De: ELOGIO DE LOS SENTIDOS – I NADADORES DE ALTURA
Por Antonio Tello
Verdugo y nadador nadan juntos.
El horror los incumbe. Desnudo uno.
Con el hábito de rigor el otro.
El dolor y la impiedad vulneran sus vidas.
Distinta es la tortura que los derrota.
Otra la muerte que los distingue.
El animal, acaso una rata, que penetra por los
orificios del cuerpo, roe y se alimenta de las entrañas,
deposita sus heces en los rincones donde habita.
Pudre las ciudades y las aguas. Contamina el aire.
Aunque no es un pez, el nadador boquea en la superficie.
El hedor lo ahoga. Se hunde. Bucea al fondo del río. Y
su boca sin labios. Y sus ojos sin párpados se abren al barro.
Respira. Ya no huele. Ya no recuerda. Es un pez.
Las palabras no son realidad.
No suenan. No dicen.
El sumidero de la oscuridad
las atrae. No significan.
Medusas que a su paso
rozan, rodean y laceran
los organismos vivos.
El nadador nada en el vacío.
En el hueco de la noche.
No avanza. No respira.
Las palabras llenan su boca.
Queman su lengua.
Y nadar. Y nadar. En la inmovilidad. Lejos de la costa.
De esa mancha de palabras que se extiende y que no entiendo.
Bajo el peso de las olas. Al vértice de la oscuridad.
Al corazón del silencio. Sí, donde late la náusea.
Rebelarme y callar. Mudo. Y vomitar. Vaciar las entrañas.
De voces el cuerpo. Es la esperanza. Donde quiera que llegue.
Ver el rostro de lo no dicho. Y nadar. Y decir. Y nadar. Y decir.
Al fin, decir. Estoy aquí. Estoy aquí. Vivo.
En ningún sitio. En ningún nombre. Libre.
Adónde ir con estas alas
que no se entienden con el viento
Osvaldo Guevara
Aunque flote y avance, mis brazos
y el agua no se entienden.
Voy, estoy al arbitrio de las corrientes
entre olas que ocultan las playas.
Braceo, penetro en la luz y la luz
olvida mi cuerpo. Me disuelve y soy.
Puedo ser. Aire. Polvo. Quizás polen.
Acaso rumor del verbo y no saber.
No saber que el viento que me arrastra
y devuelve al mundo nace en el silencio.
El nadador avista la costa y nada hacia ella.
Hacia la luz nada. Un amor de fondo lo ahoga.
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