Presentación de "Mujeres que nunca me amaron" de Carlos SchillingPor María Teresa Andruetto
Un hombre con una conciencia brumosa de sí y sin fuerzas para gastar la herencia familiar, que vive solo en la casa de sus padres, sin esposa, sin hijos y sin trabajo, apenas conectado al mundo por los ecos que le llegan a través de otras personas, relata, a la manera de una moderna Scherezade en clave masculina, sus amores infructuosos para sostener la atención de una oyente y en ese relato sostenerse. Nunca hablamos de su padre ni de su madre, quizá porque en la extraña familia que formamos una vez por semana ya no significa nada que ella sea hija de mi hermano Javier y de mi cuñada Helena. Hace tiempo que dejamos de ser un tío y una sobrina para transformarnos en la criatura de nuestra mutua atención, un ser impersonal que se distribuye entre los dos en proporciones variables y que no tiene ni veinte ni cuarenta años. Tuve la novela cuando supe que tenía a un receptor interno, me dice Carlos en una conversación telefónica. Un hombre cuenta cómo le cuenta a ese receptor las historias, narrador en primera persona que dirige su narrar a ese tú del mundo interno de la novela y rompe a la vez la “cuarta pared” del relato relatándonos a nosotros esa estructura dialógica. Efectivamente, es para Daniela que el narrador motoriza los mecanismos de ficción y es por la estrategia discursiva que lleva su nombre que nosotros leemos la novela. Asumir una perspectiva frente a lo narrado no sólo significa instalar el lugar del yo, dice Marisa Filinich, sino que implica, además, señalar el lugar que se pretende que ocupe el tú para observar y valorar los sucesos narrados. Juego especular de destinatarios: voy a contar qué le conté y cómo le conté a Daniela mis historias con mujeres que no me amaron. Un yo que nos dice cómo construyó para una, las historias de muchas. Pero enseguida el narrador hace saltar otra capa. Ella es en realidad una extensión de otra mujer, alguien que está detrás de ella y cuya necesidad de satisfacer al narrador en la provisión de mujeres, es lo que motoriza en última instancia el relato.Como en aquel texto titulado Punto final que Tununa Mercado incluyó en su Canon de Alcoba, al que Mujeres que nunca me amaron me invitó a regresar, y que habla del dictado de la máquina de producir escritura y, más atrás o más lejos, de la máquina de producir imaginario y, más atrás, de la máquina de producir deseo, y así quizás hasta la última desolada fronda del inconsciente. Esta historia que les cuento como otras diversas historias que tuve con mujeres que nunca me amaron, se las conté a una mujer cuyo amor esperaba [si es que en verdad espero algo del amor y de las mujeres], parece decirnos el narrador. A partir de ahí, el relato (el cuento previo a los sucesivos cuentos sobre mujeres desamoradas) se adentra en la historia acerca de cómo se construye una historia, qué de esa construcción le corresponde a quien narra y qué a quien escucha, y cómo se manifiesta el progresivo crecimiento de esas historias entre el narrador y diversas mujeres posibles, mujeres cuyo número podría multiplicarse al infinito si agregáramos algunas mencionadas y desechadas y sobre todo si incluyéramos las infinitas mujeres que hay en una de ellas, de profesión actriz. Mujeres todas diferentes y en algún punto similares a Daniela, que van desde la revelación y el fulgor en la memoria, hasta la indiferencia o el hastío en el presente de quien narra. Yo no las había creado, las había descubierto, si es que puede llamarse descubrimiento a un deslumbramiento, y me sentía ligado a ellas por el hilo titilante de ese resplandor, ya fuera el plano detalle del pelo sobre los ojos de una desconocida en un bar o el plano general de una chica de trenzas negras, con una cinta de luto atada en la manga del guardapolvo blanco, rodeada de amigas borrosas en el patio de un colegio de Los Juncales. De modo que Mujeres que nunca me amaron es, en principio, una novela sobre el amor, al mismo tiempo que un recorrido por los tipos femeninos, desde lo más extraño a lo familiar, algunos de ellos provenientes de otros libros de Schilling, en un juego de oposiciones, ramificaciones, simetrías, encajes, encastres y duplicaciones habituales en su escritura, piénsese por ejemplo en Dos variaciones, en Diana y Nadia, en Mudo, en Formas de ver el mar. Varias veces, durante la lectura de esta novela, vinieron a mí libros como Si una noche de invierno un viajero o El castillo de los destinos cruzados, de Italo Calvino quizás por el modo en que –tras las simetrías y el juego de múltiples reflejos- lo uno se ve multiplicado al infinito. Así deambulamos por los mundos paralelos donde viven las mujeres perdidas, borradores