LA  ESTÉTICA DEL CUERPO AUSENTE[1]

 

Por Silvia Rodríguez

 

Los años setenta, más allá de las precisiones metodológicas, aluden a un proceso histórico, como lugar de convergencia de una serie de fenómenos políticos, sociales, y culturales, donde la violencia es uno de los ejes de referencia para pensar tanto esa literatura como la de años posteriores. A partir de la fecha del Golpe de Estado, año 1976, se produce el quiebre institucional, y las condiciones de producción, emisión y circulación de sentidos se alteran sistemáticamente. Hay un enmascaramiento del lenguaje literario porque la cotidianeidad sostiene una imagen aparente de paz fascista, pero en una subyacente inestabilidad  por la confrontación anterior al orden militar. 

 

En el espacio de simbolización social la biografía individual participa con el ser social en la conexión con la realidad, proceso que nace de la elaboración estética de la experiencias de la represión, la lucha armada, los campos de concentración y la tortura que ya fueron denunciados. El sistema ético y estético tradicional no basta para comprender la calidad siniestra de las desapariciones físicas, ni para representarlas. No se trata de revelar  una verdad, ni una memoria, sino de reconocer la diversidad de los lugares de enunciación, la heterogeneidad que es la marca predominante en las perspectivas de los escritores, tanto de quienes permanecieron en el país, los que se exiliaron, y algunos de los que regresaron.

 

Hay diferentes modos de apropiación de ese caudal simbólico de arrastre que parte de los 60, y que se re instala en los 80, en el marco posible de una reapertura democrática, fuera ya de los lineamientos políticos de un ideal revolucionario. Para quienes de una u otra forma vivieron la dictadura las marcas específicas permiten trazar un mapa de exclusiones, ¿cómo recuperar esa historia impregnada de matices? La fractura y dispersión del cuerpo social es un desgarramiento, y para los más jóvenes, formados durante el proceso, quizás  alcance a explicar el vacío semántico característico de los 80, y la consecuente despolitización de los 90. Fuera o dentro del aparato administrativo y disciplinario del proceso, la dictadura fue una historia de grises, pero el desierto y el simulacro dan sus tonos: el primero alude a las marcas simbólicas y reales de las desapariciones:

“...se intenta borrar la huella, la traza, el rastro de los sujetos que se vuelven eminentes de su propia muerte...lo que desaparece en lo real vuelve en lo imaginario-”[2]

 

Así como los modos del exilio y la coparticipación existencial operan en tensa relación dialéctica en escritores que comparten esta matriz significativa, como Daniel Moyano y Antonio Tello. Son escritores del interior que tematizaron tempranamente en su obra la problemática del desarraigo, desde una impronta que renunciaba a asumir los rasgos propios de la literatura tradicional. Y que a partir de sus respectivos exilios viran en los libros siguientes del desarraigo a la expatriación con registros diferenciados, pero emblemáticos. Explorando en la primera etapa argentina cómo dar testimonio de la realidad sin reproducir ambientes, ni teniendo en cuenta pintoresquismos o recursos paisajísticos. Si bien es válido postular la existencia de una escritura de resistencia a la convención regionalista, como mencionamos el estilo escriturario de Daniel Moyano y Antonio Tello, la misma no es privativa del interior, pese a la persistencia del contraste entre la gran ciudad y el interior, Buenos Aires es también una región del país, y produjo una literatura basada en la pretensión mimética de reproducir ambientes, tipos sociales, y jergas. Hay escritores reconocidos por el crítico Martín Prieto como regionalistas, el mismo Roberto Arlt, los santafecinos Velmiro Ayala Gauna o Mario Booz, entre otros[3].  

 

Si reconocemos una crisis de discursos en esta coyuntura histórica, también muestra ese deber ser de la literatura. Hay libros que evidencian la idea de que el lenguaje es un objeto en construcción, y el silencio impuesto va a devenir en una fuerte apropiación, Respiración artificial, de Ricardo Piglia es una claro ejemplo. La relación entre violencia y escritura, que es heredo- vanguardista, se da con énfasis, como acción en el lenguaje, es motriz, y desde allí impulsa el relato. Cabe preguntar, ¿qué parámetros fijó la cartografía del campo literario argentino, desde los finales de los cincuenta hasta mediados del setenta? Para poder avanzar sobre las coordenadas culturales que determinaron influencias comunes, o que por el contrario definieron como en el caso de Tello algunas diferencias concretas y sustanciales con sus coetáneos, tanto del manejo de recursos estilísticos como del uso ideológico.    

 

 ANTONIO TELLO

 

 Antonio Tello es de origen cordobés, de la zona conocida como Valle de Traslasierra, nació en Villa Dolores, 1945. Su desarrollo profesional comienza a los 18 años en la ciudad de Río Cuarto. En el año 1975 sale del país junto a su familia, ayudado por Amnistía Internacional, tras ser perseguido y amenazado de muerte como tantos otros compatriotas.

 

En agosto del año 99 realicé mi primera visita a Río Cuarto, y al Museo de la Ciudad que funciona en la vieja Estación del Ferrocarril Argentino. Allí me entregan una caja con material bibliográfico de la actividad cultural que él desarrolló desde mediados de los sesenta hasta su partida del país en 1975. Artículos de crítica literaria y cinematográfica, reportajes publicados, recortes de diarios con notas sobre su obra, entrevistas que se le hicieron, la relación personal y epistolar con Juan Filloy, que se mantuvo hasta los últimos años de vida del escritor. El perfil de su participación activa en la vida intelectual riocuartense como co-fundador de las revistas Cine Síntesis y Puente, colaborador de Latinoamérica, revista de pensamiento de la universidad local, y su orientación hacia la actividad literaria, apoyado entre otros por el poeta Luis Osvaldo Guevara. Durante esos años fue también profesor de Teatro Clásico y Contemporáneo, creó el grupo de agitación teatral Humm, y adaptó el cuento Noche terrible de Roberto Arlt. Un calidoscopio de facetas disímiles, pero convergentes, como asimismo ha continuado desarrollando su carrera profesional, tras radicarse definitivamente en España, en la ciudad de Barcelona. Es autor de innumerables ensayos: El Quijote a través del espejo, Extraños en el Paraíso, y Dios Creó los alimentos, redactor del Gran Diccionario Erótico de Voces de España e Hispanoamérica, considerado el más completo en su género, de habla castellana. Varias biografías, entre ellas, una de Picasso, publicación de libro de Arte, que va acompañada por más de 400 ilustraciones sobre la obra artística del reconocido genio español del siglo XX, redacción que fue supervisada personalmente por la atenta mirada de sus hijos Paloma y Claudio. Acaba de editarse su primer libro en catalán, la biografía para niños Me llamo Leonardo Da Vinci. En poesía, Sílabas de arena, publicado en febrero 2004, y presentado en diferentes ciudades de España, y O las Estaciones, de próxima aparición. Su ponencia “Palabras desterradas” ha dado nombre a las Jornadas de Escritores Argentinos: “Paraules desterrades”, realizadas por la Cátedra Argentino- Catalana, de la Universitat Oberta de Catalunya, en torno a escritores latinoamericanos residentes en Catalunya, en marzo de 2004. Hoy es reconocida su obra literaria, publicada casi totalmente en España, como su labor en el campo de la cultura y el periodismo escrito, radiofónico y televisivo.

 

La consideración de su formación lo ubica temporalmente en la Generación del 60, las características de su estilo personal responden por el manejo de recursos expresivos, por el lirismo, y el uso sustantivo del lenguaje al movimiento estético del “sesentismo”.

                                                                                     

CICLO DE  LITERATURA DE EXILIO

                      

La identidad  se va siempre a buscar en las raíces del pasado.

 En la medida en que se pierden los hábitos tradicionales, se busca  marcar

 simbólicamente lugares de memoria. Y  en momentos de crisis, difíciles, eso se incrementa.

 En el caso argentino se agregan heridas, quiebres del pasado que no están resueltos.

 Por ejemplo con el tema de los desaparecidos. Entonces, el pasado no es tan pasado,

 es un pasado que está en el foco de los conflictos del presente.

 

Elizabeth Jelin[4]

 

 

Este Ciclo de Literatura de Exilio, el cual el autor reconoce como “de temática estrictamente latinoamericana”, abarca  el período inicial de su producción en la ciudad de Río Cuarto, publicada a  partir de 1973, a Barcelona 1995, y donde es tentativo delimitar tres ejes  de análisis:

         

        Poética, recursos y medios expresivos, como función estética.

La dimensión épica como función ideológica, provocada por el enfrentamiento entre procesos individuales y colectivos, y la fuerza de la realidad actuando sobre los protagonistas.

        El fenómeno de la transculturación, la memoria y la plasticidad cultural. 

 

En el corpus de sus obras en este período de tiempo, reconocemos un sistema de significación textual que presenta variantes, de la cual Antonio Tello apunta que hay dos puntos de vista a considerar, 1) el que relata el proceso del destierro y sus consecuencias de un modo directo, al modo de una crónica pormenorizada de la memoria. 2) el que relata el destierro como un hecho épico, al modo de un cantar como el del Cid, en su primera novela- De cómo llegó la nieve, o como un proceso de lucha implacable contra la adversidad y la pérdida de la identidad, en Los días de la eternidad, independientemente de la datación histórica o la localización geográfica efectiva.  

 

El locus o lugar de enunciación

 

La literatura que incluimos en este ciclo permite avanzar sobre estos presupuestos que se desarrollan en cuanto a la apropiación de los valores de la sociedad real, y los ideales de una sociedad posible, y la relación que se plantea con el público lector. En las tramas los personajes van a ser puestos a prueba, y la voz narradora es la que va a dar direccionalidad al texto, voces muchas veces no prestigiosas, de personajes definibles como una otredad.

