Presentación de Diana Bellessi


Por Elena Berruti

Señores/as, Diana Bellessi (ojalá esto alcanzara para presentarla)…

Mi primer contacto con textos de Diana Bellessi data –lo confieso- de poco tiempo, apenas unos años… encuentro textual  hecho de casualidades: una referencia, poemas sueltos, un comentario de Monteleone, un libro, más poesías desperdigadas en páginas web…, ese acceso restringido, demorado y desprolijo del “cuando, como se puede” de los que vivimos en el interior del interior…
Después un amigo le presta a mi marido un libro de Bellessi que nunca devuelvo y ahí empezó definitivamente todo, entendiendo por eso el descubrimiento por parte de un lector de una poética…

Ahora, 2007, Diego Formía me invita –lo cual agradezco-  a presentar a Diana Bellessi poeta, a sus poemas, en esta feria del libro. Menuda tarea. Inicialmente –como hago con casi todo- , me desespero… a la par de entusiasmarme: bajo libros de mi biblioteca, saco revistas especializadas en poesía de los cajones del escritorio, navego en la red,… y por fin me calmo y vuelvo al punto por el que tendría que haber empezado, más allá de la deformación profesional académica: me aferro al ejemplar de “La edad dorada”, libro de Diana de Adriana Hidalgo Editora del 2003, y me reencuentro una vez más con la voz poética de Bellessi; al rato nomás, objetivo cumplido: de la responsabilidad de la presentación casi me olvidé y la traduzco en excusa sana de lectura y relectura.

Ansiedad mediante, me contacto por correo electrónico con Diana quien, sin conocerme y amablemente, me remite por la misma vía los textos que leerá hoy, en su lectura de autor.

Me conformo con compartir con ustedes algunos recorridos algo desordenados de mi lectura anterior y de ésta recientísima, de los poemas de esta poeta que hoy nos visita. Aclaro: los poemas que creo que la autora leerá ahora a continuación para nosotros, “libro” oral personalísimo hecho de selecciones de otros libros y que constituye un acto de habla: lo que Diana decidió compartir con este auditorio aquí y ahora.

Antes y contraviniendo toda recomendación de distancia ficcional y de suspender la clave autobiográfica: anoto algunos llamados de atención/asombros en relación con ciertos datos de la autora, disponibles y  fácilmente hallables en una búsqueda básica:

-“nació en zavalla, santa fe”, interior del interior también, el litoral – departamento Rosario, al sudeste de la provincia;

-“recorrió a pie el continente”: tiene que tener algún efecto geopolítico/antropológico de reconocimiento de lo diferente, incluso en el propio/mismo territorio convencionalmente limitado y definido por un mapa;

-“coordinó talleres de escritura en cárceles de Bs. As.”: impactos del dar libertad al preso, porque no otra cosa es provocar la escritura como acto vital;

-“traductora” : otro desafío, en este caso, doble: de lectura y reescritura que liga a los otros –de otra lengua materna- , leídos y mutados a la propia lengua, es decir, puestos a disposición para ser leídos por hablantes del propio idioma de la traductora

-“The twins, the  dream (libro a dos voces con Úrsula Le Guin”: el extremo de la descentralización de la palabra poética; no es frecuente hacer poemas a dos voces: diálogica desde su nacimiento, bivocal  por definición, la palabra propia  y ajena es la puesta en acto del carácter inherente a todo enunciado o discurso: su magnífica capacidad de replicar a otros y de provocar réplicas de sí mismo, el juego inacabable de las respuestas: asintiendo, difiriendo, interpelando, homenajeando, traduciendo, polemizando… encontrarse, en fin, -en lenguaje- con otros.

 Ahora sí, por fin, los poemas que creo que Diana va a leer, aunque como dijo ella en su último mail, vaya a saber una qué leerá, según su ánimo se lo requiera.

 

The drag queen

Título fuerte e intenso por su franca exposición del transformista, contra todo prejuicio y perjuicio. El yo lírico planta en la escena discursiva – configura y presenta frente a los ojos del lector- a un hombre, con una descripción inicial que lo filia, en la repartija convencional y dominante de roles genérico-sexuales, a lo masculino. Pero rápidamente el poema instala la praxis del trasvestimiento/transfiguración del actor y asistimos a la megaproducción del drag como escena evocada: la ropa de rotulación ultrafemenina, el grado superlativo del maquillaje reconcentra la transformación deseada y autoejecutada, una transmigración genérica contra la que no pueden las marcas lingüísticas del masculino. Más maquillado que una mujer maquillada, la exageración insiste en la elección y en el gesto artístico-estético. El make up funciona como reconstrucción de esa exterioridad de la identidad –en este caso, genérica- que es el rostro y su apariencia como carta de presentación y transacción de roles. El vestuario in extremis femenino negocia idéntico rehacerse.

