Presentación de "Si nada permanece" de Pablo Dema


Por José Di Marco


LOS MODESTOS PODERES DE LA FICCIÓN

La forma cuento

Como señalara Eduardo Romano en la presentación de Si nada permanece1, en los cuentos de Pablo Dema predomina una atmósfera ambivalente y el desenlace, más que ofrecer una resolución tranquilizadora, confirma la persistencia de un enigma, de un estado de incertidumbre. Zozobra es lo que siente Duarte, el protagonista de “Sever”, al descubrir, en los títulos de libros y películas anotados en la libreta de su mujer, que ella tiene un mundo propio que él ignoraba por completo. Semejante sensación experimenta el lector ante al desenlace de “La montaña”, en la escena culminante, cuando el narrador protagonista monta un caballo para perderse en la espesura. Se produce un enrarecimiento del mundo cotidiano, y lo que parecía obvio y confiable gradualmente se ha vuelto extraño y amenazador. Pablo Dema practica el cuento como una forma de registrar ese pasaje imperceptible, esa modificación tenue pero definitiva del orden de las cosas.

Omisión y verdad

Las ocho ficciones que integran Si nada permanece se construyen a partir de esta premisa: en la elipsis, en la alusión soterrada y la referencia oblicua, se sostiene el contenido cognitivo, el núcleo de verdad de lo narrado. Alejada de la corroboración empírica, la verdad que se desprende de los textos adquiere la consistencia, centelleante y esquiva, de una revelación implícita, muda.
            En “Si estás en la azotea”, la formación de golondrinas que Ariel contempla azorado desde la terraza tuerce la decisión que el personaje había tomado antes de que la historia empezara a narrarse. En “Exit music for a film”, dos líneas narrativas se encadenan por contigüidad y las vidas desgraciadas de Miguel y Tuca se cruzan por accidente. En el asiento de un ómnibus, frente a las imágenes de una película que está terminando, el azar los ha reunido tal vez inexorablemente, mientras el amanecer los cobija con su luz blanca y tibia.
            Hay algo, en todos estos textos, que la narración esconde o deja apenas entrever. Algo tácito y decisivo, una reserva de sentido que se mantiene en estado de latencia. En “El pulpo”, la historia ocurre en el ámbito doméstico, en una humilde casa de barrio ubicada en la periferia de un pueblo de provincia; pero esa misma historia transcurre también durante el partido final del campeonato mundial de fútbol que se jugó en Argentina en 1978; el contexto político se alude mediante una serie pormenores relacionados con la figura de su protagonista Julián y funcionan como indicios del clima social opresivo y presagian el desenlace inminente. En “Exit music for a film”, no se hace referencia directa alguna a los tres episodios que son fundamentales para la trama: la terminación del guión cinematográfico que Miguel está escribiendo al comienzo del cuento, la muerte de su esposa y el embarazo que motiva la huida de la Tuca. En “Tiburón”, el hecho que explica el comportamiento del matrimonio conformado por Vidal y Lili (la muerte de la hija) apenas se indica en dos líneas del diálogo que se ha ido convirtiendo, más allá de la voluntad de ambos, en una discusión despiadada y, por otra parte, en uno de los tramos más intensamente dramáticos de todo el volumen.
            La estrategia de omisión, de poner en segundo plano el hecho fundamental, de sugerirlo y darlo a entender como al pasar, sin subrayados ni explicaciones, llevan a que el lector atienda menos a la conformidad del texto a la preceptiva del género o a la resolución técnica de la trama que al obrar y el padecimiento de los personajes. Con excepción de “Lo que se ve”, el trabajo más escueto del conjunto, importan los efectos, los coletazos de ese suceso ausente que se va manifestando poco a poco. Importa lo que los personajes hacen a partir de y con “eso”, los que pasos que darán, el modo en que orientan y resignifican sus existencias desacomodadas.

Los objetos y el realismo

Como en toda narración, en las que forman parte de Si nada permanece los objetos desempeñan un papel trascendente: la bala con la punta dorada en “La montaña”, la libreta de Melisa, en “Sever”; la billetera semejante a la suya que Ariel encuentra en la vereda del edificio donde habita, en “Si estás en la azotea”; la lámpara sin interruptor, en “Exit music for a film”; los zapatos de mujer, en “Lo que se ve”; el teléfono celular que Vidal pierde en “Tiburón”. La nítida presencia de estos objetos muestra la competencia narrativa de Pablo Dema, su aptitud para el detalle, su tendencia a singularizar un elemento, revestirlo de connotaciones y rodearlo de un aura inquietante.
            Aunque el fantástico y la aventura se impongan en “La montaña”, se busca (y se consigue) en los restantes textos, un efecto de realidad, un verosímil fuertemente realista (que se exaspera hasta el objetivismo en “Lo que se ve”). Sin embargo, el realismo de de Dema es menos mimético que constructivo. No persigue el color local, tampoco la pátina epidérmica del costumbrismo. El autor construye un mundo poblado de objetos cercanos, accesibles que, no obstante, se cargan de un valor simbólico al inscribirse en el tejido de una historia sin perder su contundencia, su materialidad. Esta operación de escritura no sólo prueba que “el realismo” es una retórica (un mecanismo para producir significaciones) sino que trasunta una mirada que recorre, con parsimonia, extrañada, la presencia vibrante de lo real.