 

La vertiente mítica del relato, considerando como mítico el origen en relación a lo que para los griegos significa la palabra mythos: discurso, relato, mensaje, leyenda, fábula, con referencia a esa palabra fundadora, a la leyenda que informa una cultura, a los mojones de una historia, a lo más significativo de un acervo simbólico, y también a los sueños colectivos.[5]

 

De cómo llegó la nieve

 La máscara anuncia al rostro: cuerpo e historia

 

 Allí donde el alma pretende unificarse,

allí donde el yo se inventa una identidad o una coherencia,

el genealogista parte a la búsqueda del comienzo.

 

Michel Foucault[6]

 

 

 Sin embargo, al recuerdo de mi patria lo ha  devorado

 la añoranza y un infame error me asusta en el exilio.

 

Antonio Tello[7]

 

La identidad esa suma de perspectivas, cuya genealogía “desanda la identidad”, la disuelve en la historia y demuestra el origen inventado de todas las identidades. Detrás de las máscaras no hay esencias, sino siempre interpretaciones, incluso negándola o disimulándola, recreamos la identidad volátil del propio rostro. Si en el placer fértil de la lectura pudiéramos reunir los fragmentos del espejo trizado contra el piso para recomponer el mosaico de la identidad, así tendríamos que leer sucesivamente las tres novelas de este ciclo.

 

De cómo llegó la nieve detenta un proceso de escritura germinal en el año 73, en Río Cuarto, y su conclusión en 1980, en Barcelona. Abreva intensamente en la experiencia personal del autor, pero no como una mera y detallada reconstrucción de datos y fechas, sino en estados de memoria. La narración instala la memoria en ese eslabón sin cadena, ese pájaro invisible, de fuego, sangre y letra:

 

·         El tema

El desborde de fuerzas sociales en conflicto encuentran en la virtud expresiva un tono lírico, por momentos inocente y humorístico, como si la fe en la utópica Revolución,  fuera parte de un momento iniciático, donde la vida misma va ir pasando en cámara lenta por cada protagonista. Las secuelas que anuncian la dictadura en el cuerpo social están presentes en la ficción literaria como marcas individuales. El protagonista es el poeta Manuel T, reaparece aquí el personaje central de algunos de sus cuentos, quien atraviesa el desafío de recuperar su identidad narrando el autoritarismo represivo de la dictadura, y el registro de los locus más significativos de la geografía imaginaria de su juventud cordobesa. Un tiempo histórico y un espacio real, la Plaza San Martín fue un escenario crudo, allí se producían los diarios enfrentamientos entre la policía, las fuerzas del orden, los estudiantes y los obreros. Por las noches, en el interior del Cabildo, frente a la plaza, se llevaban a cabo las torturas de los detenidos clandestinamente:

“Es media tarde y el sol, que cae oblicuo sobre el silencio, agiganta las figuras de los hombres montados en oscuros caballos, cuyos cascos resuenan patéticos sobre el pavimento. Los jinetes avanzan como sombras, como ángeles implacables y terribles apuntando al cielo con sus pistolas e imponiendo el miedo y el vacío con sus miradas agazapadas bajo el acero.”[8]

 

El quiebre del espacio público, la plaza como lugar de reunión, fue uno de los blancos preferidos de las fuerzas represoras. Estos espacios físicos determinados reciben una carga simbólica especial porque a través del tiempo se han convertido en referentes del imaginario colectivo de la Dictadura. Y hoy, en un estado social de testimoniar lo que los sociólogos denominan como deber de memoria, el uso de estos lugares históricos de la represión ha generado una recuperación simbólica colectiva. Allí se llevan a cabo frecuentes manifestaciones y representaciones públicas asociadas a esta temática, al menos en la ciudad de Córdoba, donde la mano de la represión fue tan dura. El acto del aniversario del Golpe, realizado a nivel del gobierno nacional en donde funcionaba el campo de detención de la E.S.M.A., en marzo 2004, es una muestra en este sentido.  

 

·         El extranjero

 

Manuel T, ese hombre sin edad, (nombre familiar pues es protagonista de sus primeros cuentos), es el extranjero, poeta, que hablaba de cosas extrañas, que contaba el mismo sueño- la batalla de San Carlos librada en el desierto, que fue la última del cacique Calfucurá, y también la última de su abuelo. Esta derrota de sables y de lanzas se transforma en la guerra invisible de este último rebelde.

El paso intermedio del mito legendario a la leyenda es la palabra. Recibe durante veinte años las cartas de su madre sin leerlas, pero luego por única vez lo ven leer La última carta. Matilde, su amor, también lo ha abandonado, regresando a la patria. Manuel continúa su búsqueda afanosa, algo que había conmovido su vida: recorría las bibliotecas, revisaba libros. Regresa a su tierra, encuentra algunos libros, que su madre había dejado en la casa, salvados milagrosamente de la quema del General, cuando eran adolescentes, la grafía de antiguas anotaciones lo excitaron. Supo que su madre había muerto en el hospital San Roque. Nada era como estaba en su memoria. El paisaje era mezquino comparado con el recuerdo. Algunos libros parece se salvaron, el cura desaparecido, quizás fusilado, perdido, creen los guardó en una bolsa de polietileno que pudiera estar enterrada en la colina de Cabeza del Indio. Aún suelen reconocer la figura del viejo Manuel T. que cava afanosamente esa colina buscando su poema, narrando antiguas leyendas como los antiguos trovadores para ganarse el pan. A la manera de Marcel Proust el Sr. T. va en busca del Tiempo Perdido.

 

 La aldea humana: el juego sin fin de las identidades

                  

                    El leif- motiv  es el desdoblamiento del personaje recuperándose a sí mismo a través de los relatos parciales. El segundo capítulo, El Padre Tomás, tiene dos marcas explícitas que denotan cual es la dirección a la que apunta la estructura profunda del sentido. Una está referida a la  cuestión elocutiva, y la otra al carácter de gesta que genera el devenir colectivo en el relato. Delineada siguiendo la modalidad de los Cantares de gesta, la estructura consta de treinta y seis capítulos o cantos, autónomos pero hilvanados entre sí, como piezas de un rompecabezas cuyo encastre final va ir solucionando el lector. El cambio de la voz narrativa, de tercera persona, neutral, que alude a un narrador omnisciente extra- diegético en El extranjero, a una primera persona que alternativamente aparece y desaparece, que desde un monólogo interior directo traza una interdiscursividad irregular, con señales tipográficas precisas: entre paréntesis y letra cursiva, las cuales se reflejarán en las citas textuales, acorde al texto original. Sin parámetros fijos, ocupa un párrafo aislado, varias páginas continuas, o interrumpe un micro relato para hablar desde sí mismo. La forma en que ese yo autorreferencial por momentos se sustrae de su propio desconcierto y enajenamiento para identificarse en una suerte de conciencia colectiva, alude a la interacción de esa aldea humana, de marcado sesgo pluralista, como también lo fuera el disenso, tal cual fue la identificación tan fuertemente comprometida de la juventud de esa época; aún cuando no se asumiera un rol político definido. La huella social en esas generaciones era de hondo sentido participativo, se confraternizaba y militaba tras ideales colectivos, los individuos se sumaban en un rol social:

“(Todos somos inventos, personajes que deambulamos en un mundo también ficticio, sombras lánguidas de otro que nos sueña. Sí, somos sombras soñadas, determinadas por la anarquía de una conciencia caprichosa, inestable, voluble. De nada nos sirve, entonces codificar las conductas, establecer ideologías, normar deseos, construir iglesias y palacios de gobiernos si cuando llegue el momento nos habremos disuelto en algún amanecer sin memoria para nosotros. Sombras, tal vez imágenes, con la soberbia pretensión de creernos libres o con el derecho a serlo y, por lo mismo, arrogarnos la tarea de formar ejércitos, imitando las creaciones de algún alma atormentada, para avasallar otros cuerpos y otras naciones del mismo sueño que, es posible, estén sirviendo de necesaria sublimación a desmesuradas insatisfacciones y mantener así el orden, el equilibrio y la armonía de un edén que nunca habitaremos).”[9]

 

 Ese yo asume la carga emotiva, y los datos reales- ud. se marchó un día de diciembre..., que coinciden provisionalmente con las marcas autobiográficas del autor, quien en diciembre de 1975 abandonaba su país de origen. El camino es la metáfora de una derrota colectiva que el padre Tomás indaga introspectivamente:

“...porque ¿qué es la debilidad sino el rostro de la culpa por pretender  algo, yo diría la libertad, para lo cual nuestra alma no estaba convencida ni de su legitimidad ni de su existencia?.”[10]

 

El estado de enajenamiento no priva a Manuel T. de imaginar un regreso que comienza en su memoria:

“( Estoy roto.

 Quiero explicarme tantas muertes parciales y sin saber por qué pienso en el pasado, un pasado enfermo.

Estalló pesadamente la sangre, deshiciéronse los espejos y con ellos mis imágenes. 

...Comencé a caminar y recuerdo que antes de pasar a otro sueño tuve miedo.) ”[11]

 

Desde el  flujo interior se novelan historias hechas de recuerdos, de angustias, el estado de alma trashumante toma el cuerpo, que traslaticio abandona la inercia de la decepción, y resucita en una eclosión donde la letra nutre al relato que, concentrando eficazmente el lirismo, recorre:

 

La infancia     

Una carta      

El lupanar de la Gorda

Redada en el bar

La última película

Matilde

La subasta

Robinson

El estudiante

La tarde de la procesión

La noche de la procesión 1

La noche de la procesión 2.

La noche de la procesión 3

Regreso de la sierra

El basural

Don Antonio F.

