RUTINA DE BAR


Por Daniel Aloisio1

LUNES

Hace frío, lo sé, pero no creo que sea eso lo que crispa los labios del hombre que me acompaña.  Tampoco ha de ser la música, un poco estridente, inoportuna, ni el murmullo cansino de este viejo bar de pueblo que nos encuentra sentados frente a frente, con unas copas a medio beber como único nexo.
No habla,  aunque no estoy seguro de que sea eso lo que realmente quiere. Por momentos presiento que soy un estorbo para sus planes, si es que en verdad los tiene.
No es viejo, está avejentado. No sufre, padece. Que su mujer lo haya dejado por otro más joven ha pasado a ser para él algo secundario. Quizás hasta lo haya olvidado. Eso, claro, es lo que me figuro mientras avanzo a tientas por el sombrío laberinto de su mente.
Sabe que lo estoy observando, y no rehuye mis ojos, pero tampoco me devuelve la mirada. Debo ser para él como una mancha, un borrón insidioso que intenta filtrarse por  el rabillo del ojo.
Suspira, se acerca el cigarrillo apagado a los labios y da una pitada. No hay humo, ni colilla encendida. No hay placer ni contrariedad en su gesto. Sólo lo aparta de su boca, resignado. Toma el vaso y lo vacía de un solo trago. El alcohol  burbujea en su nariz y le llena los ojos de lágrimas.
¿Son producto del alcohol esas lágrimas? —me pregunto ociosamente.
Nadie responde.
Lo imito con un soberbio fondo blanco. Me ahogo, escupo, maldigo, lanzo dos o tres juramentos altisonantes.
Nada.
Unos tipos a mi espalda se deshacen en carcajadas. Me vuelvo buscando en ellos el reflejo de la burla. No me miran. Siguen enfrascados en ese mundo que no es el mío, pero que tampoco me es absolutamente ajeno. Vuelven a reír. Comprendo entonces que no soy el motivo de su hilaridad, quizás tampoco se hayan percatado de mi presencia.
El hombre frente a mí tiene los ojos clavados en la mesa. Sigue sin hablar. Es poco más que una sombra, poco menos que un despojo. Se lleva el vaso vacío a la boca y trata de sorber lo que ya no existe. Quizás esté pensando en ella, en su cuerpo lánguido de calidez perfecta, en su aroma de mujer exhausta de amar.
Tal vez debiera hablarle, sacudirlo de un puñetazo en pleno rostro, gritar su nombre y tumbar la mesa de un empujón. No lo hago. Ni eso, ni ninguna otra cosa. Me duelen los ojos de tanto mirarlo fijo, me arde la lengua de tenerla escondida tras una muralla de dientes apretados.
¡Cobarde! —me grito, pero ni yo mismo me hago caso.
Él sigue allí, sin decir nada, como si yo no existiese. Quizás sepa que es ese como si lo que me está matando, porque parece empeñado en mantenerme al margen de su universo, pensando que interactuar conmigo pudiera llegar a destruirlo.
Somos cielo e infierno, en este cosmos de manteles apolillados con olor a mortadela rancia. Uno y otro más, ni siquiera dos. Apenas una paradoja, una burda réplica de un par de tipos compartiendo una copa.
Resopla, parece que va a decir algo, pero cierra nuevamente la boca. Contengo el aliento para no perturbarlo, mas no consigo oír de él ningún sonido. Cierro mis ojos, intentado no inhibirlo. No quiero forzarlo.
Tarareo una canción para mis adentros, y no logro dar con la melodía, ni recordar el estribillo.
Ahora dice algo. Algo que es más que una frase, casi un lacónico discurso. Lo oigo sin comprender. Él no repite lo dicho. Después entiendo.

 

DOMINGO

Querido amigo:

Hoy es mi primer día sin... ella. Como verás, hasta me cuesta nombrarla. Tal vez pienses que se trata de cierto despecho, o de algún afán revanchista que pueda estar tiñendo mis pensamientos, pero te aseguro que no es así. Siento como si de pronto me hubieran empujado a campo abierto para que el viento me llenara de polvo las heridas. No puedo moverme sin que me duela, no puedo recordarla sin llorar. Te preguntarás seguramente qué ha sido de todas nuestras cosas, del rancho. Está todo aquí.
La Soraya (como ves ya me estoy animando) se fue sin dejar que la siguiera ni su propia sombra. No tocó nada, pero rompió todo. No hubo despedida, tampoco lágrimas. Parecía apurada, eso sí. Quizás ansiosa de reunirse con ese muchachito que la esperaba desde temprano en la esquina. No lo sé.
Dobló el mantel, como siempre. Acomodó el repasador sobre la mesa.  Abrió las cortinas para que entrara más sol, cambió la yerba del mate. No fuera cosa de que llegara a lavarse y  me hiciera mal...
 Después desapareció, se esfumó, como ese pájaro que una vez quisimos encerrar en una jaula. ¿Te acordás?
No importa.
No te preocupes. Pronto voy a estar bien.

