La lengua del malón
de Guillermo Saccomanno
Novela
Planeta.2003
237 páginas
Por José Di Marco
La memoria de las víctimas
SECRETOS Y MENTIRAS
“A quién puede interesarle una historia de homosexuales bajo las bombas del 55”, pregunta el profesor Gómez en el prólogo de esta novela. La cita resume, con la entonación de un interrogante que puede prescindir sin paliativos de una réplica justificadora, la propuesta narrativa de La lengua del malón: fingiendo el discurrir retrospectivo de una evocación autobiográfica, la novela realiza una lectura muy particular de la historia argentina contemporánea, postulando un cruce bizarro entre lo privado y lo público. Hay una historia de homosexuales que se recuerda como síntoma de una configuración política subyacente, y que se vuelve así una cifra del poder represivo. Al narrar, Gómez consuma tanto la revelación de un secreto escandaloso como la ejecución de un acto de justicia a favor de las víctimas de la violencia. Volviendo al pasado, Gómez desmonta y desmiente la versión oficial de los hechos, lee a contrapelo un relato hegemónico que ha acallado la responsabilidad de sus crímenes, en especial los de Lía y Delia, las amigas del profesor que compartían un amor tan clandestino como apasionado. La lengua del malón desnuda la relación amorosa entre ambas mujeres, quienes desafiaron sin pudor los tabúes de la época, relata los pormenores de la vida del propio Gómez, él también homosexual, y revela la existencia de un texto que Delia escribió con desenfreno y a las escondidas. Ese texto, titulado precisamente “La lengua del malón”, ha permanecido oculto medio siglo entre los papeles del profesor quien se encargará de analizarlo con una minucia exasperada, haciendo un uso casi paranoico de la exégesis. Durante toda una noche Gómez irá desatando, sin apuro y para un interlocutor anónimo, los nudos de una trama en la que priman los encubrimientos y las distorsiones.
UNA LECTURA DEL PERONISMO
Una de las apuestas fuertes de esta novela pasa por la lectura del peronismo que en ella se realiza. Si pensamos en el sujeto de esa lectura, nos encontramos con la figura del profesor Gómez. Narrador y testigo, depositario de la memoria de las víctimas, Gómez se define por una concurrencia de excepcionalidades. Hijo de madre soltera, provinciano, morocho; es también homosexual, profesor de literatura y traductor del inglés; admira a Victoria Ocampo y lee con asiduidad la revista Sur; siente una inclinación erótica por las masas que moviliza el peronismo y una fascinación extraordinaria por Eva Perón; consume con igual voracidad la cultura letrada y la popular. La ambivalencia define a este personaje que aspira a mejorar su posición en el campo intelectual de la época publicando un ensayo sobre La isla del tesoro en la revista que dirigía la Ocampo. Esa ambivalencia (que caracteriza al “joven Gómez”) se transformará en una conciencia crítica que a su vez habrá de traducirse en un rechazo, casi un odio, de la cultura liberal y en una adhesión deliberada a favor del peronismo.
Desencadenan tal transformación dos hechos cuyos responsables ideológicos y materiales son los opositores al régimen. Una bomba destruye un tranvía, en abril de 1955, y cobra cientos de víctimas; como reacción a ese hecho violento una muchedumbre adepta al gobierno marcha primero hacia la sede del Partido Socialista y luego hacia el Jockey Club. Gómez se descubre repentinamente contemplando el saqueo y la quema de libros y cuadros. A pesar de su respeto por las manifestaciones de la cultura universal (esas páginas que arden, esas pinturas que se vuelven ceniza), el joven profesor siente que está ante una venganza legítima, un acto de justicia que no repara el bestial acto de terror consumado por los “contreras”. Para los desposeídos, dice Gómez, la justicia, debe asumir la forma estruendosa y torva de la venganza. Ese hecho –que la historia oficial registra como un saqueo de la plebe y no como un ejercicio del terrorismo llevado a cabo por la fracción del ejército que sirve a la clase dominante- prefigura el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio del mismo año. Los efectos terribles de esta masacre inciden decididamente en la vida de Gómez, quien desde entonces tomará partido por el bando de las víctimas. Mareado por las ondas expansivas, aturdido por el lamento de los numerosos mutilados, Gómez comprende, se despabila: la Revolución Libertadora no es otra cosa que un crimen masivo.