El cazador de lagartijas

Caída del Sindicato

El sargento Reyes

Julián Tapia

Tomás, el impostor

Aquel invierno

Sacrilegio

La casa de Rafael

El cantor de burdel

Pabellón 6

La gitana

El predicador del desierto

Dos mil golondrinas

La añoranza

Última carta

La negación del padre Tomás

El retorno

 

La imprecisión aparente, un tiempo mítico que irá diluyéndose hasta el desenlace del retorno, remite al lector como parte de la arquitectura de la obra a trazar imaginariamente un mapa, los lugares por donde la vida va pasando: la iglesia del Padre Tomás, la casa donde sobrevivieron su madre y su hermano “Robinson”, el hospital, el lupanar de La Gorda, el Sindicato, el refugio con Matilde, la casa de la Vieja del paraguas amarillo, hasta el basural, la calle, el cine, son lugares de tránsito, de esa misma carne anónima de los que sueñan con alcanzar o desbaratar drásticamente esa quimera llamada Revolución.          

 

El arquetipo mítico corporizado en su abuelo, el Comandante Manuel T., en la Comandancia de Frontera, es un microrrelato autónomo, que profundiza sobre el carácter del protagonista, aprestándose a revivir la última batalla del desierto. La voz del narrador omnisciente se desdobla, Manuel T. encuentra a su hermana Juana, raptada hace cinco años por los guerreros de Pincén, cautiva, motivo éste que se vincula al poema La cautiva de corte romántico de Esteban Echeverría de 1834, y La historia del guerrero y la cautiva de Jorge Luis Borges. Juana  le dice- “Soy india“. Como parte del fenómeno del mestizaje al revés, como dio en llamarse a los cautivos que se asimilaban a la identidad de sus captores, fue común en la disputa por el dominio de fronteras entre blancos e indios. La cría de Juana está en su vientre, y Manuel T. pone fin cruelmente a la vida de ambos, delante de sus pares. La violencia es una condición siempre presente en nuestra realidad factual y literaria latinoamericana, situación concreta, y permanentemente testimoniada. Lo esencial es desentrañar las formas específicas, múltiples y contradictorias que esta violencia asume, ya que la violencia produce una cosmovisión original, y porque incide en las acciones dramáticas. La función ideológica podría responder a instaurar un tiempo sin tiempo, al que se remiten la bravura, la ferocidad, los ideales colectivos, la figura del héroe, salvaje, en estado casi puro, idealizado, como parte de un heroísmo legendario, de un pasado de hazañas, que va a caer doblegado ante esa nueva casta de generales que se apropiara de las tierras, el tiempo, el pensamiento y la memoria, en la culminación del relato. Uno podría interpretar que esa infamia que se alude, es la que tiene estrecha relación con el motivo eje de la Revolución- la revolución como mito, como una palabra mágica que traería nuevos tiempos felices, sólo un rumor, algo demasiado grave para ser cierto. La revolución se encarna en los hermanos Tapita, los ojos del General todo lo saben,  la cabeza- estandarte del degollado es el trofeo. El lirismo no deja de estar presente para nombrar siquiera la muerte:

“La sangre del Tapita despenado coagulándose progresivamente torna más vacilante su huida hacia el polvo y se convierte en largas hebras viscosas que ondulan hasta que las corta el aire de la noche.” [12]

 

A medida que el relato avanza el lector también en conocer la trama, empieza a reconocer en el rostro polifacético del poeta todos los rostros, el cura, el Tapita degollado a la manera de los infieles, hasta convertirse en el predicador del desierto, y comenzar a alejarse de aquella locura revolucionaria, de los que ya habían sido vencidos y de los que ni siquiera habían empezado a luchar, devela el misterio de las múltiples identidades que son la sustancia de ese epos, de preanunciar, en este infinito juego de las identidades, una forma de asumir las contradicciones del rol social:

“Dice: Soy uno más del largo pasillo de vecinos acosados por los soldados. Pronto será medianoche y he recordado la casa que encalló a la vera del mar.

No espere nada del pueblo porque el pueblo quedará quieto. El pueblo no hará nada.

..pero yo sigo tratando de reconstruir sus días, ahora que he vuelto a ser el Padre Tomás. Piensa ( o pienso).” [13]

 

Ese juego también es el mismo hilo con que se puede enhebrar la persona que en realidad uno descubre o cree adivinar en el rostro de la viejita del paraguas amarillo, ¿la madre de Tapita?; ¿la inglesa de la casa grande?, ¿la gringa del lupanar de la Gorda?, cuál es en definitiva el verdadero rostro de la historia. El  modo de explicarlo en palabras del propio Tello, al momento de analizar las técnicas compositivas:

            “En realidad lo que buscaba en esa novela y lo que he buscado en las siguientes es el modo de explicar la realidad en, al menos, parte de su  complejidad. La sucesión de hechos cronológicos no me servía como tampoco me servían los flash back pues no se trataba de simples evocaciones del pasado, sino de considerar el pasado y el presente como una sola entidad, como, para seguir a Einstein, una sola unidad espacio-temporal. Esta concepción hizo que la historia que relato esté dominada por un tiempo en el que los personajes viven pasado y presente casi simultáneamente. De aquí que formalmente no se pueda hablar de evocaciones ni tampoco de fluir de la conciencia, sino de vida en un espacio que es al mismo tiempo muchos lugares. La ciudad es la aldea y la aldea un país por cuyo tiempo transitan los personajes con sus miserias y sus esperanzas. La repetición del primer capítulo, la muerte del estudiante de la corbata azul, al final de la novela afirma mi intención de unidad espacio temporal.”[14]

Julio, 2003

  El valor de la vida, y la palabra

 

No cabe preguntarse de cómo llegó la nieve, “la nieve” es la clave alegórica con que el autor nombra la desaparición de la justicia, la degradación de la vida, y la perversidad de la violencia física que ha hecho estragos sobre las mentes y las vidas de ese cuerpo social llamado pueblo. Casi treinta años han pasado desde la publicación de esta novela que fuera escrita parte en el período entre las dictaduras del General Onganía, y el General Videla, y nada de esto suena lejano en el lugar o en el tiempo. El ribete político es subrayar que si hay un sistema de valores es siempre a favor de la libertad y el respeto de la vida. En ese mismo escenario hoy los muertos sin nombre y apellido aparecen “bajo las alfombras”: el Equipo Argentino de Antropología Forense en el Cementerio de San Vicente, en la ciudad de Córdoba, trabaja intentando identificar los restos humanos que continúan apareciendo.

 

El capítulo La subasta, pieza fundamental, es una clave alegórica del nombre de la obra, irónicamente dibuja con absurda naturalidad, simplemente con la transparencia que ocurre ahora, como un pueblo ha caído en desgracia de ser subastado, una metáfora anticipadora de la prepotencia de la economía de mercado y las políticas neo-liberales:

“La Empresa aduce que como dueña del pueblo tiene derecho a subastarlo y venderlo al mejor postor y que los pobladores no deben oponerse, porque el comprador, es posible, se hará cargo de los mineros y sus familias. Además, la Empresa hizo notar que en este asunto no tenían que discutir ni dialogar más, porque la decisión ya estaba tomada y contaba con el beneplácito del General, representado por el señor Cipriano Reyes, lo cual hacía suponer que los mineros podrían ser considerados como traidores a los intereses nacionales. Las respuestas de estos fue que las minas y el pueblo eran suyos y no del General.”[15]

    

·                           La fecundidad que se percibe en el texto es que la originalidad está en el tratamiento de los temas, una cosmovisión poética que preanuncia la falta de humanidad solidaria ante la privatización de la vida. En la producción literaria de este período los semas sobre la violencia y los estragos físicos y morales, sobre todo los referidos al escarnio y la tortura, fueron motivos recurrentes en la ficción que no pudo sustraerse del todo a las marcas del terror policíaco y los abusos civiles que reinaron durante la dictadura, pero el tono predominante en producciones estéticas de esa época fue sombrío, desbordándose en lenguajes duros y opresivos, muy distantes en la mayoría de los casos del vitalismo que pese a la grave realidad ilumina con un tono esperanzador esta escritura. En la relación que uno como lector hace con la historia real, la ficción crece y potencia una variedad de matices: ternura, lo lúdico, así el hambre, un fantasma innombrable, aparece humorísticamente reflejado en el parto de Matilde, dando a luz “galletitas” para paliar la hambruna popular provocada por el sitio al cual la Empresa ha sumido al pueblo como modo de castigo:

“(“He visto palomas, miles de palomas en el techo”, le digo a Matilde y ella sonríe con tristeza, callando su preñez. .....

Muchas caras se amontonan curiosas en la ventana, asombradas y olvidadas del hambre y las balas. Los hombres designados para mantener la guardia organizan sus turnos para cumplirla y para ver a Matilde. Mas ella no mira a nadie. El sudor empapa las mantas y sus ojos anegados de tanto esfuerzo se ocultan deseando el final.

Matilde pare galletas, que son comidas en su presencia porque más allá de aquellas cuatro paredes se desvanecen.

