ANTONIO TELLO:
ÉTICA Y ESTÉTICA DE UNA ESCRITURA


A modo de presentación

Por José Di Marco

 

Escribir sobre un coterráneo que escribe puede convertirse en una tarea que desemboca en una serie de lugares comunes, que invitan a la complacencia y la falta de rigor, a la celebración desmesurada y a la melancolía vacua.

Sin embargo, cuando uno lee los textos de Antonio Tello encuentra una escritura, un ordenamiento peculiar de signos que sustentan una cosmovisión exclusiva. Frente a esa escritura, exenta de color local y renuente a los encasillamientos, la mitología de la bohemia y el anecdotario nostálgico quedan desarmados. Incursionar en ella, en los cuentos, novelas y poemas en que la misma se condensa, requiere el mismo detenimiento y la misma lucidez que los textos detentan.

Leer a Tello constituye un desafío, una invitación a deshacerse de los lugares comunes y agudizar la sensibilidad y la inteligencia. El primero de los estereotipos que hay que abandonar es la cómoda representación del lugareño que escribe desde otro país. Antes que un vecino, un conciudadano que ha padecido la censura, la amenaza de muerte y el exilio forzoso, Tello es un escritor, un artista de la lengua. Su literatura (y he aquí la segunda cristalización de la doxa a ignorar) posee una singularidad y un valor estético específicos, difíciles de conceptuar, renuentes a las etiquetas ligeras. Los adjetivos que podrían anexársele (riocuartense exilado, por ejemplo) son vagas aproximaciones que muy poco dicen y estiman acerca de esta literatura; su uso refiere menos los atributos y los rasgos que la componen que la falta de perspicacia y el exceso de pereza de quien recurre a ese tipo adjetivación.

Esta escritura “sin atributos”, que se atribuye el derecho insoslayable de la creación incesante, encierra una ética y una estética. Probablemente, el término libertad cifre el vigor que alienta en ambas: “a la hora de construir mi universo he considerado siempre que el modo de modelar el barro ha de ser el que te salga de los dedos, porque no soy un artesano que repite el trabajo, sino un creador que se vale de todas las herramientas y materias que encuentra a mano”1.

Este número de Cartografías ha sido concebido al modo de una tentativa de acercamiento a una escritura compleja, escurridiza, desbordante.

Distintas voces colaboran en esta empresa.

La del mismo autor, quien en una larga entrevista ordena y resume los diferentes tramos de su vasto itinerario biográfico, intelectual y literario. Y, además, nos ofrece una variedad de textos propios que abarca una selección de poemas, un relato y un ensayo.

A la de Antonio Tello se suma la de Magíster Silvia Rodríguez, quien ha dedicado muchos años al estudio de la obra del autor. Se incluyen aquellos apartados de su tesis de maestría (titulada “La Reparación del Sentido Ausente. La Estética del Cuerpo Ausente. La Escritura de Exilio de Antonio Tello”2) que tratan la novelística de Tello y se detienen, también, en su arte poética: una poética del exilio que comprende una experiencia individual de recuperación simbólica de la memoria colectiva que da cuenta, por sinécdoque, de un período traumático de nuestra historia política y cultural.

Mediante un ensayo, Pablo Dema recorre la cuentística de Tello; se ocupa de los procedimientos y la cosmovisión que se entrelazan en sus narraciones breves. Ya en sus primeros cuentos, se manifiesta una voluntad de inscribir las circunstancias histórico-políticas en un registro que se aparta, deliberadamente, tanto del régimen ideológico y estético del realismo como del formato tradicional del género. Dicho proyecto habrá de intensificarse, refinándose, en sus producciones posteriores.

Por último, dedico un trabajo (un conjunto de notas, en realidad) a Sílabas de arena, el que pretende funcionar como una introducción a una propuesta poética en la que la precisión constructiva invita a que el lector se asome a un universo simbólico y metafórico en el que el ejercicio insistente de la memoria excede (e incluso ignora) la órbita autobiográfica para constituirse en una meditación, lúcida y desgarrada, sobre la creación artística, la identidad y los vínculos entre el lenguaje y el mundo.
                       
Una tensión hacia la exactitud, la búsqueda de la palabra esencial recorre la obra literaria de Antonio Tello. En sus textos las palabras se revisten de una materialidad inexcusable, se tornan nítidas, patentes. Ésta presencia insoslayable del lenguaje como artificio no sólo es un atributo de sus poemas. Tanto en sus cuentos como en sus novelas, los elementos prototípicos de la narración (los personajes, los indicadores de espacio y tiempo, la trama misma) se supeditan al despliegue de la escritura que renuncia, deliberadamente, a la ideología de la transparencia: no hay mimesis en los textos narrativos de Tello, sino una sospecha constante sobre los modos realistas de representación. Las convenciones de la novela psicológica, la causalidad, la peripecia, el hilo argumental se abandonan en pos de la construcción de un universo en el que se entrecruzan temporalidades divergentes y se yuxtaponen distintos planos narrativos.

Tello escribe. Y este gesto (de recelo, de fuga, de puesta en entre dicho de las pautas literarias establecidas y de los usos normativos e instrumentales del lenguaje) deviene político: política de la lengua, política de las formas que concibe y consuma la escritura como un acto de libertad irrenunciable. 

Y si el autor escribe, explorando denodadamente las posibilidades expresivas de las palabras, su lector, ese destinatario hipotético que los textos modelan y constituyen, debe leer. Así como hay escritores que no escriben (hábiles redactores que se cobijan en terrenos conquistados por la tradición y en el éxito que aseguran las fórmulas gastadas), también existen los lectores que no leen. Receptores pasivos, consumidores sedentarios, ávidos compradores de divertimento e información, estos lectores se rehúsan (sin dolor, por cierto) a poner en práctica su libertad mediante el ejercicio de la imaginación. Tello no escribe para ellos.

En cambio, su lector debe (y es un imperativo que la escritura de Tello instituye) renunciar a la inteligibilidad inmediata, cooperar activamente, conquistar un sentido que los textos de Tello le escamotean, no por egoísmo o por resistencia narcisista al intercambio comunicativo, sino por una convicción de base. Si la escritura es poiesis, creación de un mundo relativamente autónomo, técnica que produce una verdad resultante del mismo acto de escribir, la lectura debe ser recreación, también un hacer, una acción inventiva. A esa ética de la escritura debe corresponderle una ética de la lectura. La obra de Tello genera sus propios lectores, que integran una suerte de comunidad imaginaria (no son un público, una variable del mercado, un resultado estadístico). Lectores de literatura. Lectores que ponen en juego su libertad, que comprometen su imaginación. Que se imponen la conquista trabajosa del sentido para la consecución de un gozo que aúne inteligencia y sensibilidad.

Colocarnos a la altura de esos lectores –y de esa lectura- ha sido el propósito de este número.


1 Tello, A.: email enviado al autor de esta nota el 5 de julio de 2006.

2 Con este trabajo, la Lic. Silvia Rodríguez obtuvo la Maestría en Arte Latinoamericano. Facultad de Artes y Diseño. Universidad Nacional de Cuyo. Fue dirigida por el Dr. Daniel Prieto Castillo.