La territorialidad desplegada en el poema acompaña: no es el barrio, ni la ciudad es el País Once (como se llama la página web homónima), la república del 11, con su mezcla de gente que compra y vende lo que se nos pueda ocurrir, con todos los tipos de transporte yendo y viniendo en esta tierra de tránsito y transacción: telas, lencería, mayoristas, al menudeo, biyuterí y shopping accesible; el Rubén y el 11 se dan la mano, sujeto-actor y espacio escénico.

Y es en el final del poema, tras haber escenificado lo anterior – a tal punto de citar en estilo directo la voz del drag, fuerte decisión en un género como el lírico que se complace de y en su monologuismo- que el yo poético emerge con la contundencia de la valoración eufórica del actor que se encargó de construir y erigir discursivamente:  predica del Rubén su heroicidad, el deseo y la concreción de mostrarse y ser como se desea, “hazaña” del día a día. Esta evaluación del yo poético –preanunciada en el tono global del poema pero expuesta ahora hacia el final en clave poética- contraviene el orden de lo convencionalmente aceptado en el entramado sociocultural, sancionador del mínimo desplazamiento de la conservadora distribución de roles genéricos estereotipados. El yo lírico conoce la metamorfosis, la pone en escena discursiva, no se escandaliza, la respeta y evalúa como valiente posición, en el sentido político de esta palabra. Hay un matiz de reconocimiento de la licitud de esta posición –“rey de corazones”- en el tono de la voz poética.

 

Alondras

 

Otro poema que instaura personajes-actores, los instala desde el primer verso del mundo posible que el poema despliega. El actor configurado habita ese mundo posible y encuentra en él sus condiciones de posibilidad, su coherencia interna. El lector es invitado – agudamente -  no sólo a conocer esta dupla actor/mundo – a visitarlo- sino a reconocer-valorar y legitimar sus reglas del juego contra todo riesgo de herejía o subversión. Así el poema contiene un germen de narratividad vital, con idas y vueltas propias de la existencia y de su complejidad inherente: el deseo interno y frente a él la supremacía de lo exterior regulador, personificado en un sujeto colectivo –“la gente”- , sancionadora por rotulación de lo impropio –“son putas”-, de lo que contraviene las llamadas buenas costumbres del naturalizado y  hegemónico deber ser  y deber hacer.
Otra vez, la mirada intensamente comprensiva y respetuosa del otro/ los otros –“Juan y la joven amiga /de una amiga de Ramón”- : abre la puerta al entendimiento y levanta un escudo protector frente a la sanción colectiva: la evaluación no sólo es de defensa en primera persona sino casi laudatoria, se vuelve testimonio y palabra militante del elogio de los actores-amantes que iluminan hasta lo más oscuro y son venerados, a la par, por el poema y la naturaleza. Sin embargo, no alcanza esta protección, esta estrategia de amparo sobre los que aman ya que irrumpe con todo su peso –bisagra fatal, disfórica y sancionadora, incluso arbitrariamente sancionadora- de “la ley”: letra-acción controladora y castigadora de supuestas transgresiones de lo legal –ser menor, ser paraguayo, en este caso- entendido como hipercorrección estereotipada, lo normal a fuerza de pura convención machacada al hartazgo, socioculturalmente aceptado, hegemónicamente naturalizado como deber ser.
La ley “endereza” al “desviado”, lo normaliza compulsivamente pero potencia el dolor de la pulsión reprimida. Y es en este proceso de ejercicio poderoso y controlador de los cuerpos, sus vínculos, sus identidades que la voz poética se torna compasiva, acompaña en el sufrir, lo comparte: “Cuando voy / de vos, hondo estoy en mí”.

 

Sin lucero

La desunión se instala desde el título: no hay guía luminosa natural que oriente aunque sea un poco en esa mirada vertical de abajo hacia arriba en la que nuestra especie suele buscar respuestas a preguntas que nos agobian. A pesar de ello, el yo poético –retirado de escena  pero muy presente en el registro del devenir cronológico-cultural  día/noche (progresión luz/oscurecimiento, con todos los matices intermedios)  hacia el territorio frágil, misterioso de lo indecible- en clave amorosa: hay desunión con el objeto de deseo, con el sujeto que provoca la pulsión –inútil- del yo.