Durante muchos días y muchas noches miles de galletas alimentan al pueblo que soporta el sitio....).”[16]     

 

        ¿Dónde está el valor de la vida? Esto no es un basural, es un cementerio, por todo lo que de azar tiene este mundo de producciones simbólicas, o porque los autores remedan y testimonian a la realidad. En agosto 2003, en un programa televisivo se realizó un homenaje a la memoria de Rodolfo Walsh, y amén de escuchar al actor Alfredo Alcón leyendo su cuento Esa mujer..., y “Carta Abierta a la Junta Militar”, que le valiera su inmediata desaparición por el contenido de su denuncia y condena pública, fue oportunidad de que se reviviera junto a su hija cómo se filmó durante la dictadura la película basada en su obra Operación masacre[17]. Al releer El basural, y los capítulos siguientes encontré sobreimpreso el calco de esa misma realidad que Patricia Walsh describía en vivo y directo, diciendo que en la filmación participó Julio Troxler, sobreviviente del asesinato de civiles por militares, en el basural de José León Suárez en 1956, con “la Revolución Libertadora”, y que su padre investigara y denunciara como periodista años más tarde, o las escalofriantes imágenes del Cementerio San Vicente de Córdoba, aparecidas en diarios y noticieros televisivos del 2003, donde se vieron los  cadáveres apilados de jóvenes detenidos clandestinamente, atados con alambres, edad promedio entre dieciocho y veinte años, que han estado ocultos por más de 25 años sin ser identificados, y hoy están siendo devueltos a sus familiares, con el trabajo de identificación de los antropólogos especializados en Medicina Forense. Julio Troxler encontró la muerte en manos de los militares, clandestinamente, veinte años más tarde, al poco tiempo de esta filmación, ya esta vez no lo dejaron salir con vida. Finalmente, ¿qué pasa con la vida que no tiene signos de puntuación?:

 

El basural

 “Es el olor a carne podrida un vómito que no tiene en medio de algo pesado y del calor y de la oscuridad corriendo por algún lado el líquido baboso que le sale también hediondo pero algo brilla opaco en algún punto y no sabe si se agrandará el olor es fuerte y cree que le viene de las bocas de las llagas el brillo es más claro alumbra un hueco en el hombro sangrando un poquito el brazo parece una hilacha quebrada cree que se está descubriendo y el brillo es el sol más allá hay humo esto es un basural no no es un basural es un cementerio el peso que tiene es un cadáver está vivo entre los muertos porque hay más porque hay más

  -.. más acá más allá hay muertos todos con olor a carne asada detrás del humo la superficie de muertos se mueve tiesa como un balanceo alguien los está pesando para venderlos por cartón..” [18]     

“El brazo le duele y todo le duele fue un pensamiento la partida del dolor el río de los cadáveres una mentira el perfume de la humedad viene de aquel lado del brazo flameando se ríe aunque la boca no se le mueve qué ganas de llorar que tengo porque sí porque no ve ningún camino se cae y le duele el sol...

¡Los ojos! ¡Abrió los ojos! ¡Está vivo!    ojos

¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Vamos! El sol y el brazo le duelen todo.....

¡Ya voy, ya voy! Menos mal que no lo han visto los chanchos.

Es que están comiendo al otro lado del fuego que han prendido los soldados.¡Si, sí! ¡Por donde tiran muertos al río! ¡Shhhh! ¡Cayesén! Y no repitan esas cosas... a ver, yo lo levanto de los brazos y ustedes de los pies...vamos.” [19]        

 

Los asesinatos a sangre fría que hoy se están develando en Argentina, pero que se cometieron hace mucho, son relatados o ¿anticipados? en esta novela, con gran dosis de inocencia, y hasta humor, teniendo piedad de los muertos. Son la imagen interiorizada del genocidio, de las masacres perversamente calculadas. Esta puesta en imágenes de la realidad funciona como un sistema plástico que suspende o retrasa el ritmo para mostrar un presente incapaz de forzar el porvenir. Las construcciones ilustran “cómo” la imagen del mundo es percibida desde la fatalidad de cada personaje, en los siguientes capítulos: Don Antonio F., El cazador de lagartijas, El sargento Reyes, Julián Tapia.

 

La calidad poética y forma de componer el relato escenifica la convivencia, de tipos sociales que representan seres del pueblo, “aquellos con los que compartes la vida” - en la expresión del autor-, y que los contrapone a los vicios del poder. El valor de la vida se hace muy palpable, la caída de la nieve tiene que ver con ese estado de precognición de la inminencia de la guerra, que es un sentimiento que hoy convive dentro de todos nosotros. La condición de la vida humana en Caída del sindicato, donde hay un diálogo acerca la de la revolución y la libertad, entre el comandante Ordoñez, y el Flaco:

 “Has cambiado mucho desde los tiempos de la procesión. Pareces un soldado.- Lo soy respondió con énfasis.- Ellos también....- La diferencia- habló con voz pausada-  radica en que ellos matan por mantener un orden inamovible donde hay hombres que se dicen dioses y hombres que se consideran siervos, porque es “natural” que así sea. Nosotros, en cambio, estamos obligados a matar para cambiar ese orden y tener una oportunidad de vivir. ¿La libertad....? Digo si esa oportunidad es la libertad...”

 

Se expresa así la disolución de la utopía por imponer un cambio revolucionario, la verticalidad ideológica, para transformar supuestamente la sociedad hacia un orden más justo; pero el fin no justifica los medios en la visión maniqueísta de enfrentar los buenos a los malos, de sujetar la vida al nuevo orden de ese paraíso prometido:  

“Pero para llegar a ese mojón hay que matar y después de esa primera victoria, imponer el aprendizaje de la igualdad y para imponerlo debemos ser duros, inflexibles...

“No creo que sea necesaria tanta violencia después de la victoria. El hombre aprenderá a vivir en libertad practicándola todos los días. Es posible arrancarle al dolor una pizca de felicidad.

“Los intelectuales no entienden nada –dijo el comandante Ordóñez con un deje de resentimiento en la voz-. Los intelectuales vegetan, sueñan y temen. Temen a la muerte, sobre todo, son tan vanidosos que la creen olvido y por eso justifican y se justifican para no enfrentarla cara a cara para que otros, muchos otros tengan la oportunidad de vivir.

Y los hombres como usted –sin darse cuenta había empezado a distanciarse en el trato –sueñan con dioses, con hombres malos y buenos, con un paraíso de justicia pero impuesto y normado severamente, sin más opciones o locuras que las permitidas por el nuevo orden. Usted no es honesto, ha cambiado.” [20]

 

El valor de la vida queda remitido a salvar la vida, pero sin mensajes mesiánicos, expresado con un nivel coloquial en forma dialogada. La oralidad, con su léxico, sintaxis y acentos, incorporada y trabajada en la narrativa, es parte del coloquialismo propio de la influencia de los mass- media, como ecos de héroes y voces marginales o anónimas,  sobre motivos centrales: la libertad, los sueños de justicia, la posición de los intelectuales. Este modelo de práctica discursiva es opuesto a los discursos teoréticos, sobre los “sueños revolucionarios”, que eran expuestos en esos años en discusiones interminables de mitines políticos, asambleas populares, o conferencias. El intercambio de puntos de vista muchas veces antagonistas reflejaba que las posiciones de los agentes sociales no eran fácilmente conciliables. El tratamiento de este nivel ideológico de base en la novela no es un cuerpo de ideas abstractas, resulta de una transparencia evidente como si la disyuntiva fuera respetar y respetarnos u optar por la abyección moral. La producción de sentido aventura que uno pueda percibir que lo que está en juego es la dignidad, y que el rumbo de las fuerzas sociales en pugna se empezaba a desdibujar entre un idealismo utópico o la violencia armada.    

 

Manuel T. recibe cartas de su madre, quiere recuperar sus libros de juventud abandonados en la huida al exilio, hasta el último momento su esperanza es hallar el poema perdido. Pero, ¿qué ocurre desde el comienzo al final con este tallador de palabras, que va a asumir todas las identidades sin abandonar nunca esa noble moneda de cambio? Cuando la muerte hace estragos la figura del poeta en sus múltiples facetas descarga la metralleta de sonidos para los sobrevivientes. Para convertirse finalmente en el predicador del desierto que marcha a la deriva con la Biblia bajo el brazo: era como un “panadero”, así de solitario entre el polvo y el viento. Las alusiones constantes e implícitas de las referencias al medio lingüístico están allí y son en definitiva el mapa de ruta, su retorno:

 

Sacrilegio

“...las Palabras son trucos, ladrillos en todo caso...

 ...En el desierto están muertas como aquí. ¡Son ladrillos!”[21]

 

(¡Oh ,no!) No debería distraerme en estas conjeturas, en este tipo de distracción tan literaria como inútil. Debo seguir buscando mi casa, la misma por la que no supe morir y defenderla, como aquella invención de Rafael. Debo seguir buscando porque los libros no se pudren. Son mares, digo los libros, son mares convertidos en historias urdidas con palabras fabulosas, con invenciones placenteras que aún siguen viviendo más allá del sueño de aquel que nos sueña. Digo que no se pudren, que no hay gusanos ni lanzas en sus entrañas y que aquel que me pertenece sólo espera que exilie mis miserias entre sus páginas.)”[22]

 

Es un valiente manifiesto de un culpable sin culpas, la escritura residual de una casta de luchadores resignados:

“Tengo el alma fría y blanca, pero no sé cómo llegó la nieve....En el delirio descubro la malversación de la escritura, el ejercicio fraudulento de la memoria y la mentira deliberada encubriendo la trágica ingenuidad de creer en el derecho natural a la justicia.”

    

El tema del valor de la vida es tratado anteriormente en el cuento de El interior de la noche, tituladoEl hombre que mató”[23], y en el poemario  Sílabas de arena[24] (2004), que comienza y concluye precisamente con una "advertencia" sobre esta malsana confusión, como la llama el poeta. Es un corolario coherente con la línea ideológica de su escritura, si pensamos en una trayectoria profesional de treinta años.     

 

  La palabra, el sueño y la memoria

                                                    Los muertos son venales,

            si los pensamos como parte del tiempo.

Jorge L. Borges

 

Este ciclo que abre premonitoriamente el éxodo intuido, imagen de El día en que el pueblo reventó de angustia, (1973), y el juego pérfido entre el traidor y el héroe, facetas del enigma que son de carácter cíclico, parecen repetir o combinar hechos de remotas regiones o edades. La datación histórica y la localización geográfica no cuentan en las etapas del mismo camino: Manuel T puede ser el degollador de infieles en la última y gran batalla del desierto, un arquetipo, o el poeta, De cómo llegó la nieve, ese sujeto que regresa en busca de su poema y sube a la colina, ya no va tras de un ideal de cambios colectivos, sus obsesiones parecen ser las derrotas. La búsqueda de su identidad es una gesta personal, que los distintos relatos, ponen en imágenes de un único núcleo narrativo, una historia que siempre se repite como mensaje: el individuo busca su propia salvación, y la instancia fundante, la génesis, son las Palabras. Antes, ahora, siempre. En una dimensión que progresiva muestra en la simultaneidad temporal una ruptura con el tiempo real, y una sustracción definitiva de las marcas de identificación espacial. Este desapego del mundo cotidiano, que se va desdibujando, después De cuándo llegó la nieve instala un modo de relatar en la imprecisión, un deambular ficcional.    

