Don Carlos, visto y oídoPor Omar Isaguirre
Conocí en persona a Carlos Mastrángelo. Fue en un tiempo posterior a mi apresurado retorno de Córdoba, tras el golpe militar del ´76. Me había acostumbrado tanto a la capital que al regresar a Río Cuarto, ajeno a todo y a todos, me sentí un extraño. Adulto ya, volví a la Biblioteca Mariano Moreno de mi adolescencia en búsqueda de la “cultura” perdida, para refugiarme en ella o revivir desde ella. Por entonces era yo un conversador más animoso, con facilidad para deliberar con mis mayores. El inolvidable don Cecilio Pérez de la Rosa intuyó aquel desamparo y tendió puentes al mundillo de las letras, sobre fuertes pilares de afectos, respeto y lealtades. En tales trances me relacioné con Mastrángelo, sin abordar en la amistad honda. Nos faltó tiempo. Empero, hoy me conforta la simpatía mutua que existió entre nos. Sus hijos, me confiaron la suya por mí. Doble motivo para recoger su nombre toda vez que tuve ocasión de divulgarlo. La calidad de su narrativa y su persona por un lado, el cálido vínculo y los recuerdos por el otro, me obligan a evocarlo hoy y siempre. Una tarde, lo visité en la casa de calle Santiago del Estero, frente mismo de los espesos muros del Buen Pastor. Estuvimos solos y de mutuo agrado con el sol por testigo desde una hendija. Fui por ayuda para un cuento de nunca acabar y concluimos reparándole alguna grieta al mundo. Nos despedimos al anochecer, convencidos de volvernos a ver. Así fue. Me había impresionado bien Mastrángelo. Detrás de sus anteojos había un hombre con honda nostalgia, permeable al afecto y muy predispuesto al diálogo franco. Delante, encontré en él un analista extremo, de hablar pausado y seguro, comprensivo tal vez, pero indulgente jamás. Diría que las reglas de cualquier vínculo con él podían quedar establecidas de movida nomás. Entrados en confianza, sobresalieron otros rasgos no menores: su conocimiento y erudición sobre la narrativa nacional con nombres propios y títulos adoptados (fueran libros o cuentos sueltos), los gustos por la música, el ojo para la pintura, el infaltable e imprescindible anecdotario y hasta una siempre dispuesta fina sorna para los ocasionales merecedores. Hijo de una criolla hortelana y un italiano zapatero, pródigos en rectitud y trabajo; fue el quinto de seis hermanos, en un hogar sin demasiado tiempo para la infancia, los remilgos hogareños y mucho menos para desvaríos intelectuales; de hecho quedó a mitad del quinto grado, justo cuando un cajón con tintes de betún lo consagró lustrabotas y las primeras monedas del oficio honraron su condición de asalariado. Entonces, Río Cuarto se parecía a una aldea, ostentosa y arrogante, pero aldea nomás. Ocupado en la Biblioteca Moreno, pudo saciar su satisfacción de lector juvenil, mas no logró tranquilidad para el bolsillo. Encima una pertinaz tartamudez le cuajaba emocionalmente la juventud. Intuitivo de sí y ávido de vivir como escritor, viajó a Buenos Aires como quien se conduce a la Meca, pero no pudo sostenerse por mucho tiempo, tampoco deseaba abusar de la hospitalidad de Antonio Stoll -el buen amigo anfitrión- y Armando Vivante. Frente al sacudón de la desventura y las pullas de los hermanos varones, sólo el orgullo le mantuvo en alto el mentón. En “Acorralado” así lo cuenta: “Abatido su ilimitado orgullo de adolescente, regresaba después de seis meses de lucha tenaz contra la ciudad despiadada e inmensa, que había agotado su voluntad y sus nervios…” De los complicados años treinta le quedó la experiencia y algunas consignas para siempre. Mastrángelo, más temprano que tarde, supo que la rebeldía tiene su precio, que la revolución nunca tiene nada que ver con la igualdad de oportunidades y que luchar por los desposeídos trae una marca en el orillo que el poderoso olfatea y sobre su filo machaca. Manifestarse socialista, o ser un “rojo” por caso, abría horizontes de pensamiento y utopía, pero cerraba las puertas laborales y la prosperidad lucía esquiva. Su enrolamiento en la Izquierda se expresó en el pueblerino periódico “Impulso”. Detestaba la mediocridad, por ende, Ingenieros era el teórico. Desde la editorial Jackson le proporcionaron un catálogo prestigioso y un talonario implacable; el damero de la ciudad: las calles; su idoneidad: la imaginación suficiente para negociar libros ajenos. Esos ingresos -algo más sólidos- permitieron la formación del propio hogar con Inés, ensanchado al año nomás con la llegada de una niña para mimar. Pero, hubo noches en mudez cuando las ventas fallaban, aunque trocaban en algarabía con la buena leche, entonces, había vestidito nuevo para la hija y hasta algún viaje en tren a Buenos Aires llevando del brazo la infinita comprensión de “Coca”. Casi seis años después, llegó el varón para completar la familia. Las discusiones del día a día se enhebraban en el almacén de Fishman (en la esquina de Mitre y Colón) en apasionadas tertulias de trastienda, al punto que -no pocas veces- su mujer debía mandar por él. El espacio intelectual estaba reservado para los ententes en “la Moreno”. Por allí confluían, rapaces aun, Juan Floriani, Miguel Solivellas, también, afiatados ya: Luis Reinaudi periodista, Jacobo Grinspan médico… Cuando comenzaban a conocerlo por “El Hombre Desconocido” los (mis) compañeros peronistas lo pusieron preso. Nunca