No es una tarea sencilla escribir sobre El mapa de la exclusión. Los discursos de la Frontera Sur y la construcción de la Nación1 –y no estoy recurriendo, créanme, a la falsa modestia como estrategia retórica. Se trata de un texto denso porque en el mismo se comprimen matrices conceptuales diversas, y porque presupone que la complejidad de su tema requiere tanto de un abordaje inusual como de la construcción de herramientas teórico-metodológicas idóneas. ¿Cuál es el objetivo de El mapa de la exclusión? “El abordaje de una cadena de interacciones discursivas configuradas por textualidades producidas en orden a los procesos de territorialización que tuvieron lugar en la Frontera Sur de la pampa argentina entre 1868 y 1880, en la etapa previa a la Conquista del Desierto. Los textos que conforman esa cadena dialógica constituyen un «campo discursivo» sobre el tópico de la «frontera», como dispositivo productor en el que operan diferentes «formaciones discursivas» en lucha por definir desde la palabra y sus usos cómo ha de configurarse la Nación, su espacio e identidad cultural.” (pág. 12). La extensa cita que acabo de transcribir incluye términos que remiten a juegos de lenguaje técnicos (en la medida en que pertenecen a campos disciplinares bien delimitados) y advierte, a poco de comenzar el texto, que el objeto que se pretende estudiar posee un carácter multiforme. No se trata de un objeto que esté ahí, ya dado con anterioridad sino, más bien, de un objeto que es necesario configurar mediante operaciones analíticas y hermenéuticas. La configuración del objeto, entonces, el otorgarle visibilidad, es uno de los aciertos teóricos de El mapa de la exclusión.
La Argentina como una construcción discursiva, como un plan y un efecto de escrituras que idearon los hombres de la generación del 37 y consumaron (política, económica y culturalmente) los de la generación del 80. De ese marco parte Marisa Moyano. La Argentina civilizada, europea, portentosa, liberal; esa nación que se deseó moderna y modélica fue, en principio, antes que nada, explica la autora, un corpus de textos, un conjunto de ideas escritas. Existió, primero, en las mentes y en las escrituras de Echeverría, Sarmiento y Alberdi quienes, con sus palabras, en el proceloso discurrir de las mismas, diseñaron un mapa, un esquema, un proyecto de país que, después, se impuso, mediante la fuerza, en la realidad. Para aquellos fundadores, se trataba de que lo real se amoldara a lo simbólico y a lo imaginario: que el territorio existente ajustara sus dimensiones al fluir de sus signos y al anhelo de sus deseos. Ese mapa de la Nación deseada traía, en su génesis ideológica, en su punto de emergencia discursivo y conceptual, inscripto como un código genético, el sello de la exclusión.
Por eso, una categoría clave para explicar el sentido y el funcionamiento del mapa, es la de frontera. La frontera –nos hace saber Marisa Moyano- no es sólo un enclave territorial, una delimitación de índole geográfica, sino, y sobre todo, un dispositivo ideológico que separa la civilización de su doble monstruoso: la barbarie. Inventar una nación implicaba, entonces, trazar una frontera para separar y excluir, para dejar del otro lado de esa frontera, expulsándolo del cuerpo de la nación, el factor contaminante, espurio y caótico de la barbarie.
Echeverría y Sarmiento (cuyas sombras son tanto o más terribles que las que ellos intentaron conjurar) fundaron, con sus textos, esa nación y trazaron esa frontera que, luego, la fuerza militar trasladó de las palabras a los hechos mediante una masacre de los sujetos que se presentaban como un obstáculo para el despliegue de la nación deseada, escrita. Justificaron así una política étnica, una política de exterminio, porque –como aclaró alguna vez Arturo Roig- el discurso civilizatorio se asienta en una dialéctica sin síntesis, en una polaridad (Civilización / Barbarie) que se traduce, inevitablemente, en la eliminación del signo contrario. Pero, además, Civilización y Barbarie son categorías y, como tales, se predican sobre sujetos. Hay un sujeto de la Civilización (letrado, urbano, europeísta, racional, culto) como hay un sujeto de la Barbarie, es decir: los gauchos alzados en armas, la montonera, los caudillos y, por fin, los indios (estos últimos eran vistos como la barbarie de la barbarie, una barbarie al cuadrado, insalvable de pleno para la concreción del proyecto de una nación moderna, liberal y progresista).