En los motivos recurrentes es reconocible una filiación borgeana. Muy pocos de sus contemporáneos podían quedar al margen de su prosa; hilo conductor que en Tello está totalmente alejado de las ideas de influencia o imitación. Algunos tópicos claves en su modo de relatar: la cuestión de la repetición como modo de abolir el tiempo, la realidad como conjetura, el uso de la luz como mecanismo de sensación, y una idea de la experiencia como hecho mínimo que sólo produce cambios mediante una trabajosa acumulación. El simulacro de la realidad y la evasión del presente producen un estado de ambigüedad. Un doble juego: el desdoblamiento entre la imagen externa y la ensoñación onírica lo acercan al modelo de Cervantes en El Quijote:

“Y porque nada es extraño en esa ambigüedad perfecta de lo que aún no ha sido escrito, puedo repugnar la perversión y ser al mismo tiempo uno y otro, el padre y su hijo, el verdugo y su víctima; puedo estar y no estar; soñar o ser el sueño.”[25]

        

El ciclo de literatura de exilio que desarrolla la primera novela, tiene su correlato en Los días de la eternidad[26], esta que obra patentiza en un sujeto individual la escisión que representa a nivel personal ser trasplantado. Es un relato compuesto a tres voces: Andrés en primera persona, un narrador omnisciente en tercera, y Teresa la joven arquitecta, que obligada a cambiar de identidad, ha adoptado un nuevo nombre. La trama argumental gira en torno al secuestro de un universitario, Alejandro, que presencia el protagonista. Cuando la muerte de aquél se confirma, Andrés se propone cambiar su destino mediante la palabra, rescribiendo el final para darle la oportunidad de otra muerte. Las localizaciones espaciales son ecos de esa madeja de recuerdos, sustentada en la palabra como elemento fundador del  universo personal del autor, a través del cual, como él mismo lo afirma, trata de descubrir las distintas dimensiones de la realidad y del alma humana. Todo está allí. Se confunden en una misma ensoñación la pampa argentina, los perfiles góticos, y las siluetas románicas:  

   “El hombre que sueña lo hace con una carretera asfaltada que atraviesa el desierto. Se detiene. Cree detenerse. Desea frenar la inercia y gravitar sobre su cuerpo y sucede que una ínfima convulsión rompe la piel del sueño y abre las puertas del útero. Nace y en el exterior el tiempo flota sobre la altura del día, tal vez del instante en que él percibe el paisaje.

   Un mar de oro y harina que se extiende a ambos lados del camino por donde juega un silencio de mariposas y aire ondula las crines del cereal.......

 El hombre no se detiene, pero al ruido de sus pasos lo chupa la pasta negra del camino. Es la hora del ocaso y, a contraluz del sol que desciende, las agujas inacabadas de las catedrales góticas, la perfecta simetría de los templos románicos y la perspectiva oblicua de los techos entre rascacielos de cemento y cristal señalan el perfil urbano.”[27]

 

Hay huellas, marcas de esa genealogía de Manuel T. que perviven, tal como la Loma del Poeta, la colina donde estaba escondido el poema que el poeta de Cómo llegó la nieve buscaba afanosamente para salvar su vida. Y como la memoria traiciona al pensamiento aparece el acoso provocado por la represión política, estado trabajado desde su interioridad, y no desde las manifestaciones y signos exteriores. Es la interioridad que da lugar  al entrecruzamiento de diferentes planos narrativos, a que realidad y ficción se superpongan en una pesadilla persecutoria, que va tener resolución final:

“Ya no hay dualidad entre nosotros y nuestros ojos comunes entreven las treinta mil almas, cuyos destinos ignorábamos. No sentimos dolor porque ambos hemos olvidado qué es, porque sabemos que los días de la eternidad también acaban.”[28]

 

Un tiempo de escritura delata que los días de la eternidad también prescriben: Barcelona, noviembre de 1983 – septiembre 1996.

Este ciclo culmina con su tercera novela, El hijo del arquitecto[29], en donde según sus propias palabras enfrentó el drama del destierro, y pudo resolver el desajuste entre su identidad de escritor y la lengua artística, para no quedar atrapado en un culto nostálgico a una supuesta argentinidad, y resolver este problema de identidad y escritura. Su declarado desinterés por escribir historias argumentales donde los personajes y sus mundos quedan atrapados y petrificados en el tiempo; sujetos a la condena de una única e inamovible historia, confirman ese propósito de identificación entre vida y lenguaje:

 

“Me interesa escribir de aquellas vidas y realidades, contenidas en las palabras sustantivas, pues el latido incesante de estas palabras se opone a la acción devastadora del tiempo gracias al acto re-creador de la lectura. De cada lectura. De hecho mi literatura es mi vida. No en el sentido biográfico, sino como expresión de una forma de ver y entender el mundo. Tal actitud exige una perfecta armonía entre la identidad del creador y la lengua que utiliza en su escritura. Quiero decir que un tipo de literatura que se nutra de nuestro yo existencial rechaza cualquier forma de escritura funcional.”[30]   

 

Cajas chinas y ars poética: el status trágico de los personajes

 

Cuando uno recorre cronológicamente sus libros, tanto los cuentos como las novelas, advierte en ellas la fruición de un estilo que se nutre de la poesía, y se sorprende que recién ahora se publiquen sus poemarios. ¿Qué ha pasado con el "entretiempo" de esa teoría estética que uno adivina desde el origen de esta narrativa?, el autor la explica:

“La magia que puede sugerir le debe más a la concepción poética del universo que a la técnica, quizás sea ella, esa idea básica la que sostiene mi escritura.”[31]

  

De esa representación no mimética de la realidad, fija una ruptura entre la cotidianeidad y la ficción, que plantea la interioridad del relato, donde hay núcleos narrativos autónomos, esas pequeñas historias que hacen a la composición de las tres novelas. Se puede imaginar una suerte de rompecabezas que se va armando, como un sistema de cajas chinas con el cual el autor intenta romper toda lógica previsible e instalar una simultaneidad temporal entre lo que ya pasó y el presente. ¿Cuál es el verdadero rostro de la historia al momento de analizar las técnicas compositivas? Expresar un mundo donde no están las huellas de la realidad inmediata. Donde el pasado, el presente, el mito y el sueño, los sentimientos y la memoria forman parte del mismo concepto de tiempo: cronológico, onírico, mítico, y hasta orgánico.

 

Tello trabaja la escritura equilibrando dos fuerzas en tensión: la apertura semántica dada por el uso de múltiples puntos de vista y la síntesis lograda con la sustantivación. La interioridad de los personajes es una cuestión inherente a la interpretación o análisis de cualquier novela, cuando se empieza a hablar de mundo representado y entramos a intentar desentrañar los procedimientos compositivos. Los tipos sociales que uno va encontrando en sus textos no responden a tipos ideales, o en estado puro, no transparentan los sujetos que representan como imagen de realidad que se asemeja al original. Así plantea Emmanuel Lévinas en el ensayo La realidad y su sombra[32] la condición de semejanza entre lo real y la realidad, no como resultado de una comparación entre imagen y original, sino de  cualidades que quedan como detrás del ser:

“...como “guiñapos” de un alma que se ha retirado de esa cosa, como “una naturaleza muerta”. Y, sin embargo, todo ello es la persona, es la cosa. Hay, pues, en esta persona, en esta cosa una dualidad, una dualidad en su ser. Es lo que es y es extranjera a sí misma y hay una relación entre estos dos momentos. Diremos que la cosa es ella misma y es su imagen. Y que esta relación entre la cosa y su imaginación es la semejanza.”[33]  

        

La forma en que los personajes son abordados como a pesar de sí mismos dan esa fisura, ese más acá del que habla, y nombra como el Entretiempo: la belleza es el ser disimulando su caricatura, recubriendo o absorbiendo su sombra. Desentrañar en qué reside la aparente sencillez pero profunda dimensión humana en la vida singular que va transcurriendo es acercarse a “esa sombra”, allí está el ars poética, es el presente que no fuerza  al porvenir, que no lo aprisiona en su destino. La libertad con que Tello dota a los personajes resuelve la necesidad de la acción humana. El destino de ellos deviene un status trágico, sin caer en un tono panfletario o reivindicativo, de la obra que guarda un deber- ser ajeno a sí mismo, que estuviera comprometido en algún nivel ideológico con el decurso de un realismo crítico, porque cuando la acción se desvanece en el pasado, el hombre descubre los motivos que la necesitaban. En ese porvenir “eternamente suspendido” está lo trágico, ese instante de pesadilla, y los seres no son doblegados por su destino, sino que entran a él porque son representados.

 

El artista elige cómo va a temporizar el tiempo, con sus trazos va a producir el ritmo propio, y transmitir el elemento plástico de la realidad, de plasmar la exterioridad de “esa interioridad” dramática. Es esa esfera que el ser puede atravesar pero donde su sombra se inmoviliza, así explica el novelista esta verdadera visión del personaje como un sujeto en la exterioridad de sí mismo, y no atrapado en la trama ficcional:

“Hay una coincidencia entre mi visión de la literatura  y el pensamiento de Lévinas. Mi escritura se corresponde con mi idea de la libertad. La narración que hago desde el lenguaje está orientada no para que el lector siga mi historia, sino para que él encuentre sus propias vivencias y experiencias, una historia de esa realidad a la que yo- escritor- me he acercado. De aquí que mis personajes tengan vida propia y no estén atrapados en un cerco argumental o, como dice Lévinas “llamados a repetir infinitamente los mismos actos, los mismos pensamientos.”[34]

       

La heterogeneidad de los temas abordados en toda su obra y el polifacetismo con que ha podido relacionarse con ellos, enmarcan su producción como un gestor de lecturas controvertidas, un desafío al lector de lecturas imprevisibles, como quien lo descubre en pliegues recónditos en una lista interminable de títulos.