Esta toma de conciencia modifica radicalmente su valoración del peronismo y su visión de la historia argentina. Los sucesos de aquel junio sangriento dividen su vida en dos mitades incompatibles. De un lado queda el diletante subyugado; del otro, el sobreviviente cuya misión es preservar el recuerdo de las víctimas. Cincuenta años más tarde, un profesor Gómez ya septuagenario recordará los sucesos del año 1955 con una minuciosidad tan prolija como escabrosa. Hacer memoria, para Gómez, significa dejar constancia de una masacre que continúa impune todavía: testimoniar contra la versiones triunfantes de la historia, hacer frente al relato que justifica la barbarie del poder instituido.
En su monólogo moroso y desmesurado, el peronismo aparece como un movimiento nacional y popular, un proyecto de país autónomo enfrentado al bloque hegemónico que integran las clases medias ilustradas y la oligarquía. La narración adopta un movimiento reconstructivo. Apelando a la memoria, poniendo en acto sus facultades evocativas, Gómez reconstruye el ambiente político con el que comienza el año 1955. Un ominoso clima de conspiraciones muestra las flaquezas internas del gobierno y las maniobras civiles y militares mediante las cuales las fracciones opositoras persiguen el derrocamiento de Perón. A través de su relato retrospectivo, Gómez presenta la conformación de una alianza comandada por la oligarquía y de la que participan la marina, la iglesia, el radicalismo, los partidos demócrata cristiano, socialista y comunista. En términos de clase, la coalición une a la aristocracia extranjerizante con la clase media.
Este escenario, donde el poder de Perón aparece debilitado, se explica por la ausencia decisiva de Eva: timorato, el líder aspira a una conciliación que habrá de resultar imposible. La evocación en primera persona se vuelve un análisis perspicaz que engrandece la figura combativa de Eva Perón a la vez que subraya los aspectos demagógicos y fascistas del primer mandatario. Hay, entonces, una ausencia tan irrevocable como poderosa: la de la abanderada de los humildes. Ausente, Eva cobra una presencia enorme. Si a través de la voz de Gómez La lengua del malón rehabilita la impronta emancipadora y revolucionaria del peronismo, lo hace poniendo en el centro del movimiento de masas a la figura de Evita. Se pretende evocar y comprender el significado histórico del peronismo según su propia racionalidad de hecho maldito, en desmedro y en confrontación con las ópticas liberal e izquierdistas1.
“LA LENGUA DEL MALÓN”
Pero esta evocación reconstructiva se torna más aguda cuando Gómez pasa revista al campo intelectual de mediados de los ’50. Hay dos fracciones claramente enfrentadas: la del sector gobernante y la de la oposición. De un lado, están los seguidores de Perón: los “chupacirios” recalcitrantes controlando las universidades y los tangueros populistas ocupando los medios masivos de comunicación, especialmente la radio. Del otro, aparecen tanto los letrados europeizantes, que adscriben a una concepción abstractamente universal de la cultura y el arte (Victoria Ocampo, la revista Sur, Jorge Luis Borges) como los partidarios del realismo socialista.
Gómez subraya la complementariedad poco menos que necesaria entre el genocidio perpetrado por los militares que bombardearon la Plaza de Mayo y esa idea abstracta y universal de la democracia y la cultura, respecto de la cual las fracciones de la izquierda argentina hacen las veces de cómplices2. Democracia liberal y cultura universal coinciden en quitarle absoluto protagonismo a las masas populares, que serán el blanco casi exclusivo de la Revolución Libertadora: víctimas de las bombas y de allí en más excluidas de la toma de decisiones políticas.
“La lengua del malón”, la obra que Delia escribe en secreto, escapa por completo a las divisiones que ordenan el campo intelectual. Lejos de los valores universalizantes que pondera Sur, distanciada de la estética boedista, ajena a la retórica del populismo, “La lengua del malón” propicia una “tercera posición literaria” cuyo antecedente inmediato sería el por entonces olvidado Roberto Arlt. Si Eva constituye la figura faltante del escenario político, Arlt juega un papel similar en el tablado literario. Los escritos de Delia resultan raros, excepcionales y únicos para los marcos de comprensión y valoración vigentes porque no reconocen una continuidad cercana y porque cuestionan cáusticamente la tendencia cultural dominante.