La exclusión, el trazado de la frontera, la invención de la nación (el “cuerpo de la patria”, cuerpo letrado por excelencia) surgió –subraya Marisa Moyano- de una operación discursiva que después se materializó en una guerra de ocupación y exterminio. El territorio de la nación argentina fue, primero, un hecho de palabras, y las palabras, pensadas y escritas para sostenerlo, el inicio de una tarea de territorialización. Otro componente central de ese proceso de territorialización es el concepto de desierto –complementario a los de frontera y civilización-: ideologema que legitima una tarea de vaciamiento, de nadificación, de degradación ontológica. Nada había ahí, en el desierto, y si algo había (seres nómades, tierra sin cultivar, poblaciones ágrafas) era menos que nada: poblaciones, terreno y sujetos disfuncionales, rémoras de lo salvaje, diques de contención inútiles ante la arremetida del progreso.
Lo curioso es que la frontera operó además como un anclaje semiótico, como un sistema para engendrar y poner en circulación discursos que dieron lugar a la polémica cultural. Valiéndose de los aportes de Iuri Lotean, la autora nos habla - de un “continuun semiótico”, de una zona fluida, de tránsito entre la “semiosfera blanca” y la “semiosfera indígena”. Esos universos culturales, aparentemente incompatibles, mantenían contactos, intercambios y comercio tanto material como simbólico. El rastreo de esos tráficos, centrándose en la función de los actores que los posibilitaban (paisanos gauchos, indios cristianizados, lenguaraces y escribientes, gentes de dos mundos, habitantes del “entre”) comprende otro de los aportes de El mapa de la exclusión.
Las huellas del diálogo entre culturas han quedado inscritas en ciertos textos al modo de una polémica; Marisa Moyano se encarga de exponer sus tonos y sus registros. Una excursión a los indios ranqueles y el Informe Militar Cuadro completo del Estado de los Toldos, de Lucio V. Mansilla, y las Cartas de la conquista¸ de Fray Donati son las formaciones textuales que permiten la lectura reconstructiva de una polémica interna al discurso dominante, lo que señala la existencia de fisuras o, al menos de matices, en el seno del mismo. Así, en el campo de la “semiosfera blanca”, el discurso de Estado Territorializador se enfrentó al discurso del emprendimiento evangelizador comandado por la Iglesia Misional. Mansilla (vocero del primero) disiente con Fray Donatti (portavoz del segundo) sobre el destino de las poblaciones aborígenes. A pesar de sus diferencias – y este juicio me parece central en el marco del texto que estoy presentando- ambas operaciones discursivas comparten una suerte de política de la traducción que consiste, precisamente, en trasladar a sus propios conceptos, creencias y valores el discurso del otro (del indio, del ranquel) que, por obra de esta política de la traducción, resulta así des-diferenciado, abolido en su otredad, finalmente hablado y escrito por una voz y una palabra ajena: la del locuaz conversador, en un caso, la del compungido sacerdote, en otro. Por eso, escuchar, hacernos oír a «la formación discursiva de la resistencia indígena» como un «discurso emergente», re-escrito y sobrecodificado en su diferencia semiótico-cultural por las variantes del discurso hegemónico, consiste en otro de los logros de Marisa Moyano. Cito: “Toda la Excursión… consiste en leer y traducir la cultura de los ‘otros’ contrastándola con la propia, tratando de que el discurso del Estado defina su semiosfera como un universo cultural ‘civilizado’ y ‘civilizador’, como una unidad mayor que resuelva las diferencias, por la vía de la integración forzosa o de la aniquilación.” (pág. 184)
Me aventuro a decir que, describiendo y explicando con minucia esa política de traducción, El mapa de la exclusión nos habla de un silenciamiento sistemático. Nos habla de las voces ausentadas, de las cosmovisiones enmudecidas, de las poblaciones borradas del mapa de la cultura nacional. Nos habla de los que carecen de letra para hacer oír su propia voz. Como señala Jameson, evocando la entonación casi apocalíptica de W. Benjamin: “el trasfondo de la cultura lo constituyen la sangre, la tortura, la muerte y el horror”.
Invocar los restos, las ruinas de ese pasado relampagueante es lo que Marisa hace. Llama, al aquí, y al ahora, a esos espectros que retornan, desde un ayer convulso, para enrostrarnos su existencia abortada y hacernos, mediante su incómoda presencia, cuestionar el sentido de nuestra memoria personal y comunitaria.