 

El tiempo mítico, la libertad como acto de ruptura imaginativa contra el orden preestablecido, y la lectura cuyo medio es la palabra son los ejes centrales, que aparecen concentrados en esta cita que concluye la novela El hijo del arquitecto, y nos devela el alma del relato, e imbrica ésta a todas sus historias:

“....Es la lectura la que fragmenta el ser de la palabra en presente, pretérito y futuro. Pero la lectura también es un acto de voluntad que perfecciona el mundo, porque evoca la dimensión del todo y valora el esfuerzo del hombre por superar el dolor.”[35] 

 

La búsqueda

 

Este trabajo de crítica sobre los textos de Antonio Tello intenta aproximar el sustrato de su obra de exilio desde la creatividad poética y el trabajo con el medio lingüístico. Esta mirada está enriquecida con diálogos con el autor, intercambio que justifica las citas y alusiones presentes de expresiones personales. El valor de la vida, la palabra y la memoria son los ejes vectores que atraviesan su escritura, como respuesta concreta de una estética del Cuerpo Ausente, manifiesta como una búsqueda artística desde la libertad de la creatividad y la ética, que comentaremos como cierre de este análisis en su palabra poética de publicación reciente, Sílabas de Arena, y “Antonio Tello una escritura turbadoramente exacta”, conversación con Ariel Rivadeneíra.[36]

 

VISIONES CRÍTICAS

 

La fuerza del lenguaje no está  en su disimulo, sino en su capacidad de  recreación,

 lo cual hace que no participe del carácter erosionador del tiempo, sino de fijación,

 efímera tal vez, de aquello que nombra.  La memoria no es posible sin la naturaleza

recreadora de  las palabras, del mismo modo  que el olvido es factible por el carácter

 erosionador del tiempo.

 

Antonio Tello[37]

  

Aprender a recordar

 

Pensamos que la suma de esfuerzos intelectuales individuales tiende invisiblemente a concurrir, a llenar el vacío histórico de la memoria comunitaria. La exteriorización de la expresión, el repudio, el nunca más que promueve al rechazo y la condena producen necesariamente una catarsis. Peripecia, odisea, devenir, no el falso perdón expiatorio. Mentir, mentirnos, no es base cierta, sino falaz, que compromete al sistema legal y a valores éticos. La memoria debe ser construida sobre los verdaderos registros de la historia, cuando la vida transcurre normalmente entre las expresiones de justificación de las violaciones a los derechos humanos.     

 

La memoria social da el marco cultural interpretativo donde la noción central es considerar activamente a la memoria, como la operación de dar sentido al pasado, donde los individuos actúan en interacción con otros, en esa pluralidad de actos la relación entre sujetos desarrolla la alteridad. La reconstrucción del pasado y la mediación de las memorias narrativas tienen un carácter subjetivo: toda memoria, aún la más individual y privada es constitucionalmente de carácter social. El modelo de preservar la memoria literal configura el abuso de la memoria. El olvido liberador está orientado a liberarnos del peso de la historia; ya estaba presente en Niestzche. El discurso del silencio en la etapa postdictatorial argentina tuvo, y aún persiste, en la intención de construir el olvido real. Un campo de intercambios, disputas y apropiaciones simbólicas de las más diversas índoles, cuyo registro se está escribiendo, como una forma de anclaje del imaginario colectivo e individual.

 

Es lógico que la herida dejada por la dictadura permanezca en el imaginario de los argentinos, del mismo modo que el genocidio nazi permanece en el de los judíos (holocausto dicen ellos). Cuando se rebasan los límites de lo humano el horror queda como una huella profunda e imborrable; una herida que no cicatriza nunca. “La Noche de los lápices” fue una operación de la policía de La Plata que comenzó en la madrugada del 16 de septiembre de 1976 con el secuestro de siete estudiantes secundarios, de los cuales sólo uno reapareció. Esta operación contra estudiantes secundarios se repitió durante varias noches hasta octubre.  Su nombre evoca la Noche de los cristales rotos -con propiedad “Noche de Cristal”, Kristallnacht-, del 9 al 10 de noviembre de 1938, cuando el vandalismo nazi contra la comunidad judía alemana marcó el punto de partida de la "solución final" hitleriana. La nocturnidad le iba a los nazis, pues en 1934, Hitler ordenó la matanza de miembros molestos de su propio partido en la llamada “Noche de los cuchillos largos.”[38] 

Antonio Tello                

 

Las visiones críticas que a continuación se enuncian intentan articular armónicamente la Reparación del sentido ausente y la Estética del Cuerpo Ausente, como un todo integrado por una interpretación global del fenómeno abordado, cuyos ejes de reflexión son: memoria social, dictadura-testimonio, y palabra literaria en la etapa posdictatorial argentina, 1976- 1983.

 

 La palabra como resistencia simbólica al poder

        

El sentido negativo, disfórico, ocupa el vacío de sentido del cuerpo ausente, como límite de todo cuestionamiento de lo real político como frontera, polo opuesto del pensamiento utópico, que se abrevara en la década del 60, como un intento honesto de descolonizar nuestro imaginario mediante la integración de proyectos sociales y culturales existentes. La persecución ideológica y real cacería humana de la dictadura dispersó y socavó la convocatoria de quienes quisieron transformar la realidad, equivocados o no, en sus medios de lucha y cuestionamientos.       

 

La literatura creada en y desde el exilio es una respuesta eufórica cuyo medio de aprehensión es el conocimiento y el estudio. La espiritualidad y  la materialidad significante de la palabra poética de Antonio Tello es una propuesta abierta al auto reconocimiento del imaginario social e individual de la joven generación de escritores transterrados a España. Narradores, cuentistas o poetas que aportan un tono que responde al esfuerzo por no perder la referencia identitaria argentina. Descubrir en sus voces personales las vivencias de la extranjeridad, la transitoriedad y el recuerdo, es una forma generosa de comprender el presente e interpretar el pasado, e incorporarlos a nuestra historia literaria desde el aporte original de sus creaciones. Un discurso literario cuyo modo de narrar desde lo latinoamericano permite articular la búsqueda de la identidad a la memoria cultural y llegar al punto de partida: la auto percepción ficcional de un proceso histórico. La cuestión de la hibridación, como una categoría cultural anti-ontológica, operando en el plano de una teoría de la práctica. Hay una consideración del concepto de hegemonía, que permite examinar como el poder puede a la vez ser retenido y resistido, y la hibridez resuelve esta tensión por la vía de la renegociación simbólica del capital cultural. Ambas, las fuerzas centrífugas y centrípetas, como una práctica de acomodamiento y resistencia a la hegemonía, asociadas a la plasticidad y la memoria cultural. En referencia a escritores que han logrado un desarrollo profesional en un medio distinto, en donde la palabra es el fenómeno ideológico por excelencia, cuya solución artística, llámese novela, cuento, pone en acto esta relación entre enunciados y habitus. Pensamos el término ideología siguiendo a Raymond Williams[39] en la noción ampliada por Volosìnov como la dimensión de la experiencia social en que se producen los significados y los valores, en esta cuestión de considerar el lenguaje o la palabra como medio de adaptación o resistencia, contrapunto ejemplificado en los monólogos interiores de Manuel T que tematizan el fracaso y el desencuentro de la utopía Revolución.   

 

La construcción del lector: la literatura como voluntad

 

De los escritores surgidos a mediados de los años sesenta que alcanzaron a publicar en revistas importantes de la época, y en escaso tiempo en forma de libro, muchos no desarrollaron posteriormente una carrera de escritor, y no hay posibilidad de cotejar los avances de sus respectivas poéticas. Los rasgos comunes y diferencias específicas muestran esa tensión entre el contexto de donde emergieron y la construcción de un estilo como respuesta propia. En una época de fervor hacia el libro nacional, así lo define Eduardo Romano en su introducción a El cuento argentino. Volumen I955- 1970, los lectores se cosechaban en las capas medias de la sociedad ávida por leer, y en una relación muy vigorosa con los autores por la función del intelectual en el proceso de cambio social, dando cuentas de la renuncia al bestsellerismo, el leonismo, y al consumismo cultural, el costado de donde se gesta este Ciclo de Literatura de Exilio.

        

          La experiencia traumática de la  dictadura alejó al lector, como muchos autores reconocen “fue necesario salir a recuperar al lector”, se estrecharon los circuitos de circulación textual, por la censura y la autocensura que condicionó el desarrollo de las actividades imaginativas. Democratizar el acto literario en el lenguaje narrativo supone desde el punto de vista del destinatario ensanchar los límites del espacio convocante, como una forma de reaccionar contra el orden de una sociedad fuertemente verticalizada en sus relaciones humanas. La experimentación de la carencia de libertad para decir, para pensar, para elegir, para escribir sobre la no libertad, hace evidente el esfuerzo del narrador para reconstituir una relación contractual con los destinatarios.