Milonguita

Se despliega este poema en una instalación urbana, caracterizada por su valor de tránsito, el ir y venir de personas que llegan o se van: la terminal de colectivos –no aeropuerto-, y dentro de este continente, el bar, sitio de encuentro y diálogo (a veces), con cierta vinculación con el tiempo libre. Los sujetos que habitan esta especialidad son femeninos y se deja leer un vínculo fraterno no sólo por lo explícito del yo lírico en “mi hermana y yo”, sino por la complicidad genérica, figurativizado tal vez en el charlar sobre nada, primando el contacto más que el contenido: corrijo, el contacto es el contenido. Hay una especie de semblanteo en la medición del efecto que la charla tiene en la otra (placer/ displacer, gusto/disgusto, malestar/ bienestar), una atención, un cuidado hacia la interlocutora, la otra. Incluso esa actitud textual de estar atenta al ella se reafirma en la inclusión de la palabra de esa otra citada en estilo directo, contra lo monologar del género poético, otra vez. Marcas textuales de la intención de mantener el diálogo y hace lo avanzar, concentrar la atención y el compromiso de aquella con quien el yo también femenino habla, alude a la necesaria colaboración del otro que no es yo para sostener esta praxis comunicativa del diálogo. Y podría pensarse en este dialogar como en un hacerse cargo cooperativo, en comunidad de pares mínima, del paso del tiempo vital: la mirada compartida hacia el pasado ilumina, la mirada hacia delante detecta oscurecimiento y sombras, que es equivalente al silencio, a la ausencia del lenguaje, contenedor y protector por atribuidor de sentidos. Al final de esta milonga no pequeña aparece –presentado por la primera persona femenina- nada más y nada menos que “Mi padre”:  otro  actor, masculino, en relación paterno-filial con el yo lírico y en rol de educador. El padre educa –desde la posición generacional del origen- y enseña a no temer transitar por el territorio de la muerte, aun en vida. Esta desdramatización enseñada y aprendida de la muerte habilita la memoria en tono de homenaje al que ya no respira y anda por acá. Para esto, la madurez y la sabiduría provenientes del recorrido existencial  son condiciones necesarias. Hay un tono de franca calidez emocional en el valiente  - y de nuevo, maduro- reconocimiento de lo que se vivió y ya no vuelve. Pero la memoria no sólo activa el recuerdo sino la conciencia del presente y la necesidad imperiosa de honrarse y honrar al otro, -siempre el otro- en el acto de darse mutuamente, ofrenda y ritual de entrega y de recibimiento.

 

Alpiste

 

El elogio del presente y la declaración de lo inútil y vacuo de todo pronóstico es una convicción que el yo comparte con un interlocutor. La escritura se torna registro de maravillas-detalle de lo natural, percepción que permite insistir en el descreimiento de la posibilidad de prever movidas futuras en el tablero del juego de la vida. La vitalidad se conjuga en presente, dice en clave poético-ficcional Bellessi en sus poemas. El tiempo se personifica, se anima, adquiere rasgos antropomórficos y le advierte al yo poético “aprovechá, rubia”. Este yo escucha, interpreta y aprende de este guiño corporal-gestual y lingüístico no exento de protección: hacer de lo efímero una eternidad, unir los opuestos, contravenir la lógica. La risa aparece como ícono de ese aprendizaje con raíces en lo natural: instantánea, imprevista, fugaz, pero profundamente vital y celebratoria de sí, de los otros, con otros. Y  precisamente ahí define la clave de interpret ción alpiste: el presente se conjuga en nosotros, pero para ello no sirve la apropiación del otro cosificado –la figura del rapto o secuestro-, apropiado contra su propia voluntad. Si la soledad suspende en parte el juego de la vida, la posesión –cuasi delictiva y violenta del otro- tampoco habilita el juego. De nuevo hay que dar-se.
Entre paréntesis, no creo –Diana- que te quede poco alpiste, ni perdiste.

 

Notas del presente

 

Anotar, escribir insistentemente el hoy, capturarlo en palabras, tarea-lenguaje de la poeta contra el olvido o lo que se desintegra en el aire: tal vez el riesgo mayor de olvidar sea olvidar-se… La potencialidad del memoriar  permite reconocer la perfección  y la armonía vital aun de lo doloroso, como lo natural y lo corporal en su mutación temporal ineludible, ciclos que se leen/escriben en el poema sin paranoia ni obsesión. No furia, sí llanto. El llorar no resulta fácil, necesariamente ha mediado un reciente  y dificultoso aprendizaje: permitirse la vulnerabilidad y finalmente minimizarla en su gesto más superfluo –el llanto- pero reconocer como estado la ausencia de consuelo.