El mapa de la exclusión es la versión impresa de la Tesis de Maestría en Literatura Hispanoamericana que la autora cursó en la Universidad Nacional de Cuyo. Y, como tal, cumple con las exigencias formales y enunciativas de ese género de discurso propiamente académico. Desde ese espacio institucional de enunciación y a partir de las rigurosas restricciones que el género en cuestión impone, Marisa Moyano centra su mirada analítica y hermenéutica en lo que denomina “el mapa discursivo de frontera” para realizar una lectura “semiótico- discursiva de la lucha política y el conflicto intercultural”. Su mirada, su lectura se presenta como un enfoque-en- situación (o sea, fuertemente trabado con condiciones reales de alcance subjetivo, ético, académico e, incluso, político) y asume, desde un comienzo, una postura de compromiso con respecto al tema que trata y a los instrumentos cognitivos de los que se vale para tratarlo: la semiótica de la cultura, el análisis del discurso, la crítica cultural, la historia de las ideas, la propia historia de la literatura argentina.
El discurso de Marisa Moyano (su trabajo crítico) atraviesa todas y cada una de esas esferas de discurso; habla de la frontera configurándose él mismo como un discurso de frontera, transversal, resultado de la hibridación de marcos teórico-.metodológicos en apariencia inconciliables. Discurso dialógico y dialogante que se vuelve plural para consonar con la multiplicidad propia del objeto que indaga. Basta con acariciar con una mirada ligera la bibliografía y las fuentes consultadas para asomarse a la profusa pluralidad de saberes que se conjugan en este libro y para tomar conciencia de que, más que aplicar categorías de análisis probadas, la autora ha constituido un modelo hermenéutico transdisciplinario susceptible, a su vez, de ser empleado para analizar otros procesos semióticos, otras operaciones discursivo-ideológicas, otras polémicas culturales.
Antes de concluir con mi exposición me gustaría enumerar una lista de supuestos de los que parte Marisa y que, entiendo, son útiles para enriquecer la óptica y tornar productiva la tarea de cualquier lector. Estos supuestos – que poseen un carácter general, y constituyen algo así como una doxa que puebla el horizonte de expectativas de un lector medianamente entrenado en el campo discursivo académico- gozan, sin embargo y a pesar de su insistente vigencia, de una productividad potencial que conviene activar cada vez que se emprende una lectura:
- La cultura es un campo de batalla. Una lucha y el escenario de una lucha donde confrontan e interactúan voces dispares. En este tablado la palabra hace las veces de arma de combate.
- La literatura es una práctica discursiva de carácter social, una producción inscrita en el espacio y en el tiempo; está en la historia y contribuye a hacerla.
- La literatura como palabra escrita posee una fuerza de enunciación tal que construye un mundo, funda realidades, las produce, reproduce e impone. La literatura no es inocente. Ninguna palabra lo es. Decir, escribir equivale a hacer. Siempre.
- Los discursos fundadores de una nacionalidad (y la literatura y su historia cumplen un papel preponderante en la nuestra) son discursos opresivos, dominantes, excluyentes, encubridores, ideológicos e ideologizantes. Leerlos en cuanto que tales, como productos y producciones, de y en la cultura, como conformadores de una comprensión histórico-cultural, como implantadores de un modo de entender y comportarse en el mundo, conduce a la odiosa revelación de que “Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea también de la barbarie”.
Documento de las barbaries de nuestra cultura civilizadora, de sus letras doradas y de sus postulaciones imaginarias, al menos de la etapa más importante de la instauración del Estado político y de la Nación cultural, El mapa de la exclusión es un mapa cognitivo de los mapas que, ocultando derroteros y locaciones, han trazado una imagen incompleta y mezquina de nuestra identidad. Y, también, es una muestra de que la crítica académica puede sortear los simulacros del solipsismo confortable y los cercos de la especialidad y devenir, ella misma, una intervención política, pedagógicamente esclarecedora, jugada, consciente, enjundiosa.
Son múltiples las inquietudes que este libro despertó en mí: profesionales, civiles, éticas, afectivas; reacciones varias de un lector que, en más de una oportunidad, se encontró excedido e, incluso, directamente interpelado por las ideas, los argumentos y la escritura de este texto lúcido y frondoso. He tratado, simplemente, de compartir algo de esas reacciones.
1 Marisa Moyano: El mapa de la exclusión. Los discursos de la Frontera Sur y la construcción de la Nación, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto, 2006, 206 páginas.