   

        En el estado de guerra interno convivieron términos binarios contradictorios, entre un mal a extirpar, “el cáncer marxista”, y el llamado proceso “de reorganización nacional”, se instaló un tiempo de tramoyas que opacaron la relación sana y fluida entre las obras y los lectores. Los censores serían seguramente los más atentos lectores, y habría que ver en qué contextos verbales sostenían tales acciones. La llamada implícita para recuperar al lector es una tensión entre un narrador que tiene la voz, y un autor en este caso, a quien el exilio, con su distanciamiento físico e imaginario levantaría un muro entre quien escribe y los que leen; hay una inclusividad teleológica, ¿el para quién escribir? Quizás el gesto más relevante es que la estética presente en la obra modela la vigencia y urgencia por recuperarlo, un testimonio reciente de Tello así lo explica:

”“El día en que el pueblo reventó de angustia”- (el cuento) - es un presentimiento del éxodo. Por entonces nadie imaginaba lo que iba a pasar. Este verano cuando empecé a escribir “Nadadores de altura” me di cuenta que la angustia y el mar donde se hallaba el nadador conformaban una noche líquida, pastosa, que lo ahogaba. Y ahora sucede lo de la marea negra. Claro que mi metáfora inconsciente trasciende esa catástrofe, pero habrá muchos que ignorando que esto fue escrito antes, vean en estos versos una imagen del vertido del petróleo. En fin, cuando los mecanismos de creación comprometen la sustancia del lenguaje, puede ocurrir que descubran realidades aparentemente ocultas. Por eso digo que la escritura sustantiva puede hacer que cuando los lectores entren en fusión, las historias de cada uno crearan a su vez otras nuevas historias.”[40]

                                                                                                     Enero, 2003 

  

           El desarrollo de la alteridad, desde un punto de vista antropológico del imaginario, evidencia que el hombre se interesa por las manifestaciones de sentimientos, opiniones y tendencias de los otros hacia él  mismo, y que es uno de los motivos que desencadena variaciones en su conducta y transforma su identidad. Este principio activo demuestra que la identidad es un constructo dinámico plural, y que se constituye en proceso de renovación, cuya tensión vital tiene como eje los conflictos que emergen en la demandas de respuestas del medio social, la cual lo enfrenta dramáticamente a ser y no ser, conceptualizando la identidad como una construcción cultural[41]. Este proceso lo lleva al transterrado a rechazar en forma innata lo que es ajeno a su pertenencia, hasta que aprende a convivir y aceptar el carácter  cambiante de su propia identidad y la de la sociedad en general. El ajuste del tono a la palabra remite al concepto de transculturación, como la metabolización creativa en el transcurso de una cultura a otra. La historia es la palabra, como sostiene Raymond Williams en Palabras Clave: los cambios y conflictos sociales se producen primero dentro de la lengua, mediante la utilización del universo lingüístico fijamos la cosmovisión cultural.

 

En marzo 2004 se llevaron a cabo en Barcelona, desde la cátedra Argentino- Catalana de la Universidad Oberta de Catalunya, las Jornadas de Escritores Argentinos residentes en esa región: “Paraules desterrades”, nombre tomado de la ponencia de Antonio Tello Palabras desterradas, donde el autor se explaya sobre la lengua artística y los efectos del destierro. En el caso de los argentinos radicados en Cataluña, aunque la lengua original o la aprendida, el catalán, puedan facilitar instrumentalmente la comunicación con el medio, ninguna de las dos puede evitar la conmoción que el destierro provoca en la identidad personal del hablante, dada la vinculación de la lengua con la estructura de pensamiento de los individuos:

“La lengua resultante, segura de su identidad sustantiva y de su pertenencia a un ámbito cultural, es abierta a las nuevas voces, propicia al mestizaje léxico y a la diversidad de los sonidos que potencian los significados, transforman la sintaxis y proyectan su vocación universal. Al menos, fue así cómo, desde que concilié lo que llevaba dentro de mí con el entorno que habitaba (la realidad de Cataluña), pude recuperar la energía creadora de la palabra y reconocer en la extranjeridad mi propia identidad, personal y literaria.”[42]

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

Los espacios de enunciación son hoy alternativos, pero están orientados por la lógica de los micro poderes: fuentes de legitimación muchas veces preconstruidas, manejos de las editoriales que “inventan“ el mercado escamoteando determinadas lecturas y lanzando otras. El espacio de las luchas simbólicas parece multiplicar su complejidad en la medida que el dominio de los intereses del poder económico permanece oculto o disfrazado. Los trabajadores de la cultura desarrollan su vida profesional en forma cuasi permanente de subalternidad, situación que puede ser común a otros escritores. El margen adicional puede estar dado por la plasticidad cultural con que se han adaptado a esa cultura donde desarrollan su vida. En el caso de Tello, para ubicarlo profesionalmente y “fijar su posición dentro del campo” en términos bourdianos, la relación con sus pares  ha alcanzado un buen grado de compatibilidad y reconocimiento. En marzo de 2003 se realizó la renovación de la junta de directiva de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, que es capítulo de la española. Entre los nueve candidatos que aspiraban a cinco puestos de vocalía -plataforma para la presidencia en las próximas elecciones, estaba Tello. Obtuvo la segunda mejor votación, y es la primera vez que en la junta entra un argentino, salvando el caso de Neus Aguado, que si bien nació en Córdoba, es catalana de familia. Actualmente impulsa una modificación a la ley de propiedad intelectual, intentando sumar algunos escritores y editores en lo que se refiere a una defensa de los derechos reprográficos, y de los derechos de los escritores como autores por encargo. La memoria cultural les permite a ellos la reelaboración creativa, como se lo escuchara decir a Héctor Tizón hablando justamente de los exilios en la conferencia titulada “El exilio interminable”[43]:

 “...no ponernos de luto, escribir en presente, y lo más importante: legitimar nuestra hibridez cultural.”

 

Esa parece haber sido la consigna para A. Tello, la literatura como voluntad; su producción supera ampliamente varias decenas de libros, sumando entre biografías, historias, además de conferencias y trabajos periodísticos.   

 

El caso argentino, es el caso de una nación expulsada. Bayer, Gelman, Luisa Valenzuela, Tununa Mercado, Noé Jitrik, el mismo Héctor Tizón, la lista se torna interminable, de los que han pasado por esta experiencia de desgarro. La memoria continúa siendo el anclaje de la identidad. El exilio es un cambio de destino, y ahí hay algo siempre que se desgarra. La distancia, esa "cierta" perspectiva, permite ver más lejos. Se ven las cosas no tan condicionadas por el medio social original, sino desde un prisma personal, enraizado en un nuevo marco geo-cultural.

 

Del goce al límite en Sílabas de arena 

 

Concluimos con una aproximación poética esta reflexión porque en ella se anuda el sentido del valor de la vida a través de la palabra y la memoria, corolario que recapitula sobre la vigencia y la urgencia de limitar los poderes violentos que trabajan en desmedro de la vida.

 

Las palabras de Cristina Peri Rossi[44] que prologan el primer libro de poemas de Antonio Tello, corporizan con este significado que las sílabas de arena son las marcas, huellas en el tiempo, signos para expresar, comunicar, para detener la fugacidad de la vida. Mediante una economía esencial desarrolla lo que ella denomina “una calidad metafísica por oposición a la subjetividad psicológica”, abrevando en diversas tradiciones: la hebrea, en el tono de admonición bíblica y el recurso del paralelismo, como los símbolos del pastor, el cordero, la paloma y el olivo,  Advertencia (preliminar y final):

“¡Ay del pastor que alza su cayado y atribula al cordero inerme!

¡Ay del pastor que fundamenta al rebaño armado!

 

¡Ay de la paloma que zurea en la silaba del olivo!”[45]

 

 

De la helenística: el poeta pastor deviene Odiseo, y los sucesivos poemas[46] toman la simbología propia la cultura: el agua, la piedra, el laberinto, el reloj, el Edén. Sus recursos estilísticos se sostienen sobre la inventiva y la intencionalidad lúdica y utiliza los puntos suspensivos o los símbolos numerales –así en el poema ø10-, como signos gráficos que prolongan en el tiempo la transitoriedad de la vida, y la deconstrucción de las palabras en sílabas, que actúan como signos sonoros, vibraciones en el aire, que evocan la precariedad existencial de la humanidad. Estos recursos hacen palpar lo intangible, como materialidad significante, desviada de todo romanticismo posible. Vivencia y conocimiento parecen ser el conjuro poético de Sílabas de arena, como mítica odisea del ser en el laberinto del lenguaje, cuya alegoría medular es el destierro. El hombre, ser anidado y anudado en su carnalidad verbal, aparece expuesto a la acción corrosiva del tiempo y a los efectos de la ignorante y déspota soberbia del poder que lo condenan al doble signo de la enajenación y la supervivencia.

 

Como supo decir Jorge L. Borges- “en un hombre están todos los hombres”-. Los miedos son históricos, y el tema del éxodo ya estaba presente premonitoriamente en las obras de  escritores como Daniel Moyano y Antonio Tello, sin que advirtiéramos o admitiéramos que la persecución era parte del cuerpo físico en los exilios, desapariciones y apropiaciones de hijos nacidos en cautiverio, provocando la dispersión y fragmentariedad del cuerpo social, que luego hará de la persecución carne de la memoria. Despatriados de todo, quizás hasta de nosotros mismos-  alguien lee lo que el poeta escribe. Cuando las desilusiones y el fracaso colectivo de la posmodernidad  ocupan el lugar de los cuerpos y los sueños, cuando la muerte hace estragos, la figura del poeta en sus múltiples facetas descarga la metralleta de sonidos para los sobrevivientes, su coraza de  este viaje al retorno:

“soy acaso ese poeta

                                                                             emisario del silencio

                                                                          en retorno a su patria

                                                                       recuerdo         espejismo”[47]

 

La exterioridad de su propia interioridad poética es una gesta personal que los distintos poemas ponen en imágenes de un único núcleo narrativo, una historia que siempre se repite como mensaje: el individuo busca su propia salvación, y la instancia fundante, la génesis, son las Palabras, pues ellas rompen con la inercia del tiempo mediante la organización y refundación continua del mito. Para los griegos la palabra mythos significaba discurso, leyenda, fábula, con relación a un relato de esa palabra fundadora, de la leyenda que informa una cultura, a los mojones de una historia, a lo más significativo del acervo simbólico y los sueños colectivos. Como sostiene el teórico latinoamericanista Adolfo Colombres el mito es acción, y lo más importante de la construcción del sentido de esa acción está en la realidad misma. El mito es un paradigma de conducta de quienes transgreden la cultura, un modo de representar en el mundo simbólico la violencia interna. Paradigmático no sobre el ser, sino sobre la conducta.[48]

 

