamente el camino del personaje le brinda un saber pero no una certeza. Pero esto, lejos de hacer tambalear el edificio ficcional, lo carga de realismo. ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida encontramos lo que buscamos? ¿y cuántas veces nos sirve lo que podemos encontrar? Por esto, para cerrar, cito un fragmento del texto que me llenó de preguntas, como hace una obra literaria valiosa, aquella que nos modifica:
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