Un abrazo.
Nemesio

 

LUNES

¡Las tres de la mañana! Y el jefe que no aparece. Seguramente andará por ahí, enredado con alguna pollera. ¡Claro! Total... que el Elías se encargue de todo. Como siempre. Que cierre el bar, que acomode las mesas, que arrastre a los chupados hasta la vereda, que le dé su parte a las chicas. En fin. Lo de costumbre, y un poco más.
Siempre me he preguntado qué hacen todos estos tipos cuando salen de aquí. ¿Se irán a dormir a sus casas, o buscarán refugio en otros bares donde las  noches sean más largas y las madrugadas más cortas?
Quizás.
Hoy por suerte son pocos, así que no hay peligro de que se arme ninguna trifulca. Tal vez hasta me dejen ojear algo más de este libro que escondo bajo el mostrador. ¡Qué importa que el jefe diga que leer es cosa de maricones! Ya he aprendido muchas palabras nuevas y no me siento menos hombre. Me pregunto qué diría si supiera que también estoy intentando escribir unos versos. Se reiría, eso sí, y después me haría sacar de una patada en el trasero. No lo haría él, por supuesto, eso le arruinaría las botas.
Miro sin interés ni disimulo hacia donde están los parroquianos. Tres mesas ocupadas. Demasiadas para un bar que sólo tiene cinco. En una, dos mujeres gordas que se sostienen la cabeza con una mano y se abanican con la otra. Hace calor, y no hay plata, así que los clientes escasean. Si no se van a dormir es porque en la cama sólo les esperan las chinches, y alguna que otra cucaracha solitaria.
Al lado de ellas, tres tipos, bien vestidos. Con cara de ciudad y manos blancas. Pude estudiarlos un poco cuando me acerqué a llevarles unos tragos. Son de esos que mastican con la boca cerrada, y no se olvidan de pedir perdón cuando interrumpen al que está hablando. Parecen contentos, se ríen cada  tres frases. Se palmean las espaldas echándose hacia atrás en las sillas.
Más allá, cerca de la ventana, hay dos que apenas si están. Uno es flaco, desgarbado. Las rodillas casi le tocan la mesa. No parece ser de por acá. Nunca he visto un paisano con semejante altura. El otro es el Nemesio, pobre...
Quizás el flaco sea algún pariente, porque lo veo preocupado. Debe estar al tanto de su desgracia. De vez en cuando se le acerca, lo estudia como a un  hongo desconocido. No le habla, aunque si lo hiciera estoy seguro de que no recibiría respuesta. Hace de ayer que nadie le arranca una palabra al infeliz.
Alguien abre la puerta. ¡Y yo que pensaba irme temprano!.
Me estiro para ver entre la nube de humo y lo descubro.
¡Es el hermano de la Soraya! El que vive en la ciudad.
Entra tambaleando, parece estar borracho, o algo. Me saluda levantando la mano como si yo estuviera a dos leguas de distancia. Se para al medio del salón y sacude un eructo estruendoso. Está mamado. Ahora estoy seguro.
Miro hacia la mesa del Nemesio y lo veo ponerse de pie. Saca algo de entre las ropas. Un caño.
El pibe no parece haberlo visto. La imagen se me congela detrás de los lentes. Siento ese frío que ya conozco. Me sube por las piernas.
Salgo de atrás del mostrador, justo a tiempo para ver al chico sacar el arma. ¡Así que no estaba tan mamado ni tan distraído!. Lo encara al Nemesio que no se achica. El flaco se pone de pie y casi toca la lámpara con la cabeza. Levanta los brazos y vocifera, pero no puedo oír lo que dice.    
Sin querer, me descubro mirando hacia los tres tipos que siguen con sus carcajadas, ajenos a la historia. Las dos gordas roncan con las cabezas apoyadas en la mesa. Todo normal para ellas.

¡Nooo! —grita alguien desde un costado—. Descubro que es la voz del flaco, aflautada por la angustia.

Los otros dos están hablando. No dejan de apuntarse con las armas.

—¿Por qué tuviste que encerrarla? —aúlla el Nemesio, sin mirar a nadie—
 Ninguno de los dos responde, así que no sé a quien se dirige.
Me acerco como una sombra. Ellos me ven, pero no les importa. Están jugando su propio juego y saben que yo no voy a estorbarlos.

—¿Y qué querías que hiciera? —dice el pibe, y me aclara la duda—. ¿Que la dejara suelta en el pueblo para que  siguiera de joda?

No puedo moverme. Un sudor frío me recorre la nuca, serpenteando como un arroyo.

—¿Y éste quién es? —le pregunta el pibe, señalando al flaco.
—El último que se la llevó—dice el Nemesio, levantando los hombros.

Ya no se apuntan entre ellos. Ahora los dos caños están paralelos y miran hacia el flaco que está mudo y blanco como un fantasma.
Los tres tipos de la ciudad han dejado de reírse. Están parados detrás de mí, puedo sentirlos. Me vuelvo sin disimulo y casi pierdo los dientes del sopapo que me aplican.

—¡Tranquilos, muchachos! —les dice el pibe, y me ayuda a levantarme.

De reojo alcanzo a ver a las gordas que disparan por la puerta de atrás. No quieren problemas.

—Creo que esto puede arreglarse —dice el flaco, que se sabe más finado que vivo.

Nadie le responde. Ni lo miran.

—¡Andá a buscar a tu mujer que te está esperando! —le gruñe el pibe al Nemesio que desaparece como un duende—. Y vos —susurra dirigiéndose a mí—, mostrame qué licores nuevos tiene tu patrón en el sótano.

Entonces me toma del brazo, sin forzarme, pero sin aflojar. Siento los pasos de los tres tipos que se arrastran como culebras hacia el flaco.
Ya sé qué es  lo que sigue. Una charla amable, la radio sonando demasiado fuerte, unos estampidos apagados en el piso de arriba. Alguien que arrastra un peso hacia la puerta. Una mancha más en el piso de madera.

—¿Te hacés cargo de la limpieza? —me dice el pibe sonriendo, y tira un billete de diez sobre la mesa.


[Volver] Aloisio, Daniel Omar: Río Cuarto, 26 de Enero de 1968. Publicaciones:       Participación en Revista “Con tiempo y sobra”, año 2002 y en “La poesía en el bondi 2003”. Libro: “Árbol de sueños” (en prensa). Premios: Mención en certamen literario, editorial Mis Escritos, Buenos Aires 2003.