La concepción del arte y la literatura que sostienen por igual liberales e izquierdistas se inscribe y mantiene en uso la dicotomía civilización / barbarie. Según la exégesis acalorada e insomne que practica Gómez, el texto de Delia activa esa polaridad con el propósito de rebasarla. En “La lengua del malón”, lo bárbaro significa lo reprimido y censurado por la civilización, que no es otra cosa que el relato político impuesto por los vencedores y cuyos orígenes se remiten a la llegada de los conquistadores. La civilización constituye un relato hegemónico que implica una política étnica que se concreta en una serie de genocidios. El bombardeo de junio forma parte de esa historia oculta de asesinatos, que se prolongará, durante casi veinte años, con la proscripción del peronismo y volverá a manifestarse con el terrorismo de estado que los militares propulsaron a partir de 1976. Una historia secreta de exterminios y exclusiones, cuyo objetivo privilegiado es la domesticación o, lisa y llanamente, el aniquilamiento del Otro, el diferente, el subalterno. Indios, negros, gauchos, inmigrantes, anarquistas, cabecitas negras, militantes nacionales y populares, mujeres y hombres homosexuales, desaparecidos. Una lista de víctimas flageladas y enmudecidas, sin cuerpo presente y despojadas de voz. Al escribir, con la estridencia de un melodrama, el romance entre una cautiva y un cacique, Delia denuncia violentamente la barbarie de la civilización.
Delia retoma el tópico literario de la cautiva para revertir el relato político-cultural que lo contiene. Para D., la protagonista de la historia, abandonar la civilización y dirigirse hacia la frontera, hacia el fuerte donde la espera su marido, el Capitán, significa liberarse de un conjunto de prejuicios que la sujetan, en el doble sentido del término. Esos prejuicios, que la atan y la oprimen, también la constituyen como sujeto asignándole roles fuertemente estereotipados: el de mujer, el de esposa, el de madre y el de cristiana3. El trayecto de ese itinerario, que va de la civilización a la barbarie, comprende un cuestionamiento de los roles preestablecidos y genera una nueva subjetivación para D.
La extensión vasta y cerril (“el desierto”), la cercanía del malón y, posteriormente, la presencia de Pichimán obran como disparadores. D. se vuelve “otra”, deja de ser lo que era, una señora blanca y religiosa, una madre abnegada, para convertirse en un cuerpo que ejerce plenamente su sexualidad a través del erotismo desenfrenado. Los sentidos de D. se desatan, su deseo fluye, su cuerpo se libera. Todo lo reprimido por la civilización se manifiesta e impone. En el texto de Delia, la barbarie se positiviza; la civilización se considera un relato opresor.
Tal como lo señala el profesor Gómez, “La lengua del malón” es un transposición en clave literaria de la relación homosexual y por tanto clandestina entre Delia y Lía. El vínculo prohibido que comparten D. y Pichimán (en el “mundo literario”) duplica el vínculo que une a las dos mujeres (en el “mundo real”). Como ambas uniones son transgresoras del universo de valores existente, ambas serán igualmente reprimidas por las fuerzas del orden: el ejército.
VARIOS
1) La estrategia discursiva principal que emplea Delia en su escritura es la parodia de convenciones y géneros estatuidos: si dentro del “macrorrelato” de la civilización, la “historia de cautivas” conforma un relato particular recurrente y legitimador, “La lengua del malón” –como dijimos- lo retoma e invierte su significado: la relación indio / mujer blanca es vista como una posibilidad de liberación y no de cautiverio para la mujer; la “barbarie” designa, en este caso, una esfera cultural apta para el despliegue y la satisfacción que tiene al cuerpo como actor central.
2) La novela entera abarca una serie de amores prohibidos y finalmente imposibles (D. y Pichimán, Delia y Lía, De Franco y Azucena, Gómez y el preceptor). La pasión amorosa está presentada como un vínculo que surge a partir de la prohibición, de lo oculto, de lo no permitido. Hay un límite externo que provoca y a la vez restringe la pasión amorosa, que no puede ser pública y que debe circunscribirse a la clandestinidad. Como el límite impuesto desde afuera a los amantes no se puede modificar, estos deben transgredirlo y la transgresión motiva sanciones morales y físicas; terminan destruidos o, en el mejor de los casos, separados. Todos los personajes están en cautiverio, son presas de convenciones y normas que los empujan a la transgresión y los convierten en víctimas. La civilización4 incluye un conjunto de normas represivas. La lengua del malón (la novela de Saccomanno) es una historia de cautivos; cuenta la eficacia de la civilización como cerco y frontera.