La escritura y sus efectos

Los cuentos de Si nada permanece cuestionan la experiencia cosificada de la vida y el sentido esquemático, habitual, que la ciñe. Muestran que lo real puede devenir más incierto, problemático, desconocido que lo que nuestras percepciones mecanizadas y nuestros hábito instituidos nos dejan apreciar y comprender. Sus personajes se parecen a seres humanos comunes y corrientes que, sin proponérselo, se ven envueltos en situaciones raras, a veces trágicas, cómicas otras (el tono de comedia que impregna “Sever” resulta ejemplar al respecto) que los inducen a experimentar tanto el extrañamiento de sí como la contemplación del mundo desde una postura extraordinaria.
            La narración se adecua a los movimientos, elucubraciones y vivencias de los personajes; marcha a su ritmo, sin sobresaltos ni espasmos. La escritura (eso que equívocamente se denomina “estilo”) prefiere la tersura, la fluidez y la precisión nominativa a los alardes léxicos, a la sintaxis alambicada, a las profusiones ornamentales. Pero –entiéndase- se trata de adelgazar la escritura, de transparentarla, eligiendo un léxico y un fraseo que la acercan al ritmo y a la modulación oral.
            “Un perro” puede leerse como un manifiesto que, abiertamente, desafía e incluso invierte las afirmaciones de Deleuze sobre los vínculos entre experiencia y literatura; más que metamorfosearse, convertirse en lo Otro, deshacerse, el escritor que protagoniza y narra esta historia persigue una imagen que le permita afirmarse como sujeto, fijarse como tal, alcanzar, en el vértigo de sus pensamientos y en el fárrago de los accidentes, una identidad provisoria.

Citas y filiaciones

En Si en nada permanece se convocan e integran diversos tramos de la cultura, la literatura y el arte: el universo de la industria cultural que remite a los ámbitos del rock y del cine; cierto repertorio temático de alcance universal –el tópico del doble se destaca en “La montaña” y en “Sever” –; fragmentos de poemas reconocibles en los acápites o insertos en el texto (“Si estás en la azotea”). “Si lo que se ve”, por ejemplo, evoca el objetivismo de “Declinación y ángel”, de Antonio Di Benedetto, las palabras iniciales de “Tiburón” reproducen el comienzo de “La loca y el relato del crimen”, de Ricardo Piglia. Por su parte, la atención morosa en la superficie de los objetos envía a la escritura de Saer.
            No son pastiches ni reescrituras paródicas ni filiaciones legitimantes sino, más bien, homenajes, citas veladas, el intento sutil de incorporarse a una tradición nacional, a un tipo de narrativa que elude las convenciones del género cuento y se aventura en el uso de procedimientos que tienden a expandir sus fronteras.

La ficción y sus poderes

A diferencia de una buena parte de sus congéneres, Pablo Dema apuesta con convencimiento, sin grandilocuencia, a la ficción y a los modestos poderes de la misma. Rehúsa la parodia. Soslaya las matrices genéricas que adscriben de manera evidente a lo ficcional (entiéndase la ciencia ficción, la fantasía o el policial). Esquiva las temáticas de corte histórico-político. La referencia cruda al contexto social, a la actualidad, a nuestra dolorosa y cruenta historia reciente está elidida ex profeso; no  por desden o insensibilidad; en la propuesta de Dema, lo político ocurre en el lenguaje y consiste en una manera peculiar de tratar con las palabras (que es un modo particular de estar y ser en el mundo), con la invención de pequeños universos que responden a una temporalidad propia y a una lógica interna capaz de prescindir de sostenes externos, de mensajes laudatorios, de doctrinas preexistentes.
            El título del libro, tomado de un verso de un poema del mexicano José Emilio Pacheco, anticipa el tenor que atraviesa a los textos en su conjunto. Si la condición humana es efímera y precaria, un preámbulo a la disolución y el olvido, la escritura de Pablo Dema no se limita a constatarla lúcida y desesperanzadamente. Genera historias en las que asoman epifanías menos acres y más animosas. Su narrativa es una confirmación de que la literatura puede hacer con nosotros algo que otras prácticas, otros discursos, otras experiencias no alcanzan a cumplir. Nos introduce, sin afectaciones, en los pliegues de historias que nos llevan a cuestionarnos, con estupor, aquellas certezas que considerábamos inamovibles y obvia y nos muestra, con cautelosa eficacia, las equívocas circunstancias y las coincidencias inauditas, las perplejidades y los malentendidos, que traman nuestra vida.

 

1 Dema, Pablo, Fundación Octubre, Buenos Aires, 2007, 133 páginas.