Presentación de

"El instigador" de Marcelo Lillo


Por José Di Marco

Llama la atención que El instigador1, de Marcelo A. Lillo, sea una novela ya que se trata de un género escasamente frecuentado por los escritores de Río Cuarto. Si bien muy pocas novelas se han escrito y editado en nuestra ciudad durante la última década, más llama la atención que ésta –la que ahora y aquí estoy presentando- sea, además de la primera que publica Lillo, una novela de terror. Al igual que otros autores coterráneos y contemporáneos (y me refiero, por ejemplo, a Daniel Aloisio y a Víctor Oscar Maldonado), Lillo opta por el terror, en tanto que una modalidad particular de lo fantástico, para activar su imaginación y permitirle a su escritura que se despliegue narrativamente.
 
Así, la literatura se constituye en un relato que instaura un mundo donde lo sobrenatural irrumpe como un elemento desestabilizador de las certezas, las creencias y las pautas de comportamiento arraigadas en el horizonte de vida de sus personajes. Esta irrupción de lo inesperado, como un factor que sobrepasa las determinaciones lógicas y extraña las coordenadas propias a la cotidianeidad,  propone un contrato de lectura que requiere la aceptación de lo imprevisible a la vez que impulsa una actitud de desciframiento.

Desde sus primeras líneas, El instigador se inscribe como texto en las líneas generales del género y predispone al lector a una historia en la que se destacarán lo extraño, lo paradójico, lo inexplicable. Para ser un buen lector de El instigador, y obrar como el tipo de destinatario que este texto presupone, se torna indispensable aceptar la presencia necesaria de lo sobrenatural. Como su protagonista, el joven psiquiatra Gabriel Delémont, el lector se irá internando en una trama macabra, transformándose él mismo en el penitente personaje de una aventura en la que el mal se presenta como una fuerza invencible. Que esa fuerza poderosa e incognoscible se vaya revelando gradualmente como tal dota a la intriga de un interés único.

Por la consistencia de su trama, la traza de sus personajes y los reveses sorpresivos que acusa su historia, El instigador es una novela entretenida, amena, que se disfruta de principio a fin (su desenlace abierto y, por eso mismo, inesperado es uno de sus puntos altos). A todo ello contribuye el estilo límpido, conciso de Lillo, que se hace notar con pudor en las descripciones someras, en los diálogos agudos y en las ambientaciones inquietantes.

La escritura de Lillo posee las cualidades propias de lo visual. Leer esta novela semeja a participar de una proyección de imágenes. Esta preeminencia de lo visual se debe a que los materiales con los que trabaja se han vuelto moneda corriente en el cine; cómo dudar de que el terror se ha convertido en un género predominantemente cinematográfico. Pero el tratamiento que Marcelo Lillo ejerce sobre el género pasa por dos operaciones de escritura interesantes.

Primero, esta historia de fantasmas sucede en este ciudad, más precisamente en Banda Norte. Marcelo Lillo ha vuelto extraño lo cotidiano, lo barrial hasta transfigurarlo en un lugar infecto.

Segundo, poblando lo cercano y reconocible de situaciones insólitas y conmocionantes, Marcelo Lillo extiende su imaginación más allá de los límites que separan lo normal de lo anormal.

Se dice que más que un género de evasión, el terror es un discurso que cuestiona las reglas y la autoridad de los discursos normalizadores (el de la ley, el de la medicina). El poder discursivo de la psiquiatría y de la religión es interpelado en esta novela, y no sólo de una manera conceptual sino que ese cuestionamiento se integra sólidamente en el despliegue de la trama.

Gabriel, un investigador de la psiquis y sus vericuetos, un racionalista a ultranza, cree, en principio que se enfrenta a una serie de casos clínicos, que sus enemigos son patologías de la mente que pueden tratarse con psicofármacos. Aceptar que está combatiendo con fuerzas que provienen de un orden sobrenatural forma parte de su aprendizaje, de su configuración como personaje y del devenir de la historia toda. Ese pasaje hacia lo desconocido, hacia lo que desestabiliza el armazón de los conocimientos y de las creencias instituidas, es una de las claves (quizá la fundamental) de El instigador.

¿Qué significa instigar? Incitar, excitar, provocar. El impulso de los deseos prohibidos, el desafío a los límites y las consecuencias destructoras que ese impulso y ese desafío dispersan por el mundo e instalan en el alma de las personas se constituyen en el tema de fondo de esta novela. Marcelo Lillo ha explorado las desmesuras del deseo y las terribles circunstancias  a las que conducen las concreciones del mismo, en la medida en que funcionan como puertas abiertas al misterio y su potencia devastadora.

Vale la pena leer ésta, su primera novela.


 Notas


1 Alción Editora; Córdoba; 2006.