3) La frontera es un término que designa un complejo geopolítico y cultural, un trazado que distribuye espacios y establece jerarquías delimitando un territorio. Fuera del territorio nacional, más allá, a lo sumo en los bordes o en sus adyacencias, se establece lo bárbaro, lo salvaje. Al atravesar la frontera que separa la civilización de la barbarie, D. se desprende de las sujeciones que la constituyen (mujer, esposa, madre). Al enamorarse de otra mujer, Delia desafía las interdicciones morales de su clase y de una época; y al escribir lo que Gómez califica como “un texto maldito”, también arrasa con las prescripciones estéticas que conforman las tradiciones literarias instituidas mezclando géneros de la alta cultura y de la cultura popular. La mezcla resulta explosiva porque pone en escena lo que no puede decirse ni escribirse (lo que debe callarse); de allí que “La lengua del malón” permanezca inédita y escondida. Este texto oculto doblega las fronteras que impone la institución literaria, combate las normas morales y las relaciones políticas que sostienen a la literatura como institución artística y social. Al colocarse al margen de las fronteras establecidas, se vuelve un acontecimiento literario en la medida en que es un texto no legible desde el horizonte de expectativas trazados por las normas estéticas y sociales que rigen en la época.
4) La lengua del malón consiste, antes que nada, en el relato de una lectura: la interpretación de Gómez sobre el texto de Delia. Gómez parafrasea, resume, explica, analiza. Gómez lee alegóricamente, y su clave de lectura es la historia argentina, un relato de borraduras, omisiones y encubrimientos. Para Gómez leer equivale, inevitablemente, a interpretar, a reponer lo no dicho. Leer se parangona a una práctica de restitución de significaciones reprimidas; mediante la lectura que Gómez realiza, el texto de Delia se carga de un sentido político que escapa a las intenciones de su autora, excede sus condiciones de producción y permanece actual.
5) La lengua del malón narra una historia de ausencias, de voces ausentadas del escenario de la historia argentina, de cuerpos borrados por la historia que los vencedores escribieron, de faltas irrevocables que son las huellas presentes de la violencia política. Reponer para reparar los olvidos propios de un relato dominante, de un discurso opresor que no se responsabiliza de sus víctimas, es la intención de Gómez. Para sustraerle al olvido malintencionado el recuerdo de sus amigas, el profesor Gómez evoca. Y al evocar narra. Y al narrar produce una ficción. Memoria y ficción se confunden adrede en el discurso de esta novela. Saccomanno pone el acento en el movimiento reconstructivo que practica el profesor, quien procede como un novelista5, es decir: construye una trama narrativa, articula una versión del pasado interpelando la presunta objetividad de los hechos y recuperando las voces de las víctimas irredentas que suenan todavía hoy y aquí, en el presente.
Notas
1 Podríamos hablarse, al menos hipotéticamente, de una «lectura montonera» del peronismo. El foco de enunciación por el que opta Saccomanno es flagrantemente claro al respecto. Es curioso el modo en que la narración, aun comandada por la voz de Gómez, arma una polémica entre la óptica del profesor y la de Lía (cuyos enunciados el narrador cita directamente e incluye en el fluir de su discurso). Élla lee al peronismo empleando las categorías ortodoxas del discurso marxista; para Lía, se trata de un dique de contención, un freno a la lucha de clases.
2 Por ejemplo: Lía conoce a Delia en una reunión de “contreras”; la Ocampo ofrece su residencia de Palermo para que se concentren los conspiradores, en esta conjura cobra importancia la figura del almirante Rojas (emblema del «gorilismo»).
3 El texto de Delia cuestiona la axiología que hace de la categoría «mujer» no sólo un término que designa un género sexual sino también un compendio de roles sociales.
4 Como argumenta el profesor Gómez, la visión de la mujer que propugna el peronismo no difiere, en el terreno de las prohibiciones, sustancialmente de la que propugnan los sectores de la oposición. Obrera, paridora, sumisa. En este contexto, la «civilización» contiene también al peronismo.
5 El relato de Gómez se asemeja a un testimonio y a una confesión. No le importa tanto la fidelidad a los hechos como la interpretación de los mismos; de allí que en ciertos tramos de su narración adopte el estilo indirecto libre, o ponga en escena puntos de vista que le resultan ajenos. Por ejemplo, la presumible reunión de los conspiradores en casa de Victoria Ocampo está narrada desde el punto de vista del almirante Rojas.
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