 

La resistencia

 

El título despierta expectativas de una compulsa absolutamente despareja de fuerzas, de vencedores/vencidos… en una territorialidad geopolítica que incluye tanto al yo poético como al lector.
La festividad del día del trabajo es una data que se da de bruces con el estado concreto, precario y de emergencia del trabajador en esta parte del mundo donde parte del mundo es desocupado no por elección o subempleado no por voluntad –el bien-trabajo negado o retaceado-:

“Peón”, nombra este poema. Dice el diccionario:
-Jornalero que trabaja en cosas materiales que no requieren arte ni habilidad.
-Juguete de madera, de forma cónica y terminado en una púa de hierro, al cual se arrolla una cuerda para lanzarlo y hacerle bailar.
-Cada una de las ocho piezas negras y ocho blancas, respectivamente iguales y de calidad menor, del juego del ajedrez.
-Árbol de la noria o de cualquier otra máquina que gira como ella.
-Colmena de abejas.
-Persona que actúa subordinada a los proyectos e intereses de otra.
 Hay en estas acepciones, se las mire por donde se las mire, matices de cosificación, animalidad, uso y abuso, explotación y subordinación a cambio de una retribución indigna e inestable.
A pesar de todo, la música –la cumbia y su fuerza representativa como marca identitaria de sectores marginados/periféricos-, el canto, la unión con la naturaleza: la gratuidad y hasta contradicción de esta alegría frente a la adversidad políticamente estructural e incorrecta es tal vez algunos de los posibles modos que asume la resistencia frente a la lectura/escritura de políticas de exclusión El poema muta en crítica estética de condiciones de desigualdad en el entramado sociocultural y económico.
En la resistencia hay un plus que no aparece en el subsistir ni en el sobrevivir. Hay una opción vital utópica, para nada ingenua y sabedora de las promesas incumplidas. Aun así, “congregar” remite a la posibilidad de reintentar lo comunitario.

 

Enseñanza de la cigarra, La voz de lo amado y La nutria

 

En esta tríada de poemas, lo natural, más específicamente lo animal, instruye y educa, en fin , enseña a veces por la positiva –valorado por el yo poético como digno de ser imitado- o por oposición/negación: aprender del error del otro animal, animales nosotros también de algún  modo, de todos modos. Una vez más, la percepción atenta y aguda de lo natural genera asombro frente a su vitalidad no siempre armónica.  E inaugura un tono enunciativo de plegaria autodestinada a la humanidad y su fuerza destructiva y hasta autodestructiva. El resguardo vuelve a ser la existencia de la heterogeneidad, el culto a lo diferente, la riqueza de lo disímil frente a todo intento homogeneizante y normalizador. En este existir no sin riesgos, -vorágine diurna/quietud nocturna: delicias del declinar natural, las especies animales también enseñan al yo poético acerca del amor: llamar a la pareja es invocarla sígnicamente y sellar la exclusividad del vínculo. Como todos los ciclos naturales, el amor y la soledad son coetáneos, en el eje de lo contiguo.
En La nutria quien aprende del animal para ser más humano es un personaje a lo Bellessi – el Miguel-. El poema, como varios otros de este corpus, se presenta  como un pensar en voz alta, casi al descuido –pero no-, con vestigios de esa oralidad desprolija del hablar sola o en extrema confianza. Como nos tiene acostumbrados, el yo lírico es generoso y sensible en la puesta en escena de estos actores paradigmáticos de nombres por demás comunes, de orígenes desfavorecidos, en situaciones desfavorables (“paraguayos de antaño en días oscuros/ de los setentas”). Hay una predicación de ternura (euforia sensible y perceptiva) en el tono discursivo de cómo se instauran estos actores y sus voces en el poema dialogal: a estos sujetos masculinos se les adjudica –a la par de adjetivos con valor de rótulos de masculinidad  canónica-, lo culturalmente inesperado y eso destella sugerentemente sentidos imprevistos, insospechados modos de ser –identitaria, subjetivamente- hombres: “qué cosa tan tierna esos hombres/grandes y recios, como el Miguel pienso…”. El  yo lírico en riesgo –dictadura mediante- busca y encuentra protección física pero también simbólica en otros, cuya sensibilidad les permite la compasión frente al animal a sacrificar. Enseñanza animal que no toda humanidad aprende. Patria del otro que ampara al expatriado. El otro enseña al descuido, sólo viviendo, incluso y más aún en la subalternidad.

 

Y para terminar (tal vez lo único que valía la pena decir)

Los poemas de Diana gustan, así a secas. Tanto cuando diseñan arquitectónica y poéticamente el territorio  de lo íntimo, privado y subjetivo, como cuando trazan puentes-lenguaje hacia los otros o aguda y condoliente mirada sobre el entramado sociocultural en sus modos supuestamente humanos de pautar la vida. A menudo dislocan o desasosiegan inquietando el tiempoespacio de la lectura y prolongando algún malestar a posteriori; por momentos encantan y acompañan contra todo sinsentido; no pocas veces reclaman que nos revisemos en nuestras certezas supuestamente más sólidas, potencialidad de la poesía de obligarnos al reencuentro con lo que tememos, lo que olvidamos, lo que ignoramos  -o hacemos como si- pero que no deja por ello de intervenir en la construcción de nuestras subjetividades, parafraseando a Bellessi, “enseñando/sin querer enseñar(nos) nada”…