tuvo premura por publicar. Aun así, lo importante fue la cantidad de buenos comentarios y mejores augurios que generó el libro editado por la legendaria “Claridad”. Llegó a venderse en la Cuba de Socarrás, poco antes de Batista. “Mastrángelo ha escrito un libro que ha vivido” dijo “Bocha” Maldonado Carulla, claro, es que Río Cuarto late en la obra. Su admirado Filloy sentenció: “…Esa fidelidad suya a la vida, a la crudeza que la escarpa y al drama profundo que la asedia, ¿qué puede merecer sino elogios?... Me hubiera sido penoso que su primer libro implicase una sumisión o un empalme acomodaticio hacia la apetencia transeúnte.” Otra vez, repetido y sin demasiado ingenio, un periodista le preguntó: ¿Qué aconsejaría a un novel escritor? Aplomado y lacónico, contestó: “Aconsejar, nada. Solamente me permitiría sugerirle: estudiarse a sí mismo, estudiar el idioma como instrumento de trabajo, estudiar su mundo circundante y a los grandes maestros de todas las épocas…” Así fue, en vida e intelecto, Carlos Mastrángelo, breve y tajante, muchas veces sin atenuantes para los demás, ni para sí. Fue un erudito de la narrativa y un sabio del cuento. ¿Por qué? Porque nunca dejó de leer, estudiar y ensayar en consecuencia. Cuando escribió El Cuento Argentino hizo la punta en cuanto a teorizar el género, por eso, Diez Cuentistas de Urumpta fue -y es- una antología diferente; por algo más, se dio a la creación del Club de Cuentistas (Taller de Narradores), espacio donde se pasaba sin ambages de la fraternidad entre pares a la fraticidad crítica; por esa fragorosa razón, propuso que el 10 de junio fuera declarado Día del Cuentista. Provenía de una escuela sujeta a las recetas literarias. Se había formado en la época en que el cuento era cuento, el relato era relato y la novela era novela; los estilos narrativos se respetaban a través de fórmulas establecidas que, de no ser observadas por el escritor, la osadía era retribuida con rigor crítico. Su mérito fue intuir el giro. Por ello, estaba cambiando algunos conceptos teóricos que había sostenido por años, sus 21862-Cuentos para leer y polemizar- son un indicador verosímil y revelador práctico de la afirmación. A propósito, cuando me preguntó qué cuentos suyos prefería, empíricamente señalé los de El sabor de la muerte. Se sorprendió un tanto, y de contragolpe inquirió: ¿pero usted leyó 21862?... Es que, el hombre quería polemizar nomás. Carlos fue un gran lector. Leía constantemente, es decir, tenía adoptada la virtud de la constancia para hacerlo. Su biblioteca gozaba del favor de los libros obsequiados. En el Correo sabían de memoria su dirección y el cartero dejaba los paquetes con libros que los escritores -de cualquier lugar- le remitían al aguardo de ser leídos, alentando la no confesa posibilidad de un comentario pontificante. En esos mismos libros anotaba con lápiz breves comentarios e invariablemente en el índice marcaba con una cruz las piezas leídas y al lado calificaba la sentencia: B, M, MB, E… etcétera. Sus citas al pie me resultaron menos divertidas que las leídas a Filloy, pero les reconozco alguna gracia, generalmente por la justeza de la aserción crítica. Me pregunto qué diría aquí, si las hubiera leído sobre mí. La atracción por la pintura, encontró a un Mastrángelo-alumno en la escuelita municipal. Fue abanderado, se recibió de maestro y lo premiaron por su puntualidad perfecta (sarmientina, pero sin mito). Dicen que el profesor Miguel Zupán puede dar fe de los hechos. Nunca se lo vio tan disgustado como cuando desde la revista “Confirmado” se ridiculizó la actividad cultural riocuartense. Salió a replicar a los cuatro vientos, aun sabiendo que a los porteños no los inmutaba semejante arresto telúrico. En la imaginaria lid, ganó por puntos el sentimiento provinciano. Distinto fue cuando Pinky se hospedó en el Opera Hotel. Como se conocían de antes, la popular animadora preguntó por él. Convidado a un encuentro a solas, asistió, como buen caballero. Entre celos, chascarrillos y chicanas menores pasó la prueba de la fama. Otra vez, llamé al teléfono 21862 (número del título del libro). Era jueves, no lo encontré. En la mañana del sábado me sorprendió con su visita. Ante la molestia ensayé una disculpa. “¡Si me llamó, por algo ha de ser!”. Entre la charla, le demostré que poseía sus libros y temí mortificarlo con mis cuitas sobre el trabajo que me costó conseguirlos. Nada que ver, más bien se entonó como si fuera un elogio. Encima, ¡bien cholulo! le pedí me escribiera un autógrafo. Agradecido lo guardé y con gratitud lo conservo. Sabía mi fascinación por escuchar sobre Río Cuarto y sus gentes. En la ocasión, me apuntó los nombres y las referencias de Sara Zimerman, Antonio Tello, Flavia Ferraris, Osvaldo Guevara, Jorge Carlos Burgos, Marcos Aguinis, eran algunos amigos y los destacaba en sus méritos. Asomaba la Primavera de 1983 y de repente su corazón amortiguó los ímpetus, apenas latió para dictar una última ironía (dirigida a “Coca”)… y fue sobre la muerte. Allí fuimos, prestos testigos de los rituales funerarios, siempre cansinos y leves. Había alcanzado a terminar, poco antes, una curiosa témpera que rotuló: “Túnel vegetal”. A la distancia, pienso que la vida de Carlos Mastrángelo no da para un cuento, simplemente porque la edificó más aproximada a la leyenda. |