de un mapa sentimental en el que el recuerdo y la experiencia se miran el uno a la otra especularmente, y la energía liberada de los recuerdos hace de la memoria un relato levemente corrido, que se corresponde a la experiencia como una foto fuera de foco por demasía o por merma. Mi sobrina tiende a traducir la vida de cada mujer a su propio idioma; pero como aún no cuenta con los vocablos suficientes, el resultado siempre es una reducción. Yo conozco las páginas que faltan de ese diccionario y hay días en que lamento no poder enseñarle todas sus definiciones. Tenemos entonces un recorrido por las modalidades de la pasión, más precisamente un relato con variaciones sobre ese tópico en la clase media argentina. Novela sentimental que empieza por mirar a las mujeres perdidas y termina viendo a los hombres, los hijos, las formas de vida y de muerte que ellas convocan o padecen y los escenarios que habitan, desde la vida pueblerina de Beatriz en Los Juncales hasta la bohemia europea de Marina Luna. Y tenemos la voz de los otros en la propia voz, el contar lo que se ha vivido, el vivir para contar y el contar para darle un sentido a la existencia, todo eso aparece aquí sumado a otros motivos recurrentes en la escritura de Schilling, como el agua (Formas de ver el mar, ¿Agua?, y una novela inédita cuyo nombre ahora no recuerdo), la mudez en la lengua que se traba o que se amputa (tema central de Claus, Claut, Claux, primer relato suyo que leí, y de Mudo), y la fascinación por las réplicas. …podía ver el cuerpito de la niña en la pileta, por más que no estuviera presente cuando se ahogó, podría verla manotear en el agua y hundirse y tratar de hacer pie y abrir la boca en busca de aire, sola en medio del silencio del verano, y también podía verla flotar cabeza abajo, con los brazos en cruz, ya fuera de este mundo, y esa visión ajena a mis ojos me transformaba en algo más que un testigo impotente… Con un ritmo que no decae, que atraviesa zonas enigmáticas y revelaciones bien dosificadas, la prosa nos lleva de la mano sin soltarnos hasta los afiatados cierres de capítulo, cada uno de ellos broche, muestra y confirmación del fracaso de una historia de amor. Yo tampoco iba a dejarla sola, aunque no la viera tan seguido y no volviera a compartir con ella otro verano. No iba a dejarla sola. Se lo estaba diciendo a ella, a la mujer que se acercaba a los cuarenta años y que había visto todo sin moverse de Los Juncales, pero también se lo estaba diciendo a la niña huérfana de madre, se lo estaba diciendo a esa chica que siempre tendría trece años en el calendario de mis amores no cumplidos. Pero Mujeres que nunca me amaron es también, en cierto modo, una parodia de las aventuras amorosas de un hombre y enmarca bajo una sonrisa inteligente, relatos dramáticos o eróticos, colocando al narrador en el lugar que en las novelas sentimentales de la tradición se le asigna a la protagonista femenina. Novela sobre la espera, necesitaba liberarme de la dimensión de espera donde mi sobrina me había recluido, escapar de esta casa, apartarme del circuito de sillas y sillones en los que me sentaba a contar las horas más lentas del día, con la conciencia fuera de mí, proyectada hacia la próxima cita, hacia el próximo instante en que Daniela golpeara la puerta…la esperanza, la desesperación y la desesperanza, temas todos frecuentes en la escritura de mujeres. Aquí está entonces Guillermo en el lugar del no visto, el no querido, el olvidado, el amigo, el confidente, el ignorado, el tío o el cuñado…es decir en los no lugares del amor. Mi reacción es fijar la mirada en la primera pared que encuentro cuando giro la cabeza hacia un lado y mantenerla clavada en un punto indefinido, un punto que significa que no quiero volver a mirarla y que tampoco quiero que Daniela vea mi cara, por más que negarle los ojos sea una medida inútil para eliminar de mis retinas la imagen fugaz de su entrepierna. PAG. 138. Pero Mujeres que nunca me amaron es además y sobre todo una novela sobre el acto de fabular, sobre el arte de relatar historias y sus consecuentes derivaciones hacia quien relata o escribe y hacia quien lee o escucha. Deliciosa novela sobre el lector en la figura enigmática de Daniela, la sobrina para la que Guillermo construye su relato, intentando retenerla/sostenerla capítulo a capítulo, peripecia tras peripecia. Novela sobre el fabular y sobre el fabulador, sobre la tensión verdad/ mentira a la hora de narrar, sobre lo que se omite y lo que se ofrece en la creación del artificio, sobre las palabras y los silencios, sobre las rigurosas reglas del contar y finalmente sobre la construcción del plan de escritura de una novela y la construcción de los capítulos ausentes, la cooperación