La cuestión elocutiva está centrada en la voz del poeta que se desdobla y asume en sí mismo la otredad, como piezas de un rompecabezas cuya solución, ¿disolución final?, toma la forma de una interdiscursividad irregular. Sin parámetros fijos Tello nos comparte la experiencia del abismo. La corporalidad deshilvanada nos sustrae a su propio desconcierto y enajenamiento para identificarnos en una suerte de conciencia colectiva, al momento sagrado de Creación. La música, composición del argentino Jorge Sarraute[49], está inspirada en la palabra poética, y su interpretación oficia también de lluvia bienhechora, vierte su luz, su propia sombra en los sonidos de esa voz, como una suerte de paradójica  polifonía desmembrada y concentrada a la vez. El por qué de la libertad sintáctica no es casual, y tiene su correlato, su correspondencia en la disolución de la palabra, en los sonidos que las silabas recuperan. Un goce estético y compositivo, por la conjunción de ritmo, sonido y sentido. La memoria hecha carne, de recuerdos, angustias, como estado del alma trashumante toma el cuerpo, que traslaticio abandona esta república de vientos y estalla en una eclosión eficazmente lírica:

“aún              quizás un morfema herido de silencio

        esa llama que prescinde del tiempo

quizás la sílaba que ha tocado el confín  y

percibido el latido en el abismo

ahora viaja al encuentro de la nota

      ese fonema del cuerpo

ese átomo de voz que registra la forma de la vida

aún persiste la nota aún la vida”[50]

 

         Si reflexionamos en cuanto a las distintas versiones de la Historia, donde los hombres se encuentran con el hombre, en ellas podemos encontrar tres planos: el ethos, el epos  y la arêthe. La intensidad  y el despojamiento en el lenguaje de Antonio Tello nos acercan a esa conjunción. El despojo sincero, con su sola presencia, sugiere más en su desnudez que las explicaciones inútiles. Si la memoria es el hogar, el lenguaje es la casa que le da forma y lo contiene. En Sílabas de arena la belleza volátil del propio rostro verbal nos devora, es vivencia, y nos redime en una catarsis. Es conocimiento, convocante de esas otras voces de esa llamada diáspora de la humanidad en tránsito. Esa célula motriz de la identidad supone en esta voz tan personal reconocer a los otros, porque las circunstancias del destierro operan como el cordón umbilical que invisiblemente lo vinculan en el espacio y el tiempo a la identidad colectiva. La fecunda vorágine del goce y la austeridad del límite. Diluvio y piedra, marea y desierto. Caos y origen. Viento. Palabras del silencio.

 

La libertad de la creatividad no está reñida de la ética para la convivencia. Es imposible hacerse a la imagen de que el lenguaje es privado, todo lo verbalizado es público. El gesto del reconocimiento del otro es inédito, es lo más creativo que hay. Siempre se renueva.  Creatividad y ética confluyen en la libertad para una convivencia. Hoy el único exilio que uno reconoce es el exilio interior, y bajo otro cielo uno mira el mismo cielo, desde allí uno muele sus huesos y tritura palabras de esta tierra que expulsa, de esta tierra que anda. A más de veinte años de acaecidos los hechos narrados y en momentos en que Argentina  confronta una particular resurrección de su memoria histórica.

 

El poeta disgrega, pulveriza a fondo el sentido compositivo, de arquitectura, en Sílabas de arena, como un alto grado de compromiso con su proyecto, hasta explicar este proceso dentro del desarrollo de la poesía. Reflexiones de alguien obsesionado por conocer la materia lingüística, su origen y las circunstancias que condicionan la vida humana, e impiden que el mundo sea mucho más justo:

“Creo que hay muchos que coincidimos en que hay una distorsión de las significaciones originales de la palabra que nos instala en el absurdo y que es misión del poeta recuperar el camino de la comunicación, el entendimiento y todo aquello necesario para una comunicación en paz. Toda violencia es fruto de una confusión inspirada por el poder y ejecutada por sus agentes.”[51]    

 

En la conversación con Ariel Rivadeneira[52], nota crítica, inteligente y profunda en su contenido, donde el escritor explica la relación entre el verbo como estado, acción genésica, y el tiempo durativo como atributo humano. Rota la palabra, destruido el mundo, el poeta confía en la voz, los sonidos de las sílabas. Rescata la noción del valor intrínseco, vital, que las palabras guardan al nombrar. Nombrar es para Antonio Tello crear el camino entre sonido y silencio. [53]


 



[1] De “La Reparación del Sentido Ausente. La Estética del Cuerpo Ausente. La Escritura de Exilio de Antonio Tello”. Tesis de Maestría.

[2] Rosas,  Nicolás, “Un hacer desgarrado”, en Tramas,  Córdoba,  Edición de Fundación Pedro Milesi, 1996. pág. 131.

[3] Prieto, Martín, “Escrituras de la “zona” “, en: Historia crítica de la Literatura Argentina, volumen 10, La irrupción de la crítica, Buenos Aires, Emecé Editores, 1999, págs..343-357.    

[4] Jelin, Elizabeth, op.cit..

[5] Adolfo Colombres, Hacia una Teoría Americana del Arte, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1991, págs.. 22-23.  

[6] Foucault, Michel, “ Nietzche, la genealogía, la historia”, en El discurso del poder, Buenos Aires, Folios Ediciones, 1983.

[7] Tello, Antonio,  “La reinvención de Morel”, en El interior de la noche, op. cit., pág. 93.

[8] Tello, Antonio, De cómo llegó la nieve, Barcelona, Editorial Tusquets, Barcelona, 1987, pág. 13.

[9] Ibíd, pág. 87.

[10] Ibíd, pág. 22.

 

[11] Ibíd, págs. 25-28.

[12] Ibíd, pág. 57.

 

[13] Ibíd, pág. 179.

[14] Rodríguez, Silvia C., Pastos, espumas, sueños y plumas, Río Cuarto: conversaciones con Antonio Tello, en proceso de redacción.    

[15] Ibíd, pág. 79.

[16] Ibíd, págs. 80-81.

[17] Walsh, Rodolfo, Operación masacre, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1985. Incluye apéndice: Operación cine y Carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar.

El caso: en junio de 1956, un grupo de militares nacionalistas liderados por el general Juan José  Valle lleva a cabo un intento insurreccional, apoyados por núcleos de activistas peronistas. El gobierno de la Revolución Libertadora en conocimiento del tema descargó una represión desmedida y premeditada que culminó con el fusilamiento de un grupo de civiles en José León Suárez. 

[18] Ibíd, pág. 119.

[19] Ibíd, págs. 120-121. 

[20] Ibíd, págs. 137-138.

[21] Ibíd, págs. 172-175.

[22] Ibíd, pág. 177.

[23] Tello, Antonio, op.cit., pág. 53.

[24] Tello, Antonio, op.cit..

[25] Tello, Antonio, Los días de la eternidad, Barcelona, Muchnik Editores, 1997, pág. 19.

[26] Ibíd.

[27] Ibíd, págs. 160-161.

[28] Ibíd, pág. 198.

[29] Tello, Antonio, El hijo del arquitecto, Barcelona, Muchnik Editores, 1993.

[30] Tello, Antonio ponencia “Palabras desterradas”, Universidad de Oberta, Barcelona, 2004. Texto original incluido en el apéndice documental.

 

 

 

[31] Rodríguez, Silvia, Pastos, espumas, sueños y plumas, Río Cuarto, conversaciones con Antonio Tello, op- cit..

[32] Lévinas, Emmanuel, La realidad y su sombra, Libertad y mandato, Trascendencia y altura, Madrid, Editorial Trotta.

[33] Ibíd, págs. 56-58.   

[34] Rodríguez, Silvia C., Pastos, espumas, sueños  y plumas, Río Cuarto, conversaciones con Antonio Tello op. cit..

[35] Tello, Antonio, El hijo del arquitecto, op. cit., pág. 113.

[36]  Antonio Tello una escritura turbadoramente exacta”, conversación con Ariel Rivadeneira, marzo 2004. Publicada en  Escribir y publicar, Barcelona, Los duendes de la imprenta, junio, 2004. Texto incluido en el apéndice documental.

[37] Tello, Antonio, El Cuaderno de notas de Manuel T., inédito.

[38] Rodrigurex, Silvia, Pastos, espumas, sueños y plumas, Río Cuarto, conversaciones con Antonio Tello, op. cit...

[39] Williams, Raymond, Marxismo y literatura, Barcelona, Ediciones Península, 1980., pág. 89.

[40] Rodríguez, Silvia, Pastos, espumas, sueños y plumas, Río Cuarto, conversaciones con Antonio Tello, op. cit..

[41] Tello, Antonio, Extraños en el paraíso, op. cit., pág. 18.

[42] Tello, Antonio, ponencia “Palabras desterradas”, op. cit..

[43] “Ciclo de cátedras abiertas”, organizado por la Universidad Siglo XXI, Radio Cadena 3 y La Voz del Interior, Córdoba, 11 de junio de 2002.   

[44] Peri Rossi, Cristina, “A propósito de Silabas de Arena”, en: Sílabas de arena, op. cit., págs. 7-10. Texto original incluido en el apéndice documental.  

[45] Ibíd, págs. 15-65.

[46] Ibíd,:Advertencia, Paréntesis, Odiseo, Letra capital, Éxodo (I), Teseo (I), Teseo (II), Caricia, Retorno, Gozo divino, Presunción, Desierto, Intuición (I), Intuición (II), Intuición (III), Intuición (IV), Éxodo (II), Diluvio, Ø, Humus, Creación.     

[47] Ibíd, pág. 44.

[48] Colombres, Adolfo, Escobar, Ticio, y Acha, Juan, Hacia una Teoría Americana del Arte, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1991.

[49] La edición de Sílabas de arena incluye un Compact Disk, grabación de la voz del autor y música original interpretada por el contrabajista Jorge Sarraute, ex integrante del desaparecido Cuarteto Cedrón, de Astor Piazzolla.

[50] Ibíd, pág. 58.

[51] Rodríguez, Silvia, Pastos, espumas, sueños y plumas, Río Cuarto, op. cit.

[52]Antonio Tello, una escritura turbadoramente exacta”, op. cit.