narrador/receptor y la cantidad de estrategias que se ponen en juego a la hora de leer. Acercándome a su cuerpo descubro la imagen de este instante inolvidable, de este momento que no se repetirá, contenido en el reflejo luminoso que nos abarca a los dos: ella adelante y yo atrás, juntos en ese espacio indefinido donde los tíos no son tíos y las sobrinas no son sobrinas. Todo relato se construye para algo/todo relato se construye para alguien.Así, Daniela funciona como lector modelode las historias construidas por el narrador, No quiero ponerla a prueba. No quiero perder lo que ya poseo de ella: esa atención, esa devoción. Y mientras el relato se construye para ella, va reflexionando ante nuestros ojos sobre su propio construirse. De modo que se trata de un relato doble de iniciación de Daniela, rito de pasaje a la vida amorosa y rito de pasaje a la vida de lectora adulta, para todo lo cual debe atravesar una serie de obstáculos so pena de ser considerada una nenita. Lo que siente como un espacio que se abre y le permite respirar aliviada, lejos de esa niña muerta que la obliga a pensar en su propia muerte o en la muerte de sus seres queridos (su padre, su madre, yo mismo) y le hace estrechar más fuerte sus brazos alrededor de su torso que ha quedado expuesto a esa idea y a ese frío. Ya llegará el momento en que ceda a la verdad que palpita dentro de su cuerpo y se libere del peso que trabaja en ella en sentido contrario. Y esa verdad serán palabras. … Daniela. Hay un cuento que sólo nosotros sabemos. Hay una bruja que encuentra su varita mágica. Hay una persona que se llama Javier y que es su padre y es mi hermano. Hay una tarde en que me odió en el campo de su tía. Hay otra tarde en que decidió escuchar mis historias de amores no cumplidos. Y hay este instante en que me acerco, la miro a los ojos, aparto los cabellos de su frente, y siento que mis dedos tocan varias hebras de luz, una materia luminosa que no termina de transmitirles a mis yemas la sensación de contacto, aunque sí la estoy tocando, sí la estoy liberando de ese velo fugaz; de lo contrario su cara no surgiría con un poder renovado, como si en vez de apartarle los cabellos hubiera desgarrado una bolsa de plástico transparente y en la expresión de su nariz y sus labios aún quedaran huellas del esfuerzo por volver a respirar. La educación sentimental/la educación del lector es el contrapunto que convierte a Mujeres que nunca me amaron en un relato de iniciación, la novela de un viaje interior para tío y sobrina. Relato que en las diversas historias de mujeres, más aún en las confesiones que esas mujeres le hacen al narrador, alcanza sus momentos más conmovedores y en la reconstrucción de esas historias, como una experiencia de lectura propuesta hacia Daniela alcanza su mayor complejidad. Así es como dialogan, muy bien dosificados, los dos polos de tensión que la novela propone. Una parte de mi vida se transforma en su vida cuando le hablo de las mujeres y supongo que a través de esa experiencia ajena va descubriendo un territorio personal, lo mide, lo indaga, lo explora, como si fuera a plantar una bandera. Y quizás es por eso que el relato infantil que el tío relataba en el pasado y que va creciendo en los intersticios de las historias de amor, como relato por antonomasia que es, cierra la novela.En este sentido Mujeres que nunca me amaron es entonces también una novela sobre las novelas y el modo en que éstas se construyen. Así, mientras nosotros nos adentramos en el relato de los fracasos amorosos de Guillermo con Beatriz Ferrero, Carolina Bernstein, Diana Ferrando, Sofía López Distal y Marina Luna, la novela da cuenta de su pulseada por conseguir los favores de Daniela, a la vez amada, amante y desamorada. Historia marco que es por una parte una historia más del narrador, la historia de una mujer más en la serie de mujeres que nunca lo amaron, y es por la otra la historia acerca de cómo, de qué modo, con el dominio de qué estrategias, quien narra seduce a su oyente o fracasa en el intento. De ese modo, la novela pone en evidencia, cuán precaria es la alianza que se produce entre el escritor y su receptor y cuan exigentes, incrédulos, despreciativos e infieles pueden llegar a ser los lectores a los que aspiramos.Y así, mientras una y otra línea de la novela se desarrollan en eficaz contrapunto, con prosa impecable que si deja ver el manejo de la lengua de un poeta jamás pierde el ritmo del prosista, Mujeres que nunca me amaron se construye para mostrarnos los hilos con que ha sido tejida, las texturas que son indispensables para darle espesor a un relato, la simetría con que se han insertado los hilos de la trama, el plan de trabajo con el que las buenas novelas se construyen. |